Joana Vasconcelos

La primera década del siglo

Uno de los críticos más serios de Portugal pasa revista a la generación nacida después de la dictadura.

2013/04/12

Por Alexandre Melo* Lisboa

Quien vive en el mundo del arte debe estar preparado para responder una pregunta inevitable: “¿Está ocurriendo algo en tu país?” En esta ocasión respondo con gusto: “Sí. En Portugal hay una nueva generación de artistas jóvenes, afirmativos, consistentes, que es urgente conocer”.

Esa nueva generación del siglo XXI incluye a muchos artistas nacidos después de la instauración de la democracia, tras la revolución de 1974, y su actitud creativa es una de las expresiones más positivas de la madurez cultural de la democracia portuguesa. Son artistas que, antes de haber llegado a los 40, ya asumen el sentido de sus obras y carreras con la naturalidad que habitualmente asociamos solo a los grandes centros cosmopolitas.

Los tiempos cambiaron. No se trata del fulgor contestatario con que la generación de 1960 enfrentó el fascismo. No se trata del entusiasmo eufórico con que en los años ochenta se declararon contemporáneos del mundo. Se trata de asumir la condición de artista, hoy, sin soportar ni los traumas ni la lucha contra los traumas de un complejo ancestral de inferioridad nacional.

Esa generación ha estudiado y viajado, y exponen con naturalidad adentro y afuera del país. Desde sus años de formación hasta las exposiciones individuales que comenzaron a realizar muy jóvenes, fueron capaces de esbozar territorios propios y afianzar líneas de trabajo que demuestran una competencia profesional y una autonomía en su imaginario, y que nos garantizan que estamos hablando de autores: los nuevos artistas portugueses de la primera década de este siglo.

En tiempos tan difíciles e intranquilos como los que atravesamos, la mejor oferta que podemos hacerles a nuestros afligidos sentidos es el encuentro con nuevos territorios autorales en pleno proceso de desarrollo. Nuevos nombres con casas y puertas abiertas para desafiar y estimular nuestra imaginación.

Joana Vasconcelos

Las obras de Joana Vasconcelos, como se acostumbra a decir y en este caso es indispensable hacerlo, no pasan desapercibidas y no nos dejan indiferentes. Para comprobarlo basta con citar sus obras que integran la Colección Pinault, y que ocuparon un lugar central en la exposición en el Palazzo Grassi en Venecia, o su exposición monumental en el Palacio de Versalles, o la sorprendente intervención suya que se anuncia para la Bienal de Venecia 2013. Las obras de Joana Vasconcelos no pasan desapercibidas porque, más allá de la exhuberancia del espectáculo que nos ofrecen, también permiten que, en los intervalos del espectáculo, lleguen a nosotros los ecos de los gritos de la realidad. Desde el comienzo de su carrera tomó diferentes objetos cotidianos, los transformó y los organizó para crear las esculturas, construcciones o atmósferas más inesperadas. El hecho de que la autora, antes de dedicarse en concreto a las artes plásticas, haya estudiado joyería y diseño, favoreció su habilidad para usar materiales y objetos inesperados, poco usuales en la tradición artística. También le proporcionó una aguda sensibilidad para hacer juegos de escalas y saber sabotear la función y el uso de los objetos, así como una conciencia exacerbada de la eficacia apelativa del uso de los colores y los contrastes. En años más recientes, un gran aumento en la escala de su trabajo y el uso sistemático de métodos de trabajo tradicionalmente asociados a artes menores (cerámica, bordados) también llegó a concederle a su trabajo un significado robusto en su postura dentro de la discusión de las fronteras entre arte popular (muchas veces remitiéndose a símbolos tradicionales de la “portugalidad”) y arte erudito, cultura de élite y cultura de masas.

Gabriel Abrantes

Una de las formas de mirar el mundo contemporáneo es através del zapeo: amenazas ambientales, alteración de las estructuras familiares, guerra de civilizaciones, cuestiones de género e identidad sexual, relaciones económicas y de poder, choque entre civilización y naturaleza. Es así como la obra de Gabriel Abrantes constituye un retrato de nuestros días, no solo por la pluralidad de referencias que reúne –de lo local a lo global, de lo personal a lo colectivo, de la actualidad a la historia–, sino sobre todo por la manera descentrada en que trabaja con ellas.

Estamos ante una obra marcada por el multiculturalismo y, sin duda, interdisciplinaria, que entrecruza el cine –Leopardo de Oro para el cortometraje Historia del respeto mutuo (History of Mutual Respect), en Locarno– con las artes plásticas (Premio EDP 2009). El uso de múltiples estrategias narrativas y de sentimientos virtuales y exacerbados replica la forma como miramos el mundo después de Hollywood, cuya lógica retoma para ponerla de cabeza. De esta forma el cine se vuelve una herramienta crítica del arte y el arte, una herramienta crítica de la contemporaneidad, en una implosión de referencias que asume un sentido político entre el idealismo y el sarcasmo.

João Onofre

¿Y si de repente una banda de heavy metal saliera de una caja negra? Si esa caja replicara una obra icónica de arte minimalista, entonces estaríamos ante un trabajo de João Onofre. Onofre hizo sus estudios en Lisboa (FBAUL) y en el Goldsmiths College de Londres. Expuso individualmente por primera vez en Nueva York, iniciando uno de los recorridos internacionales más exitosos entre los artistas portugueses de su generación.

El video es de una importancia crucial en su obra, como también el encuentro de este con una dimensión performativa, la cual comprueba con frecuencia los límites físicos o emocionales de quienes intervienen. Así mismo es importante la apropiación de referencias de las culturas popular y erudita, sobre todo de la historia del arte moderno y contemporáneo, que al entrecruzarse generan una lógica de cortocircuito que cuestiona los códigos de comunicación y que crea un fuerte impacto en el espectador. En este ámbito, la cultura, es decir el espacio entre los hombres, se vuelve un concepto performativo, entendido como material operatorio y reutilizable, ante el cual el receptor no puede permanecer pasivo.

Vasco Araújo


“Là ci darem la mano, Là mi dirai di sì. Vedi, non è lontano, Partiam, ben mio, da qui”. La evocación de Don Giovanni de Mozart nos recuerda la formación en música erudita con la que Vasco Araújo complementó sus estudios artísticos –que llevó a cabo en FBAUL y en la Escuela Maumaus (Lisboa) – y la importancia que el universo de la ópera tiene en algunos de sus trabajos. Algo suena a través de sus obras: no solo cuestiones subjetivas, de autorrepresentación, sino también cuestiones sociales, convenciones, estereotipos.

La reflexión en torno a la identidad desempeña, así, un papel central, desarrollándose entre la persona y el personaje. La noción de persona –cuya etimología es “sonar a través de”– nos remite al universo del teatro, como modelo para un cuestionamiento de sí mismo y de la realidad, pero igualmente a un clasicismo que puebla sus obras de referencias tanto formales como de contenido a la ópera, a las tragedias clásicas y a los clásicos de la literatura. Este clasicismo y el modo como se entrecruza con cuestiones contemporáneas –problemáticas de género, sexuales, poscoloniales– le confieren a sus obras el carácter universal de una reflexión atemporal sobre temas como la felicidad, el amor y la (im)perfección.

João Pedro Vale


“Quería de ti un país de bondad y de bruma, quería de ti el mar de una rosa de espuma”. Estas palabras son del pintor y poeta Mário Cesariny pero pueden aplicarse a varias obras de João Pedro Vale, donde el mar es llamado a través de referencias que van desde una idea determinada de portugalidad, pasando por los castillos de arena de la infancia hasta obras más recientes de revisión homoerótica. El autor ha venido construyendo, desde hace más de una década, un recorrido coherente en torno a la problemática de la identidad en sus configuraciones personales y colectivas, sexuales y nacionales, respondiendo además al universo de la infancia como condicionador de valores y conductas.

Muchas veces, la identidad surge como una configuración del mito, es decir, como construcción colectiva de un imaginario. El artista se apropia de los lugares comunes que resultan de eso, juega con ellos y los deconstruye de forma crítica. Más allá de recurrir al video, a la instalación o al objeto, la escultura –que constituyó su formación de base y a cuya renovación contribuyó mucho en el contexto portugués–, desempeña un papel fundamental. El uso de materiales pobres y accesibles, pero culturalmente cargados, traduce la opción metodológica en la práctica de sucesivos encuentros –sobre todo entre lo erudito y lo popular– confiriéndoles una indiscutible polisemia a sus obras.

Filipa César

“El arte no es un reflejo de la realidad, sino la realidad del reflejo”. Son palabras de una película de Godard que podrían constituir, de cierta manera, una síntesis de la obra de Filipa César, artista formada en Oporto (FBAUP). Allí entendió que no quería ser pintora, y con rapidez se instaló en Berlín, a la que califica como una ciudad en progreso.

Gran parte de su investigación se centra en la relación entre documental y ficción, explorando las fisuras y los umbrales entre ambas. De ahí la importancia que le atribuyó al cine, en un proceso casi meta-cinematográfico en el que el montaje ocupa un lugar fundamental. Es a través del cine que aborda la relación entre observador y observado, a veces respondiendo a la dimensión del comportamiento en el espacio público, a veces cuestionando el telón-frontera. La imagen en movimiento se cruza con la reflexión sobre la construcción de la memoria individual y colectiva, sobre el modo como el pasado y el presente actúan uno sobre otro, tanto a nivel individual como colectivo, asumiendo, en sus implicaciones sociológicas y antropológicas, una dimensión política.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.