Mujer fumando

Las virtudes peligrosas

Las nuevas generaciones parecen ser demasiado bienpensantes. La corrección política lo corroe todo. ¿Un neopuritanismo se pone de moda? Es el tema del nuevo libro del filósofo Robert Pfaller, que ha acaparado el debate en Alemania.

2013/08/16

Por Hernán D. Caro* Berlín

Desde hace un tiempo me sorprendo justificándome frente a mis mejores amigos por practicar algunos placeres cotidianos que hasta hace pocos años compartía felizmente con ellos mismos. “Se ve horrible”, me decía algo fastidiado uno de ellos cuando decidí prender un cigarrillo en la calle. “¿Y ha pensado cuánta plata se gasta en ese vicio”.

Justo con ese amigo me fumé mi primer cigarrillo hace años, y justo a él lo acompañaba a fiestas de colegio donde yo, parado en algún rincón con un cigarrillo en la mano para ocultar mi timidez, lo veía a él, blandiendo con encanto un cigarrillo en la mano, largarse con alguna de las asistentes más atractivas de la noche.

Algo parecido me ocurre con una amiga para quien salir conmigo a ver y comprar ropa era un placer tan natural como hablar durante horas de política. De repente, desde hace un tiempo cada vez que me encuentro con ella me veo expuesto a la acusación disgustada de que usar camisas planchadas en vez de camisetas con lemas anticapitalistas es una afirmación encubierta de mi supuesto temperamento reaccionario, y que reemplazar mi celular viejo por un smartphone fue una forma de mostrar que no estoy comprometido políticamente.

Respeto y apoyo la decisión de mi amigo de dejar el cigarrillo, sería absurdo pedirle una explicación de sus motivos. Y comparto con pocas reservas la visión liberal de izquierda de mi amiga. Pero creo que sus reacciones son cuestionables. Si bien los dos ejemplos son muy específicos y algo banales, ambos expresan un fenómeno cada vez más común entre personas que por lo demás se pueden considerar progresistas: el rechazo, acompañado de repugnancia, de ciertos objetos y prácticas culturales que antes disfrutaban, consideraban atractivos y, lo más importante, moralmente neutros, pero que ahora consideran reprensibles.

Adiós a los detectives salvajes

El filósofo austriaco Robert Pfaller, es autor de libros que en los años pasados se han convertido en best sellers en el mundo de habla alemana (los más famosos, aún no traducidos al castellano: Lo sucio-sagrado y la razón pura, del 2008 y ¿Por qué vale la pena vivir?, del 2011), donde examina distintos “síntomas de una cultura actual” de la renuncia y del repudio, en nombre de la conciencia social y la corrección política, de cosas que hace pocos años poseían un aura de glamour, exclusividad u osadía, y que hoy se consideran sucias. Los casos que Pfaller examina van desde la forma en que se presenta hoy el sexo en el cine hasta la alimentación “bio” entre los jóvenes, y son significativos justamente como “síntomas”, es decir, por aquello que manifiestan –y que tiene consecuencias graves.

Un ejemplo paradójico de Pfaller es la forma en que el crimen se representa hoy en la ficción popular. En series criminales de los últimos años como C.S.I., el crimen “se ha convertido cada vez más en objeto de técnicos criminales, ya no de comisarios y de detectives”. En las novelas de Chandler o Hammett, en la películas del cine negro de mediados del siglo pasado, el detective solía tener una integridad dudosa que en vez de disminuir, aumentaba su atractivo: fumaba, desayunaba con whisky, vivía en el mismo ambiente indecente y oscuro en que investigaba, ignoraba delitos menores (o cometía él mismo un par) y, con algo de suerte, lograba acostarse con sus clientes (a veces ellas mismas criminales), femmes fatales de moral dudosa que fumaban, bebían e irradiaban una fascinación insoportable. Los malos, por su parte (como en las películas de gángsters italoamericanas: El padrino, Good-fellas. etc.), no eran menos glamorosos. Pero hoy, cuando las constricciones morales parecerían ser más flexibles, el género criminal es más pulcro: las investigaciones ocurren en laboratorios bien iluminados, los detectives son unos nerds precoces con microscopios, pinzas esterilizadas y vestidos entallados. El malvado es, o bien un freak repugnante que llora sangre (Casino Royale), una metáfora inverosímil del mal absoluto (No es país para viejos) o simplemente un pobre infeliz que estranguló a la mujer en un ataque de nervios. ¡¿Y dónde están las femmes fatales!?

Para Pfaller, la inclinación moralizadora de este giro ?–donde la línea entre el bien y el mal es mucho más clara o mejor: más artificial– es evidente. La visión del crimen y la maldad que él implica es descaradamente simplista: el crimen es un acto peculiar, individual, en muchas ocasiones de origen patológico (¡se puede analizar y resolver/disolver en un laboratorio!) y sucio, y no una estructura social, la posible consecuencia de la violencia, la corrupción o la injusticia sociales. Es como si el género criminal masivo quisiera ignorar qué cosa es en realidad el crimen.

“¡Puaj!”

La misma tendencia a percibir como una práctica indecente o sucia cosas antes neutrales o sugestivas, también la ve Pfaller manifestada en la actitud de repugnancia y de condena política a la cultura del tabaco. La crítica de Pfaller a la campaña antitabaco no surge de un corazón roto: Pfaller no fuma. Lo que lo inquieta es, de nuevo, observar cómo un cierto sentido del asco y la mojigatería se extiende subrepticiamente en las sociedades liberales. Esto lo expresaba ya hace algunos años el reportero estadounidense Gay Talese en el artículo formidable “Paseando mi cigarro” (1992), donde relata cuán difícil se ha vuelto fumar en paz un cigarro –un objeto cultural que antes se asociaba con poder y elegancia– incluso en la calle: “Me di cuenta de eso una noche cuando pasé por un café al aire libre en Madison Avenue y de pronto noté a dos comensales del sexo femenino que no solo se tapaban la nariz sino que agitaban las manos sobre los platos de comida y las copas de vino para anular el temido veneno aéreo del humo de mi puro. Y justo cuando pasé frente a su mesa una de ellas exclamó: ‘¡Puaj!’”. Talese llama a esto “neopuritanismo”, y ve en ello, como Pfaller, el síntoma de un “negativismo creciente” que ha reducido, “en nombre de la salud, la virtud y la equidad, las opciones y los placeres que, en cantidades moderadas, antaño eran tenidos por naturales y normales”.

(Otros casos espinosos parecen ir en la misma dirección. Uno de ellos: el imperativo de llevar una vida mesurada y ecológicamente responsable que subyace al vegetarianismo o la alimentación “bio”, ha llevado, como escriben P. Basham J. Luik en Spiked, a la estigmatización de las personas con obesidad. Hoy se extienden ideas como “Las personas obesas son perezosas” o “son desagradables”, frases que reúnen la lectura moralista e higiénica que para Pfaller gana cada vez más fuerza.)

Lo curioso del delirio prohibicionista es que no se basa en dogmas religiosos o en un conservadurismo anacrónico. Todo lo contrario: tiene lugar en el marco de un pensamiento progresista y liberal de izquierda, que en nombre de la justicia social y de la prudencia convierte comportamientos neutrales en reprensibles, limita las libertades personales y, como escribe Pfaller, “transforma poco a poco a los fumadores en no-personas”. Para Pfaller, lo turbador de esta paradoja es que sin saberlo le hace el juego a una “pseudo-política” de las regulaciones mínimas que desvían la atención sobre intereses sociales realmente decisivos. En el caso del tabaquismo y la obesidad (regulada desde hace años en Japón), el “pánico por la salud” y el afán disciplinario son, escribe Pfaller, el primer paso de una biopolítica neoliberal que destruye el principio de solidaridad de las cajas de salud, declarando algo como enfermedad, y la enfermedad como algo de lo que el enfermo mismo es culpable y, por lo tanto, por lo que él mismo ha de pagar.

Cuando despertó, el mundo todavía estaba allí

El “neopuritanismo” del maniqueísmo de C.S.I., la demonización del fumador (o el consumidor de carne) o la persona que rechaza el lujo por creerlo un acto hegemónico (o que piensa erradamente, como escribe Pfaller: “No tengo un Porsche, ¡y así está bien!”), es para Pfaller síntoma de una visión de la virtud como renuncia y de un sutil rechazo del mundo. Dado que muchos de los agentes de esa “ética de la renuncia” se entienden como personas políticas, el diagnóstico de Pfaller parecería disparatado. Pero si vemos el individualismo y la apatía política en la sociedad contemporánea (en especial en los países desarrollados), el análisis de Pfaller no es nada descabellado: “Cuando los objetos del mundo se convierten en algo negativo, otra cosa adquiere las cualidad positivas: el Yo. El psicoanálisis ha dado un nombre a este rechazo del mundo: narcisismo. El narciso no solo ignora el significado del mundo material, aún más: lo demoniza. El Yo se convierte en algo bueno, placentero y puro. Todo lo material, el éxito, las instituciones sociales, las relaciones de poder, la violencia, el dinero, las leyes, las convenciones, las tradiciones, son para el narcisista sucias e inmorales”.

Las consecuencias del rechazo al mundo y la entronización del Yo han sido examinadas por Richard Sennett en La caída del hombre público (1974), que muestra cómo la pasión narcisista (ejemplificada hoy en la cultura Facebook) lleva a la destrucción de la esfera pública y a su reemplazo por discursos sobre personas y problemas particulares, a la desaparición del “gran discurso” social. Si Pfaller tiene razón, el animo de cordura y ascetismo que motiva algunas de nuestras actitudes más avanzadas podría implicar resultados más serios de lo que pensamos.

En sus Ensayos (1580), el escéptico francés Michel de Montaigne describió la virtud como “una cualidad condescendiente y alegre”, “triunfante”; una “enemiga del resentimiento, del desagrado y de la obligación, que sigue, acompañada por la felicidad y el placer, a la naturaleza”. Algo “rico y poderoso, que puede ser erudito y puede dormir en camas perfumadas: ama la vida, la belleza, la gloria y el bienestar. Lo particular de esa virtud es que sabe servirse de todas las cosas buenas en forma ordenada y puede perderlas con ecuanimidad”. Quizá sea bueno recordar esto cuando estemos tentados a decirle “no” al mundo. El mundo está ahí. Y por lo que parece, la única forma de vivir bien en él es aprender a decirle: “Sí”.

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