Zygmunt Bauman

La más decisiva de las batallas

El sociólogo Zygmunt Bauman es tal vez quien ha analizado con mayor lucidez las relaciones sentimentales online, a las que no duda en considerar como incapaces de acudir en nuestra ayuda en caso de necesidad. En esta entrevista, el autor de Amor líquido: acerca de la fragilidad de los vínculos humanos confirma por qué su análisis de las redes sociales sigue vigente.

2013/09/12

Por Francisco Barrios. Bogotá.

Han pasado ya diez años desde que usted escribió Amor líquido. Teniendo en cuenta la rapidez de los avances tecnológicos y el surgimiento de redes sociales como Twitter e Instagram, ¿qué cambios, si los hay, ha notado en la década pasada?

Hoy en día nuestras vidas están repartidas entre dos mundos, el online y el offline. Cada uno tiene su propia lógica, su propio código de comportamiento, y cada uno exige una estrategia diferente. Según las investigaciones actuales, tendemos a pasar al menos la mitad del tiempo en que estamos despiertos inmersos y absortos en el universo online, y quienes han dominado el arte de realizar tareas simultáneas se las arreglan para ganar tiempo y embeber hasta nueve horas de interacción virtual dentro de un lapso de siete horas. Durante esas siete o nueve horas lo que tenemos en frente es una u otra pantalla, pero no otro ser humano.

Su análisis sobre la falta de compromiso y la tendencia a establecer relaciones cortas y desechables es radical: las nuevas generaciones no parecen compartir la concepción romántica de lazos “eternos”. Sin embargo, las relaciones románticas también fueron consideradas situaciones ineludibles e incómodas. ¿Usted cree que, a pesar de su variabilidad, los nuevos modelos de relaciones son una evolución en la libertad?

Ciertamente, en el mundo online es más fácil “estar cerca” de nuestros amigos, de la gente que amamos, de aquellos seres humanos cuya compañía necesitamos; y también es más fácil evitar la horrorosa sensación de estar solos, abandonados, inermes, desamparados, de ser innecesarios y olvidados. Pero hay dos formas diferentes de “estar cerca”, y la forma online es supremamente diferente de la offline. Cada una tiene sus ventajas, pero también tiene un costo. Al pasar de un tipo de cercanía a la otra se gana y se pierde algo. Es razonable contar las ganancias y las pérdidas, pero es terriblemente difícil decidir si las primeras compensan las segundas –decidir en definitiva si las ganancias ameritan las pérdidas está fuera de discusión–. Además, las decisiones al respecto serán tan frágiles y susceptibles a cualquier imprevisto así como la “cercanía” alcanzada.

Pertenecer a una comunidad es una situación mucho más estable, segura y confiable que tener una red, aunque ciertamente es más restrictiva y coercitiva. Una comunidad lo observa a uno de cerca y le impone un margen de maniobra estrecho (puede excluirlo y exiliarlo, pero nunca le permitiría irse voluntariamente). En cambio, a las redes les importa poco o nada si uno obedece sus normas (si es que las tienen). Las redes dan más libertad y, sobre todo, no lo penalizan a uno por renunciar a ellas. Sin embargo, en una comunidad uno puede contar con otros miembros que prueben que “en la necesidad se demuestra la amistad”, mientras que los miembros de las redes existen, en principio, para compartir alegrías, pasatiempos y otros intereses. Casi nunca se pone a prueba su disposición para rescatarnos de nuestros problemas, y extraño sería que pasaran dicha prueba.

En Amor líquido también señala que la gente expresa el deseo de establecer vínculos pero a la vez impide que estos se den. Parece que esta paradoja retrata la conducta propia de los obsesivos compulsivos, ¿no es así?

Se trata de una elección entre seguridad y libertad: uno necesita ambas, pero no puede tener una sin sacrificar al menos una parte de la otra. Y cuanto más se tiene de una, menos se tiene de la otra. En cuanto a la seguridad, sin ninguna duda las comunidades tradicionales se llevan por delante a las redes. Estamos hablando de la seguridad frente a la amenaza de ser arrojados al barro, con las manos atadas, encerrados en la prisión de nuestros compromisos propios y sin salida alguna, bajo la necesidad de inventar excusas elaboradas que expliquen cualquier cambio de opinión. En cuanto a la libertad, sin embargo, ocurre lo contrario. En el mundo online oprimir una tecla es suficiente para romper una “relación” que ya no nos satisface o para mantener cierta distancia con los antiguos “amigos” que han abusado de la hospitalidad. En otras palabras, es un sentimiento placentero de “estar cerca”, impoluto, sin la amenaza real de que la cercanía se acerque tanto que incomode. Una especie de “apuesta segura”.

El uso de los términos “nativos” e “inmigrantes” con relación a la tecnología es espinoso, pues hace referencia a categorías etnográficas, que usted también abordó en Amor líquido. ¿Cuál es su opinión sobre la adopción de estos términos? ¿Cree que los “inmigrantes” gozan de vínculos que son desconocidos para los “nativos” o simplemente los primeros hablan desde la nostalgia por un mundo que ya no existe?

Aquella variedad o “apuesta segura” de la “cercanía” –la cual hemos llegado a conocer, a practicar y disfrutar en nuestras visitas al mundo online– difícilmente sería creíble (o siquiera concebible) sin la llegada y difusión de la tecnología digital. Confundir su velocidad espectacular con el efecto de esa tecnología sería, sin embargo, semejante a empezar la casa por el tejado. Las raíces del triunfo actual de las redes por encima de las comunidades están arraigadas profundamente en los avances logrados por el “estilo de vida moderno” o el “espíritu moderno” en los siglos que precedieron su invención.

En efecto, toda la historia de la era moderna puede ser relatada como la historia de una guerra declarada en contra de todos los malestares, los inconvenientes o los disgustos –o al menos como la historia de una promesa para desatar dicha guerra y verla alcanzar la victoria final–. Aunque hasta ahora ha sido parcial, la emigración masiva de hoy que viene desde el mundo offline hasta el recién descubierto territorio online, podría ser registrada dentro de dicha guerra como la más decisiva de las batallas. Después de todo, la batalla que se está desatando ahora ha sido lanzada, y continúa siendo luchada, en el campo de las relaciones interhumanas: un territorio bastante desafiante y resistente a todos los intentos previos de allanar y suavizar sus caminos escabrosos y desiguales y de enderezar sus sendas oblicuas; y que desafía categóricamente todos los esfuerzos por librarlo de trampas y emboscadas que lo manchan.

En caso de ganarse, esta batalla promete cumplir de forma muy simple la engorrosa y difícil tarea de atar y quebrar los vínculos humanos junto con los compromisos y obligaciones que entrañan: volverlos casi espontáneos, sin complicaciones y despreocupados. Si se gana con las fuerzas que ahora están a la ofensiva, la batalla actual estará acompañada de la conquista y la anexión de esa otra mitad offline del mundo viviente y, por consiguiente, su “aculturación”: la parte offline de la vida adoptará los marcos cognitivos, las predisposiciones, la jerarquía de valores y los patrones conductuales desarrollados y atrincherados en la otra mitad online.

En su discurso durante la ceremonia de graduación del 21 de mayo de 2012 en Kenyon College, EE.UU., Jonathan Franzen sugirió que “el objetivo último de la tecnología, el télos de la téchne, es sustituir un mundo natural indiferente a nuestros deseos –un mundo de huracanes y adversidades y corazones rompibles; un mundo de resistencia– por otro tan receptivo a nuestros deseos que llega a ser, de hecho, una simple prolongación del yo”. Se trata de una conveniencia estúpida, de una comodidad espontánea y una espontaneidad cómoda, de volver al mundo obediente y maleable, de extirpar del mundo todo lo que se interpondría entre el deseo y su realización. De vivir en un mundo hecho solo con los deseos propios.

Un deseo que todos nosotros compartimos y sentimos de una manera particularmente fuerte y apasionada es el deseo de amar y ser amados.

¿Cree usted que las redes sociales están redefiniendo las identidades personales y los vínculos o tan solo son nuevas maneras de perpetuar relaciones tradicionales de poder?

La versión original offline del amor de un ser humano por otro significa, como algunos de ustedes ya saben a raíz de su propia experiencia, compromiso, aceptación de los riesgos, disposición para la abnegación. Significa escoger un recorrido incierto, ignoto e inestable, con la esperanza –y la determinación– de compartir una vida con otro ser humano. El amor quizá puede traer aparejada la felicidad, pero rara vez trae aparejadas la comodidad y la conveniencia, nunca con su expectativa confiada y mucho menos su certeza. Ocurre justo lo contrario: el amor requiere desplegar al máximo la capacidad y la voluntad que se tiene, augurando, en todo caso, la posibilidad de una derrota, de una ineptitud propia que quede al descubierto, de una herida a la autoestima. El producto electrónico esterilizado, suavizado, libre de espinas y de riesgo alguno es, por lo tanto, todo excepto amor. Como Franzen observa con acierto, lo que ofrece es una protección contra “la suciedad con que, inevitablemente, el amor mancha la imagen que el espejo nos devuelve de nosotros mismos”.

Para resumir: la versión electrónicamente urdida del amor, en últimas, no es amor en absoluto. Los productos tecnológicos para el consumidor atrapan a sus clientes con el señuelo de satisfacer su narcisismo. Prometen ser dignos de nosotros, sin importar lo que ocurra o hagamos o dejemos de hacer. Como Franzen señala, “somos protagonistas de nuestras propias películas, nos fotografiamos incesantemente, basta un clic del ratón y una máquina nos confirma nuestra sensación de dominio. Hacerse amigo de una persona se reduce a incluir a esa persona en nuestro salón privado de espejos favorecedores”. Pero añade que “el empeño de gustar plenamente es incompatible con las relaciones amorosas”.

Permítame discutir brevemente otra desviación fatídica en la historia del amor. Ya en 1973 Thomas Szansz (en El segundo pecado) había observado que el sexo, íntimamente entrelazado al amor, es una herramienta bastante efectiva para crear vínculos humanos. Hasta hace poco, las búsquedas sexuales sirvieron como un paradigma genuino de secretos íntimos, destinados a ser confiados con la máxima discreción y compartidos solo con un puñado de personas rala y cuidadosamente seleccionado. Sin embargo, están perdiendo esa cualidad, con consecuencias graves para el estatus del amor.

Jean-Claude Kaufmann dio en el blanco cuando escribió: “Según el ideal romántico, todo comenzó con el sentimiento, que luego se transformó en deseo. El amor condujo (por la vía del matrimonio) al sexo. Ahora parecemos contar con dos opciones muy diferentes: podemos dejarnos llevar alegremente por el sexo como una actividad recreativa, o podemos optar por un compromiso a largo plazo. La primera opción significa que el autocontrol es en esencia una forma de evitar el compromiso: procuramos no enamorarnos (demasiado)”. En tal caso “la línea divisoria entre el sexo y los sentimientos se está haciendo cada vez más imprecisa”, aunque en el segundo caso el sexo y los sentimientos son forzados a mantenerse indivisibles.

Kaufmann señala que las dos opciones corresponden a dos modelos incompatibles de “individualidad”. En consecuencia, los individuos contemporáneos empeñados en seguir ambas son susceptibles de ser jalonados en direcciones contrarias. 

La primera opción se infiere con base en el patrón promovido por la omnipotente “ilusión consumista” (término acuñado por Kaufmann) de hoy: “Pretende hacernos creer que podemos escoger a un hombre (o una mujer) de la misma forma como escogeríamos un yogur en el supermercado. Pero así no funciona el amor. La diferencia entre un hombre y un yogur es que una mujer no puede incluir a un hombre en su vida y esperar que todo permanezca igual”. Todo se ve pulcro, seguro y agradable a menos que. Sí, he aquí el tropiezo: a menos que los sentimientos surjan y el amor se asiente, aturdiendo el juicio.

En la segunda opción, el amor es la felicidad máxima, pero tiene un precio enorme bajo los estándares de la sociedad consumista. El amor se trata de la alegría de dar y no de tomar. El amor no es una receta para un pasatiempo sereno y libre de preocupaciones, sino para una vida de trabajo devoto y de disposición para la abnegación. El amor necesita renacer cada día y cada hora del día, no a raíz de regalos comprados en tiendas, por más caros que sean, sino al más valioso de todos los regalos: el del yo propio. Así, el amor difiere profundamente del modelo acogedor y cómodo, fácil y espontáneo, que ha sido garantizado de manera fraudulenta por las compañías publicitarias. La profusión actual (y creciente) de separaciones y divorcios se deriva de los choques que los hombres y las mujeres sufren por cuenta de esa diferencia que, gracias a la propaganda y la formación de la publicidad, los espera desprevenida.

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