Yo ya dejé mis malos pasos

La imagen del amor y la mujer en el vallenato se ha transformado con el tiempo. De la galantería furtiva en correrías por pueblos, a la exaltación de la vida mercantilista de las nuevas generaciones.

2013/09/11

Por Alejandro Gómez Dugand. Bogotá.

En los años noventa, el parque Sagrado Corazón de Barranquilla cambió de nombre. El parque se había convertido en el lugar secreto de encuentro de los amantes de la ciudad. El nuevo nombre fue tomado de la música que se había convertido en la banda sonora de esos amores. Al Sagrado Corazón lo empezaron a llamar el Santo Cachón, en alusión al éxito de los Embajadores del Vallenato.

En sus inicios, el vallenato poco le cantó a los malos amores. Corría la primera mitad del siglo XX, y quienes interpretaban esta música eran hombres de campo que recorrían la zona norte de la costa atlántica con el acordeón cruzado en el pecho. A pesar de que músicos como Alejo Durán y Emiliano Zuleta cantaron más a la tierra, a las peleas que cazaban con otros acordeoneros y a los chismes que corrían en los pueblos, el acordeón y el amor trabaron una relación inseparable y dieron fruto a un inquietante verbo: mujerear, que no significa, evidentemente, dejar el corazón anclado en un lugar, sino llenarse de amores y conquistas irresueltas. Las canciones de esta época son formas de coquetería, intentos de convencer a una mujer de tener un romance prófugo, como en “Debajo del ceibal” de Alejo Durán: “Cuando los luceros bordan de oro el cielo de mi valle / sientes mi aliento entre las brisas acariciar tu talle / te espero en el ceibal a la luz de la luna / para sentirte entre versos hojarascas y plumas”.

Le cantaron a las mujeres con nombre propio. “Esa era una forma de respeto –dice Chente Munive, acordeonero del Cesar que tuvo la oportunidad de compartir parrandas con los grandes del vallenato–, ellas se hacían famosas por las canciones”. Es el caso de Matilde Lina, a quien Leandro Díaz dedicó una de sus canciones más célebres. Lo cierto es que ese amor nunca llegó a buen puerto. O –en rigor– a ninguno: “En parte porque ella era una mujer casada –escribió el periodista Alberto Salcedo Ramos en una nota sobre el tema para la revista SoHo–, en parte porque Leandro, el muy descarado, tenía entonces dos mujeres de planta y una provisional”.

Se trataba de un donjuanismo alebrestado. Ellos eran cazadores y las mujeres trofeos que no encontraban un mejor lugar para ser expuestos que sus canciones. Munive insiste en que a las mujeres “siempre se las respetaba”, y es difícil encontrar canciones en las que no se hable de la mujer como un ser casi etéreo, capaz incluso de transformar el paisaje con su belleza: “Si no me miras –escribió Freddy Molina en “Amor sensible”– el propio cielo siente mi pena y se entristece”. Siempre con respeto, dice, minutos antes de contar que él tiene dos mujeres: “Esta negra con la que vivo y otra en una finca en la que tengo unas vacas”, mientras su negra, a la que quiere mucho, está sentada al lado suyo. Ese es el mujereo que los músicos vallenatos vivieron y promulgaron en sus canciones, y que configuró la idea que aún hoy se tiene del amor en la Costa colombiana.

En los ochenta y noventa el vallenato cambió de manos y dejó de ser una cosa de parrandas para convertirse en un fenómeno comercial. El género migró a las ciudades. Los más bondadosos llaman a esta nueva ola “el vallenato romántico”, mientras los más puristas lo llaman directamente “vallenato llorón”. El macho Don Juan, que con altanería hablaba de sus conquistas, desapareció y le dio paso a uno que cantó a las derrotas y a las traiciones. Los Diablitos fue uno de los grupos que dominó esas décadas y en su canción “No voy a llorar” condensa este sentir romántico: “Me habían dicho que el amor era así / y hoy me encuentro que es la triste verdad / que el querer está amarrado al sufrir, / y el sufrir envuelto en la soledad”.

La fanfarronería del pasado se convirtió en ruego. En canciones como “Qué hubo linda”, de Diomédes Díaz, el vallenato se excusa con su enamorada: “Yo ya dejé mis malos pasos, porque en ti encontré todo lo que estaba buscando”. En estos vallenatos el amor es eterno y la mujer ya no es un pasivo objeto de admiración. Es letal y capaz de acabar con la vida de un hombre. Este cambio quizás se deba a que la materia prima dejó de ser las vivencias personales de los acordeoneros. Estos fueron los años de las baladas de Ana Gabriel y de las telenovelas, en donde el amor –fatal y melodramático– era el principal protagonista y el vallenato tomó prestado el material y la intensidad de este universo.

Hoy hay una nueva ola del género, encabezada por músicos como Peter Manjarrés y Jorge Celedón. Franklin Morales, acordeonero e hijo del maestro Lorenzo Morales, asegura que le molesta la manera en la que las nuevas canciones hablan de la mujer: “Es como si las odiaran”. Chente Munive lo segunda: “Hoy no hacen más que insultar. Hay una canción que no hace más que decirles de todo”. Se refiere a Te dejé, de Peter Manjarrés. El coro que molesta a Munive dice: “Porque un solo dueño no alcanza para tu corazón, te dejé, te dejé, por mala, por loca”. Si bien no es justo hacer una generalización, sí es común encontrar canciones como “Ábrete”, de Martín Elías y Orlando Ochoa, que tiene estrofas como la siguiente: “Ábrete porque contigo no quiero nada, ya nada, lo que no sirve se bota para toda la vida”. Ese es el nuevo macho del vallenato: altanero e imposible de descorazonar. La mujer, por su parte, es una aprovechadora, consciente de sus actos y, por lo tanto, culpable.

Los nuevos vallenatos mezclan la fanfarronería de los primeros años con el sentimiento melodramático y la idea del amor atado al sufrimiento de los ochenta y noventa. Pero ahora hay una actitud desafiante. El nuevo macho está empoderado. Silvestre Dangond, otra gran cabeza de la nueva ola, canta en “Porque hay mujeres buenas y hay mujeres malas”: “Porque las mujeres con plata mandan igual que uno, y a mí me gusta es mantener a la mujer, darle casa, carro y plata y beca, a mí no me gusta que trabaje, a mí me gusta que sea una reina”. Sin duda el vallenato no le pertenece ya a esos hombres que recorrieron en animal la costa atlántica, ni los amores a los que les canta se viven en secreto en el Santo Cachón. Hoy el vallenato, muy en sintonía con ritmos como el reguetón, le canta a una versión tremendamente capitalista de la vida, donde la mujer debe subyugarse al éxito y en la que el amor es una suerte de negocio donde el que manda es el varón vallenatero.

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