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El reencuentro

Herta Müller

Cuando Herta Müller volvió a Rumania

En un diálogo cargado de asfixiante tensión, el filósofo Gabriel Liiceanu conversa con Müller en público, la primera vez que ella vuelve a Rumania tras ganar el Nobel. La conversación se dio en el Ateneo de Bucarest en octubre del 2010 y se publica por primera vez en español

Por: Traducción de Hernán A. Caro*

Publicado el: 2013-01-22

Herta Müller nació en Rumania en 1953. Como miembro de la minoría alemana del país, su familia experimentó la represión del régimen comunista a la que muchos rumano-alemanes fueron sometidos después de la Segunda Guerra Mundial. En Rumania, Herta Müller estudió germanística y romanística, y a partir de 1976 trabajó como traductora en una fábrica. En 1979 fue despedida por negarse a colaborar con la Securitate, el servicio secreto rumano. En 1982 logró publicar en Rumania su primera novela En tierras bajas, escrita cuatro años antes. Como el resto de las obras que vendrían en los años siguientes, la novela apareció en una edición censurada.

Tras varias visitas a la República Federal Alemana, en 1987 Herta Müller decidió abandonar definitivamente Rumania. Actualmente vive en Berlín. Sus novelas más conocidas, en las que examina ante todo las difíciles condiciones de vida durante la dictadura rumana, son En tierras bajas (1982), La bestia en el corazón (1994) y Todo lo que tengo lo llevo conmigo (2009). En el 2009 fue galardonada con el Premio Nobel de Literatura, y sus obras han sido traducidas a más de cincuenta idiomas.

En varias ocasiones, Herta Müller ha criticado públicamente a los intelectuales rumanos por su pasividad frente al dictador comunista Nicolae Ceaucescu, quien gobernó Rumania con mano de hierro entre 1974 y 1989. El diálogo que presentamos a continuación tuvo lugar en octubre del 2010 en Bucarest. Allí, Herta Müller habló con el escritor y filósofo rumano Gabriel Liiceanu sobre el papel del escritor y la emigración, y explicó por qué, en su opinión, la preservación de la integridad personal dentro de regímenes totalitarios es insuficiente como una forma de la resistencia política.

Gabriel Liiceanu: Le propongo que empecemos refiriéndonos a un fragmento de su novela Todo lo que tengo lo llevo conmigo (2009). Allí usted escribe: “Pero el hambre estaba como un perro frente a la escudilla y soplaba con codicia”. En mi opinión ser escritor significa ver relaciones entre cosas que nadie ve y nombrar esas relaciones con palabras que nadie ha usado antes. El escritor es en esa medida un precursor. Sin embargo, tengo la sensación de que en muchas ocasiones usted se ha negado a aceptar que el escritor tiene ese papel excepcional.

Herta Müller: Yo creo que cada persona es un individuo único, tiene una relación única con el mundo, y todo lo que hace, lo hace de manera única. En el caso de los escritores, cuyo oficio es expresar sobre el papel, aquello se puede ver claramente y puede ser discutido. En el caso de las otras personas, las ideas no son expresadas. Esa es la diferencia. He conocido a personas sensibles en todo tipo de oficios, y jamás he creído que yo tenga la capacidad de ver algo que ellas, que no escriben, no puedan ver. Si el lenguaje es realmente capaz de expresar vida, es con las palabras de las personas que no escriben. Yo debo recurrir a ese lenguaje. Y si lo uso en cierta forma, produzco lo que llamamos literatura, poesía, atmósfera poética.

Gabriel Liiceanu: Al inicio de su libro de ensayos El rey se inclina y mata (2003) usted cita a Jorge Semprún: “La patria no es la lengua que hablas, sino las cosas que dices”. Y lo comenta así: “Semprún sabe que para pertenecer a una colectividad es necesario disponer de un mínimo de consenso interior sobre lo que comunicamos a través del habla”. Ni usted, ni yo, ni muchos otros rumanos de nuestra generación encontramos durante nuestra vida ese consenso interior. Si jamás nos hemos reconocido en el discurso oficial, ¿cuál ha sido entonces nuestra patria? ¿Hemos tenido alguna vez una patria?

Herta Müller: Yo haría una distinción. “Patria” es una palabra de la que se ha abusado con fines ideológicos. En la historia alemana, tanto en el nacionalsocialismo como en el estalinismo de la República Democrática, pero también en otros países socialistas, la palabra fue usada con mucha frecuencia. “Casa”, por el contrario, significa mucho menos, pero también mucho más. Y creo que es suficiente si te sientes en casa. Me referí a esa frase de Semprún porque me he topado con muchos escritores alemanes a quienes les parece interesante decir que su patria es la lengua. Esto me irrita, pues ¿quién diablos ha puesto en duda esa patria? Esos escritores jamás han tenido problema alguno con su patria. A quienes nacieron en los años cincuenta en Alemania Occidental nadie los interrogó sobre si amaban o no su patria, podían entrar y salir del país. La frase “La patria es la lengua” fue creada por inmigrantes en tiempos del nacionalsocialismo, por aquellos que huyeron de la dictadura de Hitler para no ser asesinados. Semprún sabía qué significa eso, pues él también estuvo en exilio durante el franquismo, después luchó contra los nazis en Francia y en varias ocasiones fue a España clandestinamente. Él sabe de qué habla. La lengua común me pertenece también a mí, pero si ella es enemiga de mi vida, ¿de qué me sirve? Solo me muestra con mayor claridad en qué medida no estoy en casa.

Gabriel Liiceanu: Pero yo quería saber si los que nos quedamos en casa sin sentirnos en casa, no representamos acaso un tipo nuevo de existencia, al menos en el siglo XX. ¿Qué sucede con toda una generación que nunca se sintió en casa justamente porque no se reconocía en la lengua que debería haberles permitido expresarse en público

Herta Müller: El hecho de que ustedes se hayan quedado aquí es algo completamente distinto a mi caso: ustedes están en Rumania, nacieron aquí y se quedaron aquí, con todo lo que ello implica. Yo viví aquí hasta 1987, y luego me expulsaron. Y ya no podría volver, sería una ilusión. La historia del exilio siempre ha sido la misma: no puedes regresar como has partido. No porque no quieras, sino porque has cambiado en el lugar adonde te has ido. Regresas, pero la conexión se ha roto, no hay nada que continuar. Pero esto no se trata de mí. El exilio es una pérdida enorme para cualquier país. Y usualmente son los íntegros, los que no soportan más, los sensibles, los primeros que intentan largarse.

Gabriel Liiceanu: Pero algunas veces también se quedan los sensibles…

Herta Müller: Los rumanos se quedaron en su país porque había tantos de ellos que el contexto en que vivían no podía ser deshecho. En cambio, casi todos los alemanes de Rumania partieron. La cultura alemana de Rumania hace parte del pasado. En las aldeas quedan algunos ancianos solitarios. El futuro de la minoría alemana son los hogares geriátricos. Si yo quisiera regresar y continuar algo aquí, no tendría con quién, con qué hacerlo, sería imposible. Todos los alemanes que partieron de aquí están en algún otro lugar del mundo. Esto a veces me duele, pero otras veces pienso que tuve suerte al abandonar Rumania. No sé qué hubiese hecho en Rumania, no sé si estaría hoy aquí con algunos pocos libros escritos. Sé de mucha gente que partió y no logró nada. Y hay también tragedias. Tuve también suerte gracias a este oficio: escribir. Otros se perdieron por el camino.

Gabriel Liiceanu: Pero muchos de nosotros también nos hemos sentido parte de una minoría. Sería fantástico si usted quisiera aceptar eso, pero si no, pues tendremos que buscar otra forma de que nos reconozcan.

Herta Müller: Cuando yo vivía en Rumania y estaba en problemas, y me enfrentaba a la dictadura, hubiese querido ver que había muchos de nosotros… Pero la mayoría guardó silencio, no protestó, así que no había una minoría que observar. Eso me enfada.

Gabriel Liiceanu: No voy a responder a eso, porque nos atascamos en ese tema y tengo otras cosas en mente. En el El rey se inclina y mata, en un ensayo titulado “En nuestro país, Alemania” usted dice: “Cuando escribo, debo mantenerme en el lugar en el que peor fui lastimada”. Todos sus libros tratan de cosas terribles que usted experimentó en la Rumania de los años ochenta: interrogatorios, violaciones de domicilio, amigos torturados o asesinados. ¿Pero qué sucede si su herida ya no le interesa a nadie?

Herta Müller: Yo escribo sobre estos temas en primer lugar para mí misma, porque no tengo alternativa. Debo arreglármelas con mi vida pasada para poder vivir la que llevo ahora. Pero no quiero ni puedo obligar a nadie a participar en esto. Un libro no puede forzar a nadie a leerlo. Si alguien lo toma y ve que no le concierne, puede botarlo. Ahora bien, no sé si en realidad son tan pocos los que quieren enfrentarse con el pasado. Creo que hay bastantes.

Gabriel Liiceanu: Existe un abismo que separa a los intelectuales del este y el oeste de Europa. Los escritores provenientes de Europa Occidental no han experimentado la represión. Como usted lo expresa: “Tienen la cabeza llena de libros y ninguno les ha podido explicar siquiera una fracción de lo que significa la falta de libertad”. ¿Cómo se las ha arreglado para mantener en los últimos veinte años un diálogo con sus colegas occidentales?

Herta Müller: Yo no dialogo con todos. Si las opiniones son tan distintas que no podemos encontrarnos en ningún punto, no tiene sentido. En Occidente, en general, existe la creencia de que debes hablar con todos sobre todo, y si hablas lo suficiente podrás llegar a un punto de armonía. Pero eso no es verdad. Algunas veces simplemente digo: “Con X o con Y no tiene sentido discutir”. Pero eso no depende de si alguien ha conocido o no la dictadura. Hay personas que no han experimentado la dictadura pero están interesadas en comprenderla. Del mismo modo, hay otros que vivieron la dictadura y que no entienden nada en absoluto.

Gabriel Liiceanu: Si hubiera nacido en Alemania y le faltara la experiencia de haber vivido en Rumania, ¿entendería menos? ¿Valió la pena pagar el precio del sufrimiento para adquirir un entendimiento superior del mundo?

Herta Müller: He dicho esto antes: no poseo un entendimiento superior del mundo. De hecho, no poseo ningún entendimiento del mundo. Yo no comprendo el mundo. Esa es la razón por la que escribo. En cuanto al precio: no valió la pena. La vida es lo más precioso que existe. Nada justifica la humillación de una persona, nada justifica querer estar en un zoológico, estar frente a la jaula y pensar “soy más sensible, tengo una mente extraordinaria y observo cómo se comporta la gente ordinaria”. Yo hago parte de los que están en la jaula, no estoy afuera observándolos. Por lo demás, creo que la literatura es una forma de búsqueda: ¿qué significa nuestra existencia?, ¿cuánto vamos a vivir?, ¿cuándo nos abandonará la mente? Por eso todo fue tan trágico en Rumania: porque junto con todos estos problemas existenciales, la dictadura introdujo también la persecución política contra la que tenías que luchar. Y yo jamás entendí nada. Por eso siempre me pregunto una y otra vez: ¿qué fue lo que sucedió exactamente en ese entonces? Lo único que he comprendido es que la libertad es importante.

Gabriel Liiceanu: Su literatura nace, paradójicamente, de la creencia en que hay una desconexión entre los pensamientos y las palabras. Usted ha escrito: “El pensamiento habla consigo mismo en un modo muy distinto a las palabras”. Las palabras son concretas, mientras que los pensamientos son “la carrera silenciosa y confusa en nuestra cabeza”. Además, “las palabras no pueden expresar cosas esenciales o intrincadas”. ¿Cómo logra escribir?

Herta Müller: Obligo a las palabras a que me ayuden a decir lo que quiero decir. Solo después de haber iniciado una frase descubro qué quiere decir. La escritura tiene su propia lógica, que nos impone a nosotros. No hay “día”, “noche”, “afuera” o “adentro”. Existe el sujeto, el predicado, la metáfora, una forma determinada de construir la frase de modo que tenga ritmo: estas son leyes que se nos imponen. La lengua me atormenta y me obliga a esforzarme hasta no poder más. Lo cual, de hecho, me ayuda. Es un círculo vicioso inexplicable. En estos momentos, aquí sentada, no soy una escritora. Soy una escritora solamente cuando estoy sola. Lo que hacemos nosotros aquí es otra cosa: ¡es un circo!

Gabriel Liiceanu: Le propongo entonces que terminemos este circo con un problema espinoso. En varias ocasiones usted ha clasificado como deshonrosa la actitud apolítica de muchos escritores rumanos durante el comunismo. ¿Qué entiende por compromiso político en una sociedad totalitaria, en la que comprometerse políticamente significaba convertirse en activista del partido? Algunos de nosotros fuimos tan ingenuos como para creer que al rechazar comportarnos y hablar como se esperaba que lo hiciéramos, estábamos políticamente comprometidos. Ahora usted nos dice que esto no fue suficiente.

Herta Müller: No soy yo quien debo decir que no fue suficiente. También ustedes deben verlo.

Gabriel Liiceanu: Pero aparte de la disidencia, ¿qué es el compromiso político en un régimen represivo

Herta Müller: Si comparamos Rumania con otros países de Europa del este con el mismo régimen político (Polonia, Hungría, Checoslovaquia, incluso Alemania Oriental), observamos que en casi todos ellos, las personas que se atrevieron a decir algo eran un número importante. En Rumania no hubo disidencia organizada alguna. Hubo solo algunos casos individuales: Radu Filipescu, el sacerdote Calciu-Dumitreasa, Paul Goma. Pero los dejaron solos. ¿Quién los apoyó

Gabriel Liiceanu: ¿Se sentía como una disidente cuando vivía en Rumania?

Herta Müller: No. “Disidente” es un término que se te aplica desde afuera. Yo quería vivir una vida normal, no hacer cosas de las que no pudiese hacerme responsable. Me daban asco los funcionarios del partido, todos esos entes con que me topaba en la fábrica, en los mitines… Incluso cuando uno iba a comprar algo o al correo, trataban a la gente como si fueran pedazos de mierda. Eso es lo que me dolía.

Gabriel Liiceanu: Nos dolió a muchos. Muchos sentimos el mismo asco…

Herta Müller: Esta es la causa por la que no pude hacer otra cosa. Yo no hice nada: simplemente no soporte más y les dije: “Señores, ustedes me producen asco”. ¿Qué otra cosa podía hacer? No podía ponerme al servicio de una sociedad que me daba asco. La gente me daba lástima. Trabajé en una fábrica y tuve la suerte –o la desgracia– de terminar en un sitio adonde la mayoría de intelectuales no llegaba. Como me echaban de todas partes, conocí lugares donde aprendí qué le preocupa a la gente normal. Casi me vuelvo loca al ver las condiciones en que vivían y trabajaban. Las ventanas de la fábrica no tenían vidrio, hacía frío, la gente trabajaba en la cadena de montaje. Para ir al trabajo tenían que despertarse a las cuatro de la mañana, pues vivían en el campo. Tenían que beber alcohol en la mañana para resistir y para que no se les congelaran las manos. Cuando se iba la luz tenían que permanecer todo el día en la fábrica “para cumplir el plan”. Al ver todo esto me peleé con el director, con el portero, con todo el mundo, en cada lugar donde me parecía que la situación no era correcta.

Gabriel Liiceanu: Pero esto nos sucedió a muchos de nosotros.

Herta Müller: ¡Pero deberían haberse enojado! ¿Por qué no se enojaron? ¡Yo me enojaba todo el día, y a los miembros de la Securitate eso no les caía en gracia!

Gabriel Liiceanu: Yo también me sentía enojado y deprimido. Lo que quiero decir es que cuando usted cuestiona la falta de compromiso político en una sociedad totalitaria, debe saber que cada uno de nosotros vivió su propia aventura, que muchos de nosotros tuvimos que cruzar al otro lado sin enlodarnos. Si cada uno de nosotros contara su historia (y ya algunos lo hemos hecho), se vería que las cosas no son tan simples como parece. ¿Acaso son aquellos que respetaron su relación con el lenguaje, que no se permitieron entrar en una situación que destruyera su lenguaje, aquellos que nunca usaron el lenguaje oficial, son ellos los “colaboradores” de los que habla? ¿No cree que cada libro limpio, bueno, que nació en ese entonces era una forma de decir “no” al mundo en que vivíamos

Herta Müller: No. Era una forma de evadir ese mundo. Yo no acuso a nadie aparte de los que produjeron literatura “para el orden”. Pero lo que me pide que elogie me parece muy poco.

Gabriel Liiceanu: No le pido que lo elogie, simplemente le pido que no lo acuse.

Herta Müller: Quizá era una forma de mantenerse fiel a sí mismos, pero era demasiado poco, no se oponía a la dictadura. El hecho de que esas personas no se hayan enlodado es una cuestión personal. Pero no hacían nada que molestara al dictador Ceaucescu y a los agentes de la Securitate. Creo que la dictadura no se habría vuelto tan siniestra si más personas se le hubiesen opuesto. A fin de cuentas, en ningún otro país en Europa Oriental la gente tenía que ir cada año a la policía para recibir el permiso de usar nuestras máquinas de escribir.

Gabriel Liiceanu: ¿Usted fu?

Herta Müller: Claro que fui.

Gabriel Liiceanu: Yo no fui.

Herta Müller: ¡Usted era un disidente!

Gabriel Liiceanu: Eso parece. Y usted, ¿por qué fue?

Herta Müller: Para poder usar la máquina de escribir. Para que nadie me dijera después que me arrestaban por usarla.??Gabriel Liiceanu: Debería haber disentido, asumir el riesgo, no dejarse humillar.

Herta Müller: Quizá yo no era una disidente. Quizá los otros lo eran, los que escribieron libros con lenguaje limpio. Yo ni siquiera quería ser una disidente. Intentaba vivir de forma tal que no tuviese que ser responsable por las cosas que no había hecho, y no quería hacer lo que me repugnaba en otros. Alguna vez trabajé en un jardín infantil. Los niños debían cantar el himno nacional, que se volvía más largo a medida que el país empeoraba. Yo creía que por ser un jardín infantil las cosas serían mejores, que a los niños pequeños las autoridades los dejaban en paz. Pero era igual de terrible. La profesora debía decir: “Camaradas, primero se canta el himno…”. El primer día les enseñé una canción de invierno. Los niños jamás habían escuchado algo así. Durante años solo les habían enseñado idioteces ideológicas. Al día siguiente yo no quería cantar el himno, así que les pregunte: “¿Recuerdan la canción que aprendimos ayer”. Pero un chico me dijo: “Camarada, primero debemos cantar el himno”. “Entonces cántenlo”, les dije. Se reunieron en un círculo, abrazados como soldados, y empezaron a gritar el himno. Yo quería llorar. Eran tan pequeños y ya estaban tan bien entrenados. Después de dos estrofas les dije: “Muy bien, es suficiente”. Pero otro niño dijo: “Camarada, debemos cantar el himno hasta el final”. Así que les dije: “Entonces cántenlo”. Fue devastador para mí ver que a aquella edad todos esos niños estaban siendo manipulados en un modo que yo jamás había imaginado.

Gabriel Liiceanu: Esos niños tendrán ahora veinticinco años.

Herta Müller: Y quizá no se hayan recuperado de esa treta. Quizá jamás lo hagan. Depende de lo que les digan sus padres, sus abuelos, y todos los que vivieron en esos tiempos.

Gabriel Liiceanu: Entonces, quizá el circo de esta noche tenga algún sentido, a fin de cuentas. Quizá les pueda decir algo.

Herta Müller: Sí, es posible.