Bobby Moore el gran capitán del único campeonato mundial de Inglaterra, celebrado en su país en 1966.

Inglaterra: La narrativa del deterioro

El periodista Jonathan Wilson, de The Guardian, escribe sobre el origen inglés del deporte y el deterioro irremediable de su seleccionado. "...Es por eso que el fútbol inglés recae tan a menudo en bruta fiscalidad y es por eso que tirarse y otras habilidades más sutiles generan desconfianza y desaprobación: porque son vistas como afeminadas".

2014/05/23

Por Jonathan Wilson*

El problema de Inglaterra es que inventamos el juego. De ahí en adelante, todo lo demás nos parece decadencia. Por supuesto, es verdad que numerosas culturas practicaron juegos de alguna forma parecidos al fútbol, pero fue en Inglaterra, en 1863, donde se crearon las reglas que forman la base del juego como lo conocemos hoy, cuando un grupo de graduados de escuelas públicas, frustrados por el hecho de que cada colegio jugara versiones ligeramente distintas del deporte, se reunió en un pub de Londres. En se entonces, el fútbol inglés reinaba.

Nueve años después, Inglaterra fue a Glasgow a jugar contra Escocia el primer partido internacional. Escocia, reconociendo que los jugadores ingleses eran considerablemente más grandes y pesados que los suyos, decidió que tenía que hacer algo radical para prevenir una abultada derrota, y entonces se inventó el toque-toque, reteniendo la posesión y manteniendo la pelota lejos de los regateadores ingleses. El resultado fue un empate a cero y así comenzó el eterno declive del fútbol inglés. De esa forma, por supuesto, el equipo de Inglaterra se convierte en el representante del país como tal: cada generación escucha sobre una supuesta época dorada que nunca existió, o por lo menos no desde mitades del siglo XIX, cuando el Imperio británico se extendió sobre aproximadamente el 30% del plantea (una época dorada que ahora parece altamente cuestionable desde el punto de vista moral).

Hay una arrogancia en el fútbol inglés, una presunción de que deberíamos estar compitiendo con los mejores, que no tiene sentido si se toma en cuenta que ha pasado casi medio siglo desde que Inglaterra ganó algo. Roy Hodgson ha sido relativamente exitoso desinflando las expectativas e insistiendo en que las probabilidades de éxito de Inglaterra en Brasil son mínimas pero de todas formas los diarios desatarán su furia en caso de que Inglaterra no avance a octavos de final. Es una narrativa del deterioro: ¿cómo dejamos que se nos escapara nuestra superioridad? Sin embargo, en los más recientes ocho torneos desde 1982, Inglaterra ha estado cinco veces en cuartos de final, un récord solamente superado por Alemania y Brasil. Es consistencia, más que genialidad, pero difícilmente es la historia de inevitable miseria que tiende a presentarse.

El contrapeso de eso es que Inglaterra solo ha llegado a una semifinal en ese tiempo, cuando perdió aquel partido épico contra Alemania Occidental en 1990. Hoy ese torneo es recordado, con gran afecto, como el momento en el que Inglaterra estuvo al borde de la gloria: se tiende a más bien olvidar que en ese campeonato en realidad solo ganaron un partido en noventa minutos, un mediocre 1 a 0 contra Egipto. Lo cual no es desacreditar el logro, sino más bien señalar que hay mucha suerte en los torneos de fútbol y que a menudo la percepción es una cuestión más anímica que científica.

 

Quizá por eso el fútbol fue tan importante en los dos periodos del siglo xx cuando Inglaterra sí pareció animada, desechando el legado de la pérdida imperial para abrazar un futuro optimista. En los años sesenta, Londres parecía ser el centro de una revolución cultural, su música y diseño liderando el mundo e Inglaterra ganó el Mundial que organizó. A mediados de los noventa, Inglaterra volvió a ser la sede de un torneo importante, la Eurocopa, y, en una ola de emoción que en retrospectiva fue completamente errónea y vacua, se preparó para desechar lo que eventualmente serían dieciocho años de administraciones conservadoras. Había una engañosa sensación de que un mundo nuevo y más justo se estaba formando en consonancia con la banda sonora del Britpop, e Inglaterra llegó a las semifinales de la Eurocopa en un Wembley repleto e inusualmente alegre.

 

La sensación de deterioro no es el único guayabo de los días de cuando se inventó el juego. La misma concepción británica del juego y de cómo se debía jugar fue forjada en los colegios públicos bajo la doctrina de una poderosa cristiandad. Así suene extraño, en ese entonces no solo se pensaba que el deporte desarrollaba el lado físico de los estudiantes y les enseñaba lecciones sobre ganar y perder, sino que se fomentaban en particular los juegos en equipo porque desalentaban el solipsismo, pues el solipsismo permitía que surgiera la masturbación, y –en la bizarra moralidad de la época– no había nada más debilitante que eso. El reverendo Edward Thring, rector del colegio Uppingham, en un sermón insistió, por ejemplo, que la masturbación llevaba a “una muerte joven y sin honor”.

El fútbol era visto como el antídoto perfecto, pues, como diría E.A.C. Thompson en The Boys’ Champion Story Paper, en 1901, “no hay deporte más masculino que el fútbol. Es tan típica y peculiarmente británico, exigiendo coraje, frialdad y resistencia”. Es por eso que el fútbol inglés recae tan a menudo en bruta fiscalidad y es por eso que tirarse y otras habilidades más sutiles generan desconfianza y desaprobación: porque son vistas como afeminadas.

En sus primeros días, el fútbol era un deporte de la clase alta –y de la clase media alta–, pero cuando se esparció, convirtiéndose a finales del siglo xix en el juego del pueblo, se mantuvo el énfasis en el trabajo en equipo. Durante la época industrial en el Reino Unido, para aquellos que trabajaban en las líneas de producción de las fábricas, en las minas o en los puertos, lo que se valoraba era el trabajo duro, el esfuerzo y la disciplina: no había campo para individualistas o presumidos. En otra cultura, una preparada para promover o teorizar el intelectualismo, eso pudo haber llevado a un estilo basado en la idea del equipo como una unidad, fundamentada en el conjunto de sus jugadores a la manera como lo hace España hoy en día. Quizá las canchas empapadas y pesadas hubieran militado en contra de esa idea de todas formas, pero fue la desconfianza en la teoría lo que llevó al Reino Unido a adoptar un estilo de fútbol simplemente pragmático y brutalmente físico, en el que todo el mundo “pone de su parte” –y los clichés cuánto nos dicen del origen industrial del juego– y nadie pensó demasiado en el juego.

Hay muy buenas razones político-económicas para esta coincidencia pero también hay un simbolismo divertido en el hecho de que, después de que el fútbol había sido usado para apuntalar el imperio transformando estudiantes en hombres rudos, el declive definitivo del Reino Unido como un poder imperial coincidió con la erosión de su superioridad futbolística. A menos de que algo extraordinario pase en Brasil 2014 e Inglaterra supere las expectativas y llegue a la semifinal, el desempeño de los hombres de Hodgson será parte casi seguramente de esa narrativa. Cualquiera que sea la razón de la salida de Inglaterra, se convertirá en parte de nuestra historia nacional de deterioro.

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