Novela

Presentamos nuestra habitual sección de reseñas sobre los libros que llegarán a la Feria. Un abrebocas crítico a lecturas insospechadas, sugestivas, fundamentales.

2013/04/12

Por Revista Arcadia

 

 

La promesa del norte

Por: Albert Mauri


Hot sur

Laura Restrepo
Planeta

Apoyándose en la inequívoca peripecia de un thriller, Laura Restrepo acaba por armar un bildungsroman donde nada es lo que parece y donde la ironía, tan esencial en las novelas de construcción, ha quedado anulada por capas y capas de esperanza, dolor y desencanto. La historia de María Paz, que recorre un largo camino desde su infancia en Colombia, hasta su huida de Estados Unidos, se presenta como el recorrido arquetípico de cientos de miles de personas que, año tras año, se construyen en el camino que atraviesa América y que sigue lleno de obstáculos cuando creen haber alcanzado su destino soñado. La María Paz niña, en su Colombia natal, sueña con un norte limpio, rico y cómodo, plagado de maravillas, y su sueño no es distinto al de miles de niñas. Ajena a cualquier otra perspectiva distinta al paraíso, anhela el reencuentro con su madre, que anduvo el camino antes que ella. En este punto, el de la representación de un territorio tan ideal como falso, Hot sur comparte y alimenta un tema que arrancó hace décadas con los relatos de los primeros que sintieron la atracción irresistible de la promesa del norte y que acabaron descubriendo una realidad distinta a la esperada y a veces terrible.

Laura Restrepo plasma ese proceso de llamada y desencanto a través de distintas voces: la de María Paz, a través del relato que escribe en la cárcel como conjuro a su desgracia; la de Ian Rose, que relata cómo la desgracia lo convirtió en detective y en “vengador” de la muerte de su hijo; la de Clive Rose, el hijo de Ian, que representa el espíritu del norte deseable, capaz de entender y aceptar las diferencias, de comprometerse con lo honesto, lo limpio y lo humano. Las distintas voces, como en una carrera oral de relevos, reconstruyen la historia de María Paz y de las circunstancias que la llevaron a convertirse en fugitiva de la justicia, que la condenó sin pruebas, y del psicópata que fue su amante. Toda la peripecia de María Paz es la consecuencia de un todo más complejo y universal: el mal. Para Laura Restrepo el mal es ignorancia, prejuicio, fanatismo, avaricia… una receta absolutamente atemporal. El mal en Hot sur se muestra sistémico –es el estado de las cosas– y también se personaliza a través de Sleepy Joe, un asesino narcisista y fanático religioso que abre el relato con su iniciación, como el inicio de una pesadilla, y lo cierra con su muerte, la redención para todas sus víctimas.
Hot sur es un thriller eficaz, a pesar de sus cabos sueltos, sus digresiones y de algunas situaciones llevadas a un límite difícil de mantener; pero, sobre todo, es un excelente retrato del conflicto entre culturas y de la perversión de un sistema incapaz de respetar a las personas. Como en los grandes relatos, en Hot sur los personajes tienen que enfrentarse a una realidad que los supera y a la que solo pueden oponer una fe a prueba de bombas. La América prometida se muestra, a través de los ojos de los personajes, como un escenario capaz de albergar el horror y, al mismo tiempo, de alimentar la esperanza a través de todos los que se resisten a ese mismo horror.

Álter ego de un profesor

Por: Diego Aristizábal

Profesor
¿Profesor?

Fabián Sanabria
Rocca

Alguna vez un profesor habló a los estudiantes del Goofus Bird de Borges, un pájaro que volaba hacia atrás porque no le interesaba saber a dónde iba sino de dónde venía. El mismo profesor les enseñó que la cultura debía entenderse como un “juego de máscaras” en el cual los humanos representan numerosos roles. Ambas explicaciones definen bien el ejercicio que pretende Fabián Sanabria en su libro ¿Profesor?

Un dolor en el brazo izquierdo hace que el protagonista de la historia, Fabián Sanabria, consulte al médico. El diagnóstico no es muy alentador y el autor es remitido a Cuidados Intensivos. Desde ese instante, bajo un coma inducido, tiene una serie de delirios que trazan múltiples historias fragmentadas. De un lado, aparecen maestros como Fernando Vallejo y Michel Maffesoli. De otro, recorre su vida hasta entender que lo serio no debe tomarse en serio. Mientras los médicos tratan de curarlo, las reflexiones que se tejen a lo largo de esta ¿novela? se enfocan en lo pretensioso que puede resultar “enseñar”. ¿Acaso alguien enseña?, “¿quién soy yo para enseñar?”, se pregunta Sanabria,  que de niño simulaba un tablero en una caja de cartón. Luego sus inquietudes encuentran más evidencias cuando ingresa a la universidad y ve las típicas situaciones: profesores mediocres que van a “calentar silla”, vacas sagradas que no permiten cambios, profesores que no enseñan o que presumen de lo que saben, guerras y divisiones, celos y mediocridad, que impiden las sanas discusiones.

En estas “autoficciones” hay un interés por “desenmascarar” las instituciones, hablar con franqueza sobre el amor homosexual hasta, incluso, encontrar una mano divina que reivindique el derecho a quererse.

A pesar de que en el “Preámbulo” dice que el libro es un nuevo ejercicio de “autoficción”, no deja de ser tentador suponer que las cosas sí han sido así. Tal vez por eso habría sido bastante provocador que Sanabria se hubiera arriesgado a construir una autobiografía o una confesión y contar todo bajo el filtro complejo de la verdad. Así, tal vez, sería una denuncia más valiente y ahí sí que reclamen con nuevas posturas y argumentos aquellos que no se sienten a gusto con lo que de ellos se dice en este libro.

Creo que este relato va en sintonía con lo que dice Pasolini: “Escandalizar es un derecho y ser escandalizado un placer… Quien se niega esa gratificación es un moralista y yo no lo soy”. Después de leer este libro es muy probable que algún lector se pregunte: ¿Basta con decir “ficción” o “autoficción” para que algo lo sea? La pregunta queda abierta.

Hiperrealismo mágico

Por: Gabriela Bustelo

Las reputaciones
Las reputaciones

Juan Gabriel Vásquez
Alfaguara

El bogotano Juan Gabriel Vásquez ha trabajado con éxito la novela, el ensayo, el periodismo y la traducción. Tras El ruido de las cosas al caer (Premio Alfaguara 2011), acaba de publicar su cuarta obra, Las reputaciones, donde retoma uno de sus temas predilectos: el pasado como mapa del futuro. La pacífica vida de un hombre de sesenta y cinco años se trastoca con la aparición de una joven ¿desconocida? que interroga sobre una noche de pronto inaplazable en las vidas de ambos. Javier Mallarino es un caricaturista político que puede pasear anónimamente por las calles de su ciudad, pero sus viñetas pueden alterar –y alteraron– la vida de los líderes de la nación, llegando incluso a desencadenar la muerte de uno de ellos. Las caricaturas que aparecen cada día en el periódico tienen un poder terrible, como dice su propio autor, pues tras ellas hay personas reales, cuya reputación puede quedar fatalmente herida por los trazos de un lápiz afilado como un bisturí. Pero ¿acaso no destruye Mallarino a sus víctimas antes de someterlas a su autopsia artística, marcando su destino desde el momento en que las elige como personajes de sus caricaturas?

Gastada la fama propia, uno se cuida de la infamia ajena, aseguraba Gracián. Mallarino no tiene gastada la fama, pues su país le homenajea y admira. En cuanto a la infamia ajena, es, como él sabe bien, su modus vivendi. La tragedia que plantea esta novela de tramas abiertas –¿era culpable el congresista suicida?, ¿hizo bien Mallarino en publicar su “Yo acuso” sin pruebas?, ¿el amor tardío traerá la redención?– es la futilidad del poder individual que, de hecho, forma parte del sistema.

Vásquez dice huir de la retórica del Boom que retrata a América Latina como un limbo espacio-temporal, pero cabe preguntarse si su obra no podría calificarse como un ‘hiperrealismo mágico’. Al fin y al cabo, cuesta imaginar el suicidio de un congresista estadounidense, británico o alemán por una sugerida acusación de pederastia en un periódico. Cuesta imaginar, igualmente, a un omnipotente caricaturista estadounidense, británico o alemán cuya carrera salga indemne de toda peripecia. En países como Colombia o España la reputación es una buena fachada sustentada en la hipocresía. En las democracias veteranas, la reputación es la buena gestión de la verdad. La mala publicidad no existe, siempre que la verdad se sepa vender adecuadamente. Primero fue el honor, luego vino la fama, luego los quince minutos de Warhol y, finalmente, la mención en Twitter. ¿La reputación? Es gestionable, como todo.

La realidad no es mágica, asegura Vásquez, sino desmesurada. ¿Será el realismo mágico de ayer el hiperrealismo mágico de hoy? Las generaciones cambian. El mundo permanece. En todo caso, Las reputaciones es una novela primorosamente  armada sobre el peligro de usar con ligereza el poder político y el riesgo de convertir un error de juicio en una opinión pública, dando lugar a que la vida, la voluntariosa vida, como dice Vásquez, haga de las suyas. Léanla. No se arrepentirán.

Problemas emocionales del primer mundo

Por: Alberto de Brigard

Siete años
Siete años

Peter Stamm
Acantilado

Desde la aparición de Agnes, la inquietante primera novela de Peter Stamm, en el 2001, el prestigio de este autor suizo de habla alemana ha aumentado de manera sostenida. Este año es uno de los diez finalistas al premio internacional Man Booker. Sin duda es una de las apuestas exitosas de la editorial Acantilado, que se apunta regularmente tantos con sus oportunas traducciones de los cuentos y novelas de este escritor.

Los años de los que habla el título de su último libro son, en ciertos sentidos, los primeros de la vida adulta del protagonista de la historia: Alex, un arquitecto recién graduado, atractivo, ambicioso y casado con quien parecería ser su pareja ideal: Sonja, también arquitecta, también atractiva y también exitosa. El potencial elemento de conflicto es que desde antes de casarse Alex tiene una extraña y obsesiva relación con Ivona, una inmigrante ilegal con quien inicialmente lo involucran, en gran parte como una broma, unos compañeros de la universidad.

Quizás para enfatizar lo irracional de la obsesión de Alex con Ivona, Stamm parece esforzarse por hacer de ella un personaje sin sombra de atractivo: absolutamente pasiva, casi repulsiva en lo físico y retraída hasta un punto cercano a la imbecilidad. La impasibilidad emocional de Alex, unida a su egocentrismo y a su incapacidad para establecer conexiones emocionales verosímiles, hacen que sus interminables dilemas y tambaleos morales (que deberían ser los principales soportes del interés de una historia como esta) resulten completamente irrelevantes.

Ante un relato y unos personajes de estas características, sobre todo de manos de un escritor apreciado como Stamm, surge la pregunta de si el autor quería hacer un retrato más o menos realista de la sociedad contemporánea o si se trata más bien de una crítica irónica. En cualquier caso, este libro termina reforzando algunos de los estereotipos más comunes sobre los europeos de los países opulentos: hombres y mujeres que se beneficiarían de una buena patada que los obligara a suspender la contemplación de sus propios ombligos, a valorar sus circunstancias privilegiadas y a dejar atrás sus seudoconflictos por el sencillo procedimiento de tomar una decisión, cualquiera que ella fuera.

Stamm es un autor prolífico. Alterna cada par de años un volumen de cuentos con nuevas novelas que exploran las dificultades de las relaciones afectivas y de todo tipo en el mundo contemporáneo. Esperemos que el tropiezo de estos Siete años pronto quede atrás con libros más interesantes.

Lo indecible

Por: María Paula Laguna


La mala madre

Sophie Hannah
Duomo

Ser madre requiere ciertos sacrificios: desde levantarse en la madrugada para calmar el imparable llanto del bebé, hasta escaparse de la oficina para llevarlo al doctor. Dicen que nada de eso importa porque una madre es capaz de hacer cualquier cosa por un hijo. Pero a la escritora británica Sophie Hannah no la convence ese lugar común: “¿Quién ha dicho que el amor que puedas sentir por alguien te obligue a renunciar a tu libertad? ¿Por qué, en nombre del amor, debes consentir que tu vida sea peor de lo que era en casi todos los sentidos?”, se pregunta una de las protagonistas de La mala madre.

Esos interrogantes son el hilo conductor de este thriller, escrito en el año 2008 y traducido al español por Duomo Ediciones, que retrata la vida de tres mujeres: Sally Thorning, una ingeniera que debe hacer maromas para trabajar y cuidar de sus dos hijos; Geraldine Bretherick, un ama de casa dedicada a su pequeña de cinco años; y Encarna Oliva, una curadora de arte cuya carrera se frustra después de quedar embarazada.

Sus historias se empiezan a entrelazar el día en el que Geraldine y su hija aparecen muertas en el baño de la casa. Todo apunta a que la madre ejemplar, como muchos la conocían, primero mató a la niña y luego se suicidó. Sin embargo, el caso da un giro súbito cuando Sally ve en las noticias a Mark, el marido de Geraldine. Lo identifica de inmediato porque tuvo un affair con él hace un año, pero ese hombre que aparece en televisión no se parece al sujeto que conoció entonces: alguno de los dos debe de ser un impostor. Y como si eso no fuera suficiente, los detectives encuentran otros dos cadáveres en la propiedad de los Bretherick: el de Encarna y el de su hija Amy.

A partir de ese momento, en La mala madre se suma un misterio tras otro. Como sucede con la mayoría de novelas policíacas, a medida que avanza la investigación cada quien va uniendo las piezas del rompecabezas. Pese a que a veces la trama se pierde en detalles irrelevantes, al final queda la sensación de que el instinto maternal no se puede dar por sentado: en unas mujeres parece natural, mientras que en otras no aflora. Estas últimas están obligadas a callar, porque ¿quién se atrevería a decir que no soporta a su propio hijo? Bien lo sugiere uno de los personajes del libro: “Hay una conspiración de silencio sobre lo que supone realmente ser madre”. Nadie dice la verdad”.

Un gordo enamorado

Martirio del obeso


El martirio del obeso

Henri Béraud
Tropo

La obesidad no solo ha sido un problema de nuestro tiempo, bien sea en países desarrollados como Estados Unidos o Australia, o en países en vías de desarrollo como México o Chile. El martirio del obeso, esta maravillosa y rara novela Premio Goncourt de 1922, es una muestra de que, desde mucho tiempo atrás, las personas obesas no la han pasado tan bien. Su autor, Henri Béraud, sufrió en carne propia las consecuencias del sobrepeso. Pero esta no es una novela trágica, todo lo contrario. El humor campea por sus páginas. En un estupendo monólogo, Béraud cuenta la historia de un hombre que pesa ciento veinte kilos y que está profundamente enamorado de Ella, quien, para torturarlo en poco, lo llama “mi querido gordito”. Los agrios vaivenes de una historia de amor acompañan a las lúcidas reflexiones sobre la vida de los gordos, sin pudor alguno. Este es uno de los rescates literarios que da gusto volver a ver en los stands y más si es editado por la cuidadosa editorial Tropo.

 

Una astilla en el cerebro

Por: Margarita Valencia

Tres novelas urbanas de José Antonio Osorio Lizarazo
Laguna

 Camino en la sombra       Garabato      La casa de vecindad

No leí Barranquilla 2132, pero no por eso estoy menos agradecida con los editores por la colección, y por la labor de rescate. El trío de novelas urbanas de José Antonio Osorio Lizarazo(Bogotá, 1900-1964) que publican ahora aumenta mi agradecimiento. Pero no estoy segura de que en este caso sea apropiado hablar de “rescate”, ni en qué términos hacerlo. Con Barranquilla 2132, Laguna Libros intentaba despertar a Osorio del letargo del olvido: El día del odio y Gaitán, vida, muerte y permanente presencia (ambos de 1952) le permitieron al bogotano flotar entre el detrito de lo que leen los antologistas y los académicos para llenar los baches en su discurso, sin necesidad de compromisos incómodos con el lector. Pero después de leer las tres novelas recién reeditadas -La casa de vecindad (1930), Garabato (1939) y El camino en la sombra (1964)-, tengo la sensación de que los rescatados somos los lectores: somos convocados para que exploremos un camino menos transitado, que exige abandonar el marasmo de la comodidad.

Osorio Lizarazo aprendió a escribir en las salas de redacción, en Bogotá y en otras ciudades colombianas; su carrera como escritor está ligada a su trabajo periodístico. Aun hoy se cobija su obra literaria con el manto de su obra como cronista, y sus novelas se justifican y se clasifican por su valor documental, por su interés testimonial. Esta categorización enmascara la irritación que produce su lectura; y permite alejarnos del mundo que Osorio propone, tan real que le duelen a uno los ojos, como a Neo en The Matrix.

La casa de vecindad empieza con las dificultades económicas del narrador, un tipógrafo desempleado que consigue vivienda en “un cuartico de ocho pesos al mes”. Es una anécdota pedestre que inicia el descenso al infierno; y la leve aprensión que sentimos al leerla anuncia el miedo que crecerá con los despojos insignificantes, las pequeñas concesiones al decoro, el escamoteo de nimiedades que una con otra constituyen lo que considerábamos el dique de la civilización, pero que en realidad son un tejido frágil que nos adorna pero que no nos protege.

En Garabato, el miedo campea desde la primera página: quizás porque el narrador es un niño y quizás porque no podemos dejar de mirar cómo la historia de su paso por el colegio de los jesuitas carcome lenta e inexorablemente el sistema educativo y la religión, bastiones del orden y de la seguridad.

En El camino en la sombra (ganadora del Premio Esso en 1963) el miedo es parte de nosotros. Osorio cuenta la vida de una familia de campesinos desplazados (la tragedia más actual de los colombianos) y sus intentos por rehacer su vida en la ciudad, al lado de una niña enferma de viruelas abandonada en su puerta. Al hacerlo, bombardea la idea de nuestra propia bondad y nos muestra como los lobos que somos.

Osorio es uno de esos escritores excepcionales que propone a los lectores un reto: aprender a vivir con una astilla en el cerebro, o mirar para otro lado y seguir adelante por el sendero con banda sonora y final feliz al que nos viene acostumbrando gran parte de la literatura actual.

Un elefante en el cuarto

Por: Gloria Esquivel

Soñé con elefantes
Soñé con elefantes
Ivica Djikic Sajalín
Sajalín

Soñé con elefantes es la segunda novela del escritor y periodista Ivica Djikic, nacido en Bosnia-Herzegovina en 1977. Ha sido reconocido en los Balcanes por estar detrás de Feral Tribune, un periódico político beligerante ante la complicada situación política y social después de la caída del comunismo en la antigua Yugoslavia. Con esta novela policial, Djikic construye una red de corrupción y conspiración dentro de los círculos más poderosos del gobierno croata, para dar cuenta de los horrores de un territorio en donde el Estado ha sido permeado por el crimen.

La novela narra la investigación que emprende Bosko, agente del Servicio de Seguridad Nacional, para esclarecer las circunstancias del asesinato de su padre secreto, Andrija Sucic, antiguo miembro de la guardia personal del primer presidente de Croacia. A medida que el joven investigador se acerca a la verdad sobre su padre y los motivos de su muerte, el turbulento panorama político y social de Croacia se va develando. La mafia y la guerra aparecen de la mano junto con fiscales y militares cuyo único objetivo es mantener la impunidad en un territorio en donde la historia se niega y se oculta, a pesar del dolor que ha causado.

El libro combina un lenguaje descarnado con uno más poético para referirse a estos abusos de poder. Mediante dos historias paralelas y la mezcla de cartas y textos de archivo, el lector sigue a un narrador contundente, heredero de la tradición de la novela negra, y se deja atrapar en el vértigo del relato. Aunque por momentos la novela puede resultar demasiado artificiosa, resulta interesante el collage que compone Djikic como un recurso para hablar sobre la corrupción y la injusticia en una sociedad traumatizada que continúa siendo golpeada por la mafia y el miedo.

Las traducciones de literatura balcánica son escasas en nuestras librerías. Sin embargo, resulta inquietante encontrar en esa tradición distante y desconocida una obra que trata un universo social tan similar al nuestro. Algo resuena familiar en esa atmósfera tóxica de miedo y poder que construye Djikic en este thriller.

Vuelven los fantasmas

Por: Catalina Holguín

Antigua luz
Antigua luz

John Banville
Alfaguara

Alexander Cleave es un viejo conocido. Este actor sin carrera, padre sin hija y colega de fantasmas es el protagonista y narrador de Eclipse, novela publicada en el 2000, y también de Antigua luz, la última novela del irlandés John Banville. En esta ocasión, Cleave tiene sesenta y cinco años y está encerrado en el ático de su casa escribiendo las memorias del apasionado romance que sostuvo a los quince años con la mamá de su mejor amigo. Entre tanto, el viejo actor recibe una llamada para protagonizar una película sobre la vida del controvertido intelectual Axel Vander. La película, que promete ser el último chispazo de su vida actoral, se convierte en un extraño espejo que arroja luz sobre el suicidio de Cass, la hija de Cleave.

Imposturas, novela publicada en el 2002, es protagonizada por el mismo Axel Vander, un académico que se ve obligado a abandonar sus mentiras y máscaras cuando Cass Cleave descubre su oscuro secreto. La naturaleza de la relación de Cass y Vander es un misterio para Alex Cleave (él no ha leído la novela Imposturas, evidentemente), pero al interpretar el rol de Vander, los papeles de todos se empiezan a trastocar. Alex ya no es Alex y la joven actriz Dawn Davenport, que en la película interpreta a la esposa de Vander, empieza a ocupar el espacio de Cass.

Aunque Antigua luz es parte de una trilogía configurada por Imposturas y Eclipse, la novela se sostiene sola. De hecho, para quienes nunca han leído a Banville, su última novela puede ser una buena excusa para inaugurarse en la obra de un maestro del lenguaje. Usando su nombre de pila, Banville ha escrito más de una docena de novelas en las que son recurrentes temas como la actuación, la decepción y el arte. Desde el 2006 y bajo el pseudónimo de Benjamin Black, Banville ha escrito siete novelas negras protagonizadas por el médico forense Quirke. En las novelas de Black, las tramas son ligeras y el lenguaje ágil; en las de Banville, el estilo es elaborado y el lenguaje, complejo. En ambas encarnaciones, el irlandés ha fabricado una obra literaria a la vez compleja y divertida.

Una realidad absurda

Por: Ricardo Castro


Una familia feliz
David Safier
Seix Barral

Una familia feliz sigue los lineamientos de una fábula. Una familia debe unirse y recordar lo mucho que se quieren para superar la adversidad. En este caso, los Von Kieren se enfrentan a sí mismos para deshacer el maleficio de una bruja que los convirtió en los personajes de los que iban disfrazados a una fiesta: Frankenstein, una momia, un hombre lobo y una vampira.

Sí, la historia de Safier es tan irregular como extrovertida: en su periplo por rencontrarse como familia, los Von Kieren se enfrentan a zombis de cera, a Godzilla y a una bruja; una quinceañera fuma marihuana con una hippie setentona que se ha acostado, entre otros con Jim Morrison y el Che Guevara; y la madre se entrega a la pasión sexual con Drácula.

Es una novela que encontrará lectores porque tiene una situación y unos personajes con los que es fácil identificarse. Frank, el padre, está consumido por un trabajo que lo hace infeliz y que no le deja tiempo para su familia; la madre siente una creciente frustración porque su negocio se va a pique y la relación con su hija adolescente se reduce a gritos y discusiones. La joven se siente fuera de lugar en casa de sus padres y no sabe qué será de su vida; y el hijo menor siente, con razón, que no le importa a nadie y se refugia en la lectura de libros de fantasía.

Así, la familia pende de un hilo emocional a punto de quebrarse cuando Emma, la madre, duda de si su vida no habría sido mejor si no lo hubiera dejado todo por su familia, como la de esa amiga que tomó el camino que pudo haber sido para ella y que no para de presumir de sus viajes por el mundo y de sus borracheras con Hugh Grant.

La narración -a veces predecible, a veces naif-, se mantiene gracias a que hay pasajes francamente graciosos. Safier entiende los tiempos del humor y en eso se nota su experiencia como guionista –primero para radio y luego para televisión-. Y si esa chispa va acompañada de escenas de motociclistas hipnotizados obligados a comer en McDonald’s y un grupo de estereotipados turistas alemanes, es muy difícil no reír. Pero los dardos atinados de Safier pierden comicidad con el pasar de las hojas y queda la sensación de que ha tomado mucho tiempo llegar al moralizante y predecible final.

Un padre por arte de magia

Por: César Mackenzie

Matar al padre
Matar al padre
Amélie Nothomb
Anagrama

En este libro hay magia; pero no en un sentido cursi o melodramático. No. Es una magia que no es capaz de sacar al conejo del sombrero. Y, como no hay magia sin magos, en este libro hay dos: Joe, un adolescente de quince años, solitario, un poco cabizbajo; por más que pregunta a su madre el nombre de su padre desconocido no logra que ella se lo diga, su madre desvía el tema y da la espalda para ir a buscar amor duradero, hombres que la hagan feliz, como ella piensa que se merece. Joe se siente huérfano, es el hijo que desprecia a la madre, y entonces va a buscar un padre. Es un personaje tímido y violento; su verdadera pasión es la magia, que desde que tiene memoria la he gustado practicar. Por ello se planta ante la casa de Norman Terrence, mago de treinta y cinco años en plena exitosa actividad, y le dice: “Quiero que sea mi maestro”. Así, Joe se convierte en aprendiz de mago. Inicia entonces una relación de alumno-maestro que pronto se convierte en una turbia y densa dinámica de padre-hijo.

Esta, la historia central del último libro de Amélie Nothomb, sorprende por varias razones: su brevedad, que le da tiempo de hablar a las palabras sin caer en el exceso; sus frases son simples y llenas de significado; el tratamiento del tema de la magia (no es, desde luego, el despliegue épico y mitológico de un Harry Potter) es impecable y nos muestra un mundo donde hay ciertos oficios que parecen incomprensibles, raros.

Nothomb, a su vez, tiene algo de raro, y esto es lo que hace que su obra sea fascinante porque no nos perturba con violencia, sino con una elegante capacidad de acumular emociones. Nacida a finales de los convulsos años sesenta en Kobe (Japón), la escritora se ha revelado como una de las más sólidas y contundentes voces de la literatura contemporánea (lo que se refleja en sus quince novelas); ha construido un mundo propio donde el secreto y la tragedia de las relaciones humanas queda al descubierto. En este libro la magia no hace sonreír del todo, pero sí nos da una infinita capacidad de creer.

Una guerra para Rusia

Por: Andrés Felipe Solano


PatologíasPatologías
Zajar Prilepin
Sajalín

La historia del pueblo ruso durante el siglo XX puede medirse en guerras. Los rusos mataron y pusieron muertos en la guerra ruso-japonesa (1904-1905), la guerra civil (1917-1923), la Primera y Segunda Guerra Mundial, la invasión a Afganistán (1979-1992) y en las dos guerras en Chechenia (1996 y 1999). En las últimas, participó Zahar Prilepin como miembro de las Fuerzas Especiales en calidad de capitán. Basado en esta experiencia escribió Patologías, una novela protagonizada por Yegor Tashevski, un soldado huérfano, obsesionado con el largo de sus uñas y con el recuerdo de Dashia, su novia, de quien se enamoró antes de partir al campo de batalla.

Yegor cuenta la historia de su batallón en Grozny, donde tendrán que combatir a los rebeldes chechenos en una misión de cuarenta y cinco días en una escuela abandonada. Lo acompañan Hasan (un checheno traidor), Caballo, El Monje, Tío Yuri y una decena de hombres que descargarán hasta el último tiro de sus armas en una matanza que Prilepin cuenta con las riendas templadas, sin concesiones de ninguna clase. En Patologías, que parece ser una ofrenda perfecta para Ares, el dios de la guerra, no hay lugar para la reflexión moral, para las justificaciones, ni siquiera para la extrañeza y muchos menos para el arrepentimiento. Las palabras incluso son puestas en duda. En mitad de la matanza, el Yegor se pregunta: “¿Cómo se pueden escribir libros como este, cuando se puede matar en cualquier momento a un hombre? A mí, por ejemplo. ¿Y qué sentido tiene leerlos? Son tonterías. Nada más que papel”.

Como si quisiera reproducir el agotamiento propio del enfrentamiento, Prilepin describe carnicería tras carnicería con apenas algunas paradas cortas de su protagonista para recordar al padre muerto tempranamente. La madre no existe, la novia es apenas un fantasma que en lugar de ofrecerle consuelo le tira en la cara el recuerdo de sus celos desquiciados.

Entre edificios triturados como pan seco, huecos de bala en las paredes de las casas como rastros de varicela y charcos que nunca se secan, entre cientos de casquillos de bala, cigarrillos mojados, borracheras con vodka a pico de botella y sardinas en lata, Yegor ve a uno de sus compañeros descargar cuarenta y cinco tiros sobre un hombre y a dos chechenos descuartizar al médico de la compañía y dejarlo en la entrada de la escuela. El asesino entre asesinos bordea la locura: “Parece como si alguien me chupara las entrañas: un arácnido de patas peludas y ojos vidriosos incoloros, cada vez más y más inyectados de sangre. Mi sangre”.

La misión de Yegor y sus compañeros en Grozny se abre con la escena de un perro herido que vomita en la carretera y al que un oficial sacrifica de un tiro desde un camión. Al final de la novela, a bordo del avión que conducirá a los pocos sobrevivientes a casa, Yegor acaricia tembloroso a una perrita mientras suelta una frase contundente: “No pido perdón por nada ni a nadie”. Prilepin, un confeso patriota, un nacionalista ruso convencido, hace todo en esta brutal novela para demostrarlo.

Iluminaciones

Por: Giuseppe Caputo

 

Lavaplatos

 
El Pintor debajo del lavaplatos

Alfonso Cruz
Tragaluz

El pintor debajo del lavaplatos, del portugués Afonso Cruz, nos recuerda a El principito en estructura, tono y en el deseo de decir una verdad importante o de dar una enseñanza moral a cada tanto: “Todos los jardines de nuestra infancia son el jardín del paraíso”, “No está mal temerle a la muerte. Lo que está mal es temerle a la vida”.

Este tipo de sentencias constituyen el grueso del relato. Y el problema con la gran mayoría es que nacen y quedan instaladas en lugares complicados. Unas, entre la obviedad y la importancia de recordar obviedades (“La oscuridad nos ciega y la luz también”). Otras, entre lo poético y la ignorancia científica (“El mundo es iluminado porque hay ojos abiertos. Cuando ellos se cierran, no hay luz. Por eso es que la noche es oscura: la mayor parte de los hombres tienen los ojos cerrados”). Y otras, entre lo ocurrente y lo ingenuo (“El arte es el mayor crimen que la sociedad puede imaginar, pues a través de él todo se ha destruido”).

Pero también es cierto que la contundencia de estas sentencias resuena en el lector y lo lleva a imaginar un diálogo con la voz narradora con el fin de problematizarlas: a ratos hay irritación y desacuerdo, pero también hay asentimiento. Y en ese intercambio difícil, como escribe Cruz, “a veces el mundo se ilumina”.

Simenon, peligrosamente adictivo

Por: Consuelo Gaitán

                     

 

El gato; Pietr, el Letón
Georges Simenon
Acantilado

Recuerdo la tarde en que Álvaro Mutis en la librería Biblos en Bogotá contaba, con su metálica y exultante voz, uno de sus mayores gozos en la vida: leer a Simenon. Lo equiparaba a su más admirado escritor francés, Chateaubriand, y decía que su prosa nada tenía que envidiar a la de Balzac. Gracias a estas confesiones de Mutis y felizmente para muchos lectores que no querían contrariar la imagen del intelectual puro y duro, se abrió la escotilla hacia el delicioso mundo de las novelas policíacas o “negras” respaldadas por una auctoritas.

En los años noventa, la editorial Tusquets anunció con bombos y platillos su proyecto editorial de traducir y publicar por primera vez la obra completa de Simenon en doscientos catorce volúmenes. Incluso el primer libro apareció con un texto de García Márquez (que, por cierto, cita la anécdota del empeño de Mutis en hacer que dos mil escritores firmaran una carta para exigir que le aumentaran el sueldo a Maigret), pero finalmente no lograron llegar ni a los ochenta títulos.

Hoy se anuncia nuevamente que la editorial española Acantilado quiere retomar este proyecto astronómico de publicar todo Simenon en español. El editor señala que haber sido tan prolífico y popular ha despertado prejuicios en los lectores, haciéndoles pensar que es liviano y de mediana calidad. Para no dejar duda de qué clase de escritor se trata, esta nueva colección comienza con dos obras maestras: Pietr, el Letón, en la cual aparece por vez primera el legendario inspector Maigret, y El gato, una extraordinaria demostración de la maestría de Simenon para describir los vericuetos del alma humana. Este relato contiene, tal vez con algunos fragmentos de la obra de Freud, las líneas más reveladoras y profundas de hasta dónde puede una pareja, en nombre del amor, construir un mundo, sostenido en unos sutiles e intrincados hilos, que no llegan a discernir ni siquiera ellos mismos.

El mundo literario de Simenon es cautivante y adictivo. Está poblado de personas sencillas; se ocupa de la vida cotidiana de gente mise-rable, de los bajos fondos, de inmigrantes, obreros y campesinos. Tanto en sus novelas policíacas, como en las llamadas novelas duras, el lector logra sumergirse con naturalidad en los ambientes, los olores, la geografía, el sentir de sus personajes, pero, por sobre todo, en el interior de las gentes. Y eso es lo que hace el inspector Maigret, meterse en la piel del asesino, del ladrón, de la prostituta, y así, después de empaparse en el ambiente y el sentir de sus personajes, consigue llegar a pensar como ellos, a sentir como ellos y, las más de las veces, a dilucidar el porqué del delito. Maigret confiaba más en su intuición que en los métodos a la manera de CSI, creía que la clave estaba en dilucidar cómo se comporta un hombre normal sometido a una situación límite: “Pero él buscaba, esperaba, acechaba sobre todo la fisura. El momento, dicho de otro modo, en que detrás del jugador aparece el hombre”. Cuando joven, Simenon quería ser médico para ejercer como “remendador de destinos”, pues creía que “muchos hombres no llegaban hasta el final de su verdadero destino por no comprenderse a sí mismos”. Y esto es lo que hace Simenon en sus novelas: ayudar a comprender. Por eso es alta y peligrosamente adictivo.

Reportero y/o embustero

Por: Giuseppe Caputo

 

Ximenes
Ximénez

Andrés Ospina
Laguna

Luego de publicar su Bogotálogo, un libro sobre “los usos, desusos y abusos” del español hablado en Bogotá, el colombiano Andrés Ospina presenta Ximénez, obra que recorre y recrea la biografía del legendario (y casi olvidado) cronista José Joaquín Jiménez, mayormente conocido por la columna en El Tiempo “Babel del día” y por su cubrimiento de los suicidios en el Salto del Tequendama en la primera mitad del siglo XX.

El libro empieza con el duelo de Jiménez por la pérdida de su madre y padre, y termina con el duelo de sus lectores por su propia muerte, en 1946. Entre duelo y duelo, Ospina narra la picaresca de la vida laboral del protagonista, que “de corrector de pruebas, soporte del servicio cablegráfico internacional y reportero, se transformó en el cronista estelar de historias policíacas” y luego en columnista. La obra, entonces, da cuenta de la transformación de Jiménez, el hombre, en Ximénez, el “repórter”, y está atravesada por el gran conflicto ético-creativo que vivió desde sus inicios en El Tiempo: su rechazo a la redacción de “notas estériles en las que resultaba imposible infiltrar algo de poesía”.

Este conflicto estalla en Ximénez cuando Germán Arciniégas, su superior en El Tiempo, reconoce que “es un buen reportero pero a la vez un embustero profesional”. Y el conflicto estalla doblemente porque, según Ospina, “la pretensión de este libro es, de alguna forma, homenajear al protagonista, insertando ficciones en el texto. En su ejercicio como periodista, Ximénez lo hacía con frecuencia”. El lector, entonces, por más que sepa que hay una buena dosis de investigación, no puede dejar de preguntarse qué es realidad y qué es invención. ¿Ocurrió la conversación con Arciniégas? Es decir, ¿El Tiempo sabía que textos de ficción estaban siendo presentados al público como relatos de no ficción? ¿Rectificaron alguna vez? ¿Y por qué Ximénez es presentado en el libro como “un genio del periodismo” y no como un gran autor de ficciones? ¿La mentira está siendo romantizada o el propio texto problematiza las decisiones éticas y formales que Ximénez tomó en su ejercicio como periodista? Las preguntas, pues, empiezan a acumularse, y el lector curioso tiene que decidir si acepta o no el pacto que propone el autor, y si avanza o deja la lectura. Y también, por supuesto, tiene la opción de investigar por su cuenta para intentar resolver las dudas.

Un pueblo quiere payasos

Por: Luis Alejandro Díaz

 Donde mueren los payasos
Donde mueren los payasos

Luis Noriega
Blackie Books

Se dice que Colombia es el país más feliz del mundo según un tal Barómetro Global de la Esperanza y la Felicidad. Y todo gracias a las encuestas a las que nunca lo invitan a participar a uno. Pero ¿qué pasaría si el panorama político del país dependiera de un Barómetro Permanente de Opinión gracias al cual pudiéramos consultar en tiempo real la popularidad de nuestros honorables líderes? Sería ideal. La oportunidad precisa como para que un modesto payaso de restaurante fuera lanzado inesperadamente a una candidatura presidencial. Ahora, si a eso le sumamos que dependiendo de ese Barómetro Permanente de Opinión se pudieran celebrar elecciones cada vez que los índices de popularidad de un presidente bajaran y los de un candidato subieran, estaríamos hablando del mejor invento del siglo XXI.

Pues bien, de esto y algo más se trata Donde mueren los payasos, ópera prima de Luis Noriega, escritor colombiano que vive en Arenys de Mar, a una hora de Barcelona. Y es que si se quisiera revisar la actualidad tanto de España como de Colombia, el libro podría calificarse fácilmente como un fiel reflejo de las vicisitudes turbulentas a las que nos vemos expuestos día a día. En esta novela, el sarcasmo y la ironía surgen al mejor estilo del esperpento valleinclanesco o de Unamuno; todos los estereotipos son puestos patas arriba gracias a una sátira y una parodia dignas del mejor bufón. El libro ridiculiza ferozmente y con mucho sentido del humor la literatura, la historia, el pavor al qué dirán, los gustos, el lenguaje, los programas de televisión, la política y todo lo que encuentra a su paso. En pocas palabras, Donde mueren los payasos es una divertida farsa electoral en sesenta y nueve capítulos; una novela histórica y realista que inevitablemente termina negra en todo el sentido de la palabra y con los condimentos necesarios para que un temible operario del recontraespionaje resuelva el crimen. En la Colombia de Donde mueren los payasos, como en la real, los políticos no saben que son payasos y los payasos sueñan con hacer carrera política.

Telenovela disfrazada

Por: Camilo Jiménez Estrada


La naturaleza de las penas
Luis fernando Charry
Seix Barral

Esta es la historia de los hermanos Lorenzo y Antonio Casas y de su familia. Lorenzo está casado con Margarita, artista plástica, y Antonio se casa con Rita Michelsen, modelo de fama nacional. Lorenzo es un mujeriego imparable y un cínico; Antonio combate su depresión con alcohol, marihuana y cocaína. Lorenzo María, el padre, cada vez está más envuelto por la neblina del alzhéimer; Josefina, la madre, apenas es parte del decorado.

La novela tiene dos partes: en la primera se plantea la situación, se perfilan los personajes, y en la segunda asistimos a su caída definitiva; la primera parte termina con Antonio metiendo cada vez más y con Lorenzo y Rita convertidos en amantes. De Margarita sabremos más adelante que tiene romance con Andy Galindo, un artista de tercera.

Suena bien. El problema, como casi siempre, está en la manera en que se cuenta esta historia. Lo que leemos es una colección de anécdotas -bien contadas, todo hay que decirlo- que van pasando una tras otra de manera poco orgánica. El narrador nos detiene en hechos anodinos de los personajes que no tienen ninguna injerencia en la historia: un desayuno, el paseo con el perro, conversaciones que se hacen eternas… ¿Para qué leer completa la carta de protesta de un estudiante de la Universidad Nacional que no toca ningún pito en la historia? Anécdotas tangenciales que no llevan a ninguna parte y no apoyan el efecto general que busca construir la novela.

A medida que uno avanza en la lectura se da cuenta de que no está leyendo una novela sino una telenovela. Con algunos guiños “literarios” y con una iconoclasia como para escandalizar señoras: los personajes cagan (uno se limpia con una bandera de Colombia), los personajes meten drogas y pichan y dicen palabrotas. Dios mío, qué escándalo.

Quizá el único personaje con vida propia aquí es Andy Galindo, que en sí mismo es una caricatura: pretencioso, disfrazado de artista. Dos de sus frases le pueden calzar perfecto al autor de esta novela: “Son pocos los que son capaces de despojarse del todo de lo que no los deja ser” y “toda gran obra de arte (llámese un cuadro, una sinfonía, una novela) debe partir de la ambición”. El autor es ambicioso. Pero esa ambición no se compagina con su talento literario.

Claman las cornejas

Por: Santiago Wills

 

Los pájaros de Auschwitz
Arno Surminski
Salamandra

En 1941, Günther Niethammer, un oficial de la SS apostado en Auschwitz, patrulló las afueras del campo de concentración en busca de ruiseñores, alondras y otras especies de aves que habitaban la zona. Se dedicó a estudiar los pájaros de los alrededores y publicó un ensayo titulado “Observaciones acerca de la avifauna de Auschwitz” en una revista científica vienesa. Niethammer y su ensayo conforman el punto de partida de Los pájaros de Auschwitz, del escritor alemán Arno Surminski. En su más reciente obra, una novela corta escrita en un tono terso y moderado, Surminski imagina la relación que nace entre Hans Grote, un ornitólogo y oficial de la SS inspirado por Niethammer, y Marek Rogalski, un estudiante polaco de arte quien, tras ser apresado sin razón alguna, se convierte en el asistente del observador de aves.

Durante meses, Grote y Rogalski recorren el campo documentando las aves migratorias que vuelan sobre los hornos crematorios y las torres de vigilancia. Mientras Grote anota las poblaciones de somormujos o de cisnes negros, Rogalski sueña con la novia que dejó en Cracovia y observa aterrorizado la construcción de Birkenau.

Surminski explora temas usuales ya en la literatura de la Segunda Guerra Mundial: Grote sigue las órdenes de sus superiores; Rogalski es la víctima de la guerra que pierde sus sueños y la esperanza de la libertad al sumergirse en los horrores de las cámaras de gas, la ceniza y los cercos de los campos de concentración.

Mientras los guardias y los oficiales disparan y cuelgan a los prisioneros por cualquier razón, Grote logra que el comandante firme una orden que prohíbe utilizar las armas en contra de las aves. Entre tanto, por el hedor de los cadáveres incinerados, los pájaros migratorios empiezan a evitar los campos. Las cornejas claman sin cesar sobre las alambradas y las estructuras de hormigón, atentas a los ahorcados y al sonido de un disparo.

Las aves vuelan sobre los prisioneros y Surminski repite hasta el cansancio la relación entre el vuelo y la libertad. Dicha repetición, por momentos, se torna aburridora, pero la idea original, inspirada por Niethammer, conserva su fuerza y añade un matiz más a una historia que parece ser inagotable.

Rosa sin espinas

Por: Luz Mary Giraldo

 Rosa Candida
Rosa candida

Auöur Ava Ólafsdóttir
Alfaguara

Después de perder a su madre en un accidente el mismo día del nacimiento de su hija, un joven de veintidós años emprende un largo viaje a un país innominado. Este joven narra desde una inesperada operación, la comunicación con su padre casi octogenario, un hermano gemelo autista, la pasión por las plantas que lo unen a su madre, especialmente el cultivo de unas rosas de ocho pétalos y sin espinas, hasta la asunción repentina de la paternidad. He ahí el hilo argumental de esta novela de la islandesa Audur Ava Ólafsdóttir, quien afirma que el título en español no corresponde al original pues solo alude a esa variedad de flor llamada Rosa candida, y que en su idioma significa además “carretera secundaria” y “el hijo que es tuyo”, temas cruciales del relato.

Ólafsdóttir plantea un nuevo paradigma masculino y otra noción de maternidad. Y lo logra. La ficción quiere ser una travesía en busca de sí misma, con personajes a expensas de lo casual. El joven narrador a quien la paternidad hace adulto mientras la madre de su hija decide dedicarse a las ciencias genéticas, se siente como “cuando se tiene un pie en una barca inestable y el otro en el muelle y notas cómo se va ensanchando el espacio según los pies se mueven cada uno en una dirección”.

“Triunfo literario indiscutible”, señala algún crítico, y sin embargo el lector entra a un mundo simple donde apenas suceden cosas, se presentan temas como el nacimiento, el sexo y la muerte, las relaciones humanas y nada reclama controversia. No importan pasado ni futuro.

Como una bitácora narrada introspectivamente, Rosa candida hace memoria del día a día y sus pequeños momentos, evocaciones y a veces minucias, como si nada sucediera fuera de la órbita plana donde gravita el narrador.

Rebelde

Por: Hernán Ortiz

Little Boy Blue
Little Boy Blue
Edward Bunker
Sajalín

No todo es inteligencia. Hay niños brillantes que se desvían del camino. Los papás se rinden y los niños terminan encerrados en casas de acogida, escuelas militares o reformatorios. La historia de Alex Hammond (niño de once años, lector de novelas de aventuras y westerns, “con una cabeza demasiado grande para su cuerpo y unos ojos demasiado grandes para su cabeza”) ocurre en Los Ángeles, en medio de la Gran Depresión. Sus padres se separan, el papá desempleado no tiene cómo mantenerlo y lo deja en instituciones autoritarias que le dan órdenes a Alex que él considera injustas.

Con una narración honesta, frases directas y una creciente sensación de desesperanza, el escritor y actor Edward Bunker cuenta una historia inspirada en su propia vida como joven criminal. La novela va desde que Alex era un niño rebelde y problemático con cierto grado de ingenuidad, hasta que la falta de amor y hogar lo arrastran a un mundo oscuro donde solo sobrevive el más fuerte. Alex sale del reformatorio para robar tiendas, atracar a mano armada y traficar con droga, y entra a la cárcel de menores para pelear con otros convictos hasta quedar “vacío de fuerzas y de sentimientos, como una esponja estrujada, completamente seca”.

Little Boy Blue es una novela con muchas virtudes -narración ágil, descripciones precisas, diálogos crudos- pero llega un punto en el que la historia es víctima de su propia estructura. Con Alex saliendo y entrando de instituciones, con tantos personajes en escena y tantas situaciones que se repiten, a veces sigues leyendo solo para saber qué más sigue: otra pelea, otro atraco, cruzar los dedos para que el personaje no se hunda más en el bajo mundo. Pero se hunde más. Y tú te hundes con él. Y en vez de anticipar escenas optimistas deseas que al niño le vaya menos peor. Que pueda vender heroína sin inyectársela. Que pueda robar sin disparar. No puedes esperar un mejor destino para él: la historia te lleva hacia la angustia, hacia el hastío. Es una historia desgarradora que cae en picado emocionalmente. Desde el inicio, hasta el final.

Las máscaras

Por: Jorge Iván Salazar

Los grotescos
Los grotescos
Mauricio Bernal
El Peregrino

Los grotescos, reciente novela de Mauricio Bernal, explora la vida de una familia colombiana en el exilio. La matriarca, una anciana que ha tomado sobre sus hombros el cuidado de su familia, está a punto de cumplir setenta años. También está a punto de morir, y lo sabe. Todos los miembros de la familia lo saben, lo temen y lo esperan. Inundados de problemas conyugales, económicos y sexuales, hijos y nietos ven en la inminente muerte de la abuela un rayo de esperanza: el dinero y las joyas de la anciana servirán para darles un respiro a sus atribuladas vidas. La trama incluye mafiosos de pacotilla, matones chinos y beatas tías solteras. El título y el de sus tres grandes capítulos (Secretos, Chantajes, Gusanos) dan una idea de lo que la novela contiene. Los personajes encarnan el concepto de grotesco. Ninguno tiene rasgos simpáticos. Sus vidas dilapidadas se mueven entre pequeñas avaricias y escándalos sexuales a duras penas escondidos tras las buenas maneras.

La novela tiene un ritmo trepidante. La novela abre en la mente de la matriarca mientras reflexiona con temor sobre los gusanos que muy pronto devorarán su cuerpo y se cierra con sus parientes, convertidos ellos mismos en gusanos, devorando lo que queda de la herencia. Aunque algunos efectos de la trama resultan previsibles, es interesante el uso del humor negro y la ironía. Hay escenas festivamente grotescas, como el saqueo final a manos de los parientes mientras el mafioso y sus matones chinos contemplan estupefactos la escena. Otras escenas rozan lo macabro, como la del niño ante el cadáver de la abuela. No es una novela realista. Los personajes carecen de profundidad sicológica. Son máscaras de lo grotesco. Algo de farsa recorre todo el texto y estimo que debe ser leído en esa clave. De hecho, el tema del exilio queda muy al margen y apenas da lugar a uno que otro comentario aislado.

Se trata de una comparsa de personajes y situaciones improbables, absurdas, que hacen reír con una risa culpable. No obstante, lo grotesco es una máscara que oculta y disfraza pero también revela. Lo grotesco no es lo frívolo, es una frivolidad aparente que oculta y disfraza lo terrible. Lo que causa risa y espanto en la novela no es el hecho de que lo improbable pueda ocurrir, sino que los personajes (y nosotros) puedan pensar como piensan y sentir como sienten. Por eso esta historia nos aterra.

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