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Los chicos buenos no viven en Chapinero

La esquina más gay de Chapinero.

Crónica de una esquina

Ahí siempre están pasando cosas. Esta es la historia de la esquina más gay del barrio más gay de la localidad más gay de Bogotá, contada por un escritor que la ve todas las noches desde su ventana.

Por: César Mackenzie, Bogotá.
Publicado el: 2012-06-21

La aparentemente tranquila mañana de la mudanza no permitía si quiera sospechar lo vibrante que sería la noche. Y no solo esa, las que vendrían. Entre cajas y polvo de libros, me instalé en el apartamento de la carrera 9 con calle 59 y a partir del mismo momento en que despaché al camión percibí que en esa esquina no riñe la noche con el día, allí la vida pasa sin espantajos. Es una esquina al mismo tiempo abrazadora y siniestra, esculpida a golpes por el tiempo hasta quedar inmersa en una dinámica homosexual sin precedentes en Bogotá, violentísima ciudad.

Desde la segunda mitad del siglo XVIII Chapinero coqueteó con Santa Fe. Las señoras dediparadas se torturaban de solo pensar que sus maridos, pipicaídos, visitaran la Casa de las Criadas, un burdel famoso a finales del XIX. Las madres de esas mujeres, o sus abuelas, conocieron al célebre don Antonio Hero y Cepeda, que calzó con chapines a las ricas familias de la muy encharcada Bogotá, y de quien surge el nombre de Chapinero: ya sea porque chapinero es un sustantivo masculino que designa a quien por oficio tiene elaborar o comerciar chapines; o porque chapinero es la contracción coloquial del nombre del establecimiento del zapatero gaditano: Chapines Hero. Para ese tiempo, mitad del siglo XVIII, por donde ahora es la 59 con 9, nuestra esquina era apenas una intersección de caminos de piedra trazados sin afán, polvorientos, en cuyos potreros rumiaban algunas vacas y cantaban los gallos su reñidero aviso de que el día ha empezado, como pasó y pasará hasta que el sol estalle.

Hoy, los que cantan al amanecer son los rumberos de toda índole, homosexuales, travestis, lesbianas, heterosexuales, atracadores de poca monta sacados de una fantasía de Genet o Fassbinder, santitos rubicundos, parejas de novios que se aman, brincando de bar en bar y de amanecedero en amanecedero (léase, amanecedero: lugar de rumba tecno, por lo general ubicado en la calle 59, donde el amanecer es apenas un oficio), náufragos de sí mismos, todo en un mar de música electrónica y chispuneante, pases de perico o insuflación de los calurosos poppers; rumba y devaneo que no se detienen hasta cuando el mediodía comienza a rayar en la baja mañana.

Luego de la construcción de la catedral de Lourdes, hacia el último cuarto del siglo XIX, se hicieron más frecuentes las peregrinaciones religiosas de mujeres con prole y todo su etcétera, que cogían el tren hasta Lourdes. En el atrio se arrodillaban otrora los penitentes y comulgantes; hoy los que se arrodillan en sus escalones son los suplicantes puticos, con sus bocas de muñeco inflable y sus manos en señal de oración, como sicarios rezando a sus vírgenes, dirigiéndose de la mano con la muerte hacia el último cuarto de un motel. En un sentido no muy profundo, las cosas no han cambiado tanto.

Con el tiempo, la trasnochada Santa Fe fue acercándose al moderno Chapinero hasta que se lo comió. Y hoy Chapinero resume la esencia de la capital: es tan pobre como rico e inequitativo en su más hondo sentido estructural. Lo que se ve hoy, entre las calles 53 y 67 y la Avenida Caracas y la carrera quinta del barrio Chapinero, de la localidad 2 de Chapinero, es un inquietante barullo que no se detiene.

Para los homosexuales, el siglo veinte no entró en Colombia sino hasta finales de los años cincuenta; de ahí para atrás no imperó sino la moral católica del siglo XIX. El Código Penal de 1936 tipificaba la homosexualidad y sobre todo el “acceso carnal” como un delito menor cuyo castigo eran seis meses a pan y agua en prisión. Los homosexuales necesariamente se enclosetaron, todo en sus vidas ocurría tras bambalinas.

En términos técnicos, lo que los sociólogos y estadísticos denominan procesos de gentrificación (que significa que un lugar pobre se aburguese con la llegada de gente con una mayor calidad de vida) no se dieron en Chapinero. El barrio fue siempre de ricos. No se aburguesó como sí le pasó a Chueca en Madrid o a Castro en San Francisco. Y por eso llegaron allí los homosexuales. Buscando lo que el centro de Bogotá, con sus infatigables redadas policiales, les negaba: la libertad de ser. Como afirma el investigador de la Universidad Nacional Pietro Pisano, “la represión policial influenció fuertemente la sociabilidad de las personas homosexuales a lo largo de los años setenta y ochenta, y representó un peligro constante para las personas que frecuentaban bares y discotecas”. De acuerdo con Pisano, fue la represión policial y, paradójicamente, la abolición de la homosexualidad como delito en 1980, las que llevaron a los homosexuales a asentarse, a mediados de esa década, en el barrio de Chapinero, donde vivían familias y personas pudientes que gozaban de un ambiente sosegado, digamos alejado de abusos. Los homosexuales se dieron cuenta entonces de que “el centro, habitado por estratos populares, permitía mayor libertad de acción para los policías”. Chapinero empezó a definirse como la zona urbana de mayor desarrollo cultural. No hay que olvidar la huella de la generación hippie, el parque y los pasajes. Había desde ya una evidente apropiación del espacio público y una consecuente, aunque frágil, cultura de la tolerancia.

Desde finales de los años noventa, un creciente empoderamiento del territorio llevó a que en Chapinero emergiera la necesidad de una representación política, tal como sucedió en Castro, el legendario primer barrio gay que en el San Francisco de los años setenta eligió a Harvey Milk como su líder político. En el 2008 Blanca Inés Durán, abiertamente lesbiana, fue nombrada alcaldesa y se posesionó como la cabeza más visible de un proceso que tomó forma en la administración Garzón desde el año 2006. Ese año en Theatron el Alcalde Mayor presentó a cientos de homosexuales la política pública contra la discriminación. Para apoyar todo ese largo proceso que implicó dicha política pública, fue fundamental la creación de un Centro Comunitario Elegebeté en el cual se materializa día a día el esfuerzo de quienes trabajan por la dignidad de la población elegebeté brindando todo tipo de servicios psicosociales a la comunidad.

Y desde momento, despertó el tigre dormido. Hubo una masiva concentración de publico homosexual: llegaron chicos jóvenes (que se sumaron a los pelienpechudos pioneros, ya un tris mayores), alquilaron modernos apartamentos, instalaron bares con karaoke y espectáculos transformistas y de go go dancers, llegaron los gimnasios y las inodoras cremas antiarrugas, tabernas para solteros, frecuentes salones de belleza, discotecas hasta con diez ambientes, multiproteínicos para ganar peso y masa muscular, saunas de dos y tres pisos, uno que otro club de sexo o swinger, cafés de espíritu revolucionario, hoteles, toda clase de impensables servicios sexuales y hasta piqueteaderos gay. Llegaron también parejas de hombres y de mujeres que el statu quo ha dado en llamar “estables”, pero que son más que parejas, son amores que se anclan para nunca más ver la superficie, y llevan años juntas, se toleran, se conocen ya todas sus fealdades; alguno adoptó un niño y van los tres a hacer mercado: el papá le compra muchos dulces y el otro papá, a hurtadillas, los saca del canasto; escoge, eso sí, manzanas verdes.

¿Qué sentirían nuestros antiguos homosexuales, ¡mártires!, si hoy se levantaran de sus tumbas y vieran a los hombres que a cualquier hora del día, por fortuna, tomados de la mano se besan, se abrazan, se paladean, se abrigan uno al otro, se lanzan miradas como flechas, su ajustan los pantalones o se pasan la lengua por los labios, se reencuentran con el placer de estar vivos, todo en la esquina de la 59 con 9 o de la calle 59 con carrera 13 o de la calle 63 con carrera 7, las tres esquinas más gay de toda esta localidad más gay de 3.899 hectáreas

Los días que siguen a la mudanza suelen ser apaciguados, pero como en Chapinero ningún día es muerto y no viven aquí los chicos buenos, las cosas funcionan de otra manera. La ciudad está siempre despierta, incluso mientras duerme. Por nuestra esquina de la 59 con 9 pasan o han pasado todos los homosexuales de esta ciudad, los más todoterreno han entrado a El Perro y la Calandria a beber cerveza y a pedir canciones de Juan Gabriel y Rocío Durcal o a llorar, como a todos nos pasa, maricas o no, cuando nos deja en soledad el arrepentimiento de un desamor. Pasan los que van hacia la 63 con 7 y aledaños, a sus rumbas, sus desenfrenados encuentros sexuales a altas horas de la noche (como en un relato del Marqués de Sade), o sus universidades y los que van hacia la 59 con 13 a comprar un muchachito acompañante que les quite la grima que les da la traicionera vida.

Esta esquina carga con una contradicción inevitable: es tan tolerante como violenta. Un viernes a las nueve de la noche todas las tribus urbanas hacen presencia y la calle se mueve en oleadas de punkeros, de vino barato en caja y pitillo, que ceden el paso a las travestis de los bares, skates y adolescentes que hacen acrobacias en bicicleta, hippies de gafas redondas que se abrazan con chicas góticas de medias negras y ojeras pronunciadas; parejitas de chicos que se pierden en la eternidad de una felatio en lo oscurito del parque de los Hippies, justo detrás del CAI de policía. A eso de las diez de la noche, ya pocos saben de dónde vinieron y para dónde van. Entonces llegan los hinchas de Millonarios, que no son ni maricas ni punkeros ni hippies ni góticos sino engendritos de la violencia, a pelear con los engendritos rojos de Santa Fe, igual de aguerridos, ¡y a darse ladrillazos y palo en la esquina! Como la sirena de la patrulla de policía retumba desde la carrera 7, al llegar a la 9 y, más aún, a la carera 13 ya no quedan sino rastros de la batalla. Hay minutos de silencio, a pesar de la sirena y las luces giratorias de la patrulla, que pesca a algunos tontos y palurdos borrachines mal parqueados.

No hay un minuto, lo veo desde mi ventana, en que no pase alguna pareja de chicos o chicas tomados de la mano, ni de día ni de noche. Bueno, excepto los vacíos domingos por la mañana cuando tantos insaciables cruzamos en la noche la esquina de la 59 con 9 buscando en el amanecer una redención improbable. Estuvo bien esa mudanza.