El encantador, de Lila Azam Zanganeh

Ensayo

Algunos de los ensayos que trae la FILBO 2013.

2013/04/12

Por Revista Arcadia

El éxtasis de leer a Nabokov

Luis Fernando Afanador* Crítico literario

El encantador, Lila Azam Zanganeh. Duomo.

Al comienzo de su célebre Tolstoi o Dostoievski, George Steiner decía que la crítica literaria debía surgir de una deuda de amor. Pues bien, El encantador Nabokov y la felicidad, de Lila Azam, cumple a cabalidad con esa aspiración, tan escasa en la crítica literaria, de antes y de ahora: “Siempre me ha horrorizado la lectura y los libros. No obstante, me dispongo a contar la historia de un puñado de libros que cambiaron mi vida”.

El encantador mezcla diversos géneros: la biografía, el reportaje, la crítica y la ficción. Pertenece a una categoría que, a partir de Oscar Wilde y de Borges, podríamos llamar “crítica artística”, para la cual el autor y la obra comentada no constituyen un dique sino una fuente de inspiración. Dice Lila Azam, la joven escritora francesa de origen iraní, que vive en Nueva York: “Para mí ha sido como bailar un tango con Nabokov. El encantador es un baile, a veces con acrobacias, en un espacio creado con el movimiento en círculos del baile. Nunca, ni durante un segundo, he pensado que yo estuviera a la altura de Nabokov pero durante solo un momento, que es el momento del libro, nos miramos los dos a los ojos. Y esto forma parte del juego, de esa irreverencia que también implica un sentido de alegría. En esta irreverencia hay una actitud muy alegre y un poco subversiva, y se crea un espacio de felicidad, que además es el sentido y el contenido del libro”.

Para que la “crítica artística” se justifique, el requisito básico es que esté bien escrita. Y El encantador es un logro de estilo, por cierto, con una impecable traducción de Susana Rodríguez-Vida y una bella edición con fotos e ilustraciones. El fotomontaje de Lila Azam conversando con Nabokov en el lago Como –algo imposible en la realidad: Nabokov murió en 1977, cuando ella tenía diez meses– no solo es un bonito guiño, reafirma su propuesta de hacer un libro audaz: la foto apócrifa ilustra la entrevista apócrifa.

Una crítica vital, creativa. Y un gran homenaje al maestro. No es poca cosa, pero El encantador va más allá: se convierte en una de las más sugestivas lecturas que se han hecho del autor de Lolita, Habla memoria y Ada o el ardor. Buscando el concepto y la experiencia de “la felicidad”, Lila Azam recorre e interroga su obra y su vida: “La felicidad, en Nabokov, no es más que un modo especial de ver, de maravillarse, de captar las cosas; en otras palabras, de atrapar las partículas de luz que bullen a nuestro alrededor”. Este libro celebra el éxtasis de leer a un autor que, como ninguno otro, encontró la felicidad. Y, de paso, nos recuerda que una de las funciones de la literatura es renovar el olvidado encanto del mundo.

Una casa por la ventana

Matías Godoy* Escritor

Una casa de palabras, Gustavo Martín Garzo. Océano.

La paradoja de los libros acerca de libros es que es mucho más fácil terminarlos cuando en realidad no son tan buenos, pues cuando sí lo son, suelen despertarnos muy rápidamente la urgencia de tirarlos por la ventana y salir corriendo a leer. El libro de Garzo, en ese estricto sentido, es un libro de tirar por la ventana. Pero una vez desempolvamos los cuentos de Andersen y de los hermanos Grimm y los volvemos a leer como si jamás los hubiéramos leído, como si Martín Garzo nos hubiera concedido la clave para desentrañar el misterio de lo fantástico, sentimos la necesidad de salir tímidamente por la puerta de la casa, recoger el libro, sacudirle el polvo, pedirle perdón y volver a la lectura.

Al retomarlo una tercera vez (los editores de Océano han hecho una buena labor encuadernándolo a prueba de múltiples defenestraciones), Martín Garzo nos habla de la importancia no solo de no dejar morir al niño que llevamos dentro, sino de no matar al que aún llevan adentro los niños, cosa que los adultos solemos lograr compensando el descuido con que les inculcamos el gusto por los libros con la persistencia con que los obligamos a leer: “Algunas personas -afirma-, no es posible saber por qué, están enemistadas con las mejores cosas de la vida. Por eso es importante contar cuentos a los niños, para que cuando crezcan no sean como ellas”.

De acuerdo con tal afirmación habría estado sin duda ese joven bachiller que un día entró a la oficina del rector del colegio y le dijo que no volvería más porque las clases no le daban tiempo para jugar al billar y leer a Chateaubriand. El rector, que era un tipo sensato, no tuvo más remedio que dejarlo ir, puesto que el joven, que ahora es un anciano y se llama Álvaro Mutis, ya había entendido que la lectura es ante todo una forma de ejercer la propia libertad y que en muchas ocasiones el verdadero gesto de soberana independencia no es leer el libro, sino tirarlo por la ventana.

Superhéroes bajo el microscopio
Manuel Kalmanovitz* Crítico de cine de Semana

Supergods, Grant Morrison. Turner.

Este recorrido por el universo de los superhéroes es exahustivo y revelador en más de un sentido. Grant Morrison, guionista de cómics nacido en Glasgow y parte de la oleada británica que le cambió el rostro a la industria estadounidense (junto a Neil Gaiman y Alan Moore, entre otros), es nuestro guía por la historia de estos seres que no han parado de evolucionar desde su nacimiento a finales de los años treinta.

El recorrido de este libro comienza en la llamada Edad de Oro que produjo a Superman y a Batman (en 1938 el primero y un año después el segundo). “En sus orígenes, Superman era un socialista, mientras que Batman era el héroe capitalista definitivo”. Luego vendrían la Mujer Maravilla, Linterna Verde y un larguísimo etcétera con toda clase de colores y sabores.

Morrison es un escritor ambicioso y en este libro trata de hacer varias cosas a la vez. Primero, analizar el atractivo y la vigencia de los superhéroes, relacionándolos con su contexto histórico. Segundo, haciéndonos entender las peculiaridades de una industria de masas que durante mucho tiempo consideró a sus creadores como figuras indignas de recibir crédito o participación económica en su éxito. Morrison analiza estos fragmentos de la cultura popular. Le dedica páginas enteras a leer en detalle las historietas, analizando textos e imágenes, mezclando la biografía de los artistas y escritores con sus creaciones, sacando matices de diálogos y textos, de trazos y colores.

Morrison nota agudamente una tensión histórica entre realismo y fantasía, de especial importancia en el mundo de los superhéroes. En esa lucha, Morrison es un partisano; defiende a los superhéroes como criaturas imaginarias y el realismo le parece un ejercicio innecesario y no muy fértil. Aunque como buen historiador se encarga de reseñar las posibles razones para la hegemonía de su campo o del campo rival.

Desafortunadamente, la traducción de Miguel Ros González está salpicada de españolismos molestos e innecesarios (“zoquete”, “famosilla”, “polvete”, “cachondo”, “abuelete”, etcétera) que hacen sonar a Morrison como un adolescente petulante. Es todo un contraste con el libro en inglés, donde la voz del autor es inteligente, sobria y madura.

Academia literaria

Literatura, enfermedad y poder en Colombia: 1896-1935, Pedro Adrián Zuluaga. Universidad Javeriana

La rigurosidad intelectual de Pedro Adrián Zuluaga ya había quedado demostrada a lo largo de sus años como director de la revista de cine Kinetoscopio. En esta ocasión, lo que le ocupa es la literatura. Este breve y contundente ensayo de cuatro capítulos estudia de qué forma y hasta qué insospechado punto en la modernidad los discursos sobre la lepra o sobre la sífilis o sobre el conocimiento del cuerpo a finales del siglo XIX y sobre el poder han influenciado nuestra narrativa, a partir de tres novelas: De sobremesa, de José Asunción Silva; Amelia, de Guillermo Franky; y El criminal, del imprescindible José Antonio Osorio Lizarazo. Una necesaria visión de la literatura como práctica social.

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