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El costurero intelectual

Sarduy.

Desde Cuba hasta París

En medio del curubito intelectual francés de los años 60 del siglo pasado, el delicioso escritor cubano Severo Sarduy se declaraba un “intelectual analfabeto”. Pero nunca quiso volver a La Habana. El París de Foucault y Barthes sedujo a Sarduy de pies a cabeza.

Por: Gloria Esquivel, Nueva York.

Publicado el: 2012-06-28

La primera persona que el escritor cubano Severo Sarduy conoció en Europa fue al intelectual francés Francois Wahl. Sarduy había salido de Cuba en diciembre de 1959, con 22 años, gracias a una beca para estudiar historia del arte. Se embarcó hacia París, pero por cosas del azar, fue en Roma en donde conoció a Wahl, quien para ese momento era un reconocido editor de Éditions du Seuil y tenía a su cargo los textos de Lacán y Derridá. Se enamoraron.

Fue Wahl quien le presentó a la crema y nata de la intelectualidad francesa de los años sesenta. Sarduy, nacido en Camagüey en 1937, había colaborado con revistas literarias como Ciclón, Lunes de Revolución y Carteles. Al llegar a París del brazo de Wahl se encontró de frente con el grupo Tel Quel (de cuya revista su novio era también editor), y que contaba con miembros tan glamourosos como los escritores Michel Foucault, Georges Bataille y Julia Kristeva. Sarduy y Wahl fueron pareja desde 1960 hasta 1993, año en el que el cubano murió de sida. Juntos compartieron una casa de campo a las afueras de París, incontables viajes a destinos como India y Marruecos que plagaron la literatura de Sarduy con detalles de un exotismo exquisito, y el hábito de leerse clásicos de la literatura francesa en voz alta antes de dormir. “La mayor emoción que tuvimos juntos fue la muerte de Emma Bovary: nunca lloramos tanto”, recuerda Wahl en una entrevista sobre la obra de Sarduy realizada por el crítico Rubén Gallo en 2006.

Gracias a Wahl, Sarduy conoció a Barthes. En uno de sus textos autobiográficos, el cubano recuerda ese primer encuentro: “Era un escritor francés, se decía sociólogo entonces. Lo conocí en la rue du Dragon. Articulaba muy bien el francés. Yo le dije que el mío no era muy bueno pero que la fonética podía funcionar. Me respondió serás muy fonético, pero no fonológico y nos empezamos a reír. Siempre nos reímos de eso y de todo”. La amistad entre ellos fue también un diálogo intelectual que hizo su aparición en las obras de uno y otro y que se extendió hasta 1980, año en el que Barthes murió atropellado por un carro.

Sarduy se autoproclamó, sin el menor pudor, como un “intelectual analfabeto” que no escribía con la cabeza sino con la totalidad del cuerpo. Declaró en 1976, con su particular acento de provincia, en el programa de televisión español “A fondo”: “Yo quisiera que el lector mío se encontrara en un estado de placer sexual cuando me lee. Quiero invadir su cuerpo. El lector debe ser captado por este placer sexual. No quiero que me lea sino que haga el amor conmigo”. Al mismo tiempo, y en otro registro, Barthes proponía que la labor del crítico no podía ser fría y distanciada. “Entro en esas regiones de la realidad a mi manera, es decir, con mi cuerpo”, fue su lema en pos de una teoría más sensible, centrada en el texto como objeto de placer y de deseo en donde se revelaba la emotividad y soledad del lector.

Barthes reconoció y celebró desde el primer momento el hedonismo de la literatura de Sarduy al comentar, sobre su segunda novela De donde son los cantantes (1967), que era “la fábrica memoriosa de una seda erótica del placer, donde sólo este placer del lenguaje es su verdad”. Para el cubano, era un privilegio ser testigo de la capacidad de observación y de análisis sensorial de Barthes. Cuenta Sarduy, en un texto inspirado por Incidentes, libro póstumo del teórico francés, que en unas vacaciones que realizaron al Tánger solían sentarse en una plazoleta a escuchar las voces de los muchachos y se embriagaban en las distintas texturas, entonaciones y timbres. “La voz capta mi erotismo”, sugería Sarduy, quien potenció la musicalidad del habla coloquial cubana en su literatura. “La voz de los isleños, cuando lo son para siempre, tienen unos bordes incandescentes como los de la lava que constituye con sus estratos calientes y cenizos la materia de las islas”.

Las discusiones de Tel Quel encontraron su lugar en la literatura de Sarduy quien, de manera juguetona y desafiante, tomaba las teorías que discutían sus amigos y las amalgamaba en relatos plagados de un imaginario fértil heredado de su obsesión con la obra de Lezama Lima. Travestis, enanos, hombres que son caballos, camerinos de un burdel y recortes de la Harpers Bazaar entran en contacto con ideas posestructuralistas con desparpajo. “Que te chupe la falla lacaniana”, insulta uno de los personajes de De donde son los cantantes, con la misma naturalidad con la que Cobra (1972) está escrita como una parodia de la teoría psicoanalista de Lacan.

Para Wahl, Sarduy no tenía interés en el psicoanálisis como práctica clínica, sino como representación literaria. Sobre su relación con Lacan cuenta: “Severo tenía la impresión de que Lacan castraba a todo el mundo y eso dijo en sus novelas. Lacan aparece como el Doctor Ktazob en Cobra: en árabe esto significa ‘corta penes’. También sentía celos de Lacan, quizá porque yo lo conocía de antes y me dediqué de lleno a la edición de sus escritos. Además Lacan me llamaba por teléfono a las dos de la mañana y a Severo eso no le gustaba para nada”.

Otro de los grandes amigos de Sarduy fue Philippe Sollers, crítico y novelista francés, esposo de Julia Kristeva. Fue Sollers quien tradujo Cobra y su obra poética. En esa labor de adaptar los juegos del lenguaje cubano a la lengua francesa, se volvieron cómplices. Recuerda Wahl: “Un día de junio Philippe y Julia vinieron a casa. Ellos se sentaron en el jardín mientras Julia y yo salimos a pasear por el campo. Durante nuestra caminata nos dimos cuenta que cuando ellos nos contaban sobre lo que habían hecho durante el día, ni ella ni yo entendíamos nada”.

La amistad con Sollers se vio fracturada cuando Wahl, en 1982, decidió interrumpir la publicación de Tel Quel. El distanciamiento de su amigo se sumó a otros eventos que golpearon al autor como la muerte de su padre en Cuba en 1991, la angustia de la enfermedad, de la vejez y la nostalgia del exilio. Sobre su relación con Cuba escribió en sus notas autobiográficas: “No es que decidiera quedarme, me fui quedando. Adopté la solución de facilidad: instalarme en una casa de campo en las afueras de París y ponerme a escribir y a pintar. No tengo nada y los que debían de leerme, que son los cubanos, no me conocen ni me pueden leer. No creo que ya me quede tiempo para terminar mi obra allá”.

En Simulación, ensayo sobre travestis y Lacan, reflexionó sobre la pulsión de muerte de los animales marinos en exilio: “Huyen demasiado lejos hacia el interior de la tierra; cuando el mar se calma, son incapaces de volver a alcanzarlo: mueren en exilio, tratando en vano de regresar al agua, cada vez más lejana, de recorrer al revés el camino que un impulso irresistible les había obligado a tomar”. Sarduy recorrió ese camino para atestiguar en París la ebullición del pensamiento teórico contemporáneo, y lo tradujo en una literatura desenfadada que capturó lo cubano en su registro más coloquial. Aún hoy su obra no circula en la isla.