Riohacha. Con sus propias manos, Sonia Bermúdez cava tumbas, construye bóvedas y entierra a los muertos sin nombre de La Guajira.

Diez. Cementerio Gente Como Uno. Riohacha, La Guajira

A mitad de camino entre los asesinados y los desaparecidos están los N.N. Son los cuerpos que nadie fue a reclamar, sin nombre y con una historia que nadie conoce. Quizá sus familias los están buscando en el lugar equivocado, tal vez nunca tuvieron a nadie y por eso terminaron en la morgue sin identificación.

2014/09/24

Por Centro Nacional de Memoria Histórica

Los muertos que no tienen nombre ni un centavo para pagar un lote o un osario en el cementerio conforman la población vulnerable a la que Sonia  Bermúdez le ha dedicado su vida y para quienes creó hace 15 años el Cementerio Gente Como Uno en Riohacha.

 Es, como dice ella, “una locura, pero una locura hasta bonita”. Comenzó cuando tenía 13 años y su padre era el celador del cementerio central. Allí vio cómo se enterraban a los indigentes, los N.N. y los desahuciados de la ciudad, a menudo sin ataúd, a veces sin ropa, siempre sin dignidad. Cuando creció, terminó aprendiendo a hacer necropsias para Medicina Legal porque nadie del interior quería ir hasta La Guajira, mucho menos a trabajar con muertos desconocidos. En el año 2000, tras más de 40 años de ver cómo se desechaban los muertos sin nombre, Sonia empezó su cruzada personal por hallarles un último hogar bajo tierra a quienes parecían no haber tenido uno sobre ella.

 El Cementerio Gente Como Uno recibe a todo el mundo: N.N., indigentes, wayúus, pobres de todas las edades; cualquiera que no tenga cómo pagarse una última morada es recibido con brazos abiertos por Sonia. Ella misma prepara los cuerpos, cava las tumbas y construye las bóvedas con sus propias manos. Con la ayuda de sus hijos y una ínfima asistencia de la Alcaldía, Sonia entierra, cuida, llora y recuerda a quienes llama “sus muertos”.

 Cuando tiene suerte, Sonia, con la ayuda de Medicina Legal y la Fiscalía, logra identificar un N.N. Esas son sus pequeñas victorias. Rescata un par de zapatos, una cadena, un pedazo de reloj, y se lo regala a los familiares que encontraron sus seres queridos entre los muertos de Sonia. Son pedacitos de recuerdos que se recuperan.

 Durante los años de la marimba, más o menos entre 1970 y 1980, cuando La Guajira era productora y exportadora de marihuana, llegaban a Medicina Legal cientos de muertos sin nombre. Entre 2005 y 2010 empezaron a llegar más. Eran muchachos jóvenes, vestidos de guerrilleros o paramilitares que habían caído en combates entre sí o con la fuerza pública. Seguramente eran violentos o, tal vez, víctimas de los falsos positivos (¿por qué llegaban con las uñas limpias?), pero Sonia les dio reposo a todos.

 Hoy en día sus muertos son los pobres. No se ha ido la violencia de La Guajira, pero la pobreza extrema y el abandono son los que más muertos ajenos ponen. Para Sonia da lo mismo. Su cementerio, como ella, es estrictamente apolítico y se mantiene al margen de cualquier conflicto. En el cementerio Gente Como Uno, todos los muertos son eso, gente como uno que dejó una historia y una huella, a veces grande, a veces pequeña, a veces buena, a veces mala. Todos se merecen el mismo respeto y ser recordados y llorados por alguien que legítimamente los quiere.

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