Tropas portuguesas se embarcan en Lisboa, en el Veracruz, rumbo a Angola, el 5 de mayo de 1961.

Las lágrimas de África

Tras décadas de silencio sobre su presencia en África, Portugal está rompiendo el pacto de silencio sobre la guerra colonial. No parece fácil. Menos mal, existe la literatura.

2013/04/12

Por Raquel Ribeiro* Londres

En 1975, tras trece años de guerra colonial en Angola, Mozambique y Guinea-Bissau, más de medio millón de personas emprendió el regreso a Portugal. Terminaban así quinientos años de imperio. La Revolución de los Claveles, el 25 de abril de 1974, liquidaba un régimen fascista de casi medio siglo, caduco, podrido y a punto de explotar. La descolonización de los territorios africanos era un hecho indiscutible. Poco después, Guinea-Bissau (septiembre de 1974), Mozambique (junio de 1975) y Angola (noviembre de 1975) declaraban su independencia tras décadas de lucha sangrienta de emancipación.

Cinco siglos de “existencia imperial” acabaron con la idea de un Portugal que “no era un país pequeño” –según rezaba la propaganda del régimen–, un reducido territorio europeo a la orilla del Atlántico que se explayaba por miles de kilómetros de tierra portuguesa en África.

“Aún en la hora solar de nuestra afirmación histórica, esa grandeza era, en concreto, una ficción. Nosotros éramos grandes (…), pero éramos grandes lejos, afuera de nosotros mismos, en el Oriente de sueño o en un Occidente aún impensado”, escribió en 1978 el ensayista Eduardo Lourenço en su análisis de la psique portuguesa Laberinto de nostalgia.

El imperio transformó la imagen de Portugal en su espejo. Las colonias se sumaban, escribe Lourenço, “al pequeño país para darle una dimensión mágica y a través de ella constituirse como un espacio compensatorio”. Pero el abrupto colapso del imperio provocó una especie de “sonambulismo incurable”, un “caso de inconsciencia colectiva sin paralelo”. Es decir: con la amputación de los territorios que lo definían, Portugal rompió el espejo de su trauma pero no se lamió las heridas abiertas. La pérdida se integró en el proceso histórico: “Todo pasó en familia”, dice Lourenço. Y en el momento de “mayor transcendencia de la historia nacional, los portugueses estuvieron ausentes de sí mismos”.

La Unión Europea llegó, en 1986, al punto más occidental de Europa para enseñar a los portugueses que otro futuro –democrático y próspero– era posible. Un futuro que por milagro les permitía olvidar que, hacía apenas una década, muchos de los hombres que caminaban por las calles de las ciudades portuguesas estaban en África matando negros al servicio de la nación. Y que muchas de las familias que en 1975 tuvieron de empezar de nuevo, de la nada, vivían en sus fincas como Karen Blixen, cazando elefantes, explotando africanos como lacayos, o perpetuando el mito del amor entre blancos y negros que el régimen defendía, porque, al final, todos eran portugueses.

Llegaron las autopistas del desarrollo. Y rápidamente Portugal se olvidó de sí mismo. África estaba lejos, pensaban, y el país caminaba para un futuro nuevo. Pero África estuvo siempre aquí.

Memorias de la guerra

Las guerras coloniales en Angola, Guinea-Bissau y Mozambique fueron el hachazo final a la dictadura de Salazar. La insurrección de los grupos armados en las colonias, movimientos de independencia apoyados por países soberanos en África pero también por el derecho a la emancipación (decretado por la ONU al final de la Segunda Guerra Mundial), aisló a Portugal en el intento lunático de permanecer en sus territorios africanos a expensas de una guerra durísima, larga e interminable.

Después de 1975, se empezó a hablar tímidamente de la guerra. António Lobo Antunes fue uno de los primeros y su novela Os Cus de Judas (1979) fue el testigo necesario para empezar a rascarse la costra de la herida. Lobo Antunes cumplió su servicio militar en Angola en 1971 y su novela es un testimonio violento de su experiencia personal en la guerra colonial. Violento, porque retrata con crudeza la soledad del soldado en el inmenso territorio africano, el miedo, pero también el regreso a casa, las noches sin dormir, la imposibilidad de ser comprendido por la familia. “¿Por qué carajo no se habla de esto? Empiezo a pensar que el millón quinientos mil hombres que pasaron por África no existieron jamás y le estoy contando una especie de novela cursi imposible de creer, una historia inventada”, escribe Antunes.

No era invención, porque fueron apareciendo otras novelas en que la guerra (o sus consecuencias) surgía en primer plano, sobre soldados o sobre sus familias. En el caso de Lobo Antunes, si bien la guerra no se convirtió en actor principal de sus novelas posteriores, siempre hay un momento, un personaje, una voz que evoca el colonialismo, el conflicto, Angola. Médico psiquiatra de profesión, Lobo Antunes disecciona la memoria colectiva de los portugueses al evocar en sus novelas el trauma de África en la sociedad, la añoranza por un paraíso perdido o la violencia del racismo.

“Hay casos en que la guerra es un tropos”, afirmó Eduardo Pitta en Público sobre las novelas de la guerra colonial. Autópsia de um Mar em Ruínas, de João de Melo (1984) es diferente de A Costa dos Murmúrios, de Lídia Jorge (1988). La primera es una autopsia de una guerra que ya era cadáver antes de empezarse, un crudo retrato de las experiencias de un grupo de soldados en el norte de Angola. En ese juego polifónico (el narrador cambia en cada capítulo) Melo logra una confrontación entre varias verdades y puntos de vista, desenredando así el hilo narrativo sobre cómo, en los años ochenta, los portugueses aún no sabían hablar de África.

La segunda es quizás la más importante novela portuguesa de la posrevolución sobre el colonialismo y la guerra en Mozambique. Su autora, Lídia Jorge, vivió tanto en Angola como en Mozambique, y regresó a Portugal en 1975. En su novela la guerra está lejos, pero a través de los ojos de Evita se revela una realidad artificial, la ceguera de la gente que se mataba en la selva para preservar la colonia, manipulando la retórica de la propaganda del régimen y su versión única de los hechos. Hay algo en común en estos libros: “Se caracterizan por un ajuste de cuentas con el salazarismo, reclamando culpas a la obstinación y al inmovilismo del Estado Nuevo”, continua Pitta.

Testimonios revelados


Al contrario de América Latina, donde la literatura del testimonio tiene tradición en sus sociedades –Nicaragua, El Salvador, Chile, Cuba–, Portugal no supo nunca hablar de sí mismo. Casi no hay literatura autobiográfica, y parece que, por mucho tiempo, en su larga historia, no había hechos significativos que estimularan testimonios en primera persona.

Fueron necesarios más de treinta años para que la gente empezara a hablar. Primero, sobre la guerra colonial (en primera persona, sin miedo de mirarse en el espejo y confrontarse con sus errores, sus pasados, sus memorias). Después, sobre el regreso (o como se dice en portugués, el “retorno”), memorias de los “retornados” que regresaron a Portugal con la descolonización en 1975, en un puente aéreo de varios meses. Aviones y barcos despegaban de las colonias llenos de gente y de lágrimas, aterrizando en Lisboa, para volver, horas después, a buscar más gente y más lágrimas a África.

Si durante años la guerra era un tabú, a partir de la última década el baúl de las memorias empezó a transbordar. Las hijas de António Lobo Antunes publicaron las cartas de sus años de servicio militar. D’este viver aqui neste papel descripto: cartas da guerra (2006) es un largo testimonio epistolar de las experiencias de Lobo Antunes como médico en el sur de Angola. Son cartas para su mujer, escritas entre los combates, que permiten a uno ver la guerra con los ojos del testigo, pero también percibir lo que se podía y lo que no se podía decir.

Pero fue sin duda el documental La guerra, dirigido por el periodista Joaquim Furtado y emitido en varios episodios en la televisión pública RTP en el 2007, el que cambió la manera como la sociedad portuguesa empezó a discutir la guerra colonial. Todos los martes, en prime time, Portugal expiaba sus demonios con episodios de una hora que explicaban la guerra como nunca había sido contada: hablaban víctimas y ejecutores, responsables militares y población civil, políticos, figuras públicas, anónimos, testigos en Angola, Mozambique, Guinea-Bissau, del Ejército portugués, pero también de los movimientos de independencia. Nunca, públicamente, en Portugal, se había hablado así de la guerra. Nunca se había escuchado a los militares y a los rebeldes admitiendo, delante de la cámara, el uso de napalm, las masacres, las violaciones de mujeres, las decapitaciones.

Los libros sobre la guerra, primero, y sobre la vida en la colonia, después, se sucedieron como castillos de naipes desplomándose en las librerías. Uno de los más punzantes testimonios es Braço Tatuado, de Cristóvão de Aguiar, lanzado en 1990 y reditado en el 2008. En una entrevista en el 2008, Aguiar explicaba que “el problema de Guinea es que apenas aparece una palabra, regresamos de inmediato al teatro de guerra”. Su libro es, tal vez, una de las mas vívidas descripciones de la guerra, bajo las estrellas de África y las copas de los árboles de la selva de Guinea. Escribe Aguiar: “Vamos todos sin gota de sangre. Las venas se quedan perforadas de miedo y la sangre que de ellas se escurría desapareció. (…) Quería llorar. Tal vez fuera un alivio, una huida, fuera lo que fuera que me ahorrase este cuadro de tragedia”. Ese mismo año otros libros de ficciones, memorias y diarios sobre la guerra fueron publicados en Portugal. La diferencia entre estos y los de las décadas anteriores es una progresiva desideologización de la representación literaria del conflicto, según Eduardo Pitta.

En los territorios portugueses en África murieron casi nueve mil militares del Ejército portugués. Catorce mil regresaron mutilados o enfermos. La Asociación de Discapacitados de las Fuerzas Armadas estima que cerca de cien mil hombres viven con estrés postraumático, la mayoría no diagnosticados. El proyecto de narrativas orales “Los Hijos de la Guerra”, desarrollado por Margarida Calafate Ribeiro en la Universidad de Coimbra, enseña precisamente esa realidad: el proyecto entrevistó a más de doscientas personas, gente que “no la vivió, pero que creció sumergida en narrativas y objetos sobre la guerra vivida por la generación de sus padres”, explicó Calafate Ribeiro al periódico más leído de Portugal, Público. Aproximadamente un millón de hombres estuvieron en las guerras de África. Si consideramos una media de dos hijos por pareja, los “hijos de la guerra” son un tercio de la población portuguesa hoy. No hablamos de testimonio directo, sino de la posmemoria de una generación que tiene entre treinta y cuarenta años, cuyos padres lucharon en África y en cuyas historias la vergüenza, el dolor y la rabia se encargaron de callar. Una de las entrevistadas lo resume así: “Esta es mi historia. Hay miles. Somos adultos marcados por cosas que no vivimos”.

Silencios rotos


No es necesario ir muy lejos para comprender cómo África todavía está aquí, en Portugal. Algunos de los escritores que ahora participan en la Feria del Libro de Bogotá nacieron allá, como Valter Hugo Mãe (Angola, 1971) quien, como Gonçalo M. Tavares (Angola, 1971) o Dulce Maria Cardoso (Portugal, 1964, regresó de Angola en 1975), es un “retornado”.

Un “retornado” es un portugués que vino de África en 1975. Aunque la palabra pueda implicar un regreso, muchos retornados nunca habían estado en el continente europeo. Los territorios africanos eran entonces portugueses así como las personas ahí nacidas. Cuando el imperio se hundió en 1974 y se impuso la “deportación”, la “huida” o el “regreso” de los portugueses de África, muchos pisaron el país por primera vez.

Jamás una palabra en Portugal ha tenido una carga tan negativa como “retornado”. Ellos fueron los chivos expiatorios del colapso del imperio y de la descolonización. Hay quienes se niegan a llamarse a sí mismos “retornados” y prefieren definirse como “refugiados”.

“Se decía que los retornados explotaban a los negros. Eran ataques muy fuertes y mantenían abiertas las heridas de la gente, porque era una metáfora, pero era la verdad de un yo colectivo”, dijo Isabela Figueiredo, autora de Caderno de Memorias Coloniais (2009), quizás el más violento ataque al “pacto de silencio” de los retornados después de 1975. La autora nació en Mozambique y regresó con la independencia a los doce años. Caderno cuenta su infancia en Lourenço Marques, actual Maputo, la estructura clasista y frívola de la colonia, la violencia contra el negro, el racismo endógeno de los colonos. Nadie estaba preparado para escuchar estas verdades. Figueiredo, que había publicado muchos fragmentos de su novela autobiográfica en su blog, recibió amenazas, insultos. Ella osó abrir el baúl de los silencios. Esperó a que su padre muriera para poder decirlo todo. Estos silencios, explica, “son el resultado de pactos de amor en las familias, que no pueden ser quebrados. Los hijos que vivieron esta realidad y que pueden, de hecho, contarla, están comprometidos en una tela de afectos”.

Dulce Maria Cardoso tuvo “que inventar una mentira para contar una verdad”, la de su regreso de Angola en 1975. Sabía que un día habría de escribirlo. Lo hizo en el 2011, con O Retorno, la historia de un adolescente y de su familia que regresan de Angola en el puente aéreo y se instalan en Lisboa en un lujoso hotel: un cuatro compartido por tres. En ese entonces, el Estado portugués albergó su población refugiada en hoteles porque muchos no tenían dónde quedarse, no tenían familia en Portugal. “Yo viví aquellos acontecimientos, pero mi experiencia no es aquella, aquella no es mi familia. Quería presentar una propuesta de reflexión: la pérdida. La novela es una radiografía de la pérdida. Es un luto, con todas las fases de un luto: negación, rabia, exorcismo y reconciliación”.

Dulce Maria Cardoso, que publicó cuatro novelas, dice que quizás estuvo escribiendo O Retorno toda su vida. Isabela Figueiredo también dice, al final de Caderno, que no sabe si habrá otro volumen de memorias: “No sé, realmente, si esta, mi historia, alguna vez estará terminada”. Aunque nuevas historias, testimonios, diarios, reportajes sobre la presencia portuguesa en África salgan a la luz, Portugal está en un laberinto poscolonial con el cual tiene que confrontarse. Todavía hay una cartografía emocional por escribir.

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