RevistaArcadia.com

Carta de Patricia Caycedo

"Hay, de otra parte, la propuesta de la filosofía en tanto que actividad del pensamiento libre que interroga, se maravilla y cuestiona, como alternativa de comprensión".

2011/04/08

“El hombre más sabio que he conocido en toda mi vida no sabía leer ni escribir.” José Saramago, Discurso ante la Academia sueca al recibir el Premio Nobel de Literatura 1999

Desde tiempos inmemoriales el hombre se ha preguntado el por qué de las cosas, cómo es el mundo que lo rodea, cómo es el mundo que nos rodea, cómo es su propia naturaleza y, en especial, cómo vivir mejor. En los comienzos, las preguntas iban dirigidas a los dioses, a través de sus oráculos. Luego, a los cielos, las estrellas, los planetas. Al indagarse por todo cuanto sucede, dentro y fuera de sí, al constatar que ya ni los dioses ni los cielos contestan todas sus preguntas, al tomar conciencia de su soledad, el hombre se miró a sí mismo y a los demás, y comenzó a filosofar.

Primero, en diálogos inquisidores e incómodos para sus congéneres, como Sócrates. Con la condena a su maestro se dieron cuenta de que eran algo así como una piedra en el zapato, crearon espacios más reducidos para el estudio, en un intento por seguir en su empresa de comprender el mundo de modo global, mas no popular. Fue así como surgieron la Academia de Platón y el Liceo de Aristóteles. Años después surgirían múltiples escuelas filosóficas, las helenísticas, las medievales, las del Renacimiento, las de la Edad Moderna. Discutían sus teorías aún a costa de ser tildados de herejes o locos, como Galileo, Hume, Nietzche y otros tantos.

Surgieron las ciencias, como respuesta a ese espíritu interrogador. Y, a medida que avanza en la adquisición de conocimiento, el hombre fracciona cada vez más ese conocimiento en parcelas independientes. Sin embargo, a pesar de los avances científicos y tecnológicos en todos los campos del saber, ad portas de un nuevo milenio distante veinticinco siglos de los primitivos griegos, el hombre aún no sabe cómo resolver los más fundamentales problemas: guerras, hambrunas, desigualdad social y económica, corrupción, injusticia, etc. Problemas que evidencian que no sólo el hombre no está viviendo mucho mejor que antes, sino que son tratados de manera inconexa unos de otros, con un afán especializador que olvida el conjunto.

Por esto la gente tiende a creer que saber casi todo de casi nada es la respuesta. Pero el hombre se enfrenta, además de a las conocidas, a nuevas preguntas. Preguntas que, aún hoy, el hombre espera sean contestadas por oráculos infalibles. Buscan respuestas, fórmulas, tips, no más preguntas. Es así como se acude a los gurús del momento y del tema, cualquiera que este sea: economía, política, negocios… en busca de respuestas. Se consulta el tarot, el cura, la carta astral, el pastor, los libros de auto-ayuda, la medicina alternativa, los guías espirituales, toda una serie de expertos en lo divino y lo humano que, se supone, tienen la verdad revelada para todo cuanto nos acontece. Buscamos respuestas, como antaño en los dioses y los cielos, y esperamos que el saber especializado y las pseudo-ciencias sean la solución a todos los interrogantes humanos.

Hay, de otra parte, la propuesta de la filosofía en tanto que actividad del pensamiento libre que interroga, se maravilla y cuestiona, como alternativa de comprensión. Pero no como la actividad a la que fue reducida desde medievales tiempos, sólo para unos cuantos iluminados y al servicio de teologías y cosmologías políticamente correctas. No como la actividad de unos cuantos privilegiados entrenados profesionalmente, con licencia para estudiar (de ahí la palabra “licenciado”) y no tener la obligación de trabajar ni producir, entrenados para perpetuar la idea de que entre menos comprenda la gente del común, mejor. Alentar la creencia de que “la filosofía no sirve para nada”, que entre menos útil sea la filosofía, mejor, son acciones que se llevan a cabo porque no hay interés real en que la gente del común comprenda. De ahí el que en siglos pasados se “filosofara” sólo en latín. Los filósofos profesionales de nuestros días, que no se pueden abstraer del todo de los afanes de su tiempo, se protegen a sí mismos con una jerga que sólo los filósofos académicos de las universidades públicas entienden.

Se piensa, porque así nos lo han impuesto los medios masivos y los mismos enigmáticos filósofos encapsulados, que un filósofo es alguien dedicado a la contemplación pura, alejado de la realidad. A modo de anécdota, cuando a principios de los noventa les conté a mis hijos pre-adolescentes que iba a comenzar a estudiar Filosofía y me preguntaron qué era eso, yo les dije para simplificar: “es el estudio del pensamiento humano”. A lo que Daniel, el menor, me respondió: “O sea, que de ahora en adelante te vas a dedicar a pensar y te olvidarás de nosotros” Espero que hoy sepa que no iba a ser así.

No, no pregunto por los filósofos como los que creía mi hijo. Me refiero a una propuesta de la filosofía que corresponda al espíritu de sus comienzos: la interrogación incisiva por todo lo que nos concierne, sin pretensiones, ideologías ni exclusiones. No como una disciplina que contesta todas las preguntas, ni que dé fórmulas inmediatistas, utilitarias y prácticas. Nada más equivocado: cualquier ser humano posee, de modo intrínseco, la capacidad indagadora, reflexiva, razonable. “Filosofía” viene del griego “philo” –amor por- y “sophía” –sabiduría-. Pues bien, los griegos nunca pretendieron que un filósofo fuera un sabio que supiera todas las respuestas. Sólo se esperaba de él que amara la sabiduría, que buscara la verdad de las cosas. He ahí la clave de la utilidad de esta actividad cuestionadora: no es el saber particular de algo lo que ha de llevar al hombre a la comprensión del mundo que lo rodea y al descubrimiento de sí mismo, sino la muy primitiva capacidad de asombro, de maravillarse y de preguntarse.

La filosofía es, pues, más que un asunto de la razón un asunto del corazón. No es un saber científico especializado, no es un oráculo divino e infalible. Es la disposición de los sentimientos más profundos del ser humano: el amor por la búsqueda de una experiencia significativa, el genuino interés por nuevas preguntas, el deseo de una comprensión globalizadora de todo cuanto nos sucede y nos afecta. Se trata de una apasionada reflexión sobre la vida, el amor más sincero y leal por sí mismos, por la sociedad que nos alberga, por el mundo que habitamos. La fidelidad a nuestra naturaleza, que según dijo Aristóteles, tiene un deseo innato de saber, de indagar, de cuestionar.

Por todo esto podemos concluir que la filosofía, más que un conjunto bien establecido de conocimientos, es una actitud. Una actitud que se ejerce bajo el signo de interrogación, que se compone más de de una manera de formular las preguntas antes que de un recetario de respuestas. Preguntas que cuyas respuestas nos habrán de llevar a más preguntas. Preguntas que pueden resultar muy incómodas. Respuestas que han de ser tomadas como orientación, pero no como fórmulas infalibles. Preguntas y respuestas que se nutren de una comunidad específica, en un diálogo enriquecedor pleno de tolerancia y respeto, entre seres inquietos y curiosos por la realidad, movidos por la búsqueda de ideales comunes. Entre gente concreta y diversa que se preocupa por los problemas concretos y diversos que los afectan, sin egoísmo ni particularizaciones excluyentes.

Si usted, lector, conoce gente así, por favor cuéntenos, ¿dónde están los filósofos?

Patricia Caycedo

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.