Beatriz Preciado / AFP

Vive como piensa y piensa como vive

2013/12/12

Por Albert Mauri. Barcelona.

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A mediados del 2010, poco después de la publicación del último de sus ensayos, Pornotopía (finalista Premio Anagrama de Ensayo), tuve la ocasión de entrevistar a Beatriz Preciado. Confieso que la perspectiva de conversar con ella, centro de polémicas, foco de críticas nada veladas por parte de algunos académicos y mítica en los cenáculos más trendy de mi ciudad, me tenía un tanto inquieto. Leí Pornotopía lleno de curiosidad; la debida a un texto que conjuga teoría de la arquitectura con una redefinición reveladora del concepto de pornografía. La entrevista fue extremadamente cordial y divertida (Arcadia 59). Beatriz Preciado, más allá del rigor intelectual, es alguien que habla de su trabajo con una pasión contagiosa; no se limitó a glosar, fue generosa a la hora de matizar y precisar, de satisfacer mi curiosidad de lector recién iniciado en sus textos.

Reconozco que la charla estuvo casi exclusivamente centrada en su último libro y que me hubiera gustado contar con más tiempo –y espacio– para averiguar hasta qué punto su infancia –marcada por la diferencia– en una ciudad tan tradicional como Burgos influyó en su futura dedicación a la filosofía, o para pedirle un ejercicio de futurología con respecto a esa gran cuestión, la relación con el otro, tan peligrosamente al límite en estos tiempos. Sea como sea, la entrevista me decidió a recorrer el resto de la bibliografía de Beatriz Preciado. Me enfrasqué primero en Manifiesto contrasexual (Opera Prima, 2002), que se había publicado originalmente en francés un par de años antes de ser traducida al castellano y que una parte de la crítica había recibido como “el libro rojo de la teoría queer”.

Manifiesto contrasexual
establece un territorio para la reflexión en torno a la manipulación de la sexualidad por parte de una sociedad heterocéntrica y sobre el concepto de género distorsionado a través de la historia. Es un ensayo fundamental para entender la evolución futura del pensamiento de Preciado. Pero es en Testo yonqui (Espasa, 2008) donde lo intelectual se relaciona con lo vital –si es que la separación es posible–. La reflexión en torno a las condiciones políticas que definen la construcción de la sexualidad y el género –una reflexión forzosamente teórica–, se alimenta y se sostiene a partir de la experiencia directa de la autora con el gel de testosterona. La aplicación cutánea de esta hormona “biológicamente” masculina en un cuerpo “biológicamente” femenino –y los que conozcan el discurso de Preciado entenderán esta apostilla adverbial–, interviene directamente en la sexualidad, incrementa el deseo y provoca cambios físicos –sus fotos con bigote generaron una cierta polémica–. Pero no se trata solo de establecer una experiencia íntima, también resulta capital entender cuál es la percepción que los demás tienen de estos cambios, de estas transiciones, de estas transgresiones a una “naturaleza” establecida políticamente.

La aventura intelectual de Beatriz Preciado encaja sin holguras en este arranque de siglo plagado de contradicciones sociales, plantea un choque entre las distintas placas tectónicas que la filosofía había construido a lo largo del siglo XX. La senda que abrió Michel Foucault con Vigilar y castigar y especialmente con Historia de la sexualidad se cruza y corre paralela al ideario feminista. El control social es también un control del cuerpo, de los cuerpos, y ese campo para el pensamiento ha pasado a ser objeto de compromiso vital y político.

Discípula de Jacques Derrida y Agnès Heller, Beatriz Preciado aparece como una pensadora en la encrucijada, empeñada en explicar los mecanismos que rigen lo que ella misma ha denominado biopolítica, una construcción cultural que sostiene a los modernos sistemas de producción mediante la promesa del placer y el mantenimiento de determinados roles sexuales considerados como naturales. Este discurso se alimenta del análisis marxista de la historia social y se filtra en el tamiz de esa indefinible posmodernidad que ha llevado a todo el mundo de cabeza en los últimos treinta años. En consecuencia, no debe extrañarnos que Manifiesto contrasexual, el primero de sus ensayos, fuera considerado como uno de los libros con más proyección de la primera década del siglo XXI. Esa proyección se ha traducido en una influencia y una visibilidad crecientes.

Las intervenciones públicas de Beatriz Preciado, más allá de sus libros y de su actuación como docente en París y Barcelona, reflejan esa misma generosidad y pasión a la que me refería al principio. Habla claro, sin eufemismos –les recomiendo un paseo por la red siguiendo los vídeos de su participación en distintos foros–. Responde al intelectual capaz de comunicar algo más que un discurso teórico, de transmitir un compromiso sin consignas. En el fondo de todo lo que dice, de todo por lo que lucha, subyace una idea de libertad tan antigua como el pensamiento, la necesidad de articular la individualidad, más allá de las convenciones y las imposiciones de un sistema que parece vivir una agonía eterna. El género, el control del cuerpo, el desmontaje de un sistema de identidades impuesto... Vuelve como un relámpago un texto de Pierre Molinier: “Ser hombre o mujer ya no tiene importancia. Así la carne no es más que una lesión útil únicamente para camuflarse. Para construir la anatomía que aún no llega”.

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