Irvine Welsh

Un escritor lumpen

Irvine Welsh creó lectores donde no los había y eso sigue siendo impagable. Lectores sin dinero, callejeros, jóvenes, con sed. No en vano Trainspotting, después de veinte años, es el libro más robado en las librerías de Inglaterra.

2013/12/12

Por Andrés Felipe Solano. Seúl.

¿Qué plan para el fin de semana recomienda? ¿Cuál es su plato vegetariano favorito? ¿Dónde compra las camisetas de su equipo de fútbol? ¿Está a favor de la independencia de Escocia? ¿Cuál es su banco? Agotado el material sobre Trainspotting, Irvine Welsh se convirtió rápidamente en un comodín para llenar páginas de periódicos, secciones de revistas, clips de televisión. De él se esperaba un comentario incendiario, una referencia sarcástica a las drogas, una grosería. A Welsh no le costó demasiado desentrañar el funcionamiento de la máquina y ahí se lo tenía, presto a defender las 836 veces que la palabra cunt –coño, en su acepción más vulgar, sexista y difamatoria– aparece en su debut en las letras o a explicar la razón por la que su libro había sido sacado a patadas de la lista final del Premio Booker. Aparentemente ofendió a dos de las jurados, que amenazaron con levantarse de la mesa si ese amasijo de palabras en jerga escocesa saltaba la barda. Carne para lectores de guías televisivas fáciles de impresionar, en eso mutó a mediados de los años noventa.

El circo se repite cada vez que lanza una novela o un libro de cuentos. Prefiere palabras sueltas para las primeras (Glue, Filth, Crime) y títulos de spot publicitario o nombre de bar para los segundos (Extasy: “Three Tales of Chemical Romance”, “If You Like School You’ll love Work”, “The Acid House”). Porque sí, hay que decirlo, Welsh existe más allá del libro que lo arrancó para siempre de su silla de empleado en una oficina del ayuntamiento de Edimburgo y lo llevó sin escalas a fiestas con Iggy Pop, David Bowie y Damon Albarn. A los ojos de su compañeros de papeleo este hombre larguísimo y calvísimo era un eficiente y educado trabajador con un buen porvenir en la administración distrital, nada más. La sorpresa no fue poca cuando de un día para otro se convirtió en la voz de una generación de jóvenes escoceses sin trabajo, cercados por los delirios opiáceos y con el fantasma del sida chasqueando la lengua a sus espaldas. Una condena agridulce que ha sabido sobrellevar, unas veces mejor que otras. Lo admite sin recelo, de alguna manera después de Trainspotting todo ha ido cuesta abajo. Sería estúpido renegar de un sacudón literario que vendió cientos de miles de copias cuando fue publicado en 1993 y alcanzó los millones después de que el director Danny Boyle lo adaptara al cine.

El monólogo con que se abre se convirtió en santo y seña de aquellos que en los años noventa y en pleno romance químico se balanceaban sobre la cuerda floja: “Elige la vida. Elige un empleo. Elige una carrera. Elige una familia. Elige un televisor ni el malparido. Elige lavadoras, carros, equipos de discos compactos y abrelatas eléctricos. Elige salud, bajo colesterol y seguros dentales. Elige pagar hipotecas a interés fijo. Elige un primer apartamento. Elige a tus amigos. Elige ropa deportiva y maletas que combinen. Elige pagar a plazos un traje de marca de un amplio rango de putos tejidos baratos. Elige bricolaje y preguntarte quién carajos eres los domingos por la mañana. Elige sentarte en el sofá a ver concursos de televisión que embotan la mente y aplastan el espíritu mientras llenas tu boca de puta comida basura. Elige pudrirte de viejo cagándote y meándote encima en un asilo miserable, siendo una carga para los malcriados egoístas y hechos polvo que has engendrado para reemplazarte. Elige tu futuro. Elige la vida... ¿pero por qué iba yo a querer hacer algo así? Yo elegí no elegir la vida: elegí otra cosa. ¿Y las razones? No hay razones. ¿Quién necesita razones cuando tienes heroína?”.

A Welsh le ha sido imposible huir de Renton, Sick Boy, Spud y Begbie, ese grupo de adictos que en sus andanzas miden las calles de Leith, el barrio portuario de Edimburgo donde el propio autor pasó sus primeros años. Como si se tratara de una franquicia de superhéroe, Welsh se sacó de la manga en el 2002 una secuela (Porno, 496 páginas) y el año pasado pretendió alborotar el avispero con una precuela aún más extensa (Skagboys, 672 páginas). Algunos lo recibieron a pedradas, otros con palmaditas condescendientes. Ya llegó Welsh otra vez con sus historias sobre cuatro amigos que se drogan, están a punto de conocer las drogas o están de salida de las drogas, cuentos mezclados a partes iguales con humor, escatología y sexo. La respuesta a la secuela y a la precuela: ventas millonarias, número uno en los listados y el ninguneo de los críticos.

Unos dicen que Welsh no es más que el Jeff Koons de la literatura, esa es la explicación para que se hubiera ido a vivir a Miami o para haber hecho de DJ en Ibiza. Un Brett Easton Ellis de Inglaterra, alguien con una sola bala en el revólver, señalan los más comprensivos.

Y sin embargo, nadie se atreve a decir que ese cometa que iluminó el aburrido cielo de las letras británicas de los noventa y que a veces brilla de nuevo es prescindible. Su logro no es haber hablado de la heroína, de la que fue adicto dos largos años, menos que el tiempo que fue vegetariano. Ese dominio en la literatura le corresponde a Hijo de Jesús de Denis Johnson. El valor exacto de Welsh y su primer libro está quizás en lo que él mismo escribió en el prólogo a la edición de clásicos de Penguin sobre Last Exit to Brooklyn de Hubert Selby Jr.: “Era un adolescente cuando leí por primera vez esta novela. Es difícil de explicar el impacto monumental que este libro tuvo en mí. Su crudo poder, su indiscutible trasfondo obrero, su compasión y honestidad, simplemente me mataron. Cuando la encontré, gracias a un feliz accidente en una librería, fue como saludar a un viejo amigo. Sabía que un libro como este debía existir en algún lado pero por algún motivo no podía encontrarlo en la literatura británica. Cuando sucedió, la sorpresa fue intensa, me sacudí y me abrí paso rápidamente por sus páginas y literalmente mi vida cambió. ¿De qué me enamoré? Del lenguaje vivo y vibrante de la novela. Y de cómo me metió directamente en esas calles olvidadas a la sombra de los muelles de Brooklyn”.

Irvine Welsh creó lectores donde no los había y eso sigue siendo impagable. Lectores sin dinero, callejeros, jóvenes, con sed. No en vano Trainspotting, después de veinte años, es el libro más robado en las librerías de Inglaterra. 

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