Ellas responden

Lo que les dijeron a ellas

La educación sentimental empieza en la casa. Cuatro mujeres cuentan cuáles son esos consejos sobre los hombres que sus mamás les daban cuando eran pequeñas.

2013/09/12

Por Revista Arcadia

 

 

 

 

 

Tatiana Acevedo, columnista

Mi mamá nunca me dio consejos sobre el amor o los hombres. A ella tampoco le dieron de esos consejos. Pero, rodeadas de tías nerviosas, vimos alrededor de treinta y siete telenovelas a lo largo de los diecisiete años en que vivimos juntas. Quizás ambas formamos nuestro sentido común amoroso sumando capítulos y viendo morir antagonistas. Nos sirvieron como a cualquiera le sirven las expectativas (que con el tiempo, obviamente, van cambiando). Y de toda esa sucesión de herederas en bata, galanes alcoholizados, empleadas con cofia y robo sistemático de recién nacidos, recibí los mejores consejos sobre la verticalidad y el romance. Pues la telenovela clásica –Topacio o Marimar, Azúcar o Café– expone con claridad las tensiones de clase que, en nuestros países, determinan al amor.

Amparo Grisales, actriz

En mi casa somos cuatro mujeres, así que mi mamá aún nos ve como niñas chiquitas y nos sigue cuidando con esmero y amorosamente como siempre lo ha hecho. ¿Sus recomendaciones para tratar a los hombres? “Hija, si un hombre te respeta y tiene buenas intenciones, no te va a querer llevar a la cama en la primera cita, así que déjate seducir y dale tiempo al romance y a que te conquiste”. Y como siempre he sido muy obediente, me dejo conquistar; pero si las intenciones son “muuuy buenas”, pierdo la noción del tiempo. También dice mi mamá: “Al primer síntoma de agresividad en un hombre que te guste: ¡corre!”. Y me volví atleta.

Piedad Bonnett, escritora

En la infancia, mis referentes masculinos fueron tres, todos temibles: el Diablo, porque podía hacerme ir al Infierno; Dios, porque era un juez implacable y castigador; y mi papá, también casi un dios, porque era autoritario y en sus furias tenía voz de trueno. Que mi hermano pertenecía a otro sexo lo supe básicamente cuando vi que él tenía más privilegios que mi hermana y yo. Después, durante mi primera adolescencia, en mi casa y en el colegio de monjas, todo lo referente a los hombres o se silenciaba o era traído a cuento como prohibición y vigilancia: ellos eran un peligro potencial pero no sabíamos bien por qué. Eso los convirtió inmediatamente y hasta ahora, por supuesto, en seres misteriosos y deseables.

Leila Guerriero, escritora

Yo no hablaba de hombres con mi madre, de modo que ella no me pudo dar nunca ningún consejo. Si me los hubiera dado creo que, de todos modos, nos los hubiera seguido. Es que no era un criterio confiable: se casó con su primer novio, que fue –es– mi padre. Para más, ay, en casa no había televisor –no queríamos: así éramos–, de modo que tampoco mirábamos telenovelas. Mi educación sentimental la construí sola, leyendo. Diría que fueron lecturas variadísimas, algunas muy impublicables. Aprendí de los buenos personajes de la mala literatura, de los malos personajes de la buena literatura, de El extranjero, de Camus, de los diarios de Pavese. De Machado, de sor Juana, de Cocteau, de Lorca, de Cortázar, de Bioy, de Ana Karenina, de Madame Bovary, de Julien Sorel (a no ser como ninguno de ellos). De cosas que leía aunque, se suponía, no debía leer. Y del cómic. Se aprende más de la amistad y del amor y de la nobleza y de la ruindad leyendo La balada del mar salado, de Hugo Pratt, que metiendo la nariz en cien tratados sobre el amor.


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