Nicolás Gómez Dávila en su biblioteca.

El buen odioso

El 18 de mayo se cumplieron 100 años del nacimiento del filósofo colombiano Nicolás Gómez Dávila. A propósito de la celebración, Arcadia recuerda este artículo en el que se rescata la recepción alemana de su obra.

2010/03/15

Por Hernán D. Caro A

“…Quiero que esta voz, única convincente de la sutil devoción y la antimodernidad en nuestros días, sea escuchada”, es la introducción que hace Botho Strauß, célebre escritor y dramaturgo alemán en un ensayo efusivo publicado en Alemania sobre el bogotano Nicolás Gómez Dávila. Martin Mosebach, ganador en el 2007 del premio literario Georg Büchner, el más prestigioso de Alemania, lo visitó varias veces en su casa en Bogotá, y no hay entrevista o columna en la que no reitere que se reconoce como su vástago in spiritu. Hans Magnus Enzensberger publicó una exquisita edición limitada de sus aforismos. El Instituto Cervantes convocó en Berlín hace algunas semanas, en un coloquio sobre su legado intelectual, a los filósofos Fernando Savater, Carlos B. Gutiérrez y Franco Volpi. Hoy en día en las librerías alemanas se encuentran al menos siete recopilaciones de sus textos. Revistas especializadas, así como decenas de blogs filosóficos y literarios y teológicos y demás, exploran sus pensamientos. Y ahora resulta que Harald Schmidt, el más agudo comediante y autor satírico alemán vivo, usa una de sus sentencias para presentar su último best seller. Sin querer sobreestimar las proporciones de lo que eso pueda significar, algo es claro: Nicolás Gómez Dávila ocupa (por lo pronto entre escritores y filósofos –y comediantes–) un lugar en la vida intelectual alemana de estos días.

De Europa a Bogotá

La vida de Gómez Dávila fue como de otra era: nació en Bogotá en 1913 en el seno de una familia aristocrática. Viajó a los seis años con la familia a París. Allí fue educado por sacerdotes benedictinos, y debido a una neumonía grave, por profesores particulares con quienes aprendió griego y latín (más tarde inglés, alemán, italiano). En 1936 regresó a Bogotá. En 1948 ayudó a fundar la Universidad de los Andes. Desde entonces, se enclaustró en una casona, reunió treinta mil libros y apuntó paciente, anárquicamente, más de dos mil aforismos en los que embiste contra todos los fetiches de la vida moderna, mientras esgrime a los cuatro vientos el nombre de pila del Creador. (Estos aforismos componen, según sus fervorosos lectores, una de las obras más sabrosas del pensamiento conservador del siglo XX). Finalmente, Gómez Dávila murió en Bogotá en 1994.

Sus primeros libros aparecieron en 1954 (Notas I) y 1959 (Textos I). Entre 1977 y 1992 se publicaron sucesivas series de fragmentos que constituyen los celebérrimos Escolios a un texto implícito. Pero solo a partir de 1987, año en que aparece la primera antología alemana, Gómez Dávila comenzó a ser reconocido, primero en Europa, y después en Colombia, como un pensador relevante. Siguieron entonces las monografías, los diccionarios filosóficos, el torrente de las ediciones italiana, francesa, otras varias alemanas y por fin, en el 2005, los seis tomos de las Obras completas oficiales en edición nacional. Y luego la gloria.

Inventario de bibliotecario

Es lugar común aquello de que nadie es profeta en su tierra. Y quién ignora que los grandes genios colombianos (en la eventualidad de que existan) la tienen difícil para ser celebrados como tal en una república enfrascada en nuestro infeliz saqueo y desfalco y cataclismo moral de cada día. No por ello deja de ser insólito que un oscuro aforista capitalino, quien jamás se preocupó por divulgar sus obras, y cuyos libros llevan títulos que recuerdan los inventarios de un bibliotecario, sea ensalzado por distinguidos intelectuales europeos –y al parecer en serio– como uno de los mayores genios del siglo pasado. Es lícito preguntarse a cuenta de qué, en el país de eminentes aforistas como Lichtenberg y Schopenhauer y Nietzsche, el catequístico Nicolás Gómez Dávila goza de tal notoriedad. Tres hipótesis.

Todo el mundo ama a un buen odioso. Y sin duda nuestro hombre fue uno. El crítico literario Jens Jessen afirma que Gómez Dávila es el único pensador contemporáneo que arremete contra tabúes aún existentes: contra la democracia, el liberalismo, el comunismo, el capitalismo, la alucinada adoración por el progreso, la tolerancia religiosa –y se podría añadir sin sorna: el homosexualismo, el Concilio Vaticano Segundo y la minifalda.

Ahora bien, aunque Gómez Dávila sea quizá el más reciente, no es desde luego el único autor que dedicó su existencia al insulto de los tiempos que corren y a la vindicación de los pretéritos. Una lista de buenos odiadores durante la historia del pensamiento contendría acaso tantos nombres como escolios los Escolios. Y tampoco es un acontecimiento peculiar la mezcla de desprecio por lo actual y rancio cristianismo que aquellos escolios propugnan –aunque se debe admitir que esta sí es una mezcolanza poco habitual en nuestros días.

Visto así, uno tiene la sensación de que el mérito principal de Gómez Dávila radica ante todo en encarnar una añeja actitud intelectual que reaparece de siglo en siglo, y que disfruta de muy buena reputación entre los pensadores más civilizados, pues los hace sentir parte de una casta de gente inteligente muy lúcida, muy profunda, muy especial. Se trata de aquella mil veces reencauchada actitud reaccionaria que condena el mundo moderno con todas sus rutinas vulgares y pervertidas, y suspira (o bufa, según el caso) por los buenos tiempos pasados.

El buen reaccionario

Es justamente esta palabra, “reaccionario”, la que los comentaristas alemanes repiten hasta el hartazgo para referirse a Gómez Dávila (él mismo solía definirse como uno). Y parece ser este talante antagonista frente a todo lo moderno, esta simpatía quejetas por las causas perdidas, lo que hace sus aforismos tan seductores. Los lamentos antipáticos de Gómez Dávila (Savater y Gutiérrez, blasfemos, han hablado sin más de “disparates”), sumados a su beligerante cristianismo (corrijo: a su catolicismo, pues el filósofo, como era de esperarse, censura también a los reformados), harán sentir posiblemente a cierto lector europeo ante una fraterna voz de otro milenio, que predica como un valiente anacoreta la reinstauración de un orden olvidado (que de ningún modo se puede identificar con algún estado paradisíaco precolombino o algo por el estilo). No en vano recuerda Mosebach que Gómez Dávila creía que la historia vivió sus tiempos dorados entre Constantino y Dante, y sostiene que los Escolios son, de hecho, los pensamientos de un europeo (un tanto nostálgico), que le habla al continente materno desde las colonias.

Una segunda razón, aducida por el filósofo italiano Franco Volpi, editor y divulgador universal de Gómez Dávila, es la calidad literaria de los escolios, y su capacidad de “ponernos a pensar”.

Lo primero es indiscutible: basta leer algunas sentencias de Gómez Dávila para comprender por fin que se trata de un magnífico estilista, calidad que se refleja bastante bien en las traducciones alemanas. Los oráculos de Gómez Dávila son en efecto elegantes latigazos verbales que, al menos en lo formal, nada tienen que envidiar a las máximas de los más conspicuos aforistas alemanes (o de Gracián, o de La Rochefoucauld, o de Cioran, etc.).

En cuanto a la capacidad de poner a pensar, la virtud de los buenos inventores de máximas es precisamente saber sonar ingeniosos en muy pocas palabras. Lo cual no implica que lo que sostienen deba ser en realidad clarividente. (A este respecto bien cabe recordar lo que Borges replicara a los amigos que le decían que los Pensamientos de Pascal les servían para pensar: “Ciertamente, no hay nada en el universo que no sirva de estímulo al pensamiento”.)

Quizá exista una última y sencilla razón. Llama la atención que, a diferencia de lo que sucede a menudo con ilustres compatriotas rockeros, automovilistas o premios Nobel, quienes en opinión de muchos europeos provienen de cualquier otro rincón del cosmos tropical, menos de Colombia, no hay artículo o contraportada que no ponga de relieve que Nicolás Gómez Dávila es un filósofo, un escritor, un genio, colombiano. Parecería como si ese epíteto, de inusual resonancia combinado con “pensador”, lo hiciera aún más llamativo, y diera la impresión de que los Escolios ofrecen algo distinto.

Si esta hipótesis del exotismo es cierta, se entendería por qué Till Kinzel, profesor de Literatura de la Universidad Técnica de Berlín (Gómez Dávila le habría dedicado un dardo exterminador), titula absurdamente uno de sus muchos artículos sobre al bogotano: “Nicolás Gómez Dávila: un guerrillero colombiano de la literatura”.

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