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Perdonar lo imperdonable

Un ciclo de conferencias en la biblioteca Luis Ángel Arango está logrando que los académicos hablen a públicos más generales con ideas claras. El pasado 11 de marzo, Fabián Sanabria habló sobre el perdón en Colombia. Crónica de un encuentro.

2010/03/15

Por Roberto Palacio

En algún pasaje perdido de Sir Arthur Conan Doyle, el flemático Sherlock Holmes, en medio de la investigación de un homicidio, toma un periódico y lee que un sabio de la India dictará una conferencia esa misma noche sobre el sentido de la existencia, el origen y el fin del universo y el propósito de la vida. “De alguna manera me interesó el tema”, dice Holmes, y decide asistir. Algo similar me sucedió el pasado 11 de marzo con la conferencia del antropólogo y sociólogo, profesor de la Universidad Nacional, Fabián Sanabria. La programación cultural de la BLAA, en el marco del programa Contexto Público, especificaba que Sanabria “bordearía la intersección entre ética y política”, nos aclararía si se “podía perdonar lo imperdonable”, signifique eso lo que signifique, y por último nos explicaría “¿cómo puede enfrentar el ciudadano común el mal que le tocó vivir?”, y todo esto basado en el incomprensible filósofo francés Jaques Derrida y en Michael Ignatieff. El tema de alguna manera me interesó y decidí asistir, con menos flema pero más escéptico que el buen Holmes, porque uno puede estar seguro de que de eso tan bueno, no dan tanto. Al parecer, muchos otros ciudadanos de nuestra ciudad pensaron lo mismo ya que la sala estaba a reventar. Luego me enteré de que el tema y el expositor estaban allí a petición del mismo público. Y el resultado para mi sorpresa: de eso tan bueno, Sanabria dio mucho.

El caso es que los temas propuestos no solo se abordaron, sino que se trataron. Yo disfruté la charla a pesar de Derrida, cuyo texto Donner la Mort (Dar la muerte), tengo la sensación de que figuró más como un pretexto para hablar de problemas cercanos a nosotros. Pensé que Sanabria intentaría aterrizar el pensamiento de Derrida. Salí convencido de que lo más probable es que Derrida hubiera de alguna misteriosa manera aterrizado a Sanabria para hablar de Colombia, ya que fue su profesor durante su doctorado en París.

Sanabria tiene la pinta que uno esperaría de un sociólogo y un antropólogo de la Nacional: un tipo trágico con mala ortografía. Pero sus opiniones desmienten el prejuicio, y por cierto que no se pueden poner en los mismos lugares comunes. Sanabria hace una disertación profunda y amena de los temas tratados, sin caer en academicismos, pero al mismo tiempo guardando ese mínimo de rigor que separa lo que se puede decir en una conferencia abierta, de una mera tergiversación. Habla con gran entusiasmo, con esa convicción casi dogmática que solo tienen los que saben que no están cayendo en lugares comunes.

Algunos días después de la charla de la BLAA, tuve ocasión de hablar con Sanabria. Le pregunté qué lo había impulsado a intentar poner a Derrida a hablar de Colombia y de manera elíptica me dijo que Derrida había estado indagando por el tema de la amistad en un libro llamado Políticas de la amistad. Si algo era claro en este texto, según me explicó, es que la amistad tiene una dimensión política. Su forma de concebir el amor por Colombia, su compromiso con el país, debía pasar entonces por esta dimensión política. ¿Cuál es la teoría que desde Derrida y otros afecta la política? Bueno, si no he entendido todo mal (lo cual siempre es posible con los autores franceses), la historia es como sigue: en sus escritos, Derrida teoriza que solo se puede en verdad perdonar lo imperdonable. Esta rara aseveración solo quiere decir que el perdón tiene un elemento que no es recíproco; perdonamos y ya, sin esperar nada a cambio. Es lo absurdo del perdón. Así mismo, con base en el filósofo de origen canadiense Michael Ignatieff, Sanabria sostiene que uno de los puntos de partida de cualquier ética es dar la cara. El que se enmascara para actuar, el que mata y se oculta no puede ser ético. Con estos dos elementos ya hay mucho para pensar en la situación política de Colombia. En efecto, ¿qué más cercano a un país en violencia que perdonar de manera absurda e incondicional lo que no tiene perdón? La llamada a perdonar y a dar la cara es un llamado que le corresponde a la sociedad civil. Es muy importante que ella diga lo que quiere. En nuestra conversación, tuve la ocasión de señalarle a Sanabria que consideraba que ese papel tan importante que le adjudicaba a la sociedad civil difícilmente podía endilgársele a un cuerpo de opiniones tan variables, tan difuso. Le recordé la frase de Voltaire, detestablemente cierta, según la cual la opinión pública solía ser una de las peores opiniones. Me respondió con una idea de naturaleza casi religiosa que aún me reverbera en la cabeza: “La ingenuidad y la humildad de la sociedad civil pueden mover montañas”. Pero es importante entender que la propuesta de Sanabria no por esto es religiosa. En la religión hay elementos de perdón y reconciliación que son importantes: “Pero si la religión no es capaz de adaptarse a una ética civil, ella es inservible”. Y ciertamente resulta chocante ver a los altos jerarcas de la Iglesia regodeándose con la muerte de personas. En la posición de Sanabria se destaca este elemento que hemos bordeado todo el tiempo: la preponderancia de la construcción de una ética civil. Si las democracias liberales pretenden combatir el terror con terror, nos veremos avocados a una eternización del terror. Esa ha sido la posición dominante en Colombia; ante la urgencia de resolver un conflicto violento, no solo se ha empujado la ley hasta el límite, sino que claramente se han roto los elementos mismos que constituyen la legitimidad del estado con la convicción de que el fin apremiante justifica los medios desesperados, sin tener conciencia de que con ello no se hacía más que relegar la violencia a un escenario posterior y a veces más diverso. Piénsese en la proliferación de violencias generada tras la ‘solución’ al enfrentamiento partidista instaurada por el Frente Nacional en la década de los cincuenta; piénsese en las actuales condiciones de lucha contra el terrorismo.

Pero no quiero generar la idea de que de la posición descrita se desprende ese extremo criticismo al gobierno de turno. La posición de Sanabria no cae en ese lugar común, que es como un pozo sin fondo de invectivas cada vez más inclementes; una posición tan propia de los colombianos que hemos llegado a pensar que la critica devastadora es el terreno en donde se anida una última verdad, que coincide casi con lo que nos decimos a nosotros mismos luego de que se han silenciado las bulliciosas cortesías y formalismos públicos. “Una de las cosas innegables de Uribe es que da la cara”, me advirtió claramente.

Otra forma de construir esa ética civil es pura y simplemente a través de la conversación y una mínima presuposición de la buena fe del otro, y si esto no es posible, al menos reconocer al “paraco o al faraco interno”, según el decir de Sanabria. No es alocado pensar, me señaló, que un elemento importante para cerrar la brecha con los violentos es simplemente escucharlos, incluso creando un canal de comunicación permanente entre la sociedad civil y los guerrilleros o paramilitares en las selvas: “Los guerrilleros no son extranjeros. Son producto interno bruto”. Me pareció que palabras semejantes no se las había escuchado nunca a un profesor de la Universidad Nacional.

Mirando en retrospectiva los planteamientos de Sanabria, tengo la convicción de que ellos no se destacan por ser extraños, o intrincados, ni siquiera específicos. Pero es justamente allí en donde reside su virtud. La probidad de la buena exposición nacida del saber académico es la que puede recordarnos lo parciales, y unilaterales que estamos siendo, algo que podemos olvidar fácilmente por la inmediatez de las pasiones políticas. Pero más que esto, tiene la virtud de que, simplemente, dice algo, claro y conciso, un camino que la academia colombiana se ha negado a transitar por mucho tiempo ya.

Al final de nuestra conversación le pregunté a Sanabria cómo era ser un intelectual público en Colombia. Me dijo que sentía que afortunadamente la frontera entre la actividad intelectual y otros oficios más públicos se estaba desdibujando. Por mi lado, ya no me cabe duda.

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