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Dolor desplazado

Sibylla Brodzinsky

Especial Hay Festival 2013

Sibylla Brodzinsky y Max Schoening asistirán al Hay Festival para hablar de su libro Throwing Stones at the Moon, que reúne testimonios de colombianos desplazados por la violencia. Prologada por Ingrid Betancourt, la obra recupera el drama de quienes han sufrido la brutalidad del conflicto.

Por: Giuseppe Caputo* Nueva York

Publicado el: 2013-01-22

En una columna reciente publicada en El Espectador y titulada “El dolor de los desplazados”, la investigadora asociada a DeJuSticia María Paula Saffon llamó la atención sobre la forma como los desplazados por la violencia suelen concebir su sufrimiento: como algo inevitable, ajeno al control y a la responsabilidad de personas e instituciones concretas. “Si bien sienten rabia por su situación –escribió– no la dirigen contra los responsables de su crimen y tienden a resignarse más que a indignarse, a sentir impotencia en lugar de injusticia y a buscar ayuda para sobrevivir en vez de exigir justicia por el daño sufrido”. Para Saffon, esta forma de entender el drama de los desplazados es el resultado de la política pública en ese campo, que se ha caracterizado por tratarlos como sobrevivientes del conflicto armado y no como víctimas de un crimen.

Merece la pena tener presente ese texto, la mencionada aproximación personal, social y política a la tragedia de los cuatro millones de desplazados que tiene el país, para introducir el libro Throwing Stones at the Moon (Tirando piedras a la luna, publicado en los Estados Unidos, en inglés, por McSweeney’s), editado por la periodista Sibylla Brodzinsky y el investigador de Human Rights Watch Max Schoening.

Como el trabajo de Alfredo Molano, esta obra recupera la historia oral para visibilizar los testimonios de quienes han sufrido la brutalidad del conflicto directamente. Y al hacerlo, notamos lo que advierte Saffon: la interpretación de los asesinatos, las masacres, las violaciones y mutilaciones por parte de las víctimas como una realidad traumatizante que hay que sobrellevar o superar; algo así como una prueba de vida y fe. Pero también, y en el gran número de narraciones, nos encontramos con la voluntad que tienen de comprender y denunciar las injusticias sociales y crímenes que han sufrido: por eso la importancia y pertinencia de esta obra.

Según Brodzinsky y Schoening, los narradores de Tirando piedras a la luna “son negros, blancos, mestizos, indígenas, pobres y ricos. Vienen del campo y de la ciudad, y han sido desterrados por guerrilleros y paramilitares, por los abusos del Ejército y por la violencia fortuita de narcotraficantes. Ellos tienen en común haber caído en la aparentemente inescapable espiral de la violencia”.

Así, conocemos la historia de Mariana, quien diez años después de que los paramilitares mataran a sus dos hijos y desaparecieran a su esposo en el 2001, se enteró de que había sido cortado en tres con una motosierra, estando aún con vida, y luego sepultado clandestinamente. O la de Alicia, obligada por los paramilitares a comer púas. O la historia de Sergio, quien perdió su pierna izquierda al pisar una mina quiebrapatas: “Mi papá un día dijo, con el dolor de su alma, que era mejor que fuera yo el que pisara la mina. Le pregunté: ‘¿Por qué me odias tanto?’. Y él respondió que si un miembro del Ejército la hubiera pisado, tal vez ninguno de nosotros estaría con vida. Porque ellos habrían dicho enseguida que sabíamos que ahí había una mina y que no les avisamos, y la habrían agarrado contra todos nosotros”.

Los testigos, entonces, no solo narran los abusos de guerrilleros y paramilitares sino que además denuncian a la Fuerza Pública a lo largo de sus testimonios: es, también, el caso Emilia, quien asegura que, luego de la masacre de El Salado, muchos notaron que, entre los soldados del Ejército que llegaron, había paramilitares que participaron en la matanza.

Según ella, la gente mira mal a los desplazados: “Muchos refunfuñaban porque éramos desplazados y porque éramos de El Salado. Como era zona roja, nos veían como colaboradores de la guerrilla. Y cuando íbamos a la Cruz Roja por los kits de ayuda, insinuaban que éramos malas personas”.

Sobre esta estigmatización se refiere en el prólogo del libro Ingrid Betancourt, quien se presenta como “testigo directo y víctima del poder despiadado, del abuso y la dominación”: “Cuando hay tantas víctimas de tantas atrocidades, la gente suele sentirse incómoda cuando escucha los detalles de la crueldad y la violencia. No quieren que el dolor de los otros los atraviese por el miedo a que ese dolor se vuelva su propio destino. Es por eso que vemos con tanta frecuencia a tanta gente señalando a las víctimas, acusándolas de ser responsables de su propio sufrimiento”.

Y agrega: “No hay mejor manera de sanar las heridas de las víctimas –y de la sociedad– que dándoles el reconocimiento de iguales: hacerles saber que gente que tal vez no vayan a conocer nunca, incluyendo líderes políticos y ciudadanos en el extranjero, están siendo informados de su sufrimiento: del cómo y del porqué de ese sufrimiento. Es el primer paso para que recobren su dignidad”.

Tirando piedras a la luna muestra, informa, recuerda que la violencia en Colombia sigue existiendo y sigue desarrollándose. Que luego de la desmovilización de los paramilitares se formaron y continúan formando grupos neoparamilitares. Que si bien el país ha estado proyectando desde hace varios años, tanto nacional como internacionalmente, la idea de que el conflicto se ha superado en una gran medida, la realidad es otra. Y que, en medio del entusiasmo generalizado por la disminución de secuestros y asesinatos, y por la encuesta que alza a Colombia como el país más feliz del mundo, el dolor de las víctimas, de los desposeídos y desterrados no puede seguir siendo desplazado de nuestra memoria.

*Periodista