José Alfredo Jiménez

Esperando tu olvido

Pocas músicas sirven para celebrar la dicha enamorada y la pena amorosa al mismo tiempo. Y entre ellas, la ranchera es sin duda la mejor.

2013/09/11

Por Marianne Ponsford. Bogotá.

Al pueblo de Dolores Hidalgo se llega desde Ciudad de México por una carretera difícil. El paisaje del trayecto es seco y agreste, amarillo. O así lo recuerdo yo. El cementerio es fácil de encontrar. Y entre un laberinto de ordenadas tumbas blancas coronadas de ángeles, se abre de repente el espacio y allí está: la insólita tumba del poeta popular más grande que ha dado el continente. Un gigantesco sombrero de charro mexicano hecho en cemento, clavado en la tierra, se inclina y da sombra a las cenizas de José Alfredo Jiménez. Lo flanquea cercando la generosa explanada un muro sinuoso que imita un zarape. Está recubierto de baldosas diminutas que replican los colores de las rayas del zarape, y en cada una está escrito el nombre de una de sus canciones. Una veladora, debajo del sombrero, arroja una llamita modesta, ante la cual solo se puede hacer una cosa.

José Alfredo Jiménez nació en Dolores Hidalgo en 1926. Fue hijo del boticario del pueblo, y su infancia no fue pobre. Pero su padre murió cuando apenas tenía diez años y su madre, con sus tres hijos, emigró a la Ciudad de México, incapaz de regentar la farmacia. Tampoco allí le fue bien. Abrió una tienda de abarrotes, pero quebró. La adolescencia de José Alfredo fue una de penuria. Su madre se fue a vivir a Guanajuato, donde su hermano mayor había conseguido un empleo, y José Alfredo tuvo que quedarse en la capital, a cargo de una hermana de la madre. Cómo no pensar que el destino está escrito de antemano: la tía se llamaba Refugio. Ella fue la primera que, asombrada, vio el talento del muchacho para versear. José Alfredo fue arquero de dos equipos de fútbol, pero aquello era solo un pasatiempo y su primer empleo en serio fue de mesero en el restaurante La Sirena. Es allí donde conoce otros músicos, forma su primer trío (aunque eran cuatro) y comienza a escribir sus primeras canciones en las servilletas del local.

Las canciones de José Alfredo tuvieron un éxito inmediato. Su fama creció tan rápido como su afición por el alcohol. Se casó con Paloma Gálvez (a quien le dedicó “Paloma querida”), hermana de una gran amiga y consejera sentimental, tras una desilusión amorosa por el rechazo de Cristina Fernández, su primer amor (para quien escribió “Ella”). En el tono hiperbólico propio de sus canciones, se podría decir que José Alfredo le fue infiel a su mujer con todas las mujeres del mundo. Y a cada una le dedicó su canción. “Amanecí otra vez, entre tus brazos, y desperté llorando de alegría”, le dijo a Lucha Villa, otro más en su larga lista de temperamentales enamoramientos.

Pero fue la altiva Alicia Juárez, veinte años menor que el compositor, ante quien cayó rendido. Dejó el alcohol, se fue de su casa, la trajo desde Estados Unidos a vivir a México, y hasta se casó en una falsa ceremonia en Las Vegas –sin haberse divorciado de Paloma– para complacer a los padres de ella. Como era de esperarse, la dicha duró poco. Ni abrir la ventana quiso ella cuando tras una pelea, él fue a llevarle una serenata. Y allí mismo, en la calle, comenzó a escribir: “Yo sé bien que estoy afuera, pero el día en que yo me muera, sé que tendrás que llorar. Dirás que no me quisiste, pero vas a estar muy triste, y así te vas a quedar”.

José Alfredo murió joven, a los cuarenta y siete años, con el hígado destrozado por el mismo tequila al que le dedicó más canciones que a sus mujeres, quizás porque estaba más enamorado de él que de ellas. De nada valieron las advertencias de sus médicos. A sabiendas y a conciencia, se bebió el camino hasta su tumba. Pocos días antes de morir, ya muy enfermo, se escapó del hospital Londres, se robó un carro y se fue a visitar a su hijo el día de su cumpleaños. Es la versión latinoamericana de la fuga final de Tolstoi en la estación de Astápovo. Paloma se encerró en su cuarto y él fue a tocarle la puerta. Tras mucho rogar, haciendo un esfuerzo supremo, finalmente ella abrió. Dice que lo que vio fue un cadáver. Dos semanas después, el 23 de noviembre de 1973, José Alfredo Jiménez moría en el hospital.

A la conjunción de genio y alcohol en la biografía de José Alfredo Jiménez le debemos muchos hombres y mujeres latinoamericanos nuestra mala educación sentimental. Pocas músicas sirven para celebrar la dicha enamorada y la pena amorosa al mismo tiempo. Y entre ellas, la ranchera es sin duda la mejor. Y es que la letra de las canciones de José Alfredo es capaz de cantarle a la cima del enamoramiento y llorar la zozobra del final de los amores con la misma melodía. “Soportando una tristeza o detrás de una ilusión”.

Y son sus canciones las que por excelencia, atravesando el tiempo y la geografía, han sabido moldear, desde esa bipolaridad y con un acento poético extraordinario, la historia dramática de más de un corazón latinoamericano.

Quizás la particularidad esencial de las letras rancheras de José Alfredo sea que entienden la vida siempre desde lo fatal. Como si el destino estuviera escrito de antemano, y los seres humanos fuéramos simples hojas al vaivén de los caprichos del viento. El fracaso se alza como un fin inevitable, pero uno que se vive con honor de guerrero gracias a los amigos y al tequila. En la ranchera la derrota tiene un dejo de celebración. El orgullo herido se expone y se cura en la palabra que se canta casi gritando, preferiblemente con un trago en la mano, y preferiblemente en una cantina. La ranchera es la música del consuelo ante lo irremediable. Y por eso todo en ella es extremo. Hasta el estruendo de las trompetas del mariachi. Porque sus letras solo hablan de estados extremos. Es la apuesta por el “todo o nada” del ruletista. Puro amor o pura desdicha. “Yo no sé lo que valga mi vida?/ pero yo te la quiero entregar. / Yo no sé si tu amor la reciba/pero yo te la vengo a dejar”. Es la vida vivida no desde la valentía sino desde el repentismo y el envalentonamiento. La fatalidad.

En las canciones de José Alfredo está el resumen del amor vivido como exacerbación que excluye lo real, lo cotidiano y que solo quiere el vértigo imposible de lo total. El epitafio de su tumba, por su expreso deseo, reza: “La vida no vale nada”. Ante esa llama en su mausoleo, uno solo puede arrodillarse para celebrar su capacidad para decir cosas bonitas (“Amanecí otra vez entre tus brazos / y desperté llorando de alegría”), al tiempo que susurrar: “Eres un grande, José Alfredo, pero fuiste un imbécil”.

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