Woody Allen

¿Qué hacemos con Woody Allen?

Tras el escándalo por el supuesto abuso sexual de Woody Allen a su hija adoptiva Dylan Farrow, Arcadia le preguntó a dos filósofos sobre las complejas relaciones entre la obra y la conducta ética del artista. Laura Quintana de la Universidad de los Andes prefirió responder a nuestras preguntas con un solo texto.

2014/02/28

Por Revista Arcadia

Recientemente la nominación al Oscar de Woody Allen y el premio que recibió por su trayectoria cinematográfica en los Golden Globe encendieron de nuevo la polémica acerca de si las acusaciones de hace algunos años en su contra por abusar presuntamente de su hija adoptiva deberían restarle elogios y aplausos a sus logros artísticos. Más allá de si estas acusaciones son o no sostenibles, y más allá también de las resonancias mediáticas que tuvo el caso, en juego aquí, como en muchos otros casos que se podrían citar, está la pregunta acerca de si la obra de un artista o de un gran filósofo debe y puede ser apreciada independientemente de la consideración positiva o negativa que podamos tener de la conducta de su autor. A mi modo de ver esta pregunta se vuelve más crucial para nosotros, porque en nuestro tiempo parece darse también una inflación de la figura del autor, sobre todo en el cine y la literatura, donde los grandes nombres artísticos parecen reconocerse como estrellas mediáticas pero también como referentes culturales, de moda y en muchas ocasiones incluso como referentes morales. Pero si la obra de arte tiene cierta autonomía con respecto de su autor ¿no habría que separar un poco la obra del artista y dejar en general de practicar tal culto y reverencia por los que se asumen y reconocen como talentos “geniales”? Más aún ¿por qué habría de ser considerado el artista un “referente moral”, si el artista lo es por su obra y los significados que esta puede abrir pueden desvincularse de la intencionalidad de su autor? Ya Kant advertía que tal vez no tenga mucho sentido trasponer el juicio estético al juicio moral, pero no se trata solo de eso. Se trata de reconocer que la obra de arte puede hacer emerger múltiples posibilidades de sentido que no se cierran, que no hacen nunca pleno sentido, y por ende que el artista no es dueño del sentido de la obra, ni puede determinarlo, sino que las experiencias que ella abre exceden la intencionalidad de su autor. Lo anterior no quiere decir que al artista no le quepa una cierta responsabilidad por el mundo, pero no creo que esta sea una responsabilidad distinta a la que nos concierne a todos los demás, como arrojados a un mundo que compartimos con otros: otros que nos sorprenden, nos resisten, interpelan, atraen, y a veces violentan en su alteridad. Sin embargo, prefiero hablar de responsabilidad ética y no de moral, porque no creo que esta responsabilidad tenga que ver con responder a ciertos mandatos morales universales o con ajustarse a normas sociales establecidas, sino con la inquietud de poder compartir la vida con otros que son otros, y con poder asumir la propia vida como también surcada por una cierta alteridad, si es que mucho de lo que somos se nos escapa; si no podemos dar cuenta de todo lo que somos y hacemos; si es que nuestra conciencia está perforada por afectos y fuerzas no conscientes que la posibilitan pero también la rebasan. Sin embargo, creo que la obra de arte, en su independencia con respecto de su autor, sí puede en algunos casos, aunque no tenga que hacerlo, interpelarnos éticamente en la medida en que, jugando con una cita de Kafka, pueda desalojarnos de nosotros mismos; es decir, en la medida en que pueda exponernos a la extrañeza, a la vulnerabilidad o fragilidad que ya siempre nos atraviesan en nuestra alteridad, separándonos de la confianza, seguridad, convencimiento, mismidad, que en la vida diaria tanto nos cierran al mundo con sus accidentes, azares, y violencias. A esto pienso, nos expone, por ejemplo, Rilke en sus Cuadernos de Malte Laurids Brigge: a rostros sin nombre ni identidad; a “gentes de la nada” que no se dejan reconocer ni compadecer; gentes anónimas con las que nos sentimos habitar en la miseria del mundo, quedando desalojados de nuestro cómodo estar en lo que “nos pertenece”. Pero esto no quiere decir, a mi modo de ver, que leer a Rilke nos haga mejores o que las obras de arte deban tener una función moral, pues la experiencia de alteración a la que me refiero como éticamente significativa es una posibilidad que puede abrir la escritura pero que no todos deben, pueden o quieren acoger. Pienso aquí por ejemplo en la famosa cita de George Steiner: “Sabemos que un hombre puede leer a Goehte o a Rilke por la mañana, escuchar a Bach o a Schubert por la noche, e ir a trabajar a Auschwitz por la mañana”. Creo que esos hombres a los que alude Steiner, esos que leían a Rilke en la mañana y en la tarde participaban de la obra de muerte de Auschwitz, podían ser esas existencias banales de las que habló Hannah Arendt: hombres bien seguros de la validez de ciertos criterios establecidos de comportamiento; dispuestos a hacer todo lo que se pidiera de ellos, por ejemplo, a formarse o ilustrarse en la mañana, y a matar en la tarde, sin exponerse nunca a la inquietud de vivir con otros; sin asombrarse nunca por las perplejidades que esta inquietud trae. Pienso que la literatura y el arte en general pueden producirnos tal inquietud y perplejidad pero no nos las pueden imponer; y tal vez también un primer paso para abrirnos a una actitud ética sea desconfiar un poco de la certeza y plena claridad que a veces mostramos en nuestros juicios sobre el mundo y los demás.

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