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“La vida humana no es sagrada”

Es el filósofo más controvertido de la actualidad. Nació en Australia, es profesor de Princeton y sus posiciones políticamente incorrectas lo han convertido en una figura pública.

2010/03/15

Por Roberto Palacio

El pasado 15 de agosto, Peter Singer, filósofo australiano y actual profesor de la Universidad de Princeton, habló en el marco de la Feria de la Responsabilidad Social. Singer, se puede decir sin temor al equívoco, es el filósofo más influyente y aguerrido hoy en temas de pobreza, eutanasia, aborto y valor de la vida humana. Este hombre de buen humor y pocas palabras, estrictamente vegetariano, conversó con Arcadia sobre su pensamiento y sobre Colombia al día siguiente de su presentación pública.

Sus ideas tienen una raíz común: debemos reducir la cantidad de sufrimiento en el mundo. No hemos de preferir el sufrimiento animal al humano; los ricos deben dar a los pobres para no causar un mal moral superior y la vida humana no es sagrada. ¿Es cuantificable el sufrimiento?

Está usted en lo correcto acerca de la raíz común. Y no pienso que podamos cuantificar el sufrimiento; si no tenemos la capacidad de medir el sufrimiento entre seres humanos, mucho menos podremos hacerlo entre humanos y animales no humanos. Pienso que nos podemos formar una idea burda acerca de si hay un sufrimiento intenso o si, por el contrario, hay un sufrimiento menor. En nuestras propias vidas tomamos decisiones todo el tiempo basadas en esta idea: esta cosa no será tan mala para alguien, pero será realmente mala para otra persona si no la hacemos. Pienso que esa es la mayor precisión a la que podemos aspirar. Los casos más fáciles, en mi opinión, son aquellos en los que no hay nada que decir. Por ejemplo, el caso de la legalización de la eutanasia voluntaria; podemos ver que hay alguien sufriendo muchísimo de un cáncer terminal y no hay esperanza de que viva mucho tiempo. La ley está evitando que sea asistido en su muerte. Esto no tiene ningún valor positivo y solo causa sufrimiento.

Usted ha desligado el concepto de ‘persona’ del de ser humano. ¿En qué consiste esa diferencia?

El concepto de ‘persona’ implica saber que se lleva una vida biográfica. Eso quiere decir que uno se da cuenta de que es el mismo que estaba vivo ayer o el año pasado y que, a menos que uno sea atropellado por un bus, uno estará vivo mañana de tal manera que se pueden hacer planes para el futuro. El uso del término ‘persona’ es conveniente, pero no es esencial en lo que trato de decir. Hay seres que son capaces de sufrir o de disfrutar sus vidas, en suma, de tener preferencias. Y esa es la categoría moral más importante. Si no se es capaz de eso, no hay validez moral: no hay beneficio o daño desde una perspectiva interna pues, de hecho, no existe una perspectiva interna. Sobre esa base creo que le debemos dar igual consideración al sufrimiento o la felicidad de los seres humanos o no humanos. Si preguntamos qué es lo que hace que sea un mal tan serio matar a un ser humano normal, la respuesta tiene que ver con el hecho de que somos, en gran medida, seres con una conciencia de nuestro futuro. Uso el término ‘persona’ como una abreviación conveniente para lo que he expuesto. Ahora bien, si esa es la base sobre la cual se puede explicar que está mal matar a un ser humano, tenemos entonces que reconocer que esta capacidad no existe solo en los seres humanos, pues parece haber alguna evidencia de que, al menos, los grandes simios cuentan con ella. De la misma manera que no existe en todos los seres humanos. Algunos seres humanos, ya sea que se trate de bebés o de seres con un daño cerebral permanente, no tienen conciencia en absoluto. Es en ese sentido que yo hablo de personas no humanas y seres humanos que no cuentan como personas. Ser un miembro de la especie homo-sapiens no otorga un derecho inherente a la vida, ni es más importante que el derecho de otros seres.

En Colombia aún insistimos en la sacralización de la vida humana por nuestra situación. ¿No cree que se trata de una ficción útil y que destruirla podría causar un mal mayor?

Esa es un pregunta muy práctica, pero ¿hay acaso alguna evidencia de que este concepto de la santidad de la vida humana hace alguna diferencia? Colombia es un país con una tradición católica muy fuerte que insiste en la santidad de toda la vida humana, pero la verdad es que ese derecho no se ha respetado. No sé si exista alguna razón para creer que si hubiera un giro hacia ideas más graduales acerca de lo malo que es matar habría alguna diferencia. Las personas a las que se les han violado sus derechos, bien sea que hayan sido asesinadas por ser sindicalistas o a manos de la guerrilla, son personas en el sentido que propongo. Cualquiera que entienda lo que trato de decir tendrá que caer en cuenta de que es tan grave matar a estas personas en esta perspectiva como hacerlo cuando se tiene una visión de la santidad de la vida humana.

De sus ideas se desprende que algunos animales, los que son personas, no se deben usar como comida. En Colombia, es afortunado quien tiene comida en el plato. ¿Cómo aceptar sus ideas en este panorama?

Si tenemos una situación en la cual la gente está viviendo en una localidad rural y tienen animales que deambulan alrededor del lugar, que viven en condiciones que están más o menos bien adecuadas a su naturaleza y, sin embargo, se sacrifican para comida, no me opondré. Esas personas quizá tienen pocas alternativas para tener lo suficiente, están pasando hambre o están mal nutridos. Pero pienso que si hablamos de la producción en granjas industriales, no solo es malo para los animales, sino que lo es en la producción de comida para la gente, porque por lo general estos animales se nutren con granos que se podrían aprovechar mejor en humanos. En ese sentido, quizá se pueda decir que mis ideas se modifican en esa situación. Cuando escribí libros como Liberación animal lo hice para personas en el mundo desarrollado que podían entrar a un supermercado y encontrar comida nutritiva sin tener que comprar carnes y similares.

Sostiene que se debe ayudar si eso no implica un mal moral superior. Su pensamiento le debe mucho al utilitarismo, una filosofía que busca la felicidad. ¿No cree que asumir esa forma de ayudar, de constante angustia, implica una vida desdichada?

No creo que nadie se vuelva menos feliz ayudando. La gente de hecho se realiza a través de la ayuda a los demás. Es una fuente de satisfacción para muchas personas. Lo demuestran cientos de estudios. Supongo que mi respuesta tendrá que ser en parte una apelación a la teoría de la utilidad marginal que se disminuye: si estoy ganando veinte mil dólares al año, puedo dar mil y no haré mella en mi bienestar. Pero si solo me gano noventa y cuatro dólares al mes, la diferencia será enorme. En ese sentido, el argumento utilitario sugerirá que los que tienen deben compartir más con los que están en el fondo.

Ayer me pareció que asistieron varios voceros de corporaciones y productores de cerveza y personas del sector de los seguros que al parecer estaban convencidos de que ellos sí piensan mucho en estos temas. Lo veían como la responsabilidad de una corporación exitosa en un país con muchos problemas sociales. Alguien me dijo: “¿Usted cree que esto es responsabilidad social? ¿Estas personas se preocupan por los pobres o se trata de dar una buena imagen de su compañía?”. No lo sé. Y pienso que es bueno que ayuden sea por el motivo que sea. No tengo problema. Lo que sí me preocupa es que uno pueda llegar a volverse muy complaciente y decir “bueno, existen estas corporaciones y están haciendo buenas obras”. El presidente habló de los programas sociales que están teniendo éxito y uno podría decir “excelente, estamos en el camino correcto, la pobreza ya está en declive en Colombia y todo lo que tenemos que hacer es seguir y gradualmente la eliminaremos”. Pero eso quizá sea muy optimista; quizá haya mucha gente a la que no la benefician esos programas. Necesitamos una dirección y un marco gubernamental para tratar de cubrir estos huecos y no creo que esto esté sucediendo, a pesar de la gran tradición filantrópica de Colombia en materia de programas sociales de los cuales habló el Presidente. La paradoja es que si Colombia tiene esta gran tradición, ¿por qué aún hay tanta pobreza y desigualdad?

Debemos considerar la retención de toda la riqueza propia, en estas circunstancias, como algo erróneo; es un deber compartir la riqueza. Es difícil decir cuánto. Ayer expuse una cita de Tomás de Aquino. Dice Aquino que una vez que hemos satisfecho nuestras necesidades básicas, no tenemos derecho de conservar nada más. Incluso dice que si alguien está en necesidad de alimentar a su familia o a sí mismo, y toma de alguien que tiene en superabundancia, eso no puede considerarse como un robo pues no se está violando ninguna propiedad, que de acuerdo con el derecho natural, pertenece a las personas según sus necesidades. Un punto común en los escritos y enseñanzas tanto judías como cristianas es que uno debe dar un diez por ciento de lo que tiene. Algo así sería nuestra obligación hoy.

La Corte Constitucional dio pasos importantes en la legalización del aborto en Colombia. La Iglesia reaccionó de una manera enérgica, descomulgando a los que siguieran el dictamen legal. Usted lo defiende en ciertos casos. ¿Cuál es la mejor manera de defender ese derecho en un país en donde la Iglesia aún tiene tanta injerencia?

Hay dos clases de estrategias. Una es argumentando contra las posiciones de la iglesia en materia de aborto. Hay que hacerles caer en cuenta que su punto de vista no es defendible en términos de argumentación filosófica, lo cual, hasta cierto punto, he hecho en mi trabajo al retar la idea de que la vida humana es sacrosanta. Pero quizá una mejor estrategia política sea insistir en la separación de Iglesia y Estado, lo cual ha sido tan importante en muchas democracias, y criticar a la Iglesia, no tanto por sus posiciones particulares sobre el aborto, sino por tratar de dictar una política sobre el tema incluso al punto de excomulgar. No sé mucho sobre la Constitución de Colombia, pero supongo que no se rige por las decisiones de la Iglesia Católica Romana. Parece haber una intrusión en la política que rechazarían incluso algunas personas que apoyan la doctrina católica.

Una de las cosas que más se resaltan de su pensamiento es su carácter público. ¿Qué piensa acerca de la divulgación de la filosofía?

Si uno escribe de una manera que pueda ser entendida ampliamente, se expone a las críticas de personas a las que quizá no les guste lo que uno escribe. A veces aparece la tentación de separarse del público, pero pienso que debo resistirme. Es importante que la filosofía contribuya a la cultura pública. Es interesante escuchar a los filósofos hablando entre sí, pero en realidad es una de pérdida de tiempo, en especial en un país en desarrollo que quizá tenga mejores prioridades en cuanto a cómo debe gastar su tiempo y sus recursos.

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