René Higuita junto a Jürgen Klinsmann en el empate 1-1 ante Alemania en Italia 1990.

Colombia: Augusto Comte patas arriba por el balón

2014/05/23

Por Darío Jaramillo Agudelo*

A lo lejos, en los más distantes lugares de la memoria, está la pelota entre los brazos, la pelota acariciada, la pelota chutada contra una pared que me daba su rebote en el patio de la casa, las materas de barro cocido cayendo destrozadas por mi mala puntería.

Luego están las partidas en canchas inventadas, como aquella que era pendiente, de modo que dividían los partidos en dos tiempos solo para igualar a los equipos en posibilidades y limitaciones de atacar y defender subiendo o de hacerlo bajando.

Luego, por fin están las canchas de verdad, re-gla-men-ta-rias, cada equipo con su propio uniforme, tiempos de 45 minutos y árbitros vestidos de negro, sí, entonces los jueces iban de un negro mucho más ceremonial y rotundo que los papagayos de estos tiempos en tecnicolor.

¡Ah!, entonces el fútbol era jugar fútbol. Aguantar patadas o darlas, tratar de dominar el balón, admirar a ciertos compañeros que eran magos. Pactar partidos para después del colegio o para los sábados. En ese momento de mi vida yo tengo siete y nueve y trece y hasta dieciocho y lo más importante para mí es jugar fútbol.

Durante esa época de pasión por el juego, en algún momento voy al estadio. Allí se trata de ver a los que juegan mejor. Allá va uno a mirar y a admirar. Y, por la admiración a un jugador, a un modo de juego, la escogencia de una adicción, el apego a un equipo. Durante la primera campaña campeonil, 1955, me entrego a la roja pasión por el Deportivo Independiente Medellín; y todavía hoy no renuncio a ella.

Hay un punto de quiebre, y a todos, o a casi todos los mayores de treinta nos ha pasado en la vida. Dejamos el contacto directo con el balón, dejamos de jugar y nos convertimos en espectadores. Yo iba al estadio mientras jugaba y de repente dejé de jugar y me trasformé en testigo. Jugaba, pero con el oído y con la lengua. Eran tiempos en que los espectadores o íbamos al estadio o nos pegábamos del radio a oír a Pastor, a Jaime Tobón, o a Ruedacé, para saber cómo le iba a mi alma, es decir, al DIM.

Por aquel tiempo, que puedo situar como muy remoto, brumoso, no recuerdo transmisiones del Mundial de Suecia 1958. Había emisiones de radio pero no preciso si de partidos en directo. El Mundial del Fútbol era un acontecimiento muy lejano que podía seguirse por programas de radio que viajaban como llamadas telefónicas: así seguimos el Mundial del 62, el primero al que fue Colombia: la voz de narrador se oía remotamente entre las gangosidades de la distancia, la opacidad de la tecnología y los ruidos originados por interferencias. Así, en directo, con el fondo permanente del ruido de un asador de carne muy caliente, así oímos el cuatro-cuatro con la Unión Soviética, en Arica, partido cumbre, máxima hazaña de la Selección Colombia hasta 25 años después, cuando llegó la era Pibe-Leonel-Rincón-Asprilla etcétera y su 5-0 en el monumental de River contra la selección argentina.

 

Para el mundial del 66, en Inglaterra, el seguimiento abría una nueva posibilidad que se vio como un milagro de la tecnología: en aquel digno blanco y negro de la señal llegaban partidos en diferido, todavía no en directo, como comenzó a ocurrir en el siguiente mundial.

En 1970 hacía varios años yo no me ponía unos guayos e iba poco al estadio, pues no vivía cerca del DIM. Pero en ese momento ocurrió un quiebre, se acabó una época y comenzó otra, se dio el salto cualitativo que quería Marx para toda la historia. El Mundial de Fútbol de México ya no fue un evento remoto y diferido. El Mundial de México nos ocurrió en tiempo presente a sus testigos. Desde la trasmisión en directo por televisión (todavía en blanco y negro), el cuatrienal torneo de fútbol pasó a formar parte de nuestras vidas: desde entonces el Mundial nos ocurrió a todos.

En alguna ocasión pensé que esta trayectoria con y ante el fútbol, etapas que de seguro comparto con millones de hombres del mundo como marca de la especie casi siempre bípeda, son exactamente lo contrario de lo que decía Augusto Comte. Para Comte, la historia humana comienza con una primera etapa religiosa, primitiva, llena de creencias etéreas, remota a la operación sobre la realidad. La segunda era la etapa metafísica, cuando el acercamiento a la realidad se debió al uso de la razón. La tercera etapa, llamada por Comte etapa positiva, era la culminación, cuando el hombre se integraba al conocimiento de la realidad mediante la ciencia y la técnica. Doy con mis palabras, claro, una versión irresponsablemente libre de las teorías de don Augusto, pero creo que, sin reproducirlo, las interpretan.

Mi historia con el fútbol (y la tuya, y la del vecino) es exactamente lo contrario de lo que dice Comte: primero fue la etapa positiva, jugar con el balón, correr, disfrutar directamente dentro de la cancha. Superpuesta a la etapa positiva hasta que esta se extinguió y, luego, prolongándose, está la etapa metafísica, cuando somos espectadores y vamos al estadio. Ahora, es mi caso, estoy en solamente en la tercera etapa, la etapa religiosa, en la que todo es remoto, misterioso, distante, fragmentario y a la vez muy real: el fútbol por televisión.

Al contrario de las demás etapas, la actual que vivo, que vivimos, como corresponde a todo fenómeno religioso, es universal y omnipresente. Prendo el televisor para espantar el insomnio de la tres de la mañana un miércoles, y algún partido están dando, verbi gracia Atlético Rafaela contra Almirante Brown o un Real-Barcelona de la copa del rey de 1997. A cualquier hora, en algún canal hay un partido de fútbol. Dios está en todas partes.

Y, hablando de religión, ahora viene el rito principal, el Mundial. Colombia va por cuarta vez. Sus hitos han sido el 4-4 de Arica, el gol de Rincón a Alemania en el mundial de Italia y el 5-0 que vuelvo a mencionar porque es una especie de consuelo histórico de unos bien pobres desempeños en los mundiales de fútbol de mayores.

Ahora una generación de buenos jugadores de equipos no muy principales de Europa crea unas expectativas que, antes del Mundial, le reportan muy buenos dividendos a la industria textil y a los empresarios de laminitas. Ojalá también a sus seguidores, fieles de la religión del fútbol, que estaremos quietos y tensos ante la sacra pantalla del televisor. Amén.

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