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Carta de Carlos Arturo López

"No es lo mismo 'pensar el país' que 'participar en los medios de comunicación'”

2011/04/08

Por Carlos Arturo López

Sorprendido por la coincidencia, el día de ayer me percaté de que las más recientes ediciones de las revistas elmalpensante y Arcadia hacen un reclamo a los filósofos colombianos. La primera revista, en su editorial titulado “Iceberg”, sin el menor asomo de pudor, le da espacio a alguien para que, en un despliegue de su propia ignorancia, acuse de no saber escribir a las personas que hicieron artículos que él no entendía. La otra revista dedica su portada y un par de páginas a la nota “¿Dónde están los filósofos?”, una pregunta tan común como necesaria.

El autor del artículo de Arcadia, Rodrigo Restrepo, recogió anécdotas y apreciaciones de destacados filósofos colombianos, propuso una lista de aquellos que de oficio o no, exponen su pluma en medios nacionales, buscó qué materiales se publican en la web y se detuvo a indagar por los filósofos que buscan nichos de trabajo filosófico fuera de la academia. El trabajo realizado me alegró, muestra que la filosofía en Colombia, aunque pocos, tiene más frentes de acción que los ofrecidos por las universidades.

No obstante los méritos del trabajo de Restrepo, presenta un problema de enfoque que distorsiona sus resultados, pues no es lo mismo “pensar el país” que “participar en los medios de comunicación”. El autor, a través de las voces de Rubén Sierra y Sergio de Zubiría, muestra que las exigencias mercantiles de la comunicación mediática dificultan la expresión filosófica, por no decir académica. Un ejemplo de dicha dificultad pudo apreciarse en el ex-profesor y matemático que participó como candidato a la presidencia en las últimas elecciones quien no pudo acomodarse a los tres minuticos mediáticos y no pudo desenvolverse cómodamente en una actividad tan natural para un docente como es hablar ante un público.

Otra explicación de la reducida participación de los filósofos de oficio en los medios de comunicación puede estar relacionada, como dijo Sierra Mejía a Restrepo, con que “el ejercicio de la filosofía se ha profesionalizado demasiado en Colombia”, frase que resulta curiosa en boca de uno de los promotores de la profesionalización del oficio de filósofo en nuestro país y que contradice la de Lisímaco Parra, para quien aún no contamos con “una masa muy consolidada, densa, muy extendida, de filósofos profesionales” que sostenga el trabajo filosófico. Es probable que la falta o el exceso de profesionalización mantengan a los filósofos nacionales atados a un conjunto de temas y problemas que les impiden preguntarse por la realidad, sea esta nacional o no, claro que esto no es tan fácil de afirmar.

De todas formas, aunque tal sentencia puede estar muy cerca de la realidad, la respuesta a la pregunta por el lugar donde habitan los filósofos no señala únicamente su auto encierro en —digámoslo con un cliché— “la torre de marfil”, o su indiferencia al mundo que los rodea y sustenta, o su sumisión al vocabulario técnico (el cual es condición necesaria para el buen desempeño de su oficio). Esta respuesta señala también a los medios que prefieren la simpleza, rapidez, facilidad y diversión de las exclamaciones (escúchese hablar a un político o entiéndase el éxito de Twitter) a la complejidad, lentitud, dificultad y aridez de la exposición argumentativa. No se trata de una invitación a promover discusiones técnicas, pero tampoco de caer en la pura trivialización mercantilista.

La pregunta «¿Dónde están los filósofos?» debe ser atendida por los filósofos, ellos tendrían que acercarse a cuestiones de nuestro día a día y, seguramente, buscar formas de hablar que no se limiten al vocabulario técnico del oficio. De este modo alcanzarían un público no especializado, algo a lo que claramente apunta el artículo de Arcadia. La pregunta también debe ser atendida por los medios y la publicación de Arcadia es un primer paso para ello. Finalmente, el público mismo debe atender a la pregunta y exigir a filósofos y a comunicadores claridad y espacios para la reflexión, pero también exigirse a sí mismo para acceder a materiales difíciles de digerir que exigen más tiempo de lectura que un periódico o más atención que un noticiero.

Cordialmente,

Carlos Arturo López J.

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