Imagen de Lo que callamos los princesos

Si te ríes, funciona

No hace mucho los diarios íntimos tenían candado. No hace mucho el amor era eterno. No hace mucho nadie se burlaba de una ruptura amorosa. Pero llegó internet y todo eso cambió.

2013/09/11

Por Lina Vargas. Bogotá.

En 1998 la Warner Bros. emitió el primer capítulo de Dawson’s Creek. Y la pesadilla comenzó. Dice Wikipedia que era una serie de televisión sobre los dramas personales de cuatro adolescentes en un pueblo en la costa de Massachusetts, y nada más. Mentira. Dawson’s Creek era estereotipada, irreal y profundamente amargada. Fue la versión gringa y noventera de una típica telenovela latinoamericana. En una entrada de blog titulada “Diez lecciones que aprendimos viendo Dawson’s Creek” que se burla de los comportamientos de varios de los personajes, se lee: si eres rubia y acabas de llegar de la gran ciudad es muy probable que seas una puta; si tienes el pelo café y eres pobre serás invisible durante toda la primera temporada; a pesar de que seas un miserable virgen rechazarás tener sexo porque eso te hace sentir bien; las niñas malas terminan muriéndose; si te diviertes acabarás en rehabilitación.

Quienes la vieron en Colombia no sabían lo que pasaba. Eran, en su mayoría, niñas de catorce años que crecieron pensando que la máxima prueba de amor de un hombre era decir “aún no estoy preparado”. Fue la generación que a comienzos del milenio recibió con los brazos abiertos la avalancha de comedias románticas de la televisión por cable, la misma que pensó que gracias a la globalización y la apertura económica todas podríamos ser Julia Roberts y la misma que recibió un tortazo en la cara cuando se dio cuenta de que no era así. Porque la realidad llegó y era diferente.

Entonces hubo un cambio. En vez de ocultar su desilusión y lamerse las heridas en silencio, esa generación –que hoy ronda los treinta años– tomó una decisión extraña: burlarse de sí misma. Y lo hizo en público.

La cotidianidad

En el 2009 Malena Pichot, una argentina de veintisiete años, graduada de Literatura y cantante ocasional en una banda de jazz, subió un video casero a YouTube. La imagen no tiene buena calidad. Ella aparece recostada sobre una pared blanca, la camisa mal puesta, la pestañina corrida a causa de las lágrimas y su gata, Emily Dickinson, sobre el pecho. “Cuando era más chica mi único deseo era vivir sola con un gato. Y se me cumplió. Mirá vos, las vueltas de la vida”, le dice a una cámara que está a pocos centímetros de su cara.

Es el primer capítulo de un videoblog –una especie de diario íntimo pero en video y a la vista de cualquier usuario de Internet– llamado La loca de mierda que se convirtió en un éxito de audiencia en toda Latinoamérica. Tanto que pocos meses después de haberlo lanzado, MTV le propuso a Pichot que trabajara para ellos. “Al principio lo hice como un juego, dice ella. Estaba probando la cámara y el programa de edición y el resultado me pareció gracioso. Lo subí, y como cada vez tenía más respuesta de la gente, me entusiasmó hacerlo”.

¿De qué se trata? Citando la famosa frase de Seinfeld, la serie que cambió para siempre la forma de hacer comedia en televisión: es un videoblog sobre nada. Pichot aparece frente a la cámara, arreglada, o en calzones o con una cobija sobre la cabeza y la cara llena de granos. Acaba de terminar con su novio y de mudarse sola a un apartamento y habla –no del medio ambiente ni del kirchnerismo– sino de lo que le pasa todos los días. “Ya no me estoy comiendo las uñas y tengo todos los productos de Avene”. De su amiga Carla con la que fuma la mayor parte del tiempo: “El mejor piropo que le dijeron a Carla en la noche fue ‘Qué lindo olor tenés’, a lo que nosotras debimos haber respondido: ‘Sí, me bañé, hippie de mierda’”. Y habla, sobre todo, de su relación con los hombres con el buen humor de quien sabe burlarse de su mala suerte: “No está bien odiar a los hombres sobre todo si no eres torta porque te quedás sin el pan y sin la torta”. A veces se queja: “Sentí que los labios de la concha se me cerraban para siempre cual capullo inhabilitándome para ser un ser sexual”, y a veces tiene algo de esperanza: “Bien no estamos, pero mal lo que se dice mal, tampoco”. Sin duda, una gran descripción de la generación que hoy tiene treinta años.

La loca de mierda es el resultado de una cadena de acontecimientos que incluye el auge de los reality shows y la creación de una audiencia enloquecida por ver cosas intrascendentes en tiempo real. A la masificación de internet y su firme creencia en que entre más personal sea una historia mejor va a ser: “La cotidianidad es uno de los mejores recursos para difundir un mensaje en internet”, dice el periodista y profesor universitario Camilo García. Y, por supuesto, a Bridget Jones, la treintañera más rosa del Reino Unido que logró que las mujeres del mundo entero se rieran de su propia gordura, sus adicciones, su inmadurez y la falta de marido. “Absolutamente, soy feminista”, dice Pichot, pero su feminismo es más del tipo: ¿les parece que mi vida está bien? ¿Les da risa? Pues traten de no imitarla.

 

El humor

Volvamos a Dawson’s Creek. Lo más terrible de la serie era que sus protagonistas, tan ridículamente maduros, no tenían ningún sentido del humor. La culpa era una constante. Y eso hacía que los televidentes vieran la vida de otra forma. Digamos que tu novio te deja: es muy distinto que te encierres a llorar y le cuentes tu tragedia a tus amigas más cercanas buscando la conmiseración a que te encierres a llorar, prendas una cámara y le cuentes tu tragedia a millones de desconocidos buscando la risa. Puede que los sentimientos no hayan cambiado, pero hay ironía en esto último. Hay humor.

“Nuestra esencia es reírnos de nosotros mismos”, dice Leonardo Robalino, gerente de Touché Films la productora audiovisual ecuatoriana que realiza la serie para internet Enchufe.tv, cuyo canal en YouTube tiene tres millones y medio de suscriptores. A diferencia de La loca de mierda –con una narrativa personal, casera y realizada desde el punto de vista de una mujer– los sketches de Enchufe.tv son microhistorias de máximo cinco minutos, con una técnica mucho más elaborada pues sus cuatro creadores son cineastas –a propósito, el mayor de ellos tiene veintiocho años– y con distintos temas, aunque el principal es el de las relaciones amorosas.

Su protagonista, si tuviéramos que nombrar a alguno, es Chichico, un nombre que seguramente reconoce cualquier latinoamericano menor de treinta años. En el capítulo “Compra condones”, Chichico entra a una droguería. Es un muchacho que apenas está saliendo de la adolescencia, con un corte de pelo casi militar, vestido a lo estudiante de colegio: jeans, tenis y saco de cuello en V. Chichico tiene cara de pánico y no se atreve a pedir los condones. Cuando lo hace, la vendedora se entusiasma: “Te recomiendo este que como primerizo te quedaría espectacular”. Luego, en una secuencia que parece sacada de El show de Benny Hill, entran a la droguería una monja, una mujer bonita y el tío de Chichico con su familia. Chichico sale de la droguería con los condones y se los entrega a un amigo: “Toma tus condones”, le dice. “¡Te dije que me compraras cordones, no condones!”. Capítulos como “Primera vez” y “Mundo al revés: gays y heteros” son una subversión de los roles de género: los hombres, por ejemplo, manifiestan sus inseguridades: “Tranquilo –dice Chichico– es una mujer. Entras, sales, entras, sales y terminas”, y las mujeres están cansadas de que las abracen y buscan, más bien, el placer sexual. Hay además una desmitificación del sexo, casi un grito: Tú, padre de familia obsesionado con que a su hija le roben la virginidad, ¿por qué no piensas en otra cosa?




Así somos

Robelino recuerda que Enchufe.tv empezó siendo “una serie de videos cómicos sobre la idiosincrasia ecuatoriana”, pero hoy tienen fanáticos hasta en Rusia. México, el país en el que registran mayor audiencia, fue también uno de los primeros en hacer series web con humor: Lo que callamos los princesos con sus sketches sobre cómo los hombres están cansados de ser unos machos o Werevertumorro que pone el dedo en la llaga frente a las “cursi-pendejadas” que todos los latinoamericanos, hijos de María la del barrio, cometemos en una relación. En Colombia suena cada vez más la serie Susana y Elvira, basada en el blog del mismo nombre, a la que, lastimosamente, aún le falta un buen camino para alcanzar el nivel de las otras. Sus protagonistas se empeñan en hacer los consabidos chistes sobre vibradores, mientras Pichot hace rato dijo: “Con lo que hay en la casa alcanza, olvídense de gastos innecesarios en el sex shop”.

También en Colombia, la productora Dirty Kitchen realiza Cositas de niñas, una serie web protagonizada por dos hombres, aunque dirigida a mujeres entre los diecisiete y los veinticuatro años, que parodia los comportamientos femeninos, sin juzgarlos. Desde un hombre rogando: “Por favor, cuando te vaya a recoger no me hagas esperar”, hasta consejos para superar un ataque de celos. “Nos dimos cuenta de que las marcas comerciales dirigidas a las mujeres caen en dos lugares comunes: la belleza y la maternidad –dice Federico Barragán, gerente de Dirty Kitchen–; las masculinas, en cambio, hablan de otras cosas además de ser productivo o viril. Entonces se nos ocurrió hacer un producto que convocara a mujeres latinoamericanas reales”.

¿Qué tanto nos representan estas series? ¿En realidad somos así? Pichot editaba La loca de mierda y para Barragán Cositas de niñas funciona como el horóscopo chino: “Uno lee a su animal y dice carajo, ahí estoy y automáticamente empieza a aceptarse”. García, en cambio, advierte que se ha investigado muy poco sobre la construcción de la identidad en internet.

Quizás, por ahora, no hay que preocuparse. Quizás se trate, como dice Pichot, de perder la solemnidad o, como dicen los mexicanos de Lo que callamos los princesos, de ver la vida con alegría.

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