Élmer Mendoza, Adolfo zableh, Héctor Abad, y Simón Vélez

Lo que les dijeron a ellos

Los hombres han intentado descifrar a las mujeres desde que estaban en el colegio. Esto es lo primero que recuerdan haber aprendido allí sobre ellas.

2013/09/11

Por Revista Arcadia

 Simón Vélez, arquitecto
Los recuerdos del colegio los tengo casi por completo olvidados. Todo era pecado, todo era el Infierno que ocupaba mucho más espacio que el Cielo. Todo era Satanás. La presencia del amor de Dios estaba ausente por la del terror a Dios. Las mujeres eran el instrumento del Diablo para convertir a los hombres en pecadores. La única mujer decente era la Virgen que sin conocer varón fue la madre de Jesucristo. El sueño de todo homosexual. No me explico cómo a estas alturas de la vida ya tuve tres hijas, un hijo, cuatro nietas y un nieto. Todavía me gustan mucho las mujeres pero ya no me acuerdo por qué.

Héctor Abad, escritor
Lo primero que aprendí de las mujeres en el colegio fue lo mismo que ya había intuido en la casa: que eran mayoría y que hablaban más y mejor que los hombres. El colegio al que entré era solo para niñas, pero en kínder admitían varones. De cuarenta criaturas, había apenas dos hombres. Y sí, lo que aprendí resultó ser cierto: en términos numéricos las mujeres son más que los hombres (nos ganan por setenta millones) y también hay estudios que confirman que –así como en promedio los hombres tienen mejor sentido de orientación que ellas– también las mujeres tienen un mayor desarrollo del área del lenguaje. Hablan antes y con más propiedad que nosotros. Si aprendí a escribir fue para poder decir lo que pensaba en un mundo en el que –cuando yo apenas iba a abrir la boca– ya las mujeres lo habían dicho todo.

Élmer Mendoza, escritor
Fue en segundo. Un compañero nos contó que si sobabas despacio a una niña más que sentir en la mano sentías en la entrepierna. Ah, ¿de veras? Prometimos probar con las compañeras, lo que hicimos inmediatamente, pero nada pasó. Le dimos pamba a Paco por mentiroso. Cuatro días después, en el rancho de mis abuelos, coincidí con mi única prima campesina dos años mayor. Nunca he narrado esto y no sé si deba hacerlo. Su marido me odia. El caso es que le conté. Mientras me escuchaba, sus ojos se hacían profundos. Me pidió que probara en sus pechos de terciopelo tibio. Cerró sus ojos y entreabrió los labios. No sé qué le pasa al marido: lo que no fue en su año no fue en su daño.

Adolfo Zableh, periodista
El colegio marca. A mí me dejó amigos, una leve tendencia hacia el ateísmo por haber estudiado en colegio de curas, y la frustración de que fuera solo de hombres. Yo salía de allí cada tarde y me daba cuenta de que la vida era mixta, ¿por qué entonces tener a cientos de jóvenes encerrados durante ocho horas al día? Así que de las mujeres aprendí que eran inaccesibles; no tenía idea de en qué pensaban, ni qué querían, ni cómo se les hablaba, ni cómo se les enamoraba. Ni siquiera de cómo se les daba un beso. La carencia de mujeres en mi adolescencia ha hecho que el resto de la vida me la haya pasado proyectándome a futuro con cada una que conozco. Con el tiempo he descubierto que estaba en lo cierto, porque ahora, en venganza con la vida (y mis padres) todos mis amigos son mujeres. Y aunque las he tratado en todos los niveles (hasta estuve a punto de casarme con una) sigo sin saber gran cosa de ellas.

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