Antonio Escohotado. Foto: Cristina Salama

Drogas, comercio y libertad

El autor de la Historia general de las drogas, un agudo pensador de la ebriedad, la propiedad y el caos, viene a la Feria del Libro de Bogotá a propósito de su última obra, 'Los enemigos del comercio'. Arcadia habló con él sobre la libertad, el comunismo y el éxtasis. Diálogo con un agudo y polémico pensador.

2014/04/22

Por Rodrigo Restrepo Ángel* Bogotá

Antonio Escohotado quiere que lo lean con tiempo y con cuidado. Como pensador de los fenómenos complejos, se mantiene en guardia ante todo tipo de simplificaciones. Celebra conceptos como “sistemas abiertos”, “desequilibrio creativo”, caos, incertidumbre y, claro, complejidad. Filósofo, ensayista, profesor, traductor, sociólogo de la ciencia, el poder y la economía, su pensamiento humanista es tan amplio como profundo. Su Historia general de las drogas (1983), un viaje multidisciplinar al éxtasis y la ebriedad, de más de mil quinientas páginas, se convirtió rápidamente en una obra de culto, con quince ediciones y traducciones a varios idiomas. Desde luego, Escohotado es un perspicaz crítico de la cruzada contra las drogas, contra la que propone una ética del consumo informado y responsable. De su monumental obra –buena parte de la cual está disponible en su página de internet–, se destacan El espíritu de la comedia (Premio Anagrama de Ensayo) y Caos y orden (Premio Espasa de Ensayo). Viene a la FILBo a promocionar su último proyecto, una trilogía en curso llamada Los enemigos del comercio: una historia moral de la propiedad.  

Resulta muy iluminadora una frase de su libro Aprendiendo de las drogas: “No olvidemos que todos los animales investigados hasta ahora –desde caracoles a muchas familias de insectos, vertebrados, ovíparos y mamíferos– se intoxicarán espontáneamente con vegetales psicoactivos y drogas sintéticas. Todos ellos dan muestras también de una rigurosa moderación al hacerlo. Llamativamente, esta regla solo se altera  cuando les despojamos de libertad y les infligimos torturas adicionales”. Ello también parece cierto en el caso de los humanos, que tendemos a establecer un auto-equilibrio en el consumo de psicoactivos cuando no hay represión externa. ¿Podría extender un poco esta noción de autogobierno?

Los antiguos hablaban de sobria ebrietas, subrayando que la templanza no consiste en abstenerse de la euforia ofrecida por Baco y sus análogos, sino en navegarla con elegancia (de eligere: elegir, ser selectivo), aprovechando su capacidad introspectiva. Goethe, Goya, Wagner y Bismark tomaban opio a diario –como Marco Aurelio, por prescripción de Galeno- para trabajar más y mejor. Luego Burroughs dirá que es demasiado placentero para controlarse. Pero mientras sigamos pensando que la libertad es algo distinto de “poder hacer lo que debemos” (Montesquieu) toda suerte de actos genocidas podrán presentarse como higiene eugenésica. A Hitler le sobraban los no arios, a Lenin los no proletarios y al “Sermón de la montaña” quienes no sean pobres de espíritu, pues el precio de separar libertad y responsabilidad es la irrupción de salvadores autonombrados, que nos llevarán al paraíso si obedecemos sin rechistar.

¿Por qué esa repugnancia actual a aceptar el vínculo entre misticismo e intoxicación?

Porque las comuniones paganas –tanto la ofrecida en Eleusis como en culturas precolombinas– parten de substancias que modifican de modo intenso el estado anímico, y los monoteísmos con vocación de imperio ecuménico transformaron la hostia originaria en un acto de fe. Tras comulgar con la oblea de pan ázimo toda suerte de chamanes acababan observando que “su medicina se ha desactivado”, y no pocas veces ofrecían un producto activo propio que les llevaba a ser pasados por la hoguera o la espada. La promesa enteogénica traicionada retorna luego como los demás elementos reprimidos, ofreciendo manifestaciones que van desde las “epidemias” medievales de brujería hasta los grandes happenings de la contracultura, e incluso hasta las raves contemporáneas, por supuesto, con la ayuda inestimable de una persecución lanzada por distintos cruzados, cuyo remedio exacerba invariablemente el mal a curar.  

Su posición respecto a la prohibición de las drogas lo convierte en un ilustrado, al afirmar que “lo esencial es pasar de una política oscurantista a una política de ilustración, guiados por el principio de que saber es poder y de que el destino de los hombres está en el conocimiento”. Sin embargo, me parece paradójico el que justamente una sociedad tan ilustrada como la occidental haya decidido demonizar el uso de sustancias psicoactivas. ¿No será posible que –como en las sociedades antiguas o incluso en la medieval– al creer menos en la razón, valoremos mejor la experiencia extática?

Habré viajado sin desplazamiento varios centenares de veces, aunque nunca me plantearon dichas experiencias una disociación entre racionalidad y sentimiento. Llamo verdad a la realidad de las cosas, un asunto donde son esenciales los pormenores. El alma romántica prefiere el sueño a la vigilia, el vuelo de la fantasía al aquí/ahora (o a la reconstrucción fidedigna del pasado), pero quizá la larga pernocta en realistas como Aristóteles y Hegel me ancló al goce del descubrimiento humilde –llámese estudio–, y vivo fascinado por la magnitud de aquello que todavía ignoro, reducido muy poco a poco. Lo real es infinito en todas direcciones, lo ideal está tan desprovisto de detalle como lo soñado. Imaginemos estar en un coche, y comparemos tal cosa con estar efectivamente montado en uno; el segundo caso permite dar rienda suelta a los cinco sentidos y al sexto (el nous o intelecto), el primero solo al sexto.

¿Qué papel juega la experiencia extática en la economía energética de una sociedad?

Siempre he pensado la economía energética de una sociedad como algo vinculado al tratamiento de recursos físicos. El éxtasis indica una suspensión del funcionamiento (por eso se llaman así las paradas de autobús en Grecia), que al no admitir ni ahorro ni despilfarro quizá desborda el campo  energético.

A propósito de Los enemigos del comercio, ¿por qué rastrear la historia de las ideas comunistas en pleno auge del capitalismo salvaje?

Ante todo busqué autoaclaración. Luego, tras unos quince años de pesquisa incompartida, empiezo a comprender que esa historia impide presentar en lo sucesivo como nuevo o no ensayado su propio experimento, una empresa todavía más audaz que la prohibición farmacológica. La historia de las drogas documenta en definitiva el miedo de cada cual a sí mismo, proyectado como defensa de otros, y la historia de Los enemigos del comercio documenta el miedo al amigo de lo ajeno. Me impuse en esta segunda crónica prescindir por sistema de adjetivos y adverbios, confiando en la expresividad de verbos y nombres. Es curioso que la expresión textual “reino del capitalismo salvaje” se encuentre ya en el Manifiesto de Engels y Marx (1848).    

A fin de cuentas, ¿cree usted que la propiedad privada constituye un robo?

Sin propiedad privada no hay libertad, y mucho menos desahogo. Marx, Engels, Lenin y Trotski fueron señoritos sostenidos por su familia y amigos, que jamás desempeñaron un oficio útil a juicio de terceros. Los dos segundos lograron más adelante convertirse en profesionales del liderazgo, aunque al precio de que Rusia perdiese por hambre y frío a un quinto de su población entre 1918 y 1921. Nada de esto me constaba hasta ponerme a estudiar sus biografías con ayuda de internet. Por ejemplo, el Marxists Internet Archive ofrece unos 4.300 textos de Lenin (sumando libros, discursos, cartas y memorandos), que pueden consultarse con la debida paciencia en menos de un trimestre, a los cuales se han añadido desde 1991 algunos miles más gracias a la apertura de archivos oficiales, que al ser mucho más breves pueden leerse en una semana. Al hacerme viejo no le encuentro a la vida más encanto que cultivar a familiares y amigos, jugar online al ajedrez, cortar leña para mi chimenea y leer todo lo disponible sobre amigos y enemigos del comercio. Cada loco con su tema, pero el mío me depara hallazgos cada dos por tres, mientras ultimo el tercer tomo de la pesquisa, que terminará con el abrazo de Chávez y Ahmadineyad. Luego le añadiré unas conclusiones, que por ahora no tengo claras pero sorprenderán bastante (al no ser anti nada).       

Además de un pensador de la “realidad en desequilibrio”, la incertidumbre y la complejidad, es usted también un defensor acérrimo de la libertad individual: “Solo la incertidumbre nos hace libres”, dice en uno de sus textos. Sin embargo, como sociólogo, bien sabe que como individuos se nos imponen estructuras que determinan nuestros actos y visiones del mundo. A fin de cuentas, ¿somos o no somos libres?

¿Que si somos libres? En primer lugar, gracias a no saber exactamente cuándo y cómo moriremos; hay una notable obrita teatral de Canetti sobre el asunto. También nos ayuda el coraje de no sucumbir a alguna idea fija, cambiando de criterio en función de lo que vaya enseñando la experiencia. Por ejemplo, solía decir que quien no es de izquierdas es un energúmeno, y lo sigo pensando, si bien por izquierdas entendía y entiendo compasión, tener presentes a quienes sufren sin merecerlo, disposición a compartir. Los años me han enseñado que el comunista no es de izquierdas en ese sentido, sino un adepto a eugenesias totalitarias, que cuando no siembra rencor cosecha atropellos. Al terminar la carrera fui lo bastante frívolo como para sostener una escisión prochina en el grupúsculo donde militaba, del cual salí expulsado por esteticista y libertino. ¡Cuántas vueltas da la vida si buscas aventura, experiencia de primera mano!     

Pero, ¿no sería la idea de la libertad un concepto determinado socialmente y, en ese sentido, una ilusión del yo individual?

Individuales son los ladrillos del cosmos, que por lo mismo resultan siempre poca cosa comparados con la inmensidad de aquello que descansa sobre sus hombros.

Asumiendo que la simplicidad no es el simplismo, y a riesgo de parecer un poco simplista, no puedo dejar de hacerle esta pregunta: ¿no resulta más bella la simplicidad que la complejidad y, en últimas, más útil para vivir?

Aquí pasa un poco como con la noción de izquierda, tan ambigua. “Es bello ser simple, es bello ser libre” decía la madre Ann Lee, fundadora de la admirable y demencial secta shaker, entendiendo por simplicidad lo contrario de fardar –como dicen por aquí–, e identificando esa llaneza con sustituir el rezo por devoción laboral. La madre Lee no andaba del todo descaminada, sobre todo porque el trabajo vocacional no puede ser más complejo. Salvo a machetazos, querer cambiar las costumbres es tan ridículo como pretender alterar las órbitas planetarias, porque las instituciones sociales procesan paquetes de información cuya magnitud resulta inaccesible para entendimientos finitos. Por lo demás, esas instituciones son obras enteramente nuestras, aunque trasciendan el designio personal. Ofuscados por la autoimportancia, la amnesia y el deseo de someter la inteligencia a su caprichosa voluntad, los ingenieros sociales aspiran a reducir el asunto a tener éxito o no; pero con la debida modestia sí podemos contribuir a innovaciones cuando llegan coyunturas favorables. Siempre es posible poner un granito de arena en la playa interminable, con tal de no ofuscarnos.

 

* Periodista y profesor de filosofía


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