—¿Sabe hace cuánto no oía el nombre de Bernardo Arias Trujillo? Yo creo que hace unos treinta, cuarenta años.
Otto Morales Benítez le pide a su secretaria té. Entonces habla del hombre que hoy muy pocos recuerdan pero que fue despedido el 5 de marzo de 1938 por El Tiempo con solemnes lamentos: “La muerte de Arias Trujillo cobra dimensiones de trágico episodio para la literatura colombiana que tenía en él una tan segura y brillante realidad”.
Hoy, setenta y cuatro años después de su muerte, al exministro le vienen a preguntar por él. No titubea, conoce muy bien las cuatro esquinas de la vida de Arias Trujillo: menciona su reputación como abogado, como juez, como periodista. Su espíritu liberal, casi de izquierda, en contraste con la arraigada vertiente conservadora de Manizales, ese peligroso río alimentado por la Iglesia y los periódicos de ultraderecha que circulaban con titulares como el que se publicó en el diario La Patria el día de su extraña muerte, a propósito del auge del fascismo en Europa: “La conversión del mundo hacia las derechas es el contragolpe natural con que responde la civilización contra la barbarie”. Esa era la ciudad donde Arias Trujillo paseaba sus incomodidades, su voz empapada en oporto, sus silencios, donde encontró la fórmula de la ponzoña que destilaba en sus panfletos o el lenguaje caudaloso de Risaralda (1935), la novela que muchos ponen a la altura del clásico Doña Bárbara, de Rómulo Gallegos.
Arias Trujillo nació en Manzanares en 1903 y apenas acabó el bachillerato en Manizales empezó a estudiar derecho en la Universidad Externado. “La vida de mi hijo en Bogotá ha permanecido en el mayor silencio. Pero ya era el escritor fundamental”, dijo su madre, Emilia Trujillo, en una entrevista publicada en El Colombiano en 1946. Un silencio que cobijó la naturaleza de sus relaciones amorosas. Seguramente las intuía por un escrito que le dedicó y que fue rescatado por la Revista Manizales después de su muerte. Se llama “Canto filial”. Arias Trujillo se presenta ante su madre como un infiel: “Con una impureza luciferina preferí unos brazos pecadores y traicioneros a tus pobres brazos”. Un doliente: “Llego nuevamente donde ti, arrepentido, crucificado por los hombres”. Un paria: “Somos una minoría errante que sufrimos y fallecemos por la intolerancia de nuestros hermanos que no quieren comprender que somos diferentes”. Como un alma rota: “Ahora estoy pálido y fraccionado”.
En junio de 1927 Arias Trujillo se graduó como abogado. Regresó a Manizales, donde se había instalado su madre ya viuda con una numerosa prole, y donde el aspirante a novelista consiguió trabajo como juez departamental de Policía. Entre el despacho, columnas periodísticas y su adicción a la morfina se le fueron cinco años. El 22 de abril de 1932 le llegó un comunicado desde la capital que cambiaría su vida: “Complacido comunícole decreto número setecientos nueve (709). Hoy nómbrasele Secretario Ad Honorem Legación Colombiana Argentina”. Aceptó el puesto a pesar de que no recibiría un centavo. En junio llegó a Buenos Aires. Lo recibió el jefe de la delegación, José Camacho Carreño, que tenía un buen sueldo y hacía vida diplomática a todo vapor, mientras que Arias Trujillo estiraba los pocos pesos que le pagaban por artículos publicados en los periódicos argentinos Crítica o La Razón y se descolgaba por los arrabales, como lo confirmó Camacho: “El tango lo escuchó, no con languideces aristocráticas (...) sino lo vio brotar salobre, como puñal de sílabas celosas en boca de los grumetes”. Arias Trujillo vivía en una casa de familia, donde por fortuna “me quieren mucho y no me apuran por dinero”, le contaba a su madre en una carta fechada el 26 de abril de 1933. Trabajaba con dedicación como empleado de día y en las noches recorría los bares adyacentes al por entonces llamado Paseo de Julio, una zona de la ciudad que el escritor argentino Roberto Arlt describió como “la recova canalla”. En esas calles se realizaban los “saraos uranistas”, según definió en 1908 las fiestas homosexuales el abogado criminalista argentino Eusebio Gómez en su libro La mala vida en Buenos Aires. El trabajador incansable también se movía en los bajos fondos en busca de drogas. Y marineros. En uno de los extremos de aquel Paseo, justo en la estatua de mármol blanco de Giuseppe Mazzini, lugar de encuentro de los homosexuales de la época, Arias Trujillo seguramente vivió las noches descritas en Por los caminos de Sodoma, que escribió bajo el wildeano seudónimo de Sir Edgar Dixon. Desde su escritorio en la delegación colombiana, entre fiebres opiáceas y extravíos, Arias Trujillo contó la historia de David, un hombre de provincia que se enamora de Charles Wills Evans, un trapecista de circo. La única persona a quien se atreve a confesar su amor sin nombre, como lo llama, es a María Mercedes, angelical heroinómana y aficionada a seducir niños. Pero el dueño del circo descubre el romance entre los dos hombres y denuncia a David, que es sometido a juicio y condenado a un año de prisión. Mientras está en la cárcel, su amiga muere y Evans se va con el circo a otro país. Al salir de prisión, David sueña con irse a Buenos Aires para apaciguar su dolor. La novela salió a las calles argentinas en 1932 bajo el sello de la Editorial Pagana.
—Con lo que le pagaron por esa novela vivió un año en Buenos Aires— dice con aplomo Alfonso Valencia Llano, doctor en Historia por la Universidad Lomonósov de Moscú. Valencia Llano escribió Bernardo Arias Trujillo, el intelectual, hasta hoy la investigación más completa sobre el escritor.
Por los caminos de Sodoma estuvo escondida durante cincuenta y ocho años. En 1990 Lucio Michaelis, sobrino del escritor, la publicó por primera vez en Colombia en forma independiente. Pagó de su bolsillo por una edición de mil ejemplares que llegó a muy pocas manos y ni siquiera medio siglo después se atrevió a poner el nombre de su verdadero autor. La única referencia a su tío es la editorial: BAT. Antonio Ochoa, historiador y jefe de documentación del Museo Nacional de Colombia, descubrió a Arias Trujillo por azar cuando alguien se refirió al escritor en una conferencia como el primer defensor de los derechos de los gays en Colombia. Ochoa escribió un corto ensayo sobre Por los caminos de Sodoma y está seguro de que la novela es clave para comprender los discursos médicos y criminalísticos que llevaron a penalizar el homosexualismo en el año 1936 en Colombia. El libro también es clave para entender por qué Arias Trujillo escribió esta frase a su madre el 26 de abril de 1933 desde Buenos Aires: “Al paso que iba yo moriría loco en ese terrible Manizales”.
Aunque Arias Trujillo prestó su nombre a un colegio, un puente y una orden cultural, su primera novela no se encuentra en ninguna biblioteca pública de la región. En la primera página de Por los caminos de Sodoma se lee: “Esta vida que voy a narrar, tiene algo de extraordinario. No es la vida cotidiana, medida con el rasero común de las gentes. Es una existencia dolorosa, el vivir de un hombre anormal, que un día cualquiera habrá de ser carne de clínica, de suicidio o de laboratorio”.
Cuando se le acabó el dinero recibido por la novela, Arias Trujillo hizo gestiones para ser trasladado a una posición con sueldo en la Legación de Colombia en Brasil pero la inminente guerra entre Colombia y Perú, por una diferencia limítrofe en la Amazonía, frustró sus intenciones. Tuvo que regresar a su país. Llegó a Manizales a principios de 1934. Fue recibido con reticencia. La gente sabía que era el autor de Por los caminos de Sodoma. El chisme se había difundido y no le perdonaban párrafos como este: “Acercarme a un adolescente, es para mí, María Mercedes, un instante de fiesta. Sobre todo cuando ese mancebo es todavía un niño, cuando tiene esa edad imprecisa en que su voz está cambiando de tono y sus formas indecisas pertenecen a un tercer sexo, a un género neutro en que son hombres y mujeres y niños. Parecen hombrecitos en botón. Luego, después de esta edad indefinible, viene la belleza suntuosa del verdadero efebo, del muchacho de dieciséis años, como Evans, como algunos cadetes maravillosos de la Academia Militar y de la Escuela Naval, como los futbolistas de los colegios”. Una prosa tan libertina como la de Fernando Vallejo, solo que cincuenta años antes.
Arias Trujillo se retiró a la casa de campo de su cuñado, Federico Michaelis, donde el alemán guardaba pólvora y dinamita que expendía en su ferretería, llamada Electra. Michaelis se convirtió en su mecenas. Cuando no estaba en la casa de campo, vivía con él y con su hermana Lucía en una casona en Manizales. A pesar de que el domicilio de su madre estaba a pocas cuadras, Arias Trujillo no quiso vivir con ella. No quería que sufriera por sus escarceos con la morfina. Sobre la pólvora negra que el alemán le vendía a los cazadores y la dinamita que se usaba en las minas de oro de la región, el escritor corrigió las pruebas de un libro incendiario sobre la realidad política colombiana que tituló En carne viva. Cuando no estaba trabajando en él se abandonaba al ruido ensordecedor de las cigarras. Las oía una por una. Descomponía las partículas de brisa que rozaban la punta de sus pies descalzos. Al despertar tenía las pesadillas cosidas al espinazo. Ya empezaba a oler a muerto.
A los treinta y un años, para no desfallecer de aburrimiento, de spleen, Arias Trujillo había decidido comenzar un nuevo proyecto, una novela que le daría fama y que espantaría por un tiempo a los heraldos de la muerte. Le resultó un libro de corte criollo y de formas modernas. Lo títuló Risaralda. Película de negridumbre y de vaquería, filmada en dos rollos y en lengua castellana. Desafiante la dedicó: “Para vosotros, negros litorales y mediterráneos de Colombia”, todo un puntazo para las gentes de Manizales, que se vanagloriaban de su sangre pura castellana. En octubre de 1935 tuvo los borradores listos. Editorial Zapata lo publicó y un mes más tarde fue elevado al título de “escritor nacional”. La crítica lo aduló; Tomás Carrasquilla, el autor costumbrista más importante de Colombia, lo celebró: “Risaralda me lo confirmó en el amplio campo de la novela, donde todo cabe. Encontré, pues, en Usted, lo que busco siempre en todo autor nuevo: un caso”. El gobierno propuso filmar la historia, que fue comparada con La vorágine, de José Eustasio Rivera, y por último se le entregó un puesto público para que tuviera una entrada estable. En 1936 vivía su fama en plenitud. Viajó por todo el país, fue a Cartagena, donde se le encargó la presentación de los Juegos Deportivos Nacionales que se realizarían en Manizales a finales de ese año. Los temblores de la morfina parecían haber desaparecido. Los halagos le servían de bálsamo.
Sin embargo, a principios de 1937 su vida se enturbió de nuevo. El escritor homosexual se impuso una vez más sobre el burócrata. Renunció a su puesto y se dedicó a traducir La balada de la cárcel de Reading de Oscar Wilde, una obra definitiva para el ideario gay. En el prólogo de la publicación se ensañó con la versión del poeta más engolado del país y dos veces candidato a la Presidencia: “Sin que esto sea agravio sino justicia, merece más la horca don Guillermo Valencia por haber adulterado tan criminalmente la Balada de Wilde, que el propio Charles T. Woodldridge, ajusticiado en Reading”. Además dijo, sin temblor en la mano, que era la primera vez que la dedicatoria original del escritor irlandés aparecía “en idioma alguno”. Wilde le había dedicado así el libro a Robert Ross, que lo recibió después de que cumpliera su sentencia por sodomía: “Cuando salí de la cárcel, unos me esperaban con ropas y especias; otros, con buenos consejos. Tú me esperaste con amor”.
Ruth Peñaloza Arias, sobrina de Arias Trujillo, deja una caja sobre la mesa del comedor de su casa en Manizales y se sienta. Saca un álbum de fotos. Mira el retrato de Emilia Trujillo el día de la muerte del escritor. Ocho años después del entierro los periódicos todavía la buscaban para saber la razón de la repentina muerte de su hijo en aquella casona de los Michaelis y poco después de haber decidido regresar a Buenos Aires, “donde hay un ambiente más favorable para mi temperamento”, como publicó La Patria el 5 de marzo de 1938.
La mujer de ochenta y tres años saca más cosas de la caja. Un cuaderno forrado en tela en el que se lee la palabra Diario en letras rojas, una carpeta con documentos, una funda de cuero para pasaporte con la figura repujada de un barco sobre una cama de olas. Por último saca la mascarilla que le tomaron poco después de morir. El escultor Gonzalo Quintero se encargó del molde de la cara del difunto, tal como se hacía con los escritores y artistas en el siglo XIX. La pone sobre la mesa. Lleva el bigote recortado, tiene los labios finos, una frente amplia con entradas y un lunar, que nunca apareció en sus retratos, debajo del ojo izquierdo. La mascarilla color hueso está pegada a una tabla de madera.
—Lo pusieron en cámara ardiente toda la noche. Me acuerdo de las flores, el piso, las paredes, todo estaba cubierto de flores. Yo tenía diez años.
Se detiene por un momento para acariciar la mascarilla. Pasa su mano por la frente, la nariz y termina en el cuello. Es un roce intenso, estremecedor. La mujer ama a su manera y sin misterio a los muertos. Le pide a una de sus hijas que haga café. Hojea una libreta en la que se consignaron los nacimientos y las muertes de la familia. Busca la fecha y la encuentra, anotada con caligrafía apacible, en tinta color verde o azul. La tenue luz del comedor no permite distinguir: 1938. El 4 de marzo murió Bernardo Arias Trujillo a las 2 pm en Manizales.
La escueta anotación, casi notarial, contrasta con el montón de recortes pegados en el diario que perteneció a la madre de Ruth, Adela. En las páginas iniciales hay recetas de postres, alfajorcitos de hojaldre con dulce de leche, consejos para evitar las hemorragias nasales y mantener limpios los hornos, junto a los obituarios que se publicaron en los periódicos. Ninguno habla de la causa real de la muerte. Los más escrupulosos dicen que se trató de un ataque cerebral, que había pasado toda la noche en vela quejándose, que dejó los borradores de una novela sobre la gesta del café. Ese día en Manizales se esperaba una nubosidad de 8, el grado máximo. El viento soplaría en dirección al suroeste. En la noche presentarían en el Teatro Olympia Sacrificio de amor, con Ann Dvorak. La Patria tituló: “La inesperada muerte de Bernardo Arias Trujillo motiva un inmenso duelo nacional”.
El 12 de marzo, ocho días después de su muerte, se publicó un especial sobre su vida, encargado por La Patria a Blanca Isaza. La mujer lo presentó así: “Era un inconforme, un desadaptado, realizaba en nuestro medio la absurda y brillante paradoja wildeana”. En el diario hay un artículo firmado en Bogotá por Carlos Martín, el poeta y profesor que despertó en García Márquez su vocación literaria. Dice de Arias Trujillo: “De pie la belleza en cada uno de tus libros se yergue: desnuda para cantar con un pulso viril lo que nos pertenece”. Junto a la receta de huevos con salsa, está el obituario titulado “Baudelaire criollo”, escrito por el filósofo Danilo Cruz Vélez, que años más tarde sería discípulo de Martin Heidegger en Friburgo, Alemania. Cruz Vélez es el único de los panegiristas que incluyó Por los caminos de Sodoma en sus obras: “Este libro no fue introducido en Colombia no por la timidez de su autor sino por la monjil santidad de nuestros gobernantes. Él nada tenía que tachar (...). Así pasó por este mundo el mejor prosista de su generación”.
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