El rey Pelé en la final de Brasil versus Italia en el Mundial de México 1970

Brasil: Pelé pilotaba el carro de James Bond

Sérgio Rodrigues compara al Brasil del 70 con los automóviles de James Bond y Penélope Glamour. "Tal aspecto mitológico condena todas las selecciones brasileñas desde entonces, y probablemente por siempre, a la injusta comparación con un equipo de semidioses".

2014/05/23

Por Sérgio Rodrigues *

En el libro Fiebre en las gradas, el escritor inglés Nick Hornby habla de cómo quedó impresionado cuando, de niño, vio jugar a la selección brasileña de Pelé, Tostão, Jairzinho y Rivelino en la campaña del tricampeonato mundial, en 1970. Bien, él no estaba solo. La contribución original de Hornby al pasmo mundial frente a la superioridad de aquel equipo es una metáfora infantil sorprendente: para él, el fútbol presentado por Brasil en México recordaba “el Rolls-Royce rosado de Penélope Glamour y el Aston Martin de James Bond, ambos equipados con artefactos sofisticados, tales como el asiento eyectable y armas ocultas, que los colocaban por encima de la banalidad tediosa”.

No sé si lectores más jóvenes conseguirán captar el encanto de esa imagen de futurismo anticuado. Para mí, nacido cuatro meses antes del segundo título mundial brasileño, en 1962, y que guardo la euforia que dominó el país en el 70 junto con mis memorias más antiguas y estimadas, carros llenos de botones y armas secretas evocan más que una fantasía infantil excitante. Hablan de un tiempo –que se creía espabilado, pero hoy parece ingenuo– en que viajes espaciales y electrodomésticos cada vez más asombrosos parecían señalar un futuro de prosperidad y confort. El llamado progreso tecnológico era indiscutiblemente un aliado de la humanidad, ¿cierto?

 

La historia no sería tan simple, como se sabe. Ya no era simple en aquel entonces, a no ser a los ojos del niño que era yo: el alto precio de “modernidad” materializada en viajes espaciales y electrodomésticos asombrosos venía siendo pago por Brasil al menos desde el golpe militar de 1964, que los Estados Unidos apoyaron. Sin embargo, eso no me impide ver encanto en la comparación inusitada del arte de Pelé y sus compañeros con un artefacto tecnológico de punta –mejor todavía, un artefacto tecnológico ficcional, fantasioso, flamboyant, concebido no solo para superar los enemigos, sino para divertir al público mientras lo hacía. A los ocho años, yo no podría estar más orgulloso, ni si mi papá tuviera en el garaje el Aston Martin de James Bond en el lugar de su Volkswagen.

Pero basta de niñerías. Ya adulto, yo descubriría con el mejor libro de fútbol escrito en el país llamado O negro no futebol brasileiro, que la contribución original dada por nuestros jugadores a ese deporte importado de Inglaterra nada debía a la tecnología. Al contrario, se puede incluso decir que es antitecnológica: la victoria de los jugadores descalzos sobre los de botines nuevecitos. Lo curioso es que eso, en lugar de contradecir la metáfora automovilístico-futurista de Hornby, compatriota de los creadores del fútbol, de alguna manera la refuerza.

Escrito por el periodista Mario Filho, un entusiasta de los deportes, tan importante que después de su muerte le dieron su nombre el estadio del Maracanã, O negro no futebol brasileiro (lanzado en 1947 y actualizado en 1962) cuenta la historia de ese deporte en el país como epopeya de afirmación cultural y racial de todo un pueblo. En la convincente narrativa de Mario, nuestro modo de jugar fue inventado en las primeras décadas del siglo XX por sujetos que no tenían ni botines, ni pelotas de cuero, ni libros de reglas, ni campos de césped. Tales “artefactos de punta” eran exclusividad de los socios de clubes de élite, que en un principio monopolizaban el fútbol. Una gente condenada a imitar, sin jamás superar, el estilo europeo en el trato con la pelota.

En un momento histórico en que la abolición de la esclavitud era noticia reciente, no había lugar en aquellos clubes para jugadores pobres, mucho menos si eran negros o mulatos. Pues fueron ellos quienes, jugando en campitos improvisados, con pelotas y arcos también improvisados, crearon de a poquitos un nuevo modo de tratar la pelota. Un modo nacido de la penuria, que driblaba las dificultades para transformar carencias en poderosas ventajas. No ha demorado mucho para que los mismos clubes se vieran obligados a abrir sus puertas –en principio a regañadientes– a aquella nueva estirpe de habilidosos deportistas desdentados, muchos de ellos analfabetos. ¡Pero cómo jugaban! En el estilo impregnado de cultura negra, lleno de curvas y tumbado, que ellos impusieron al rectilíneo juego inglés, el sociólogo Gilberto Freyre, admirador de Mario, vio “el modo de vida de la capoeira [una mezcla de lucha y danza de origen africano] y la samba”.

Regístrese de paso una coincidencia interesante: otras narrativas de apropiación del deporte por grupos políticamente marginalizados también se valen de metáforas musicales. En su libro El fútbol a sol y sombra, el escritor uruguayo Eduardo Galeano ha elogiado el fútbol jugado en Uruguay y en Argentina diciendo que “en los pies de los primeros criollos nació el toque: la pelota tocada como si fuera una guitarra, fuente de música”. Y en el jazz sibilante de los años 1920-30 el escritor americano Nelson George, autor de Elevating the game (Elevando el juego), ha identificado el germen de la improvisación y de las variaciones de ritmo con que jugadores negros revolucionaron el baloncesto jugado en Estados Unidos.

De cualquier manera, fue esa larga historia subterránea de reinvención del fútbol por brasileños pobres que, después de las erupciones precoces de 1958 y 1962, alcanzó plena madurez en 1970 en la forma de una tecnología enteramente nueva, acabada, espantosa. Más que eso: como un producto pop de exportación que parecía subvertir milagrosamente el orden mundial, situando en la vanguardia lo que se imaginaba que venía en la parte trasera, en el centro de lo que debería ser periférico. Aquella selección de camisa amarilla hizo por el fútbol lo que Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez, había hecho tres años antes por la literatura.

Está claro que, más que analizar hechos históricos, lo que estoy tratando de hacer aquí es dar cuenta de un mito. Sin dejar de ser verdadera, la narrativa de afirmación popular que está en el origen del modo brasileño de jugar fútbol es esencialmente mítica. La excelencia de la selección de 1970, con su avasalladora secuencia de victorias documentadas en videocasete, tampoco cabe entera en el dominio de los hechos –de la misma forma que en él no cabe el carro de Penélope Glamour. Tal aspecto mitológico condena todas las selecciones brasileñas desde entonces, y probablemente por siempre, a la injusta comparación con un equipo de semidioses. No será diferente con Neymar y sus compañeros, a quienes deseo toda la suerte del mundo. La van a necesitar.

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