Granada. Cientos de fotos de víctimas del conflicto adornan los muros del Salón del Nunca Más en Granada, Antioquia. Aquí, una niña posa junto al muro donde se encuentra la imagen de su padre para su foto de primera comunión.

Tres. Salón del Nunca Más Granada, Antioquia

Cuando se piensa en un espacio para preservar la memoria, un lugar en el que se resguarda lo que queda de quienes se han ido y se educa a quienes todavía están, se piensa en un museo. Pero para los habitantes de Granada y el equipo de voluntarios que se ha encargado de recordar la violencia que desde los años ochenta ha diezmado el pueblo, “museo” es una palabra que no se puede usar.

2014/09/24

Por Centro de Memoria Histórica

Un museo es, para ellos, un lugar en el que las cosas del pasado coleccionan polvo y sufren una vida a medias, entre olvido y recuerdo, separado de la vida diaria de la comunidad. Hicieron entonces el Salón del Nunca Más.

 Ninguna de los cientos de fotos de víctimas que adornan el Salón lleva nombres propios o datos específicos, solo historias. Muchos de los que murieron o desaparecieron fueron acusados (a veces con razón, a menudo sin) de colaborar con alguno de los grupos armados. El propósito del salón no es olvidar qué hizo quién, sino más bien recordar que el dolor de las víctimas es de todos, que lo que importa es saber que no hay tal cosa como un asesinato justificado y lo único que queda es reconstruir poco a poco lo que la guerra destruyó.

 El Salón existe no porque los familiares de asesinados y desaparecidos lo quieran, sino porque ellos, y sobre todo la comunidad, lo necesita. Era, y para algunos todavía es, el único lugar en el que se puede hacer un duelo completo del conflicto que redujo un pueblo de 22.000 habitantes a uno de 4.000 a punta de asesinatos, desapariciones y desplazamientos. Es, para Gloria Elsy Ramírez, voluntaria, la mejor manera de darles a las víctimas la dignidad que se merecen, de mostrarles a sobrevivientes y visitantes cómo era el pueblo física y espiritualmente antes de la llegada de los malos años y de construir una comunidad consciente de lo que ha pasado y capaz de evitar que vuelva a suceder.

 El espacio, un edificio que antaño fue un colegio para señoritas en la plaza principal del pueblo, lo comparte el Salón del Nunca Más con la casa de la cultura del pueblo y un hogar comunitario de Bienestar Familiar. El llanto, los gritos y saltos de los niños en el segundo piso retumban, a menudo dolorosamente, sobre las madres, hijas e hijos que van a recordar a sus familiares asesinados o, lo que es peor, desaparecidos. Quizá no sea el lugar más solemne, pero sí,  ojalá, un buen augurio: un salón en el que el pasado doloroso se mantiene vivo para que, con suerte, las futuras generaciones que corren y juegan en el piso de arriba no lo tengan que repetir.

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