Jeremías Gamboa

Entre el ombligo y la historia

Thays, Roncagliolo, Alarcón, y Gamboa, son los puntales de una generación que creció bajo la estela de Sendero Luminoso y los paramilitares, y padeció la era Fujimori. Aunque sus temas son individuales, he aquí una radiografía colectiva.

2014/04/22

Por Guido Tamayo* Bogotá

El viejo y bizantino fantasma de la identidad literaria aún recorre las caprichosas fronteras de los países de América Latina; pero, por fortuna, ya no como una definición partidista y militante entre el compromiso con la América “profunda” contra el “cosmopolitismo”, sino como un asunto de elección o necesidad personal para sus autores.

El caso Arguedas-Cortázar (lo telúrico y lo citadino; el aquí y el allá; los saberes locales y lo universal, etc.) si bien planea todavía en ciertos círculos sedentarios de la vida literaria peruana, no solo dejó de ser una disyuntiva trascendental, sino que se convirtió en una opción más dentro de la obra en construcción de la inmensa mayoría de sus escritores, de manera principal en aquellos nacidos después de la borrachera del boom. Es el caso de Iván Thays, Santiago Roncangliolo, Daniel Alarcón y el más reciente y celebradísimo Jeremías Gamboa. Todos ellos entre los 37 y 47 años de edad, todos ellos ungidos por premios importantes, saludados por la crítica y acogidos por los lectores. El caso del novel Jeremías Gamboa, y de su primera novela, Contarlo todo, es relativamente distinto pues aún no ha sido premiado, aunque la bienvenida entusiasta de Mario Vagas Llosa a su obra es una forma de premiarlo fuera de concurso, además de contar ya con un buen número de lectores.

Tanto Thays como Roncangliolo y Alarcón han escrito sobre “lo social” y han narrado ese Perú profundo: el de la guerra que se vivió primordialmente en la década de los ochenta; el de la injusticia, la miseria, el narcotráfico; el de Sendero Luminoso y el paramilitarismo, en fin, el del horror. Pero hay que señalar que en ellos tres la tragedia colectiva –esa guerra despiadada que afecta de forma especial a los campesinos y a los indígenas– tiene de igual manera un trasunto personal, individual. Es así como en Un lugar llamado oreja de perro, de Thays; Abril rojo, de Roncangliolo, y Radio Ciudad Perdida, de Alarcón, se vive la tragedia colectiva, pero también existe el drama interno, familiar, existencial si se quiere, de sus protagonistas individuales. Es decir, se desvanece en el mismo ejercicio literario esa otra falsa disyuntiva entre lo colectivo y lo individual, entre lo histórico y el ombliguismo.

Es relevante añadir que Daniel Alarcón es antropólogo y cronista, y que ha manifestado su especial interés en recobrar la memoria sobre esos “años de plomo”; años en los cuales él vivía en Estados Unidos con su familia, de modo que le resultó esclarecedor y vital investigar sobre esa época del Perú. Pero también Roncangliolo, que no solo escribió Abril rojo, sino también La cuarta espada, una biografía sobre Abimael Guzmán y Sendero Luminoso, y tiene una importante contribución como cronista. En otras palabras, hay que disipar  cualquier sospecha de oportunismo literario “comprometido” y aceptar que esa realidad convulsa ha sido de igual manera atractiva y necesaria en la elaboración de sus respectivas trayectorias literarias.

Y allí, conviviendo al lado de la más cruda y crónica violencia política, aparece la figura esquiva, compleja, denostada o mitificada del escritor disputándole protagonismo a lo colectivo y señalando esa ruta interior hacia sus miserias y sus glorias. Escritores son el personaje de El amante uruguayo y el de Oscar y las mujeres, ambas de Roncangliolo. Escritor el héroe de Gamboa y también los de Thays.

En Contarlo todo, de Jeremías Gamboa, se narra todo (o casi) lo que significa convertirse en un escritor. Es, pues, una novela de iniciación, el retrato de un artista adolescente. No cabe duda de que Gabriel Lisboa, su protagonista, es un joven que nace y, sobre todo, crece con el ciego (¿o lúcido?) propósito de llegar a ser una persona que escribe libros de ficción y es celebrada por ello: un narrador. No cabe duda, tampoco, de que la figura del escritor es magnificada en esas casi 510 páginas autobiográficas y que, aunque obviamente no cumple el cándido deseo de contarlo todo, sí cuenta mucho, demasiado. Tanto que, si bien el escritor queda mitificado, uno echa en falta la existencia del editor. Pero, para ser justos, tampoco cabe duda de que hay un narrador en Jeremías Gamboa.

Pero lo que en Gamboa es sacralización en Iván Thays es demolición. Tanto en La disciplina de la vanidad como en Un sueño fugaz (en parte su desenlace) sus personajes son escritores; en la primera, como jóvenes ambiciosos en busca del éxito; en la segunda, ellos mismos pero ya como hombres maduros padeciendo la elaboración de su propio fracaso. Esos seres jóvenes e ilusionados miembros de un taller literario (dentro de los cuales se podría incluir a Gabriel Lisboa) que vivieron ese “sueño fugaz” de ser escritores, ahora se han convertido en unos viejos derrotados, sin éxito alguno (apenas el protagonista muchos años atrás y en Europa), no publicados u olvidados. En síntesis: la ilusión de una carrera literaria brillante (al estilo Vargas Llosa) o el fracaso estruendoso de esa ilusión: las dos caras de la moneda. Lo que no tiene duda alguna, eso sí, es que estamos ante cuatro escritores muy significativos del Perú.

 

* Escritor y profesor

 

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