El escritor Juan José Millás

La duración del instante

La narrativa del escritor español Juan José Millás, a través de los ojos de Margarita Valencia, crítica literaria y editora.

2013/04/12

Por Margarita Valencia

En el primer libro de Juan José Millás que tuve entre las manos, Dos mujeres en Praga, el autor sonríe en la solapa; una sonrisa un poco incómoda, de esas que resultan de un fotógrafo diciéndole a su víctima que se relaje y sonría, y, al mismo tiempo, que se quede quieto y levante la barbilla. Sonríe y no tiene anteojos. Tampoco tiene anteojos en las fotos de su página web, en las que el escritor se traslapa una y otra vez sobre su versión más joven.

En la foto de las solapas más recientes ya tiene anteojos: le hacen falta, porque Millás es uno de esos escritores que da la sensación de haberse pasado la vida mirando a su alrededor con mucha atención: “A lo largo de la vida he ido encontrando (...) lugares desde donde de un modo u otro se veía el mundo”. En la fotografía mira con mucha seriedad hacia la cámara, pero hay un asomo de burla: es el gesto que imagino que hace mientras escribe, por ejemplo, la historia de la fiesta en casa del editor que forma parte de El mundo (Premio Planeta 2007), ese libro que él describe como el resultado del encargo de “un reportaje sobre mí mismo. (...) No fui capaz de hacer el reportaje: acababa de ser arrollado por una novela”.

La novela es la historia de un niño arrojado del paraíso y obligado a crecer en un mundo en el que “estaba todo roto; rotas las vidas de mis padres (...) y rotas las nuestras. También la casa estaba rota”. Más allá de la casa, “se extendía una especie de nada sucia que flotaba hasta donde alcanzaba la vista”. En el intento de entender esa nada sucia, el niño descubre el absurdo en su vida y aprende a convivir con él y a desentrañar sus mecanismos. Instalado en el sinsentido, el niño lo convierte en la herramienta que le permite combatir la opacidad que lo acogota.

También Julio, el personaje de Laura y Julio (2006), es descrito por su esposa, Laura, como “un hombre opaco, turbio”. Julio se mueve “en el terreno de las cosas concretas, porque no tenía capacidad para elevarse al mundo de las representaciones”. Dicho de otra forma, solo puede ver, según Laura, uno de los caminos posibles. Sabemos que no es verdad: en su trabajo como creador de decorados para películas, Julio no solo es muy hábil a la hora de crear “espacios físicos que representen espacios mentales”, sino que entiende cómo provocar en el espectador una extrañeza inconsciente, cómo generar su malestar a través, por ejemplo, de pasillos paralelos. Pero Millás nos permite ser espectadores del abismo que separa los pensamientos y los deseos de Julio y su capacidad para comunicarlos. Tiene un poco de razón Manuel –el tercero en discordia en el triángulo amoroso planteado por el escritor– cuando lo acusa de ser “inhábil para el afecto”.

Esta novelita impecable desarrolla su argumento alrededor de una de las obsesiones de Millás: la existencia de mundos paralelos entre los cuales es imposible dilucidar cuáles son reales y cuáles, meros decorados. “La historia de la humanidad —aduce Manuel— podía resumirse en un combate contra la percepción, creadora infatigable de espejismos”. Esta convicción está en el origen de una de las características más notables de la escritura de Millás: la capacidad de atenerse a un punto de vista sin por ello silenciar el punto de vista de los demás. Pero ni el escritor ni el lector deben olvidar que el punto de vista es, “finalmente, y sobre todo, un espacio moral”, explicó en El País.

Juan José Millás escribe para este periódico un artículo semanal desde 1990. Ha publicado 33 libros, de los cuales más de una tercera parte son novelas: “Me levanto pronto, sobre las seis de la mañana, y me siento a la mesa de trabajo sin tomar nada hasta las nueve. Considero como mío, y para mí, lo que escribo durante ese tiempo. Lo que escribo después del desayuno está contaminado por las miserias laborales, por el imperativo de ganarse la vida. Mis novelas, así como los trabajos periodísticos que más aprecio, están escritos entre las seis y las nueve de la mañana”.

Sus artículos, que suelen ser tan deslumbrantes como su ficción, comparten con esta una característica inusual en las columnas de opinión: su propósito no es someter los acontecimientos a juicio, sino señalar las incoherencias y los desencuentros evidentes desde la perspectiva de quien observa. No se trata de sermonear desde el púlpito; más bien, de tomar nota desde el tragaluz del sótano compartido con el Vitaminas, su cómplice de infancia. Sus artículos son un poco como el ojo de Dios, ese carrete con un espejo en el extremo: Millás no nos dice lo que debemos pensar; nos dice lo que él piensa; mejor todavía: nos dice lo que él ve y lo que se le ocurre mientras mira.

También en su narrativa nos cuenta lo que ve, solo que no a través del ojo de Dios sino mediante un caleidoscopio: “Vivimos como si estuviéramos hechos de una sola pieza, apegados a lo que llamamos real como si de esa fuente surgiera toda la información capaz de explicarnos el mundo. Curiosamente, lo real es una pequeña parte de la realidad, quizá la menos activa. Lo diré de otro modo: los sueños, las fantasías, las quimeras, que parecen el resultado de la manipulación de la mente sobre la realidad, son, por el contrario, el origen de gran parte de la misma”.

En No mires debajo de la cama (1999), el escritor cuenta una historia en la que intervienen muchas versiones de lo real: la de la juez Elena Rincón y su forense; la de varios zapatos, capitaneados por los de Vicente Holgado, que exploran obsesivamente su relación con las medias, con los pies y con su pareja; y la de Vicente Holgado y Teresa, vecinos de trabajo convertidos en amantes que buscan la forma de estar juntos sin someterse a las cláusulas tradicionales. La historia está moldeada a la manera de una policiaca, pero solo es una pretensión que subraya la incapacidad de los seres humanos de admitir causas y explicaciones no convencionales.

El viejo sueño del escritor de escribir “anotaciones sintéticas, claras, sin opiniones” se cumple en su novela Lo que sé de los hombrecillos (2010), excepcional justamente porque en ella no hay enjuiciamientos. “Nada hay de censurable en desear lo que no está permitido –escribió en un artículo a comienzos de los noventa–, lo censurable es que ese deseo no atraviese los filtros necesarios para perder vigencia en el recorrido”. Pues bien, en Lo que sé de los hombrecillos Millás imagina un sistema –replicantes en miniatura– que le permite a su protagonista, un profesor de economía retirado, vivir sus fantasías sin ningún filtro. “Como fui un niño solitario, los hombrecillos imaginarios llenaron el vacío de las relaciones personales”, cuenta en “Mujeres grandes”, uno de los relatos de Los objetos nos llaman (2008). En la novela, los hombrecillos también llenan el vacío de las relaciones personales, pero no desde la perspectiva de la compañía sino desde la perspectiva del deseo. En la vida cotidiana del profesor, regida por la costumbre, por el deber ser, aparece una grieta con el nacimiento del homúnculo (que en realidad no es su doble perfecto) y esta grieta le permite acceder al mundo del deseo y de la satisfacción inmediata del deseo. El resultado es una novela erótica, divertida y moralmente perturbadora: tres adjetivos que difícilmente van juntos a la hora de hablar de literatura.

Hay escritores a quienes sería impertinente preguntar por qué escriben. Levantarían una ceja o abrirían mucho los ojos, en un gesto irritado: algunas cosas no se pueden o no se deben explicar. “Porque el fantasma porque ayer porque hoy: / porque mañana porque sí porque no”, responde el poeta chileno Óscar Hahn en Por qué escribe usted. No es el caso de Juan José Millás: aunque seguramente estaría de acuerdo con Schopenhauer a la hora de afirmar que asistimos a un abuso de la categoría de causalidad, su obra ronda con insistencia el tema de la escritura, que describe magistralmente al comienzo de El mundo: “La escritura abre y cauteriza al mismo tiempo las heridas”. ¿Cuáles heridas? La primera, la constatación a muy temprana edad de la incapacidad de los adultos: “Mi madre no arregló la realidad, lo que tardé mucho tiempo en perdonarle”. Dos de los rasgos fundamentales del escritor se explican a partir de esta incapacidad: el primero, la sensación permanente de inadecuación, de extrañeza, de no formar parte del mundo alrededor (y la consecuente percepción de que la realidad es múltiple); Millás se instala allí (¡se acomoda!, para usar sus signos de exclamación) y desde allí escribe, de manera que los mundos que describe no son el resultado de un ejercicio intelectual sino la elaboración de lo que imagina: “Escribir bien presupone escribir al dictado de aquella parte de ti que permanece dentro del delirio cuando la otra sale de él para comunicarse con los demás”.

El segundo, la certeza de que la escritura no debe ser bella sino eficaz, porque la literatura no es un adorno sino algo absolutamente necesario: “La lectura se convirtió en una grieta por la que podía escapar de aquella familia, de aquella calle, de aquel barrio, de aquella opacidad”.

No es el menor de los méritos de Millás el haber logrado escribir sobre esas heridas con humor genial: la risa que provoca constantemente en el lector es un regalo adicional, así sea producto del miedo y de la decepción; o quizás porque es producto del miedo y de la decepción: no todos queremos conocer el lado más mezquino de nuestra naturaleza. Pero si perseveramos en la lectura de Juan José Millás (y cómo no hacerlo), tendremos que admitir que nuestra naturaleza tiene muchos lados.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.