Benjamín de la Calle y José J. Cardona.
  • José Celada P.
  • Mujer/Hombre: Roberto
  • Mujer/Hombre: Rosa.

El extraño caso de la mujer-hombre

En los años veinte, en Guayaquil, el barrio de la bohemia de Medellín, apareció la figura de este fotógrafo que tomaba instantáneas judiciales, pero que fue uno de los pioneros de una estética queer en Colombia.

2014/06/20

Por Esteban Duperly* Medellín

El párrafo siguiente es una de las biografías más detalladas que hasta hoy se ha escrito sobre el fotógrafo Benjamín de la Calle: nació en 1869 en Yarumal, uno de esos pueblos antioqueños de tierra fría que se arropan con una ruana de niebla. En algún momento en la década de 1890 viajó a Medellín para estudiar con Emiliano Mejía, un jovencito de dieciocho años recién llegado de París –formado en fotografía y dibujo– quien a la sazón era una de las pocas personas capacitadas para dar alguna instrucción en técnica y composición fotográfica en la ciudad. En 1897, ya como fotógrafo con estudio, alternó entre la capital y su pueblo, donde tenía sociedad con un hermano. Y, finalmente, en el nuevo siglo, luego de una efímera participación en la Guerra de los Mil Días, abrió fotografía propia en Medellín, en el barrio Guayaquil. Murió de un cáncer en la semana santa de 1934, o por lo menos así se lee en la más completa reconstrucción biográfica realizada por Santiago Londoño, en su completo libro Testigo ocular, la fotografía en Antioquia, 1848-1950.

Apenas un párrafo. Por supuesto se trata de una exageración, pero de su vida solo se conocen las luces altas; los medios tonos y las sombras se han reconstruido muy poco, de manera incompleta y a retazos. Incluso de su prolija obra fotográfica sólo se conserva un girón: apenas 7.000 de los más de 250.000 negativos que pudieron haber constituido la totalidad de su archivo. Así que los matices de su existencia, esos que ayudarían a interpretarlo, son cuentos de oídas.

De entrada: que al parecer a su negocio nunca le fue bien. Eso, sin embargo, ayudaría a explicar que para completar la lista de la despensa trabajara retratando a sueldo lo que le pusieran frente al lente: desde minas y mineros al aire libre, hasta militares, millonarios y religiosos apoltronados en un estudio que decoraba con telones y otros recursos escenográficos de la escuela francesa –una estética de elementos más bien amanerados– tan popular en ese entonces. En su quehacer mercenario también se contrató durante varios años como fotógrafo judicial del gobierno, aunque “sin haberle cobrado un centavo”, en una referencia de una exposición retrospectiva dedicada a su obra, realizada en 1993 en el Banco de la República. Lo interesante de todo esto es que, en esa faceta, en 1912 tomó unas de las fotografías más inquietantes de su obra: la mujer-hombre; una serie díptica de Rosa E. Restrepo –o Roberto Durán– vestida –o vestido– mientras posa como hombre y como mujer.

El caso correspondía a un ladrón que se disfrazaba de sirvienta y luego se fugaba de las casas con un pequeño botín. Al ser interrogado surgió la historia de un detenido de “facciones finas, blanco e imberbe” que “dijo llamarse Rosa Emilia Restrepo y protestó no ponerse el vestido que corresponde a su sexo, porque su madre siempre la vistió como mujer, desde niña”, según lo relató el número 57 del periódico Progreso, el 30 de abril de 1912. Cuando lo remitieron al estudio para la foto judicial, don Benjamín retrató al reo primero con un traje femenino y ataviado con un amplio pañolón que le cubría la cabeza, y luego con saco y pantalones largos. Incorporó, además, uno de sus telones ricamente pintados y dispuso una silla donde, en la foto “masculina”, reposa un sombrero de paja. ¿Por qué, si ganaba tan poco o nada por hacer el trabajo judicial, no le hizo a Roberto –o a Rosa– un retrato de trámite de 6 x 9 cm en fondo gris –los más baratos en su oferta– sino que lo fotografió con fondo barroco, escenografía y en tamaño 12 x 16? ¿Para qué elaborar tanto? Porque el personaje muy posiblemente encarnaba una de sus temáticas favoritas y, además, –también es muy probable– le generaba un cierto sentimiento de identificación: Benjamín de la Calle era homosexual, y el caso de la mujer-hombre pudo golpear sobre la puntilla de sus pulsiones.

En un libro de crónicas sobre Guayaquil, el historiador Jorge Mario Betancur cita de viva voz el testimonio de personas que conocieron al fotógrafo y aseguran que su gusto por los hombres, en especial por muchachitos mandaderos de tiendas, fue real. Hacia el final de su vida tuvo un pupilo, José Marulanda, con quien compartió la vivienda y al parecer también fue su amante.

El archivo fotográfico de Marulanda fue encontrado por coincidencia años después. La historia completa se encuentra en el periódico Universo Centro publicado hace apenas tres meses. Su personalidad, además, era muy teatral: hacia 1910 modificó la forma original de su apellido y agregó el De la Calle, que quizás lo hacía más sonoro. Una empleada suya lo describió alguna vez como “viejo, feo, pinchado, extravagante y complicado” y las vestimentas de algunos de sus autorretratos son muy elaboradas, con leontina, guantes de cabritilla, corbata en moño y sombrero bombín. Lo son también sus poses. Un autorretrato suyo muy inquietante es aquel donde aparece junto a un joven que se apoya en su hombro mientras él hace como que lee un libro. El muchacho no llega a los 20 años, mientras don Benjamín ronda los 40.

Pero la ropa que usara, y lo que hiciera o no entre las sábanas no tiene porque importar. Lo que cuenta, al mirar su obra, es entender que Guayaquil, y una cierta sensibilidad y gustos que pudieron emanar de su preferencia sexual, hicieron de él un fotógrafo con una pupila plural y curiosa, y le dictaron una estética de riesgo para su tiempo. Luis Eduardo Mejía, fotógrafo y estudioso de la fotografía antioqueña, sugiere que el material más curioso de don Benjamín “es la reivindicación de las clases bajas, con un tratamiento que hoy llamaríamos kitsch”.

Guayaquil era ese sector que todas las ciudades han desarrollado en oposición a las zonas burguesas; un territorio permisivo donde la vida se desborda. Un lugar para todo el mundo. Allí, al lado de la plaza de mercado, las trilladoras de café, los locales de los sastres, los bares, y el comercio de ferretería, instaló su estudio fotográfico. De vecina también tenía una estación de ferrocarril. Así que la fachada de su negocio estaba enclavada en la calle donde más vibraba la ciudad. Eso, en buena medida, lo definió como persona. Y también, dibujó el carácter de mucha de su obra. El amplio espectro de sujetos que habitó ese barrio fue fotografiado por don Benjamín, en un ejercicio de estética algo desmesurada, sórdida y desvergonzada que no se conocía en Medellín. En Guayaquil se constituyó en el fotógrafo de los distintos. “Por su cercanía a los venteros, al muchacho que embolaba, al ladronzuelo, al bobo, a la prostituta, se creó una especie de familia popular a su alrededor. Es posible que él haya establecido algunas relaciones de amistad con todo ese enjambre de personajes, y por eso los retrató”, sostiene Betancur.

Los verdaderos fotógrafos se distinguen de los aficionados por sus temáticas seriales. Las series de hombres vestidos y maquillados como mujeres evidencian que De la Calle tuvo un especial interés en ellos, y no se trató sólo de disparos fortuitos. La misma conclusión se deriva de las de artistas de circo y zarzuela, las de toreros, las de hombres con sus amantes –que él catalogó con un discreto “compañeras”–, las de parejas dispares  –venerables con mujeres jóvenes, o  jovencitos con mujeres maduras– y las de actrices con poca ropa o en actitudes sensuales. En estas últimas el nivel máximo lo alcanzó en la fotografía Odaliscas; una puesta en escena de Las mil y una noches en la que cinco mujeres posan relajadas y llenas de erotismo. Las rígidas barreras de proximidad se abandonan en esta foto e incluso hay rozamiento entre ellas. Una desmesura para la época.

¿Cuándo y para qué hizo De la Calle estas fotos si se la pasaba ocupado retratando por dinero a curas, millonarios y militares? Se sabe que en el arte muchas veces las mejores obras se producen cuando al artista nadie lo contrata. Es allí donde germina a sus anchas. Tal vez en sus autorretratos, en sus series de coquetas sensuales, de deformes, de travestis, y en general de todo aquel que fuera distinto, don Benjamín seguía el cause de sus pulsiones y navegaba muy a su gusto. En Guayaquil encontró su universo, encontró todo lo que su estética apreciaba y necesitaba. Estaba rodeado de los suyos. Ese era su lugar en el mundo. Allí llegó y de allí no se marchó jamás. ¿A dónde más iba a ir?

 

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