El mexicano Luis Florez en el mítico partido frente a Bélgica en 1986

México: Creo en ti

El escritor Antonio Ortuño escribe sobre su relación con el Tri. "como cada cuatro años, estaremos sembrados en un partido de octavos de final. Que no tendremos más remedio, me temo, que perder".

2014/05/23

Por Antonio Ortuño*

La clasificación mexicana al Mundial que está por iniciar fue, de punta a cabo, desastrosa. Sin embargo, estoy convencido de que haremos en Brasil un torneo decente. O, al menos, uno a nuestro nivel habitual, lo que significa alcanzar (y morir en) unos octavos de final perpetuos, ineludibles y seguramente justísimos. Me explico: aunque México es país de bandazos, aspira siempre a la estabilidad. Oscilamos entre la ilusión del progreso y la evidencia de la masacre, entre el tedio político y el Apocalipsis, pero nos gusta mantenernos firmes en nuestras rutinas. Y la historia nos enseña que cuando hemos tenido una clasificación tersa nos hundimos. Y también que nos hundimos cuando clasificamos, como esta vez, de última hora. Nos hundimos siempre, épicos e ineptos. Pero no sin antes darle algún dolor de cabeza a una o dos potencias.

A Italia, por ejemplo, le hemos igualado juegos en 1994 y 2006. A Holanda le sacamos un empate en la última jugada en 1998. Y a Francia le pegamos realmente feo en el 2010 (aunque, claro, entre las llamadas “grandes potencias”, sea la nación de la igualdad y la fraternidad la que más fácilmente demuestra tener pies de barro y con mayor frecuencia termina por besar la lona ante escuadras en teoría inferiores, como nosotros). Hasta allí llegan nuestras glorias porque aquella victoria de 3-1 contra Irán en el 2006 no resulta demasiado vistosa, la verdad. A cambio de esos fogonazos de dignidad, hemos perfeccionado el firme hábito de ser eliminados, cada vez, en la misma ronda, es decir, en los dichosos octavos. Allí palmaron nuestros empeños en 1994, 1998, 2002, 2006 y 2010. Es decir que llevamos veinte años atorados en la misma fase maldita. En una gráfica que contenga los resultados de los diferentes países en el mundial, a lo largo de los años, los nuestros se expresarán mediante una línea recta dolorosamente similar a la que, en un monitor hospitalario, comprueba que el corazón de un paciente se ha rendido (mientras suena el angustioso y agudo pito que indica el fin). ¿Alguien imagina perder en la misma ronda durante cinco mundiales consecutivos? Bill Murray y su Día de la Marmota nos hacen los mandados.

Hace unos días, en un vuelo Bogotá-México, el tedio me orilló a revisar un video de análisis sobre la selección mexicana que se ofrecía en las pantallitas de entretenimiento de la aeronave (alguien dirá que por qué no leía un buen libro en lugar de embrutecerme: mi única excusa es que tenía cinco días sin dormir casi y, por tanto, las córneas y retinas más resecas y quebradas que las dunas del desierto de Sonora) (y, además, a mi lado viajaba una pareja con un bebé particularmente afecto a pegar de baladros a cada bolsa de aire, mientras sus padres gemían por lo bajo) (y, honestamente, ya los veo leyendo a Proust en esas condiciones y sin tapones de oído por medio: les juro que no avanzarían más allá de la primera madalena). Total: el videíto describía a México, todo afectuoso, como “un cuadro que, en sus mejores momentos, llega a combinar la potencia con el toque y es capaz de dar la sorpresa en cualquier instante”. El problema con esas adjetivaciones es que incluyen válvulas de escape y un margen de error notable. Con la misma firmeza podría decirse que México “en sus peores momentos [que son recurrentes] combina languidez con un mal control de pelota y no sorprende ni a su madre”.

No, no es mi intención burlarme acomodaticiamente de mi propio equipo. Ningún conjunto de fútbol en el planeta me ha causado tanto sufrimiento ni ha ganado, con ese método tortuoso de seducción que es la derrota, mi eterna lealtad. El amor a un club puede enfriarse por muchos motivos pero de la patria (cuando menos de la futbolera, digo) no hay modo de renegar. Da lo mismo que sea un portaaviones o una panga, uno tiene que irse a pique de ser necesario con ese barco.

Algunos de los más violentos cráteres en la superficie de mi memoria están directamente relacionados con nuestras derrotas mundialistas. Penaltis fallados, balones al poste, goles recibidos en minutos finales e irreparables: electrochoques como esos han forjado mi amor, sí, pero también mi escepticismo. Eso y el hecho, que para alguien puede resultar banal, de que en la vida cotidiana detesto el color verde pero los míos lo visten y hay que joderse y mimetizarse.

¿Qué pasará con nosotros en este torneo? Nuestra agenda abre con un partido contra Camerún, el 13 de junio, del que dependerá buena parte de las posibilidades que podamos llegar a acariciar. Porque luego hay que jugar con Brasil, el 17 de junio, y ese día vamos a perder. Lo firmo desde ahora. Como si no bastara la apabullante superioridad histórica de los verdeamarelos, resulta que somos un equipo demasiado educado como para arruinarle el torneo al anfitrión. Ya podría ser el mundial en las Islas Fidji, México por ningún motivo haría pasar un mal trago a los organizadores. Para cuando lleguemos al duelo con Croacia, el 23 de junio, buena parte de la suerte estará ya echada. Vaya: si no le ganamos a Camerún desde un principio, para ese día ya deberíamos tener las maletas cerradas y confirmados los boletos de regreso.

Pero me atrevo a vaticinar que eso no pasará. El lugar natural de la Selección mexicana son los octavos de final. Quizá no avancemos un paso de allí y seamos incapaces de acercarnos a los juegos importantes, quizá sea verdad que solo como locales en la Copa (como en 1970 y 1986) somos capaces de alcanzar los cuartos de final (y en 1970 se pasaba directamente a esa ronda luego de la fase de grupos, así que en realidad no cuenta). No importa: así tengamos que remontar un 2-0 a los diez minutos contra Camerún, así debamos empatarle a Croacia 5 a 5 en el tiempo de compensación, llegaremos allí y, como cada cuatro años, estaremos sembrados en un partido de octavos de final. Que no tendremos más remedio, me temo, que perder. Nobleza obliga.

 

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