Del puerto con amor

En la Pensión Amor, en el corazón de Lisboa, antes los amantes se entregaban ?a los placeres de la carne. Hoy, allí mismo, se presentan libros de poesía… ¡Ah, la modernidad!

2013/04/12

Por Lauren Mendinueta* Lisboa

Es sábado y son las once de la noche en Lisboa. Para escribir esta crónica voy a salir con mi amiga, la novelista cubana Karla Suárez. Ella se ha ofrecido para ser mi guía en la noche lisboeta. La idea es visitar un par de bares, ir a un concierto, dejarnos llevar. La ciudad es pequeña, los lugares que frecuentan los intelectuales son pocos. Estamos seguras de que terminaremos por encontrarnos con varios amigos y amigas. Nos citamos en la plaza Camões, en el corazón de la ciudad, porque en Lisboa la noche puede empezar, y terminar, en esta plaza que lleva el nombre del poeta nacional: Luíz de Camões. La plaza está repleta de jóvenes. Durante el día estuvo ocupada por manifestantes que se quejaban de las medidas de austeridad del gobierno portugués (el Ministerio de Economía está a una cuadra de distancia). Los manifestantes con sus altavoces, pancartas y consignas, entonando a ratos las notas de Grândola, Vila Morena, la canción emblema de la Revolución del 25 de abril, han sido reemplazados al llegar la noche por estos jóvenes que beben vino barato en vasitos de plástico o a pico de botella.

Como Karla se demora decido acercarme a un grupo de muchachos para conversar. Son universitarios, las dos chicas se llaman Rita, el joven alto y apuesto se llama João, el bajito de gafas es Nuno (bajito y con gafas pero nada feo). Tienen alrededor de veinte años, me dicen que son estudiantes de periodismo y que están haciendo tiempo para irse a un bar en el popular Bairro Alto, el barrio bohemio de la ciudad que comienza a una calle de la plaza. A esa hora los bares ya están repletos. Son locales diminutos donde los clientes pagan un trago y salen a la calle a bebérselo. Por fortuna, la mayor parte de las calles de la zona son peatonales pero para transitar en medio de ese gentío hay que abrirse paso a codazos. Les digo que no me gusta el ambiente de Bairro Alto. Ellos me miran con condescendencia y me preguntan qué edad tengo. Treinta y cinco, respondo. Todos asienten con cara de “es por eso, señora”. Les pregunto qué gracia tiene pagar un trago caro para tomárselo a la intemperie en medio de una multitud de jóvenes y turistas, que impide cualquier posibilidad de conversación. Los cuatro sonríen, parece que les he descrito el paraíso. Después me ofrecen algo de beber. Acepto. Por más barato que sea, el vino portugués suele ser bueno, pero este es la excepción. Los muchachos se despiden; por el precio de una copa en Bairro Alto se han tomado una botella de vino en la plaza y ahora están dispuestos a gastarse todo lo que tienen en sus bolsillos. Se alejan despacio, riendo. Los veo fundirse en el mar de gente de la rua das Gáveas. Y en ese preciso momento suena mi celular. Es Karla Suárez proponiéndome que nos encontremos muy cerca de allí, en la salida del metro Chiado. Atravieso la rua do Alecrim y encuentro a Karla justo bajo la estatua de otro poeta, el mismo que da nombre al barrio, António Chiado. A unos cuantos pasos de nosotras, un grupo de turistas hace fila para tomarse la foto con la estatua de Fernando Pessoa, el más grande poeta portugués del siglo XX. No cabe duda de que en Lisboa, como decía la pintora María Helena Viera da Silva, la poesía está en la calle. Frente a Pessoa un conjunto musical africano intenta llamar la atención de los turistas. Sus tambores recuerdan a La Habana y a Barranquilla. No son caribeños, pero casi podrían serlo. Los que definitivamente no tienen nada de caribeños son los turistas que permanecen rígidos en sus sillas del café A Brasileira.

Karla está radiante. Como de costumbre ríe a carcajadas y hace bromas. La noche promete ser una fiesta. Ahora soy tu guía, me dice. ¿Qué te parece si nos vamos al concierto en LX Factory?

En el barrio de Alcântara, a los pies del puente 25 de abril, LX Factory ocupa los veintitrés mil metros cuadrados de una antigua fábrica, hoy transformada en ciudadela cultural con librería, bares, restaurantes, almacenes de ropa y decoración, talleres de artistas. Esta noche se presentan músicos irlandeses emergentes como Ghost States (atmospheric electro pop) y Ham Sandwich (indie-rock). Buena parte del público son jóvenes vestidos con estilos alternativos, mucha ropa negra y caras sombrías. La música suena a niveles insoportables. La cantante se esfuerza por animar el público. Nada. Todos parecen tristes. Decidimos abandonar el concierto. Las calles interiores de LX Factory son una gran exposición de grafitis, lo mejor del street art portugués. Para descansar los oídos nos acercamos a la librería Ler Devagar (Leer Despacio). El lugar es enorme y está lleno de joyas bibliográficas. También tiene bar y restaurante asiático. Nos tomamos dos copas de vino y Karla propone dirigir nuestros pasos hacia Cais do Sodré, el puerto de la ciudad.

Es casi media noche. Es un placer caminar a esta hora por las calles empedradas. La sensación de seguridad es absoluta mientras atravesamos el desierto barrio de Alcântara. Es una sensación que no se pierde en casi ninguna parte de Lisboa. A medida que nos acercamos al puerto, la ciudad empieza a ganar vida nuevamente y, como en todo puerto que se respete, en las esquinas hay prostitutas tratando de llamar la atención de sus posibles clientes. No hace mucho un amigo me dijo que estas trabajadoras del sexo estaban atravesando una crisis tan profunda como la del país. Con la liberación sexual basta meterse en un bar para encontrar una chica que lo quiera hacer gratis, me aseguró. No sé si es verdad o si estaba alardeando. En Cais do Sodré buena parte de los edificios están en ruinas, pero el ambiente sigue siendo tranquilo y hasta agradable. Nadie parece incómodo por la presencia de las prostitutas. Sin duda varias de ellas han ocupado esas esquinas por una o hasta por dos décadas.

Karla Suárez anda metidísima en la escritura de su nueva novela y salió de su casa sin cenar. Tampoco yo he cenado. Tenemos horario de escritoras, nos acostamos a cualquier hora de la noche, nos despertamos después del medio día. ¿Qué te parece si hacemos una parada en Sol e Pesca?, me pregunta ella. Sol e Pesca es uno de esos lugares que se ponen de moda. El local estuvo cerrado por más de veinte años y antes fue una tienda de artículos de pesca. Sus nuevos dueños aprovecharon las cañas y anzuelos que quedaron para crear el ambiente de una empobrecida taberna de marineros. Incluso conservaron el aspecto deprimente y trajinado del viejo baño del almacén. Por Sol e Pesca pasan muchos de los escritores, periodistas y artistas de Lisboa. Allí se puede tomar una copa y comer algo ligero. El lugar se presenta como un bar de enlatados. Y es eso lo que se come ahí. Latas de atún, sardinas, anchoas, pulpo; latas y más latas. Todas ellas escogidas de la industria orgullosamente portuguesa de conservas. Latas servidas sin ninguna pretensión en un platico pequeño y acompañadas de pan. Buena atención y precio justo. Por aquí sería normal que nos encontráramos, por ejemplo, con los escritores portugueses João Tordo y Tiago Santos y con sus amigas, las pintoras Ana Coito y Sara Máia, o con el periodista y productor free lance Enrique Pinto Coelho y la actriz de cine y televisión Soráia Chaves (una de las beldades portuguesas). Están todos en la treintena, son atractivos y exitosos (unos más que otros, pero se defienden bien en la vida). Y aunque son, como se dice, habituales del lugar, esta noche ni sombra de ellos. Al que sí nos encontramos es al periodista Vitor Quelhas acompañado de varios colegas. Ellos nos dicen que después de comer irán a la Pensão Amor (Pensión Amor). Afuera, la calle es peatonal, hay muchísima gente que toma una copa de pie y no es raro que nos encontráramos con otros amigos latinoamericanos. Casi no hay turistas, esta es una calle para quienes conocen bien la ciudad.

Después de cenar un par de latas de pulpo y atún, convenientemente rociadas con dos copas de vino, pasamos frente al Oslo, un bar-discoteca que se quedó anclado en los años ochenta. Nosotras ya hemos estado allí con el grupo de escritores hispanoamericanos al que nos gusta llamar el Grupo de Lisboa. El mexicano Antonio Sarabia, que fue quien descubrió el sitio, con el novelista español José Manuel Fajardo, ahora convertido en nuevo lisboeta, y con los argentinos Mempo Giardinelli y Natalia Porta, otros enamorados de la ciudad que no pierden oportunidad de visitarla. Aquella fue una noche loca. En el Oslo la conversación era imposible, la música estaba a todo volumen y los seis bailamos la noche entera.

Es casi la una, ha llegado la hora de entrar a la Pensión Amor. El edificio fue durante décadas un hotel cuyas habitaciones se alquilaban por hora. Desde hace menos de dos años es un lugar de moda que sabe explotar todo el kitsch del antiguo hotelucho. El edificio es del siglo XVIII y fue recuperado de una manera muy especial. En él nada tiene el aspecto de lo nuevo, se diría que el objetivo de la recuperación fue poner en relieve la decadencia. La pintura de las paredes está medio descascarada. Es preciso subir un trecho de escalera para llegar al primer salón. Las escaleras están decoradas con motivos eróticos. Los murales estuvieron a cargo de los artistas Mário Belém y Hugo Makarov. Son mujeres de piernas abiertas que se ofrecen descaradamente a un marinero que desde la parte más baja de la escalera las observa con avidez. También hay carteles que anticipan lo que nos espera: “Entre y vea con sus propios ojos: show burlesque”, “Zita desafía la ley de la gravedad”, “Dora la muñeca que enamora”, “Damas deslumbrantes, señoritas despampanantes, señoras excitantes”.

La primera sala es amplia y está decorada como un burdel. Allí la gente conversa y toma una copa. La siguiente sala está ocupada por una pequeña librería especializada en literatura erótica y amorosa, Ler Devagar com Amor (Leer Despacio con Amor, una sucursal de la librería que visitamos una hora antes en LX Factory). La librería está abierta hasta las dos de la mañana. Le pregunto al librero por el libro más vendido. As Gémias Marotas (Las gemelas lascivas) de Brick Duna, me contesta. El librito cuesta diez euros y tiene el formato de un álbum de literatura infantil. En la portada del libro dos inocentes gemelitas se toman de la mano, pero adentro los dibujos y las palabras se ponen calientes. En la habitación de al lado una joven lee el tarot. Aprovechando una pausa nos acercamos a su mesa. Se llama Sofia. Trabaja tres días a la semana, de las diez de la noche a las tres de la madrugada. El resto de los días lo hace otra bruja, nos dice. Muchas mujeres consultan, pero también hombres. ¿Qué quieren saber?, le pregunto. Amor, quieren saber sobre el amor, me responde ella con una gran sonrisa. Me doy cuenta de que las habitaciones de la Pensión Amor se alquilan para montar negocios. Además de la librería y las tarotistas hay un par de bares, un restaurante, una boutique erótica, un peluquero, una academia de bailes eróticos y próximamente abrirá un museo del erotismo. Pero algunos de los cuartos se rehúsan a perder su antigua costumbre de alquilarse por horas, solo que sus clientes son en estos días editores o poetas que los usan para presentar libros u ofrecer recitales de poesía.

Nos metemos al bar donde el burlesque empezará en pocos minutos. Ahí los techos de madera reproducen los motivos de la Capilla Sixtina, un toque de indiscutible ironía en un lugar que poco invita a la santidad. Nos sentamos en la barra, aunque cuando venimos en grupo preferimos ocupar una mesa del fondo. Estamos entre pasarnos al whisky o continuar con el vino. Decidimos seguir con el vino tinto y pedimos dos copas. No sé de quién es la música que suena pero me gusta lo que oigo y el volumen es ideal para continuar con la conversación. Estamos distraídas y contentas cuando nos sorprende un amigo, escritor portugués. Le contamos que estamos espiando la noche portuguesa. Le digo que voy a publicar una crónica en Colombia. Parece que empieza a arrepentirse de habernos saludado. “No pongas mi nombre, por favor –me dice–. Mi novia piensa que estoy en mi apartamento escribiendo mi próxima novela”. Soltamos la carcajada. Nos dice que antes de que llegáramos ya se había encontrado con varios escritores, pero que todos se fueron alrededor de las once de la noche. Antes íbamos a Bairro Alto y nos quedábamos de fiesta hasta las cuatro de la mañana, agrega, pero ahora que tenemos treinta años la mayoría ha cambiado. Nos encontramos en Sol e Pesca entre las seis y las siete de la tarde para tomar una cerveza. Cenamos en el puerto y a las once nos despedimos. Es que a nuestra edad, nos dice con resignada melancolía, ya no tenemos ganas de quedarnos en la calle hasta tan tarde. “¿A nuestra edad?”. Los tres soltamos la carcajada. Empieza el espectáculo y en el escenario aparecen un par de mujeres en ropa interior. Una de ellas toma el micrófono y canta mientras la otra se pavonea a su alrededor. El volumen de la música aumenta y nos impide continuar la conversación. Son casi las tres de la mañana y nadie quiere irse a casa todavía.|

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