Lo que nos hace humanos

Nos gusta la idea de llamarlas “virtudes humanas”. Nos hace sentir bien. Somos generosos, altruistas, solidarios. Creemos que no todo lo que somos puede ser explicado por la inclemente mirada de Darwin. ¿Seguro?

2013/03/18

Por Joachim Hahn*

Humanidad ya no significa lo mismo. Con una creciente variedad de reportes científicos se está alimentando un debate fascinante, uno que en los próximos diez años promete estremecer los cimientos de todas las denominadas ciencias humanas y sociales. En las últimas décadas se han incrementado las investigaciones científicas basadas en la observación de comportamientos de diversos primates, y sus conclusiones han puesto en evidencia que los comportamientos y atributos que creíamos exclusivamente humanos, no lo son. Ni la generosidad, ni el altruismo, ni la solidaridad, ni la voluntad de dar sin esperar recibir algo a cambio, son propiedad de los seres humanos. Estas tres historias lo ilustran de manera contundente.

1. La comadrona

El 18 de marzo de 2012 en las montañas Hengduan del suroeste chino, cerca a la frontera con Myanmar –un territorio conocido como un hot-spot de biodiversidad–, Wen Xiao de la Universidad Dali fue testigo de un suceso que pocos han podido observar. Estaba allí para estudiar al langur ñato negro, un enigmático primate, y esa noche presenció un evento que suele llevarse a cabo en condiciones de aislamiento, con la mayor cautela posible: el parto de una primípara.?Aunque para todos los primates, excepto para el ser humano, dar a luz es un proceso ágil, en el que la gestante se hace cargo de recibir al crío, cortar el cordón umbilical, romper y eliminar la placenta, en esta ocasión sucedió algo inusual: en lo alto de un árbol, la parturienta se quejaba con vehemencia, lo cual incrementaba el riesgo de caer o de ser descubiertos. En ese momento se separó de su clan una langur multípara, para acercarse y apoyarla, agarrar cuidadosamente la cabeza del hijo y extraerlo, rompiendo de inmediato las membranas y entregando al recién nacido para que la madre cortara el cordón y se comiera la placenta.

Así, Wen y su equipo habían documentado un suceso desconocido: el trabajo de una partera langur. Además, todo fue atentamente observado por los jóvenes del clan que, según deducen los científicos, asimilaron más de una lección, por la reconocida capacidad que tienen los primates para aprender de otros.

Xiao y sus colegas concluyen que la participación de una comadrona experimentada contribuye a disminuir los riesgos del alumbramiento y, por ende, es una garantía de supervivencia para la especie. Ello implica el aprendizaje de la destreza de partera, lo cual solo es posible si hay una disposición a socorrer al congénere, la existencia de un “sentir por el otro”, junto con la capacidad de anticipar la ayuda, en un contexto social y familiar que lo promueve. Es evidente, para los investigadores, que la complejidad de lo observado implica mucho más que una conducta instintiva, simplemente heredada.

2. El comportamiento prosocial

Por una parte, en la reserva-santuario Lola ya Bonobo, cerca a Kinshasa, capital de la República Democrática del Congo, se recuperan en condiciones naturales los huérfanos de los chimpancés enanos, resultado trágico de su caza ilegal. Por la otra, en el Departamento de Antropología Evolutiva en la Universidad Duke, en Durham, Carolina del Norte, el equipo de Brian Hare intenta responder una pregunta fundamental: ¿qué es lo distintivo en el humano y cómo lo obtuvo nuestra especie? Para ello exploran aquellos atributos sociales que se consideran humanos, de manera comparativa con otras especies de primates. En particular trabajan con los chimpancés pigmeos congoleses, los bonobos, evolutivamente muy cercanos al hombre, reconocidos por su talante pacífico y amable, y su desarrollada inteligencia social.

 

Hace poco dieron a conocer un descubrimiento igual de sorprendente al de Wen Xiao: los bonobos comparten voluntaria y libremente su comida con extraños, un comportamiento que se creía exclusivo de los humanos, y cuya explicación desafía la tradicional lógica evolucionista. El comportamiento prosocial, la capacidad espontánea de actuar a favor de otros que son desconocidos, se vislumbra por fuera del ámbito cultural humano. ¿Por qué alguien habría de ceder un recurso vital para su supervivencia con quien no tiene vínculos de familia ni de grupo?

En los comportamientos observados en setenta ensayos con catorce bonobos congoleses, hubo varios resultados sorprendentes. En particular uno desafió las suposiciones prosociales humanas: pudiendo escoger entre un pariente y un extraño, con frecuencia significativa los bonobos prefieren facilitarle el acceso a la comida a un desconocido, antes que al pariente. A su vez, el forastero le facilita el acceso a dicho pariente, con lo cual él mismo termina en desventaja numérica frente a la fuente de comida. ?Las pruebas confirmaron que la motivación para compartir comida con desconocidos es genuina, no es inducida por la expectativa de algún tipo de retribución inmediata, ni es aprendida o imitada. Fue evidente, en cambio, que los bonobos están dispuestos a compartir con el único propósito de relacionarse. Ello explicaría su conocido potencial de crear y expandir sus redes sociales, para lo cual los bonobos no dependen del lenguaje, ni de normas sociales, ni hay relación con comportamientos violentos o reproductivos, como sí sucede en las actuaciones prosociales humanas, embebidas en nuestros procesos culturales y comunitarios.

 

3. La ayuda desinteresada

También en ambientes controlados, la disposición de ayudar puede ser puesta a prueba con interesantes resultados, como lo confirman las investigaciones de Shinya Yamamoto en la Universidad de Kyoto. Con las observaciones de chimpancés comunes del Instituto de Investigación de Primates, han demostrado que la ayuda desinteresada de uno depende de la evaluación que haga de las necesidades del otro. Cuando esta observación de las necesidades se dificulta con algún tipo de barrera (un vidrio opaco para impedir la vista, por ejemplo) ello no afecta la intención del primero a cooperar con el segundo para que pueda solucionar su tarea.

Para evidenciar estas actitudes, han separado a dos chimpancés por una barrera de vidrio que tiene una pequeña abertura. De un lado ponen una serie de siete instrumentos, alguno de los cuales requiere de otro para la realización de una tarea específica. El chimpancé que posee las herramientas (cadena, soga, pitillo, bastón, etc.) se los facilita al que los necesita solamente después de analizar su tarea, para entregarle, por ejemplo, un pitillo para que pueda tomar jugo.

Los científicos deducen que esta capacidad de reconocer los deseos del congénere y ofrecerle ayuda eficiente sin ningún tipo de recompensa propia, representa un atributo intelectual notorio, que no se explica por reacciones automáticas instintivas ni por algún tipo de comportamiento programado hereditariamente. La única condición para ayudar es que el congénere la solicite con los gestos adecuados, lo cual evidencia el rol complementario de la comunicación, dado que el chimpancé no puede comunicar el tipo de herramienta que requiere, decisión que debe tomar el otro de manera independiente, con base en lo que ha observado. Este uso inteligente de herramientas en chimpancés es un comportamiento comprobado también en condiciones naturales. Lo que no se había podido documentar es que es una conducta perfeccionada socialmente por observación, segun ha demostrado el mismo equipo japonés. Nuevamente, un grupo de chimpancés que había aprendido a usar un pitillo para extraer gotas de jugo de un recipiente (de manera similar a como lo hacen con un palilllo para extraer las termitas de su madriguera) perfeccionó la técnica al observar a otro grupo que había aprendido a usarlo para sorber el jugo, a la usanza humana.

Así que la capacidad social para perfeccionar de manera incremental el uso de una herramienta por medio del aprendizaje, considerado un atributo exclusivamente humano, se presenta también en estos primates. Y no es el único, pues hay cada vez más evidencias del uso deliberado y complejo de utensilios. Ellos deciden el tipo, tamaño y peso de la roca, y el tipo de soporte requeridos (a manera de martillo y yunque) para romper una nuez, dependiendo de la dureza de su cáscara, pues un golpe demasiado fuerte arruinaría el contenido. Sin embargo, la técnica para ello varía en las diferentes tribus de chimpancés que comparten una misma área en el Parque Nacional Taï en Costa de Marfil, pues es aprendida diferencialmente en cada una, según informan los investigadores del Instituto Max Planck de Antropología Evolutiva en Leipzig. Ello ha sido ratificado en condiciones de laboratorio por el Instituto de Investigación de Grandes Primates en Okayama, que demostraron que estos primates utilizan criterios de peso (masa) para su decisión, derivados del aprendizaje por ensayo y error.

 

Lo qué nos queda

El hilo conductor fascinante de las anteriores observaciones con primates es que atributos “espirituales” y “culturales” tales como empatía, altruismo, inteligencia emocional, aprendizaje autónomo, perfeccionamiento social de utensilios, que son elementos importantes de las conductas éticas, ya no son exclusivamente humanos. Con razón el filósofo y biólogo Francisco J. Ayala lo interpreta como las bases biológicas de la ética, desarrolladas por procesos de evolución natural, que permiten y explican la evolución cultural de la principal, tal vez única, diferencia humana: la moralidad.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.