Ray Loriga. Foto: Jeosem

El fin del placer

Horas antes de que viajara a México para participar como jurado en el Festival de Cine de Guadalajara y de allí a la FILBo, Arcadia entrevistó a Ray Loriga en Madrid. Con un título que podría parecer el de una “noveleta” menor, rompe un silencio de ocho años para ofrecernos en Za Za, emperador de Ibiza una diatriba sobre la felicidad obligatoria como una alucinación mundial basada en el dinero.

2014/04/22

Por Gabriela Bustelo* Madrid

De todos los escritores de su quinta –la Generación X española, que incluye, entre otros muchos, a los célebres José Antonio Mañas, Lucía Etxebarría y Benjamín Prado–, tal vez sea Ray Loriga el menos fatuo de la tropa de enfants terribles. Esto no le ha impedido, sin embargo,  escribir una veintena de novelas y dirigir varias películas cuyos guiones ha escrito. Pedro Almodóvar dice de él que es una fascinante mezcla entre Marguerite Duras y Jim Thompson. Él no parece encontrarse tan fascinante, ya que últimamente va diciendo que está harto de ser Ray Loriga. En todo caso, el tema que trata su última novela es, como suele decirse, de rabiosa actualidad.

¿Cómo afecta este delirio global a un Occidente herido de muerte?

Llevamos siglos muriendo por distintas causas, así que no nos doy por muertos del todo. Lo que sí ha fallado en nuestro sistema es la sensación de éxito basado en el dinero. Nos hemos salido de madre. Ahora parece que nos quejamos mirando las cenizas de lo nuestro y no logramos explicarnos cómo ha sucedido, pero en la euforia colectiva de los años ochenta y noventa estaba ya el germen de lo sucedido ahora.

Alain de Botton en Ansiedad por el estatus nos habla de dos milenios de traumas, inseguridades y daños producidos por lo que podríamos llamar “la patología del arribismo”. Pero si siempre hubo trepas, ¿qué ha cambiado?

Como dice el tango “Cambalache”, siempre hubo de todo. Lo que es verdad es que el precio del estatus ha ido subiendo. Si piensas en el París bohemio de Sartre, Camus y Marguerite Duras, en aquellos tiempos la gente se tomaba un café, y el que podía pagarlo, un Pernod. Bastaba con la buena conversación y la buena compañía. Los aderezos eran sencillos. No hacía falta una isla, un yate, una discoteca ni una ropa concreta.

¿Hasta qué punto las mujeres occidentales, hoy casi unánimemente obsesionadas con la apariencia y la posesión de objetos, son culpables de esta horterada colosal?

El eslogan de las feministas escandinavas era: “Más polvo en vuestras casas, menos polvo en vuestras cabezas”. El modelo de mujer parece haber madurado hacia la frivolidad absoluta, como las protagonistas de Sex and the City, que basan la felicidad en la euforia del vestuario de marca. Pero diría que en esto hemos ido todos de la mano. Es posible que yo esperase algo más de las mujeres. De los hombres esperaba ya muy poco.

¿Y de los intelectuales qué esperas? ¿Qué fue de aquellos ingenuos convencidos de poder cambiar el mundo?

Nos queda la idea de poder aportar algo al mundo desde posiciones individuales, con una mirada esquinada de las cosas. Ahora vivimos una dictadura de la opinión colectiva. Si no tienes 40.000 amigos en Twitter o 20.000 primos en Facebook parece que tu opinión se diluye o no existe.

¿El intelectual de hoy no es otro arribista más, un trepador enmascarado que busca su triunfo individual?

Un intelectual es alguien que vive en el mundo de los demás, pero que tiene elementos de juicio y un cierto instinto como para añadir una opinión importante, necesaria o al menos estimulante. No va más allá, ni menos acá. Para mí ya es mucho.

En tu novela Ya solo habla de amor decías que “suponer la bondad es una forma de arrogancia inaceptable”. ¿A un intelectual se le supone la bondad?

Los intelectuales no son santos ni hay que exigírselo. Tampoco yo se lo exigiría al señor que me arregla el coche. Es un mecánico estupendo, pero su vida privada me interesa poco.

¿Pero tu libro podría ser un revulsivo para esta sociedad literalmente alucinada con el dinero?

Es un simple comentario sobre la realidad. El curso de Occidente no lo cambia una novela. Ni dos ni tres, ni diez. Sí se puede producir una reacción en cuanto a las dudas o certezas que se plantean sobre el momento actual. Porque va a ser muy difícil arreglar nada de lo nuestro sin hacer una revisión histórica de nuestra sociedad. A mediados del siglo pasado había un enfrentamiento de las ideas verticales que vertebraban la sociedad para bien o para mal. De ahí hemos pasado a un entendimiento de la historia más superficial, es decir, nos basta con lo que vemos. Al haber desaparecido las ideas vertebradas, hemos acabado en unas no ideas que nos bastaban mientras el consumo estaba en marcha, pero al acabarse el consumo, todo se detiene.

Zacarías Zaragoza Zamora, el protagonista de tu novela, disfruta de una felicidad aristotélica, por así decirlo, ya que es una suerte de placidez intelectual. Pero las personas que le rodean parecen querer imponerle esa falsa felicidad monetaria que denuncias. ¿Todos corremos el mismo peligro?

Tú y yo, que hablamos de esto ahora con un poso de amargura y de lucidez, podríamos girar inmediatamente ante una oferta del Demonio que fuera consistente en lo personal. Y quizá no cambiaran nuestras ideas sobre el mundo, pero una vez salvado nuestro pellejo, tanto tú como yo, como quienes coincidan con las ideas que propone este libro, diríamos que sí a ese viaje hedonista.

De nuevo es un antihéroe quien protagoniza una de tus novelas, y tus lectores nos preguntamos si has vuelto una esquina más para ofrecernos el último desdoblamiento de Ray Loriga.

Los personajes son distintos estados y reconocimientos de lo que tú eres. Coincido con él en el anhelo de la tranquilidad. Hay gente que me dice: “Pero este hombre se da por vencido”. No es cierto, porque es ambicioso con algo que a los demás puede parecerles poco: la tranquilidad, que para él es más que suficiente.

Entonces, ¿compartes con él ese concepto sencillo de la felicidad?

Sí, el mismo de aquella canción de Elis Regina: una casa en el campo, unos libros, unos pocos amigos y un vino. Creo que esa es la ambición que me correspondía a mí.

¿En eso no has cambiado, como tantos otros?

No. Ya en mis primeros libros había personajes juveniles que decían: “Lo único que quiero es estar tranquilo”. Lo que pasa es que todos acabamos en una rueda donde las presiones familiares y del entorno nos meten en batallas que no le corresponden a nuestra alma. Defender a los demás sale caro, pero tenemos que hacerlo.

Has dicho que con Za Za pretendías hacer reír al lector, cosa difícil, pero lograda aquí, ya que el libro es muy gracioso. ¿El humor es un lujo y un capricho, como decía Mihura, o está al alcance de cualquiera?

En el caso de este libro el humor me ha servido como cortina de humo para contar lo que quería contar, aunque también buscaba la risa.

El humor como género tiene niveles o capas. Habrá quienes capten tu humor grueso, por así decirlo, sin entender la ironía filosófica, que la hay.

Es un género que siempre me ha gustado mucho. Desde los humoristas de los setenta, como Richard Pryor o Lenny Bruce, hasta Gila. Si el humor es inteligente, tiene una carga de profundidad, que es lo que yo he intentado aquí.

Ese humor inteligente al que aludes remite más a la cultura anglosajona que a la latina, aún atascada en la descalificación personal.

He procurado que fuera un humor blanco. La broma del enano es un giro lyncheano, pero en seguida se vuelve al carril. Es verdad que en Estados Unidos el político busca hacer un chascarrillo o un chiste sobre sí mismo, sobre su mujer o sobre la vida nacional, que sirve para naturalizar la relación no solo con la prensa, sino con el país en general. La cultura latina eso lo ve como puro show-business. Los anglosajones tienen más tradición humorística, pero son capaces de cargarse a un candidato con un pasado sospechoso.

En tu novela un personaje masculino alude a la necesidad de hallar o inventar debilidades intelectuales, físicas o emocionales en una mujer para poder disfrutar del sexo. ¿Esto es un recurso literario o se acerca a una confesión?

No sé si esto es estrictamente masculino. Creo que nos puede afectar a todos. A veces es complicado establecer una relación sexual que no tenga, a la larga o a la corta, una especie negociación mental, un sistema de poderes intelectuales o emocionales.

¿Como una balanza de pesas?

Sí, un juego de pesas. Pero desde ambos lados. Hay posiciones de victimismo que buscan el poder y al contrario. Esto sucede en todas las relaciones de pareja con sexo, porque las parejas de la Guardia Civil no cuentan  [risas]. Incluso hay quien se busca más defectos de los que tiene para luego acceder a otra posición de ventaja. No creo que sean actos maléficos ni siempre conscientes, sino que se van creando pequeñas liaisons más intuitivas que planificadas.

¿Y el amor romántico, hoy convertido en un pastiche algo extraño, ha perdido enteros como gran tema literario?

El amor parece haber quedado para las tarjetas de Hallmark, aunque sigue habiendo mucha literatura de aeropuerto. Pero la obra de Cervantes y Shakespeare ha ido formulando la imagen que tenemos de nosotros mismos y de nuestras relaciones, incluso para los que no la han leído. La literatura funciona como sistema de contagio y es verdad que hay visiones deformadas del amor romántico, algunas incluso monstruosas.

La Feria del Libro de Bogotá 2014 tiene como invitado de honor a Perú, representado por Mario Vargas Llosa, y va a estar dedicada a la memoria como eje temático.

A Vargas Llosa no le conozco, cosa rara porque los escritores siempre acabamos coincidiendo en algo. Si tengo la oportunidad aprovecharé al menos para saludarle. En cuanto a la memoria, en Tokio ya no nos quiere traté el tema a fondo, porque hablaba de una droga que borra la memoria selectivamente.

¿Cuáles son los escritores actuales que conservas en tu memoria?

Me gusta mucho Foster Wallace, que por desgracia ya no puede seguir escribiendo. Y españoles de mi generación: Marcos Giralt, Agustín Fernández Mallo, los Casariego (Nico y Martín) y Martínez de Pisón. Me gusta Eduardo Iglesias, que es una rara avis, un Jack London posmoderno y vasco. También Rodrigo Fresán y Alberto Fuguet.

¿Y qué escritores colombianos conoces, aparte de García-Márquez y Mutis?

Hace tiempo que no he renovado mi literatura colombiana. Ando perdido y quiero aprovechar esta oportunidad para empaparme de escritores nuevos y recuperar a los que he perdido de vista. Vengo a Colombia a aprender, a ver qué me he perdido, a pegar el oído.

* Periodista

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