Nuestra naturaleza

El filósofo Juan José Botero hace un elegante elogio de los avances de la ciencia, y nos invita a reflexionar sobre los mitos a los que nos aferramos los seres humanos para creer que somos “algo más” que naturaleza.

2013/03/18

Por Juan José Botero*

Es difícil que alguien se niegue a aceptar que podemos pensar gracias a que tenemos el cerebro que tenemos. Todos aceptamos que el cerebro es un sistema que, en últimas, funciona según leyes físicas. Pero así mismo, también es cierto que tenemos la íntima convicción de que nuestros pensamientos, ideas, aspiraciones, valoraciones, no obedecen a leyes físicas. Es una convicción que no sabríamos cómo probar, pero a la que tampoco sabríamos cómo renunciar. ¿El deseo de conocer Katmandú es producto de nuestro sistema nervioso? ¿La convicción de que alguien es una mala persona, el gusto por la poesía de León de Greiff, la fe religiosa, son cosas que suceden en nuestro cerebro?

Esta doble certeza es la que nos lleva a hacernos preguntas, pues van acompañadas de una creencia, también muy firme: que las dos no son compatibles entre sí. ¿Cómo puede ocurrir esto?

El fantástico desarrollo de la neurociencia contemporánea ha permitido una comprensión cada vez mayor del funcionamiento del cerebro. Con ello se han generado al menos dos actitudes extremas opuestas: de un lado, la actitud llamada “reduccionista”, basada en la esperanza de haber conquistado al fin la última frontera de la ciencia, al reducir la mente al funcionamiento del cerebro, y arrebatarle de paso a la filosofía uno de sus temas tradicionales: el estudio de la conciencia. De otro lado, la actitud llamada “dualista”: una reacción defensiva, especialmente en los sectores religiosos, o filosóficos con compromisos (tácitos o explícitos) con alguna visión religiosa del mundo, cuya formulación articulada se encuentra en cualquiera de las formas de la filosofía dualista: se sostiene que la mente, la conciencia –y a veces incluso la vida– son algo más que la materia, pero que ese “más” ha sido insertado en ella por alguna fuente que es externa al mundo material, natural.

Estas dos actitudes extremas se sostienen a veces de una manera dogmática que no deja mucho espacio a la reflexión. Y puesto que –como ocurre a menudo con los dogmas– se pueden expresar en narraciones simples, fácilmente asimilables, han dado lugar a productos culturales que han entrado a hacer parte de aquello que se da por sentado cuando interpretamos nuestra vida real.


Dos paradigmas

La actitud dualista es la que mantenemos en nuestra vida cotidiana, en donde nos parece obvio separar la mente del cuerpo, la actividad inteligente de la actividad corporal, y se sostiene esencialmente en virtud de tradiciones religiosas profundamente ancladas en nuestra cultura.

La actitud reduccionista, por su parte, es reconocible en muchos relatos populares de ciencia ficción. Mi primer paradigma en este caso es Hal, el personaje de 2001: Odisea del espacio. Hal encarna la visión reduccionista de los años sesenta, cuando hizo carrera la idea de que la actividad mental, inteligente, consistía básicamente en la capacidad para realizar computaciones (cálculos) extremadamente complejos a enormes velocidades. La noción, en principio extraña, de “inteligencia artificial”, expresa esta creencia, muy popular entre filósofos e ingenieros de la época. Se trata de un reduccionismo bastante peculiar, pues, si se lo mira bien, no es más que otra manera, un poco más sofisticada, de ser dualista. En efecto, aquí la inteligencia, es decir, la actividad mental, es esencialmente distinta de la máquina que la desarrolla. La inteligencia artificial consiste en una serie de instrucciones codificadas; la máquina puede ser cualquier cosa que esté en capacidad de implementar las operaciones codificadas en esas instrucciones. La analogía sigue siendo dualista: en los humanos, el programa (software) es la inteligencia, mientras que la máquina física (el hardware) es el cerebro, pero podría ser cualquier otra cosa.

Mi segundo paradigma aparece una vez que se acepta en la comunidad científica que en realidad “la biología sí importa”: importa que tengamos el cerebro que tenemos pues toda la actividad mental, llámese inteligencia, conciencia, creatividad, valoraciones morales, etc., ocurre en el cerebro y ocurre únicamente en virtud de operaciones cerebrales. El paradigma es aquí The Matrix. Este extraño “personaje” encarna la visión de una vida mental que en principio genera su propia realidad gracias a una complejísima red de operaciones neuronales. El cerebro no solamente produce ideas sobre la realidad; el cerebro produce la misma realidad. Y el cerebro solito es el que hace todo eso. Ninguna otra parte de nuestro cuerpo es relevante y solamente está ahí para sostener fisiológicamente la actividad cerebral. No hay ninguna duda para mí de que el “boom” de las investigaciones en neurociencia se encuentra en el origen de esta mitología cerebrista.

No es coincidencia que estos dos íconos de nuestra cultura contemporánea tengan algo de amenazante, como lo tuvieron los más antiguos, por ejemplo Frankenstein y, más lejos aún, el Golem de la tradición judía medieval. Es como si se nos advirtiera: la tecnología se puede volver autónoma y, si eso llega a suceder, nos convertirá en sus esclavos. Este es el mensaje de Hal, pero también de The Matrix. Terminator también trae un mensaje semejante, pero a diferencia de mis dos paradigmas allí no se pretende popularizar una visión científica. Y esto es lo que hace tan amenazantes a los dos primeros: aunque se está haciendo ficción, hay suficiente sustento científico para respaldar, hasta cierto punto al menos, una visión realista de ella.

Sin miedo

¿Tenemos que sentirnos entonces amenazados por lo que hacen las ciencias que tratan de entender lo que somos en cuanto humanos? ¿Los científicos –especialmente aquellos que se desempeñan en el campo de la neurociencia– están realmente “jugando a ser dios” y, por tanto, atrayendo para nuestra especie el inevitable castigo, tal como sucedió con el “pecado original”?

Se dirá que hay suficiente evidencia disponible para mostrar los beneficios para nuestra especie de un conocimiento cada vez mayor de cómo funcionan nuestro cerebro y nuestro sistema nervioso en general. Hay esperanzas ciertas de que este conocimiento desemboque en maneras confiables de tratar padecimientos y enfermedades que quisiéramos que fueran tratables para las generaciones venideras. Los avances de las investigaciones sobre la percepción y el movimiento ya han permitido producir prototipos de prótesis y otros dispositivos que mejoran sustancialmente la calidad de vida de muchas personas afectadas por lesiones o enfermedades que las incapacitan radicalmente. Algunos trastornos mentales que producen sufrimientos a veces inimaginables en ciertas personas ya no aparecen como imposibles de entender, lo cual abre posibilidades ciertas de alivio y quizás de cura. En fin, los beneficios de las investigaciones sobre el cerebro son innegables y aumentarán con toda seguridad a medida que la investigación pueda progresar.

No obstante, sigue existiendo mucha reticencia, en especial en círculos académicos, pero en general entre personas más o menos bien informadas, a aceptar que estas investigaciones estén bien encaminadas. De algún modo nos asusta un poco la posibilidad de que en algún momento se nos diga, con pruebas en la mano, que toda nuestra vida mental, nuestras aspiraciones, nuestros valores, nuestra sensibilidad estética, el amor que sentimos por nuestros hijos, nuestras creencias espirituales; en fin, todo aquello que, según nuestras más íntimas convicciones, nos hace esencialmente humanos, no es más que… la actividad electro-química de unas neuronas que se lleva a cabo en una especie de sopa cerebral.

La persistencia de estos temores se manifiesta en el giro que toman ciertas discusiones sobre el tema. En muchas ocasiones se tienen opiniones firmes, irrenunciables, que descalifican los resultados de las investigaciones sin tomarse la molestia de al menos enterarse de en qué pueden consistir. Hay una especie de “humanismo” espontáneo e instintivo en nuestra cultura popular que nos mantiene a la defensiva frente a lo que puedan hacer las ciencias naturales. Trazamos enfáticamente una línea que no permitimos que se cruce por parte de esas ciencias. Pueden traernos todas las evidencias que quieran, simplemente no las consideramos aceptables si las percibimos como una amenaza contra nuestro “humanismo” instintivo. Y si se nos argumenta que esa actitud es irracional, podemos llegar incluso a producir argumentos muy racionales para “probar” que la racionalidad no es más que un mito. Esta clase de oposición instintiva a la actitud científica quizás se pueda explicar como un producto del temor que sus resultados nos producen.

Hay que decir que del lado de la ciencia tampoco encontramos mucha claridad. Hay muchos científicos que, como ya señalé, se entusiasman con su actividad hasta el punto de creerse con la autoridad suficiente para sacar de ella conclusiones que la desbordan por completo. Ser una autoridad en el estudio del cerebro, por ejemplo, no convierte necesariamente a una persona en una autoridad sobre el tema de la conciencia. Algunos científicos parten de una noción ingenua, de ningún modo rigurosamente elaborada, de lo que se llama “conciencia”, para llegar a la “conclusión” de que lo que han observado en su laboratorio “demuestra” que eso que la gente llama “conciencia” es en realidad… cualquier otra cosa que ellos hayan observado.

Muchas investigaciones científicas reciben fondos que se espera rindan beneficios o, al menos, conduzcan a algún resultado visible en algún momento. Pero los resultados de las investigaciones científicas serias se publican en los medios especializados, y por lo general están dirigidos solamente a los pares investigadores, de modo que no son comprensibles para el público en general. Eso quizás explica el que algunos laboratorios de investigación se apresuren a entregar “al público” (es decir: a la prensa) resultados redactados de tal manera que causen algún impacto, así no se ajusten a la realidad. De este modo nacen y se difunden creencias populares acerca del “gen que produce la pereza” o “el lugar del cerebro que procesa las ideas políticas” o “la neurona del amor” y tonterías semejantes. Cuando estas tonterías empiezan a circular con alguna frecuencia se transforman en verdaderas “leyendas urbanas” y entran a hacer parte de nuestra visión ingenua del mundo. Una parte importante del saber “científico” que circula entre la población es, de hecho, adquirido en la sección de “entretenimiento” de los noticieros de televisión.

La década del cerebro

La comunidad científica se apresta a emprender con respecto al cerebro humano un proyecto de investigación comparable al que llevó a descifrar y completar el conocimiento sobre el genoma humano. Es una oportunidad que hay que agarrar al vuelo. Pero es importante que se genere al mismo tiempo una reflexión sobre el sentido de esta investigación y de los resultados a los que va a llevar. Deberíamos excluir de antemano los prejuicios dogmáticos que hasta ahora han obstaculizado la posibilidad de que la gente común tenga una idea más o menos clara acerca de estos temas.

Porque de todas maneras para la gente común que no quiere vivir de dogmas incomprensibles siguen y seguirán persistiendo, mientras no se aborden rigurosamente, las inquietudes que mencioné al comienzo. Podemos tener ante nosotros todas las pruebas disponibles que haya acerca de “la naturaleza natural” de la vida y de la mente humanas. Aún así, seguiremos teniendo la certeza íntima de que podemos pensar libremente, de que nada nos fuerza a tener las ideas que tenemos, incluso de que nuestras acciones son el resultado de nuestro “libre arbitrio”. Es decir: de que no somos “únicamente naturaleza”. Y esta certeza íntima no necesariamente nos tiene que conducir a sostener que, además de nuestra “naturaleza natural”, tenemos una “naturaleza sobrenatural”. Podemos vivir con esta aparente contradicción porque, en cuanto personas informadas y más o menos bien educadas, no vemos cómo podemos renunciar a alguna de estas dos convicciones.

La “década del cerebro” que se anuncia nos debería permitir al fin salir de este aprieto. Una posibilidad que quisiera mencionar es que podamos disponer de una noción más fina de lo que llamamos “naturaleza”. ¿Por qué oponemos resistencia a aceptar que somos enteramente entidades naturales? La primera distinción que hacemos después de haber nacido, distinción que determina cómo vamos a ver el mundo, es entre entidades animadas e inanimadas. Si partimos de esta distinción, quizás podamos aceptar más fácilmente que somos naturaleza. Naturaleza animada.

La ciencia tiene una gran tarea pendiente que será posible abordar en esta década que se inicia. Es la tarea de comprender cómo el mundo físico, inanimado, puede dar lugar a la vida animada y, con ella, a la cognición, la conciencia, la vida mental en general. En lugar de prolongar esfuerzos mal encaminados para “reducir” la vida mental animada a la naturaleza inanimada, habría que profundizar en el conocimiento de la naturaleza animada para tratar de entender cómo funciona y cómo puede emerger de la naturaleza física inanimada.

Nuestro irreflexivo “instinto humanista”, por su parte, podría convertirse en el saber reflexivo de que nuestra vida mental, nuestros pensamientos, propósitos, valores, convicciones religiosas, aspiraciones espirituales, en fin, aquello que siempre hemos pensado que no es “naturaleza”, encaja perfectamente en una visión científica del mundo como un mundo natural al cual pertenecemos íntimamente.

Insistir en que no somos naturaleza es mantener una concepción de nosotros mismos como entidades ajenas a la naturaleza en la cual vivimos. No es de extrañar entonces que la tratemos del modo como la tratamos: si no pertenecemos al mundo natural, entonces no le debemos nada, empezando por el respeto. Así nos hemos comportado hasta ahora. Y así nos va.

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