Eduard Punset

Del inconsciente, las redes sociales y el amor

En el mundo de la televisión en español, pocos científicos han tenido tanto carisma como el catalán Eduard Punset, director y presentador del programa Redes. Punset viene a colombia a promocionar su más reciente libro, Viaje al optimismo. ¿Qué tan arriesgado es ese viaje?

2013/06/13

Por Rodrigo Restrepo* Bogotá

Eduard Punset nunca olvidará el día en que una anciana lo abordó en el aeropuerto de Santiago para decirle, conmovida: “¡Gracias, usted me ha devuelto la fe en la intuición!”. Punset se encontraba entonces a la caza de uno de los más fascinantes temas investigados por la neurociencia: el papel del inconsciente en los procesos mentales complejos. Nunca olvidará ese día, quizás, porque aquel gesto espontáneo y emotivo le mostró el papel que puede jugar la divulgación científica en la vida de las personas.

En una tormenta de descubrimientos y estudios en genética, psicología, física, ecología o neurociencia, son más que necesarias cabezas claras e inquietas, con la capacidad de mostrarnos, si bien no el bosque, al menos los caminos más aptos de ser recorridos por la mente humana en la espesa maraña de eso que llamamos ciencia. De ahí que se diga que la tarea del divulgador sea tan importante como la del científico mismo.

La de Punset es una de las cabezas más claras y curiosas que se puedan encontrar en este campo. Además de haber sido redactor de la BBC y director de The Economist para América Latina, o de haber jugado un rol fundamental en la transición democrática posfranquista, es desde 1996 el director y presentador del programa Redes en Televisión Española, quizás el más importante referente de periodismo científico en lengua castellana. Viaja por el mundo para visitar a los más destacados científicos en sus hábitats naturales y es autor de nueve libros de divulgación con más de un millón de lectores. Punset ha merecido doce premios en periodismo, entre los que se cuenta el Premio Rey Jaime I, y el año pasado fue elegido por la revista Foreign Policy como uno de los diez intelectuales más influyentes de Iberoamérica.

Su tema es sin duda el universo interno del ser humano. Sus obras Viaje al poder de la mente, Viaje al amor o Viaje a la felicidad, entre otras, dan buena fe de ello. Sus conclusiones son siempre abiertas, fascinantes y optimistas. A propósito del lanzamiento de su último libro, Viaje al optimismo, y de su visita a Colombia, Arcadia habló con él sobre la ciencia, el amor, las redes sociales y, claro, la intuición.

Actualmente se tiene al científico como una autoridad prácticamente sacerdotal, y a la ciencia como una suerte de nuevo dogma. Esta visión, a mi juicio, empobrece la misma empresa científica. Estoy pensando en ciertas obras de científicos y divulgadores, como Richard Dawkins, quienes dan por sentado que la ciencia está llegando a su punto conclusivo como explicación total, y que los paradigmas con los que contamos actualmente son la explicación última del universo. Solo resta “llenar los detalles”. ¿Qué opina usted de esta actitud? ¿Tenemos como especie la explicación última de la realidad o aún hay lugar para cambios de paradigma?

Es cierto que la comunidad científica hizo muestras en el pasado muy reciente, e incluso en la actualidad, de un cierto dogmatismo equiparable al heredado de la cultura anterior. Pero yo creo que todo esto empezó a cambiar de una manera radical con las excavaciones de los físicos cuánticos. Ellos introdujeron en la ciencia el concepto de incertidumbre, que implica que una propuesta científica solo puede durar hasta que otro científico venga con una propuesta mejor, también comprobada y distinta que la anterior. A pesar de lo que diga Richard Dawkins, hay muchas cuestiones sin descifrarse y lo que ha contado en la ciencia de verdad es un grado de incertidumbre absolutamente bienvenido frente al oscurantismo y el dogmatismo heredado.

¿Qué falsos paradigmas seguimos sosteniendo como sociedad?


Creo que ha habido un exceso por parte de muchos observadores de la realidad cotidiana en el pesimismo. Somos más pesimistas de lo que nos muestra la realidad. Vale la pena recordar que, por primera vez en la historia de una especie, la esperanza de vida está aumentando en dos años y medio, por cada ocho años. Este es un hecho sin precedentes. Hoy en día podemos decir que hay vida antes de la muerte y que por lo tanto la gente se interesa más y más en indagar y profundizar en esta vida, y no tanto en la que supuestamente existe después. Hace treinta años apenas había tiempo para pensar en las redes sociales o en la invasión del pensamiento científico, pero hoy, con una esperanza de setenta u ochenta años de vida, es difícil que la gente no quiera buscar fuera del dogmatismo la explicación de las cosas.

Su respuesta me recuerda que en sus libros usted da una gran importancia a la teoría de Gaia de James Lovelock, la idea de que nuestro planeta es un gran organismo que se autorregula. Creo que ese pesimismo se debe entre otras cosas a que el equilibrio de Gaia está fuertemente trastocado. ¿Cómo ser optimistas cuando hay razones de sobra para creer que estamos en el umbral de una catástrofe sin precedentes?

La visión que tenemos de las cosas evolucionará en un sentido mucho más positivo del que tenemos actualmente. Y lo hará por razón de los grandes cambios que estamos viendo en el aprendizaje social y emocional. Yo pondría en primer lugar todo lo que estamos descubriendo del cerebro, y especialmente de la intuición como modelo de pensamiento y expresión. La intuición es hoy una fuente de conocimiento tan válida como la razón y los neurólogos están demostrando que el espacio cerebral ocupado por la razón es irrisorio comparado con el que ocupa la intuición. El haber encontrado la facultad de decidir por nuestra cuenta qué información utilizamos y cuál no, de una manera intuitiva, ha sido un salto muy subestimado.

Tal como usted señala en Viaje al optimismo, el inconsciente –o el sexto sentido– no es solo más eficiente para resolver problemas y tomar decisiones altamente complejas, sino que incluso tiene sus propias motivaciones y deseos. Por si fuera poco, cada vez parece más claro que muchos de los grandes descubrimientos científicos tuvieron lugar gracias a esta inteligencia intuitiva. ¿Quiere decir que el inconsciente nos sacará del atolladero?

Es muy difícil en ciencia hoy en día no percatarse de la importancia del inconsciente. Como decía, resulta claro que la intuición es una fuente de conocimiento al menos tan válida como la razón, si no más. Pero pienso también que ha habido una tendencia tradicional de subestimar el poder positivo del conocimiento tecnológico. Yo creo que justamente el peligro está en no ver el impacto positivo que van a tener los avances tecnológicos en los próximos años.

¿Existe el amor o se trata simplemente de una estrategia evolutiva?


El amor es el más antiguo instinto de fusión para sobrevivir del que tenemos noticia. El amor ya estaba presente hace 3.500 millones de años, cuando la vida intentaba consolidarse en las bacterias. Por ejemplo, un organismo unicelular buscaba el apoyo de otro organismo unicelular que iba más a prisa que él mismo y le “decía”: “¿Por qué no te detienes un rato y vamos los dos más deprisa?”. Eso es una manifestación del amor. El amor es un instinto primario, de los más antiguos y más conocidos por la vida. Gracias a él hemos podido aliarnos para sobrevivir. Pero también es uno de los más poco manejables.

Habla usted mucho últimamente de “la huida de la realidad”, en referencia a la televisión, los emails, Facebook, los videojuegos y toda nuestra inmersión en mundos y tareas digitales. Es un hecho que puede ser visto con preocupación o como una vía abierta al futuro. En todo caso es un dato claro, un fenómeno de la especie. ¿Cuál es su visión al respecto de este fenómeno?

Hasta hace dos o tres años, la gran mayoría de los científicos pensaba que había muy pocas diferencias entre los humanos y el resto de los animales. Que se trataba solo de diferencias de grado que no afectaban a la estructura compartida por ambos. Sin embargo, la acumulación de información durante los últimos años ha sido tan enorme que los humanos debieron prácticamente “renunciar” a esa “estructura” compartida. Es decir, la única manera en que ha sido posible penetrar en este cúmulo de información ha sido las redes sociales. Las redes han superado largamente a los cincuenta o cien individuos en que los simios, los homínidos y los humanos solían intercambiar información. Hoy resulta que podemos compartir, comparar y extraer información desde distintos hemisferios, por miles de individuos de manera instantánea. Un poco como la ruta de la seda de hace dos mil años, pero en tiempo real. Esto hace pensar a la mayoría de los científicos en la actualidad que es gracias a las redes que podemos de verdad innovar. Y esta es una característica singular de la especie humana.

¿Quiere decir que en el fenómeno de las redes sociales se encontraría el secreto de la condición humana?

No solo forma parte de la condición humana: somos la única especie capaz de progresar debido a la utilización de las redes sociales. No hay ninguna otra especie que dejada en sí misma pueda hacer algo que sea siquiera similar a lo que podemos hacer los humanos. Sí. Somos los únicos que tenemos las redes sociales y, con ellas, la capacidad de innovar.

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