Casa de las Historias Paula Rego en Cascaes, Portugal

Guardar secretos

Una de las sorpresas de la FILBO será la presencia del gran arquitecto portugués Eduardo Souto de Moura, que mereció hace dos años el prestigioso Premio Pritzker, entregado por el presidente Barak Obama en la Casa Blanca. Les contamos por qué es tan importante.

2013/04/12

Por Jorge Figueira* Lisboa

En un largo recorrido que se remonta a finales de los años setenta, reiterando temas a la manera obsesiva del artista, Eduardo Souto de Moura encontró una síntesis particular. Esta síntesis tuvo un reconocimiento global cuando en 2011 ganó el Premio Pritzker, que lo convirtió en el segundo arquitecto portugués después de Álvaro Siza en ser reconocido con esta distinción.

Desde el inicio de su carrera, entre una vocación analítica y una intuición artística, Souto de Moura pretendió encontrar un “lenguaje” arquitectónico y una “gramática” constructiva capaz de superar las dudas de los años setenta y las certezas temporales de los años ochenta. Esta ambición, casi audacia, lo llevó a un encuentro con Mies van der Rohe y su legado central en el siglo XX modernista. Souto de Moura se apropió de este legado con autoridad, adaptando el rigor estructural y constructivo de Mies primero a obras pequeñas y después a intervenciones en el ámbito patrimonial y territorial. Entonces surgió, puesta a prueba en obra tras obra, una arquitectura de “planos, superficies y líneas”, derivaciones prácticas del neoplasticismo teórico que extraordinariamente se integraron al paisaje y a las ciudades portuguesas.

El momento decisivo para Souto de Moura fue pasar de la escala de viviendas familiares y equipamientos públicos a edificios de gran dimensión y carga simbólica. La expectativa estaba puesta sobre cómo una arquitectura de una plasticidad refinada, muy exigente desde el punto de vista del dominio de la obra, podría mantenerse en edificios de una mayor complejidad técnica.

El Estadio de Braga (2000-2003) fue, de este modo, decisivo y emblemático. El rigor y la exigencia formal de la arquitectura de pequeñas dimensiones se mantuvo dentro un programa atravesado por definiciones técnicas de seguridad y modelos organizativos. Como es usual en la obra de Souto de Moura, todas las operaciones del proyecto –estructura, infraestructura, acabados– fueron realizadas con base en la concreción exacta de las opciones formales. El proceso habitual de reducción de elementos –traducido en dos bancas, en la cubierta de una sola fachada, en la sala “hipóstila” bajo el campo de fútbol– surgió en una escala brutalmente ampliada, lo cual resultó asombroso. El efecto paradójico de esta operación transformó el carácter autorreferencial típico del objeto minimalista en una arquitectura que apela vibrantemente a los sentidos, y no solo al intelecto.

Igualmente decisivo fue el Metro de Oporto (1997-2005), un proyecto muy exigente desde el punto de vista técnico, donde Souto de Moura supo corporeizar la figura del arquitecto como coordinador de una obra compleja. Concebido también como una nueva cualificación urbana, el Metro de Oporto permitió pasar a una escala territorial y democratizar la arquitectura de la Escuela de Oporto en esta misma ciudad.

El tercer proyecto que consolidó definitivamente a Souto de Moura como un arquitecto de todas las escalas y programas fue el edificio Burgo, en Oporto. El volumen y el lenguaje del edificio fueron el resultado de técnicas condicionantes que Souto de Moura desafió y cumplió, retomando las teorías del “apilamiento” que el dúo Herzog & de Meuron elaboraba y practicaba en los años noventa, cuando el proyecto fue hecho. Como es común en su obra, hay un tránsito rápido entre la respuesta pragmática y las referencias a la “alta cultura” arquitectónica. Por esta razón se trata de un diálogo con los arquitectos suizos y también de un homenaje a Mies van der Rohe y, en particular, al Federal Center en Chicago. La relación que este edificio establece con una pieza de Alexander Calder fue replicada en Oporto con una obra del artista Ángelo de Sousa.

Estas tres obras –Estadio, Metro y Torre–son el punto culminante de un proceso de gran persistencia y continuidad casi obsesivas. Con el éxito de estas obras, Souto de Moura se sintió a gusto para ampliar los horizontes de su arquitectura. No solo la plasticidad de sus obras ganó nuevos motivos, sino también la lógica del collage comenzó a contaminar la integridad sofocante del modelo miesiano. El primer instinto de Souto de Moura es siempre el del sentido común y el de hacerlo todo bien. Pero en esta segunda fase de su obra dejó entrar algo que hasta entonces era extraño: se permitió experimentar. La Casa del Cine Manoel?de Oliveira en Oporto, las Dos Casas en Ponte de Lima y la Casa de las Historias Paula Rego en Cascaes son proyectos de crisis y de progreso, en donde lo insólito perturba la normalidad habitual de su trabajo.

En la Casa del Cine, el volumen libremente cúbico, el tema de los “ojos” sobre el paisaje y la fragmentación del interior son una tentativa de salirse de aquella disciplina que él mismo se había impuesto con obsesión. El edificio tiene una organización interior giratoria, que nos lleva a los dos últimos salones –los ojos de “mosca” –, el último nivel de una posible espiral. Las Dos Casas en Ponte de Lima, aunque en rigor hacen parte del canon de Souto de Moura, tienen una característica particular: una de ellas se precipita por la ladera cuesta abajo. Si la primera se mantiene en un equilibrio precario, la segunda pierde la compostura y avanza en el sentido inclinado de la topografía. En estos tres edificios, el desconcierto y la figuración perturban la mecánica de precisión en su obra. Souto de Moura gana a lo sumo integrando lo Otro en el seno de su arquitectura.

Pero quizás la contribución más extraordinaria de Eduardo Souto de Moura sea la aplicación de su acercamiento sistemático a los programas de rehabilitación patrimonial que actualmente atraviesan el panorama portugués. Y, en particular, aquello que está expuesto en la Posada de Santa María de Bouro. No se trata tan solo de una aplicación de motivos minimalistas. Estamos ante un encuentro particular en la cultura europea: entre la plasticidad fijada por las vanguardias de los años veinte y treinta y un edificio que se remonta a los siglos XVII y XVIII. Es una operación doblemente europea, que se puede explicar como el encuentro entre estructuras conventuales y técnicas modernas, y el surgimiento de dispositivos formales vanguardistas en edificios de alto valor patrimonial. Podemos entender este programa, la rehabilitación, y este acercamiento neoplástico como el destino final de la arquitectura europea.

Con un anacronismo saludable y un gran amor por la arquitectura, Eduardo Souto de Moura encarna muy bien la resistencia a lo interdisciplinario, a una dispersión sociológica, científica, artística o virtual de la arquitectura. Hay un arcaísmo en el corazón de esta arquitectura y en el modo como refleja y cumple la aspiración a la modernidad que, por razones históricas, solo se comenzó a vivir en Portugal, a plenitud, a partir de la Revolución del 25 de abril de 1974. Por eso lleva un deseo antiguo y un secreto: no es la tecnología ni el dinero aquello que erige la mejor arquitectura.

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