El escritor francés es el primer premio Nobel en visitar la Feria del Libro de Bogotá.

El más francés de los escritores vivos

Exitoso desde joven, optimista, viajero incansable y admirador de las tradiciones orales, J.M.G. Le Clézio, el primer Premio Nobel en participar en la FILBO, ha tenido una vida tan prolífica como su obra. Arcadia lo entrevistó.

2013/04/12

Por Francisco Barrios* Bogotá

Cuando J.M.G. Le Clézio recibió el premio Nobel de Literatura en el 2008, los medios se apresuraron a reproducir el resultado de una encuesta hecha a los lectores de la revista francesa Lire en 1994: “Le Clézio es el más grande escritor vivo de la lengua francesa”. La academia sueca, con la concisión oracular que caracteriza a sus dictámenes, se refirió a Le Clézio como al “escritor de la ruptura, de la aventura poética y de la sensualidad extasiada, investigador de una humanidad fuera y debajo de la civilización reinante”.

No sé si Le Clézio es el más grande escritor vivo de la lengua francesa, pero tal vez sí es el más francés de los escritores vivos. Afirmar esto resulta tan discutible como decir que es “el mejor”, pero su vida de viajero, su entusiasmo por otras culturas y los virajes en su obra representan, en mi opinión, la más pura tradición literaria francesa.

Jean-Marie Gustave Le Clézio nació en Niza en 1940. Su familia proviene de inmigrantes bretones que poblaron las Islas Mauricio en el siglo XVIII y eran esclavistas. Le Clézio nunca ha soslayado este aspecto de sus antepasados; por el contrario, se ha valido de este para reflexionar sobre su identidad: “Puedo entender mejor que otros la contradicción entre la civilización idealista y la moral religiosa europea, y lo que hicieron con los esclavos, porque la raíz del mal está a tan solo dos generaciones de mí. Tal vez esto ha alimentado mi necesidad de luchar contra los abusos de la civilización moderna”, afirmó en una entrevista para The Guardian, en el 2010.

Su padre, Raoul Le Clézio, estudió medicina en Inglaterra, pero nunca llegó a ejercerla allí, ya que se hartó de las formalidades del cuerpo médico inglés antes de llegar a formar parte de él. En El africano (2004) Le Clézio cuenta cómo su padre fue enviado al hospital de Southampton, a donde llegó tres días antes de tener que reportarse al trabajo. Se hospedó en una pensión y salió a dar una vuelta. Al regresar, tenía una nota del director del hospital: “Señor, todavía no he recibido su tarjeta”. Su reacción a este reclamo de quien hubiera sido su jefe, fue la de tomar de inmediato un puesto de médico de frontera en la Guyana británica.

De regreso a Francia, Raoul Le Clézio se casó con su prima hermana Silvie, y poco después se embarcaron a Camerún. En 1938 la madre del escritor decidió regresar a Francia para dar a luz en Niza, donde vivía su familia. Su esposo regresó a África y unos meses después estalló la Segunda Guerra Mundial, por lo que el médico quedó atrapado en África. En 1941 intentó viajar a Niza para traer consigo a su familia. Atravesó el Sahara en una caravana de camiones, pero al llegar a Argelia lo detuvieron, tuvo de desandar el camino y esperar siete años para poder reunirse con ellos.

Le Clézio se crio en medio de la guerra, una época que evoca como “un paraíso anárquico casi desprovisto de disciplina”, en el que su refinada abuela les contaba historias a él y a su hermano menor, lo que constituye su primera influencia literaria.

En varias de sus novelas aparece una mujer que cuenta historias. En El diluvio (1966), Anna Mathilde Passeron le cuenta su historia al protagonista por medio de una grabación. En Desierto (1980), la abuela Amma le cuenta a Lalla la historia de una caravana y en El pez dorado (1997) Lalla Asma cumple ese papel. Usted asocia la tradición oral con las mujeres.

Sí. Es probablemente debido a mi historia personal porque mi abuela era una extraordinaria contadora de historias. Yo crecí durante la guerra y era una época en la que no había muchos libros, no había oportunidades de salir de la casa, no había cine, nada. Y ella tenía este papel de creación y de diversión, y a la vez de moderación, quizás, y por eso estoy convencido de que la palabra que se oye, la forma de la literatura, tiene un origen femenino, tiene que ver con la capacidad femenina de superar los problemas de la vida cotidiana e inventar soluciones.

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En 1948 la madre de Le Clézio pudo finalmente viajar con sus hijos a Nigeria para reunirse con su marido. Este viaje representa en la vida de Le Clézio el momento germinal de su escritura, ya que si bien no publicó su primer libro sino hasta 1963, empezó a escribir en el barco que lo llevaría al traumático reencuentro con su padre, que recrea en El africano: “Desde el primer momento, mi hermano y yo nos medimos con él vertiendo pimienta en su tetera. No le dio risa, nos sacó de la casa y nos golpeó con severidad. (…) Aprendimos de golpe que un padre podía ser temible, que podía castigar e ir a cortar cañas al bosque y usarlas para golpearnos en las piernas. Que podía instituir una justicia viril que excluía cualquier diálogo y cualquier excusa”.

Si bien la vida en África con un padre déspota fue dura para el escritor, también le dio un mundo que explica su fascinación con la naturaleza, que se manifiesta no solo en su ficción sino en su compromiso con la ecología.

El padre de Le Clézio se quedó en África hasta 1968, pero Jean-Marie Gustave regresó a Niza a estudiar en el Liceo Massena. Después asistió a la Universidad de Bristol por un año, y terminó sus estudios en la Universidad de Niza, de la que se diplomó con una tesis sobre Henri Michaux.

En 1963 Le Clézio publicó El atestado. La novela fue nominada al Premio Goncourt y ganó el Premio Renaudot, lo que convirtió al joven escritor en una promesa de la literatura francesa. En ese momento, la generación del nouveau roman buscaba formas de narrar distintas a la tradicional, a la idea de la “novela total”. Le Clézio entró con méritos a esta cofradía, ya que en El atestado el fluir de conciencia prima sobre la construcción de personajes o la narración de una historia. Cartier Bresson lo fotografió, Michel Foucault y Gilles Deleuze elogiaron su opera prima y fue comparada con el El extranjero.

Tres años después de El atestado vino El diluvio (1966), una novela deslumbrante, en la que Francois Besson alterna su deambular por una ciudad que parece desintegrarse, con la escucha de unas cintas que le ha dejado su amiga Anna Mathilde Passeron, quien ha decidido terminar su vida sin ninguna razón aparente distinta al desencanto. En algún momento Anna le cuenta al narrador: “Francamente, no comprendo cómo aún queda gente que escriba. Novelas, poemas, y cosas por el estilo. Porque, a fin de cuentas, esto no sirve para nada. Es estúpido, egoísta. Y además es el placer de darse a comer a los otros. Y además es tan pesado. Te aseguro que no lo entiendo. Ves, me cuesta menos comprender a los que escriben cartas y tarjetas postales, que a los que hacen novelas”.

Después de El diluvio Le Clézio publicó cuatro novelas y dos libros de cuentos, en los que experimentó con el fluir de conciencia y con géneros como la ciencia ficción, en la distopía Gigantes (1973). Su siguiente novela sería Desierto con la que obtuvo el Premio Paul-Morand en su primera edición, en 1980. A partir de esta novela, la obra de Le Clézio se decantó hacia novelas menos experimentales, más narrativas y, sobre todo, evocativas de parajes como el desierto o la selva –muy lejanas del monólogo de Passeron.

Las reseñas de su obra hablan entonces de dos etapas, y suelen ser muy críticas con la segunda. Richard B. Woodward, crítico del Wall Street Journal, escribió en el 2008: “Más un filósofo que un creador de personajes complejos o de tramas, el señor Le Clézio es como un Rousseau post-Darwin, que denuncia la destrucción de las culturas indígenas alrededor del mundo, con frecuencia a través de la mirada de un niño. Al mismo tiempo, se siente fascinado por la crueldad de la naturaleza”.

Los críticos hablan de dos etapas en su obra. Una primera, experimental y emparentada con el nouveau roman, y una más convencional, narrativamente. ¿Está usted de acuerdo con esta lectura?

En realidad se trata de una sola vida y, como usted sabe, el hombre de setenta y pico no tiene nada que ver con el joven que yo era en 1960. Hay una evolución y una transformación progresiva, así que no se trata de dos etapas, sino de una serie de movimientos que transforman a un ser humano a lo largo de su vida. Los libros son la expresión de la vida, son el producto de la vida de un ser humano, de un escritor. A cada época corresponde un libro diferente, y a pesar de esto, estás siempre escribiendo más o menos el mismo libro.

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En 1967 Le Clézio fue enviado a Tailandia para prestar el servicio civil, pero fue deportado por denunciar la prostitución infantil. Después viajó a México, país al que regresaría después, y donde vivió durante veintidós años.

Su padre era inglés y su madre bretona, usted creció en Roquebilliere, pero también vivió de niño en Nigeria, luego en Inglaterra, en Tailandia y después en México. ¿Esos viajes obedecieron a un plan o fueron producto del azar?

En realidad no soy un viajero. Lo que me gusta es estar en un país por un tiempo largo. Aprender a vivir en un lugar, varios meses o años. Por eso estuve muchos años en Ciudad de México, largo tiempo en Yucatán, y después otros diez o quince años en Michoacán. Me interesa conocer a la gente, aprender a vivir en este lugar, entender los problemas de la vida cotidiana. También encontrar a escritores e intelectuales. Esta es mi vida. Tengo varias patrias chicas.

Dentro de los viajes de Le Clézio tiene especial importancia su estadía de tres años en el Tapón del Darién con los Emberá, que se dio a raíz de su amistad con un curandero de esta etnia. Esta experiencia era parte de una búsqueda que alguna vez le refirió a Tomás Eloy Martínez como la de “una poesía en estado puro, una poesía creada por gestos y por los ritmos de la danza; es decir, por el ser en ebullición”. Al parecer, la culminación de dicha búsqueda fue haber conocido a Elvira, una contadora de historias emberá, a quien mencionó en su discurso del premio Nobel. Sobre ella me contó: “Elvira era una persona extraordinaria porque era también una actriz. Ella vivía lo que contaba, lo expresaba con sus movimientos, con su cuerpo, y fue una emoción muy grande encontrar la creación literaria espontánea. Y a la vez, los emberá tienen una lengua literaria diferente del idioma cotidiano, con unas fórmulas más elegantes, un poco arcaicas, y esto constituía un retrato extraordinario de la literatura nativa. Fue una experiencia tremenda. Eso sucedió en una época en la que tenía problemas para expresarme. Fue una gran lección”.

En 1992 usted escribió Estrella errante, una novela en la que habla del conflicto árabe-israelí, el cual parece no tener solución, y sin embargo, noto en usted mucho optimismo.

Es cuestión de generaciones y tengo la impresión de que se va a resolver. Debe haber un cambio en los líderes porque los actuales son extremistas, pero la población está harta de sufrir. Hay una exigencia de paz. Quizás mi optimismo es un optimismo naïve, pero creo que la ley humana, la ley de los pueblos, está dictada por la necesidad, y cuando hay necesidad de paz, la paz se encuentra. Es lo que hemos vivido en Europa, con el conflicto de Irlanda, por ejemplo. Las nuevas generaciones supieron crear una nueva piel sobre las heridas antiguas.

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Cuando me refería Le Clézio como el más francés de los escritores vivos, pensaba en la visión un poco caricaturesca de Milan Kundera, que en La inmortalidad les reprocha a los franceses su deseo de participar de la historia, empujados por la nostalgia. Sin embargo, al final de El africano, Le Clézio parece salirle al paso a esta visión: “Todo está tan lejos y tan cerca. Una simple pared fina como un espejo separa el mundo de hoy del mundo de ayer. No hablo de la nostalgia. Esa pena desamparada nunca me causó placer. Hablo de sustancia, de sensaciones, de la parte más lógica de mi vida”.

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