La escuela de Atenas, de Rafael, 1510-1512, en una de las estancias de el Vaticano.

Contra la filosofía de salón

En la facultad uno estudia lo que Platón dijo sobre el amor, no el amor a través de Platón, sostiene el autor de este ensayo, que enseñó durante casi dos décadas Filosofía en la universidad ¿De qué se trata la Filosofía en la academia hoy?

2014/10/23

Por Roberto Palacio*Bogotá

Fui filósofo académico por más de 20 años, publiqué en revistas sin lectores pero indexadas, les recomendé a los estudiantes ser rigurosos antes que creativos, insistí rabioso que el pensamiento filosófico se agotaba en unos pocos problemas técnicos que no debían injerir sobre la felicidad del pensador. Para parafrasear los síntomas que Fernando Savater identifica con la estupidez, lo hice poseído por un espíritu de seriedad, portador de una alta misión, temeroso de los otros, impaciente ante la realidad (cuyas deficiencias son vistas como ofensas personales), con mayor respeto a los títulos que a la sensatez. En su autobiografía intelectual Búsqueda sin término, el filósofo de la ciencia Karl Popper afirma que sentía vergüenza de decir que era filósofo.

Cuando miro para atrás, me pregunto cómo pude haber creído con tanta convicción que ese mobiliario mental era el único que llevaba a pensar significativamente. No me entiendan mal; para mí la filosofía aún es poseedora de esa belleza austera, a la vez profunda y sobrecogedora que Bertrand Russell veía en la lógica. Quien ha pasado por la filosofía sabe que le debe toda su capacidad de penetrar en los problemas por medio de argumentos, de hacerlos girar sobre sí mismos como una tortilla sobre una sartén en donde los demás solo se saben atragantar. Alejarse de ella ha sido un proceso doloroso y gradual, no una conversión cínica marcada por imposturas intelectuales. En realidad, no me he alejado de la filosofía: sino de una cierta forma de hacer filosofía: la académica. He dejado de ver en ella una ocupación capaz de transmitir la fuerza de la disciplina de la que se cree poseedora. Y, sobre todo, la he dejado de ver como un ejercicio intelectual.

Comencemos por lo que me parece más obvio, los problemas inherentes al tipo de filosofía que hacemos. En su autobiografía intelectual, Rudolf Carnap anotaba una tendencia que consideraba la más perjudicial, el “neutralismo histórico”. Recordaba una tesis doctoral que un estudiante había escrito sobre la prueba ontológica de la existencia de Dios de Anselmo: si Dios es el ser que tiene todos los atributos positivos, ha de tener también el de la existencia, de donde se llega a la conclusión de que Dios existe. El problema que señala Carnap estriba en que “en su opinión [la del estudiante], como en la de algunos de mis colegas, la prueba ontológica no solo tenía importancia histórica –lo cual está fuera de duda– sino que también representaba un problema que aún debía considerarse seriamente”. Había ignorado que Kant mostró que la existencia no es un predicado. Es como si nos sentáramos a considerar sesudamente si la Tierra puede ser plana.

El ambiente intelectual de las facultades de Filosofía en Colombia hoy parece coincidir con el que Carnap describe sobre la Universidad de Chicago. Hace cien años se formaba en el estudio de las fuentes, con un respeto reverencial por el papel que un pensador había jugado en la historia. Los currículos de filosofía aún están armados de esta manera: Platón, Aristóteles, etcétera. Cada pensador se enfoca como parte de una historia que estuvo encaminada desde el comienzo para terminar en el filósofo sobre el cual uno diserta. Se trata de una visión que me gustaría caracterizar con una expresión del comandante de las favelas de São Paulo, Marcos Camacho: “Infectada con el vicio” del historicismo.

 En Colombia, este vicio contrajo matrimonio con lo que la primera generación de filósofos profesionales llamaron ‘filosofía concreta, inspirada en ideas de Hegel y de Martin Heidegger. Me inicié en la filosofía con un texto de Heidegger en el que se leían frases tan concretas como esta: “Solo debe ser investigado Lo-que–está-Siendo y por lo de-más –nada; Lo-que –está-Siendo solamente y –nada más. ¿Cuál es la situación en torno a esta Nada? […] La nada misma nadea”.

No alcanzo a describir la enorme influencia que este tipo de prosa ha tenido en muchos filósofos colombianos y la indignación que causa exponerlo de esta manera. Pero cómo negar que se requiere de una buena dosis de deformación profesional para ver en una afirmación así algo coherente y que uno está dispuesto a defender.

Los tres pilares sobre los que se apoya ese “historicismo concreto”, si se me permite el eufemismo, son perniciosos para hacer de la filosofía una herramienta para pensar algo que no sea la filosofía. En primer lugar, el pensar no se hace para cosa alguna; en segundo lugar, la filosofía es obligatoria porque es salvífica y, en tercer lugar, la filosofía permite desarrollar una visión de mundo que es más que la del científico. Esta visión y otras como ella han moldeado el perfil que ha tomado la filosofía en nuestro medio, cerrando las posibilidades de relación con otros saberes. El historicismo concreto le imponía a la filosofía una visión específica; el filósofo debía desarrollar lo que los románticos alemanes llamaron una weltanschawng. Una mirada pura, exclusiva y sobre todo, así de dientes para afuera se diga otra cosa, que no se debe contaminar con minucias de la vida, como el sufrimiento humano, la felicidad o el sexo. En un departamento de filosofía uno estudia lo que Platón dijo sobre el amor, no el amor a través de Platón. Paradójicamente, en contra de toda la traición socrática en la cual la filosofía formaba parte del enorme poder sugestivo y educador de la ciudad, la filosofía actual no se puede mencionar al mismo tiempo con términos como “oferta cultural”. No me extraña que de los seis filósofos que invité a participar en este debate, solo una se interesó en hablar conmigo. Someter a debate el papel de la filosofía en Colombia simplemente es algo que no impacta en sus currículos.

Las universidades han jugado un papel preponderante en esta historia: no vale en su escalafón que un pensador publique en una revista para el público general. Las formas de volver a trascendentalismos seudorrománticos son complejas, pero están vivas. Si hemos de entender cómo la filosofía académica ha deformado su disciplina, hay que mirar la historia de estas instituciones educativas. Cuando Darwin regresó de su excursión por las islas Galápagos, se reportó no ante una universidad sino ante la Sociedad Geológica Real; en el siglo XIX eran los institutos los que adelantaban la investigación. La universidad, que Von Humboldt definió como un grupo de personas que se unían en torno a la peculiar vida espiritual del saber, apenas si era notoria. Según el filósofo A.C. Grayling, fue en Alemania en donde las dos figuras, la del instituto y la universidad, se unirían. El nuevo modelo tuvo ventajas: ¿cómo concebir la educación sin investigación y está sin la anterior? Se exportó a las universidades inglesas, de estas a las americanas, de allí al resto del mundo. El problema es que con el matrimonio docencia-investigación, la idea de Von Humboldt de la universidad estructurada en torno a la vida espiritual de sus participantes no sobrevivió. Cualquiera con las credenciales para investigar lo podía hacer, independientemente de su pertinencia o habilidad. La afirmación del filósofo G.E. Moore cuando revisó la tesis doctoral de Wittgenstein, el filósofo austriaco que se dedicó a la jardinería luego de haber sido académico, pone en evidencia la partición que ya se daba entre el pensamiento y la vida académica: “Esta es la obra de un genio, pero por lo demás, cumple con los requisitos para obtener el título”.

En la universidad colombiana, que hasta hace poco asumió el modelo del siglo xix, la situación fue desastrosa. Las universidades evalúan a sus filósofos con base en cuántos papers ha publicado, cuantas veces se ha citado. Para ser citado, lo menos efectivo es producir textos escritos para los que se inician en la disciplina. En un medio que no cuenta con tradición investigativa, las entidades de acreditación han favorecido la investigación de punta. Así, las universidades invierten en proyectos alejados de la vida académica en los cuales los números de sus investigadores de punta salgan a relucir. ¿De dónde se exprime el “jugo” para financiar esta investigación? De las clases, de tal manera que la enseñanza se ve doblemente afectada en tanto que se le priva de recursos, destinando fondos a una actividad que no la retroalimenta. Fui profesor de la Universidad de los Andes por más de 17 años; en la universidad más costosa del país fueron muchas las veces que conté con cursos de más de 125 alumnos. Las ventajas de combinar investigación y docencia se anulan; la academia con gran ingenio colombiano se ha ideado la forma de batir el jugo sin revolverlo, desarrollando habilidad para aprobar procesos de acreditación sin hacer lo que demandan. Bryan Magee, el divulgador filosófico de la BBC en un artículo titulado Sentido y sinsentido lo explica así: “Esperar que los profesores universitarios de filosofía sean también buenos filósofos sería cometer el error de pretender que todos los profesores universitarios de literatura también sean buenos novelistas”.

 Pensar que se forma en filosofía creando personas capaces de publicar en revistas indexadas es tanto como creer que haciendo cantar a los grillos cae la noche. A lo que apunta Magee es a un problema mundial, la hiperespecialización. Conocí filósofos de inspiración religiosa que se aprendían a Foucault de memoria; otros que eran expertos en unos pocos teoremas de un capítulo de la lógica. Las opciones para un académico que se inicia son claras: o la oscuridad o la especificidad. Nada de contribuir a formar en filosofía o cualquier otra disciplina. Es por ello que no tenemos en filosofía divulgadores. A las universidades no les interesa esta figura: esa cosa difusa llamada conocimiento es de su incumbencia tanto como lo es la nutrición a los restaurantes.

 Claro que el historicismo concreto no es la única forma de filosofía; existen dos grandes tradiciones. Solía explicarles este punto a los estudiantes con la Escuela de Atenas, de Rafael. En la mitad del cuadro, Aristóteles y Platón aparecen de cara al espectador; el último señala el cielo, Aristóteles señala el planisferio del mundo, un recordatorio de que la filosofía es de este reino. En Colombia hay una corta pero persistente tradición de esa segunda filosofía. Los americanos han desarrollado una visión semejante desde hace años gracias a su influencia pragmática enriquecida por pensadores que tuvieron que abandonar Europa durante la persecución de los nazis. Richard Rorty es uno de los herederos más notorios de esa corriente: “Dentro de una cultura literaria, la religión y la filosofía se presentan como géneros literarios. Como tal son opcionales”, afirma. No hay nada específico de la formación filosófica que no haya en cualquier otra forma de aprendizaje literario. ¿Por qué iba a ser de otra manera? Al humanista concreto le duele verse tan mundano…¡tú te leíste unos libros y yo otros! ¿Y acaso qué más hay? ¿La lectura de Kant forma una visión de mundo más escrupulosa que la que pueda haber en un Dostoievski?¿Realmente los filósofos somos tan imprescindibles como nos creemos? La filosofía quizá no haya que pensarla como una materia, sino como una comunidad cuyos límites son tan fluidos como los intereses de sus miembros.

Este, sin embargo, es un ca-mino que lo conduce a uno a través de la filosofía y de salida. Wittgenstein sostenía en esa tesis que Moore revisó que quien la hubiera comprendido debía arrojarla. El filósofo de la ciencia Moritz Schlick afirmaba hace casi 100 años que la filosofía era una actividad, no un conjunto de teorías. Tal vez esos enunciados no estaban hechos para que nadie se los tomara tan en serio como para abandonar la filosofía académica; todos sus enunciantes fueron académicos. Lo que sí es cierto es que con estas ideas se abre un panorama que no teníamos desde los tiempos de Bertrand Russell: volver a permitir que la filosofía se permee de la labor intelectual. La filosofía tiene la enorme facultad intelectual de la honestidad radical, una que raya en la circularidad propia de la autoinmolación, porque para sostener todo esto, para decir lo que hemos dicho, todo el tiempo hemos estado haciendo filosofía. Claro, no de la que le resulta redituable a la academia.

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