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¿Schopenhauer para el mal de amores?

La filosofía sale de los muros de la academia y coloniza el terreno de la vida cotidiana. Contra los autores de autoayuda como Coehlo o Chopra, los nuevos filósofos aprenden a hablarle al hombre común. Breve esbozo de una revolución filosófica.

2010/02/09

Por Rodrigo Restrepo

Los cafés filosóficos, o Cafès Philo, nacieron en París en 1992 cuando Marc Sautet, profesor de filosofía de la Sorbona y autor de Nietzsche para principiantes, decidió sentarse con sus amigos en Le Café des Phares de la plaza de la Bastilla con la idea de filosofar por fuera de la universidad. ¿Por qué no poner a prueba a la filosofía haciéndola descender a la calle luego de más de un siglo de enclaustramiento académico? ¿Por qué no devolver a la plaza pública el objetivo que alguna vez tuvo el pensamiento de quebrar prejuicios y creencias por medio del pensamiento crítico?

Hoy existen cerca de cincuenta Cafes Philos en Francia y más de ochenta en el resto del mundo, de Finlandia a Nueva Zelanda y de Tokio a Barcelona, pasando por Israel, Honk Kong y Río de Janeiro. Sólo en Latinoamérica se organizan cafés en Buenos Aires, Lima, Quito, San Salvador, Tegucigalpa y varias ciudades de México. Sus principios son simples: constituir espacios abiertos, de libre expresión, para que la gente se reúna y piense de manera colectiva sobre temas universales, más allá de su formación profesional y su origen socioeconómico. Los temas –como la posibilidad de la justicia, la cultura como una forma de violencia, el suicidio, la moral– son escogidos por un moderador, casi siempre un filósofo de profesión, según las sugerencias de los participantes, que pueden ser amas de casa, abogados, estudiantes y, claro, ociosos con vocación para el pensamiento. No existen los a priori, es decir, ningún tema es rechazado de entrada, pues todo es susceptible de ser debatido con argumentos filosóficos. Y las lecturas o discursos tipo conferencia se evitan a toda costa. Todo esto por la módica suma de un café.

Los Cafés Philo son apenas una muestra del renacer de una filosofía más cotidiana, más abierta, más ligada a la vida y que poco a poco está saliendo de la universidad, en la que ha estado encerrada bajo un modelo inventado en la escolástica. En Estados Unidos un interesante movimiento de popularización de la filosofía, conocido como Popular Culture and Philosophy, ha generado desde 1999 una serie de veintisiete volúmenes –y contando– con títulos como Los Simpson y la filosofía, Matrix y la filosofía o Harry Potter y la filosofía.

En Francia el no menos popular André Comte-Sponville –otro profesor de la Sorbona– ha sabido captar la sed filosófica del gran público con bestsellers como el Pequeño tratado de las grandes virtudes y más recientemente La felicidad, desesperadamente. Comte-Sponville no sólo pone sobre la mesa antiguos problemas de los griegos, como la buena vida o la virtud, con frecuencia olvidados por los filósofos modernos; también, y a la manera típica de los antiguos, vuelve a la práctica de la filosofía como una búsqueda de la sabiduría y, por ende, de la felicidad. “Si la filosofía no nos ayuda a ser felices, o a ser menos desgraciados, ¿para qué la filosofía”, se pregunta.

Se puede citar también al profesor rebelde de la Universidad Popular de Caen, Michel Onfray, y su Antimanual de filosofía como un digno representante de este auge de la divulgación filosófica. O a Roger-Pol Droit, profesor del Colegio Internacional de Filosofía y columnista de Le Monde, con sus 101 experiencias de filosofía cotidiana. O, especialmente, al suizo Alain de Botton y su obra dedicada a la “filosofía de la vida cotidiana”. De Botton no sólo ha incursionado en un nuevo género literario, el de la filosofía novelada, con Del amor, un texto que pivota entre la ficción y el ensayo; también escribió el bestseller Cómo cambiar tu vida con Proust y Consolaciones de la filosofía, con tal éxito en ventas que decidió llevarlos a la televisión, con el nombre “Philosophy: A Guide to Happiness”. En esta serie, como en el libro, el investigador de la Universidad de Londres recomendaba un filósofo para cada problema de la vida: Sócrates para la impopularidad, Séneca para la frustración, Schopenhauer para el corazón partido, Montaigne para la ineptitud sexual, etc. Igual suerte han tenido sus libros El arte de viajar, Ansiedad por el estatus y La arquitectura de la felicidad.

Pero el asunto no se limita a libros y cafés. El 24 de noviembre del año pasado la UNESCO celebró en Santiago de Chile el i Día Internacional de la Filosofía. Para sorpresa de los puristas no hubo nada de metafísica y mucho menos de epistemología: los temas abordados por los treinta y siete filósofos invitados de los cinco continentes fueron la diversidad cultural, la globalización, la democracia, la filosofía latinoamericana, la justicia, la enseñanza de la filosofía en el siglo XXI, la violencia, la filosofía y los niños y la ética. Para rematar, el evento finalizó con un Café Philo.

Volviendo a los Estados Unidos, donde, sin excepción, todo es susceptible de terminar en la vida corporativa, la filosofía no es la excepción. Tom Morris, autor de Si Aristóteles dirigiera la General Motors –otro bestseller–, es el consejero filosófico de cabecera de corporaciones como Motorola, Coca Cola, ibm, la us Air Force, General Electric y Campbell Soup. Por enseñar Aristóteles y Kant a altos ejecutivos norteamericanos, Morris gana cerca de treinta mil dólares la hora, una de las más altas tasas para un conferencista en ese país.

La consejería filosófica, de la mano de Lou Marinoff, también tiene su cuota en el regreso de los pensadores clásicos. El autor de Más Platón y menos prozac –otro bestseller más– agrupa a más de quinientos filósofos en su American Philosophical Practitioners Association. Su objetivo: aconsejar en sesiones personales que pueden costar hasta cien dólares, y desde un punto de vista estrictamente filosófico, a desahuciados ciudadanos sobre cómo enfrentar la muerte, la enfermedad, la crisis de la mediana edad, las relaciones de pareja y un sin fin de cuestiones existenciales.

Claro está que la consejería filosófica no nació con Marinoff, sino de la mano del alemán Gerd Achenbach, quien también tenía metida en la cabeza la idea de sustraer a la filosofía de su “torre de marfil” y devolverla a sus inicios, más pedestres, menos rígidos, en los que no difería mucho de una conversación entre amigos. En 1981 Achenbach abrió su primera consejería y en 1982 fundó la Sociedad de Consultorías Filosóficas. Desde entonces se han abierto sociedades en Canadá, Israel, Holanda, el Reino Unido, Australia, Argentina y Perú, entre otros.

A diferencia de los modelos médicos y psiquiátricos del síntoma, el trastorno y la enfermedad, la terapia filosófica no reduce los problemas personales a enfermedades mentales, ni a meros efectos de una causa concreta (i.e. traumas infantiles, frustraciones del pasado o trastornos de la personalidad). Un consejero filosófico se centra en el contexto de la situación actual de su cliente, así como en el sentido consciente que sus actos guardan en dicho contexto. Sería un verdadero psicoterapeuta, si se vuelve la mirada a la etimología de la palabra psicoterapia: una terapia (del griego therapeuein, prestar atención) de la psiquis (o psykhé, alma, aliento, carácter). Y una consulta no sería muy distinta de un diálogo socrático, en el que el filósofo lleva a su cliente a aclarar sus propios conflictos, a formular las preguntas apropiadas o, en el mejor de los casos, a encontrar sus propias respuestas.

Claro que Marinoff, en su afán por poner todo en orden, llega a proponer un método de cinco pasos al que le da el nombre de PEACE (paz, por sus siglas en inglés). En primer lugar, asegura, es preciso identificar el problema, luego las emociones que están implicadas, a lo cual sigue el análisis de las posibles rutas de acción, la contemplación de la situación –según una cierta perspectiva filosófica– y por último, el equilibrio, es decir, la comprensión de la esencia del problema que prepara al aconsejado a emprender los actos adecuados para su solución. Por supuesto, por este tipo de propuestas, muchos lo han puesto en el límite de la autoayuda. Pero Marinoff se defiende: “la filosofía popular no es autoayuda: es una manera de movilizar los recursos internos que no necesitan un refuerzo del exterior, como sí sucede con la autoayuda. La filosofía le ayuda a la gente a entenderse a ella misma y a darle un sentido a su vida”, aseguró en una entrevista vía e-mail.

De acuerdo o no con el método Marinoff, muchos coinciden en la cuestión del sentido. “El gran problema de la vida cotidiana del hombre contemporáneo es un problema de sentido, un problema de encontrarle sentido a lo que hace, a lo que piensa, a lo que siente”, afirma Diego Pineda, filósofo colombiano, profesor de la Universidad Javeriana y fundador de Lisis, un proyecto colombiano de educación filosófica extracadémica. Pineda, que fue el único colombiano invitado al Día Internacional de la Filosofía, ha trabajado durante años en el ámbito colombiano la propuesta de Mathew Lipman, profesor de Montclair State College, Estados Unidos, de llevar la filosofía a los niños por medio de historias.

La vida del niño más pequeño, sostiene, es una búsqueda de sentido, entre otras cosas porque vivimos en un mundo de una complejidad inmensa que todo el tiempo le genera preguntas y problemas. Si bien la educación formal, por medio de las ciencias, intenta explicarle cómo funcionan las cosas, no logra darles un sentido. No sabe descifrarle por qué son así y no pueden ser de otra forma. Cuando no está perdido en la televisión, en la tecnología, en la información, cuando tiene un espacio para preguntarse por cosas elementales, un niño es capaz de llegar muy fácilmente a la filosofía. Así, por ejemplo, de la caída de un diente, del hecho de que se duerma un brazo, la filosofía para niños logra construir reflexiones sobre el cuerpo y el yo. O a partir de juegos simples con el lenguaje, invirtiendo las frases, poniendo las palabras en distinto orden, le descubre las reglas de validez del pensamiento y los principios de la lógica. O del robo de una bicicleta construye una reflexión sobre el sentido y la justificación de las leyes. A fin de cuentas, afirma Pineda: “El problema de la filosofía es muy parecido al que tiene un niño”.

En el fondo, lo que está volviendo es la filosofía como una experiencia, como una actividad, como una acción del pensamiento. La filosofía como un pensar la vida, y no como el estudio de autores. La filosofía no como la elaboración abstracta, pura y solitaria de un gran sistema que explica el mundo, sino como una actividad que se lleva a cabo en comunidad, que está ungida de mundo y de problemas concretos que hay que solucionar. Como decía Epicuro: “Vana es la palabra de aquel filósofo que no remedia ninguna dolencia humana”.

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