Un gesto que cambió la historia: Zidane agrede a Materazzi en Alemania 2006

Francia: un gesto a la posteridad

Zidane le dio la gloria a Francia en el mundial del 98, en el municipio de Saint-Denis, muy cerca a París. Después, en el mundial de Alemania en 2006, el jugador pasaria a la historia en lo que David Foenkinos llama "el gusto de la tragedia".

2014/05/23

Por David Foenkinos*

En 1998 nadie creía realmente en las oportunidades del equipo francés de cara a la Copa del Mundo. El redactor en jefe del periódico L’Equipe, el diario deportivo más importante del país, declaró que Francia no tenía ninguna oportunidad de ganar pues estaba dirigido por un incompetente. El odio era total. La Copa del Mundo tenía lugar en nuestra casa pero no había ningún fervor por nuestro equipo. Mucha gente decía: ¡Hay que huir al extranjero durante el Mundial! Francia no había clasificado ni en 1990 ni 1994, así que era un momento en el cual no teníamos ninguna relación pasional con nuestro equipo. Nos quedamos anclados en 1982, cuando nos eliminaron en semifinales en un juego antológico contra Alemania.

Quizá todo eso contribuyó a la aparición del milagro. Fue como un amor, la mujer soñada que aparece cuando no se la espera, cuando nuestro corazón late con la dificultad de un turista francés recién llegado a Bogotá. Es un poco autobiográfico el comentario. Mi corazón latía cuando llegué a Colombia, y después de estar allí no paró de hacerlo cuando recalé en la inolvidable Cartagena, donde una joven rubia me conmovió tanto. ¿No debería escribir sobre ella? No, volvamos sobre el tema. Es decir, volvamos a nuestro dios… ¡Zinedine Zidane! Porque en 1998, después de partidos trabados, Francia, milagrosamente, estaba en la final frente a Brasil. 

 

 

Y allí, la divinidad se sentó en el Estadio de Francia, con dos poderosas cabezas de Zinedine. Un país había redescubierto su pasión por el fútbol. En los Campos Elíseos, el rostro de nuestro sabor, de nuestro dios del balón, se colgó con el eslogan: “Zidane presidente”. Todos aquellos que criticaban el fútbol se paseaban con banderas azules-blancas-rojas. Bastó un gol para amar al país, fue suficiente un segundo para producir histeria. El desempleo podía aumentar, ¡qué importaba! Habíamos ganado la Copa del Mundo. Esos fueron nuestros años más bellos.

Después, Francia ganó la Eurocopa en el 2000. Y sobrevino el horror: Zidane se lesionó el muslo para el mundial del 2002. Tragedia total. Todos los medios no hablaban de otra cosa: ¡El muslo de Zidane! Los canales de televisión transmitían cualquier palabra de un practicante de la clínica donde estaba el campeón. Se sacaban de las mangas a especialistas en muslos para hablar. Pero nada que hacer: Francia fue eliminada en primera ronda obligándonos a admitir que todo gran equipo reposa sobre una personalidad mágica, una de esas personalidades que existen dos o tres veces por siglo.

 

Los años pasarían, y se acercaba el tiempo final de nuestro héroe. La Copa del Mundo del 2006 sería su última competencia. La última oportunidad para el mundo de observar la potencia y la gracia, la idea de la genialidad aunque nos refiriéramos a un hombre que corre detrás de un balón. En octavos de final, Zidane se convirtió en la carnada de la prensa española que tituló: “Zidane se retira”. Lo llamaron viejo, en competencia, aun cuando jamás había sido tan majestuoso como ese año. Estaba en la cumbre de su arte, era la apoteosis de una vida dedicada al fútbol. El destino parecía evidente: una segunda Copa del Mundo en su palmarés lo consagraría. Una segunda estrella en su corazón. El final excepcional de una carrera excepcional. Después de España, el turno de la derrota sería para Brasil. Un pase alucinante de nuestro jefe aterrizó en el pie de Thierry Henri, y estábamos en semifinales. Luego vino un partido jadeante contra el Portugal de Ronaldo: ¡estábamos en la final contra Italia! Estábamos listos a vivir el último partido de Zidane. Un partido que quedará en los anales, pero aún no podíamos saber que quedaría en el panteón de los momentos inolvidables.

Fue un 9 de julio, en Berlín, uno de esos días que todavía orbitan sobre nosotros. Dos billones de personas estaban delante del televisor. Era difícil encontrar a alguien que hiciera algo distinto ese día. Zidane no corría sino que volaba. Su rostro parecía penetrado por una fuerza extraña; era como si estuviera allí sin estar. Lo que se llama un “estado segundo”. Se pitó un penalti a favor de Francia. Zidane se aproximó al balón. Era la ocasión para empatar. Zidane no tomó ningún riesgo, había que asegurarla. La apuesta era muy importante. Y… ¿Qué hizo? ¿Qué? ¿Cómo se atrevía? En su último partido, ¡en la final del mundial! Un “Panenka”, esa manera inventada por el jugador Checo Antonin Panenka de tirar el penalti con una suavidad pasmosa. Una manera de humillar al portero que ya se había lanzado sobre uno de los lados. Fue un riesgo, una osadía, una exageración para un partido así. Pero Zidane ya sabía que nada podía pasarle. Era un hombre con los nervios de acero. Francia comenzó a dominar el partido, y tenía la manera de ganarlo sin necesidad de llegar al alargue.

Fue entonces cuando el partido se detuvo. Nadie sabía qué ocurría. Nadie había visto aún la imagen. ¿Qué? ¡El arbitro le sacaba tarjeta roja a Zidane! De repente, una cámara mostró su agresión contra un jugador italiano: Materazzi. Durante meses todo el mundo analizaría ese gesto, desmenuzaría las palabras que produjeron tal reacción en Zidane. ¿Insultos a su familia? Zidane estaba acostumbrado. Entonces, ¿por qué explotó en ese momento? ¿Presión? El sentimiento de que su vida estaba a punto de acabar. Una vida dedicada a jugar. La locura de ese momento hizo que él quedará en la historia, mucho más que el partido. Era una posteridad superior. El gusto de la tragedia. Ese gesto sería, a su manera, la mano de Maradona.

La historia ama lo improbable, la locura. El fútbol está animado por una fuerza imprecisa, a veces muy superior a cualquier obra de arte. Es la belleza en el gesto.

* Escritor francés. Traducción de Juan David Correa.

 


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