Un emigrante ecuatoriano en busca de trabajo, fotografiado al lado de la Glorieta de Bilbao en Madrid.

Colombia, desde la otra orilla

Tras cincuenta años de franquismo y treinta de euro-euforia, ¿dónde quedamos en el imaginario colectivo de los españoles? ¿Somos algo más que incómodos inmigrantes? Miguel Ángel Bastenier, mítico periodista de El País y asiduo visitante de Colombia, intenta responder esta espinosa pregunta.

2010/05/27

Por M. A. Bastenier

¿Qué son Colombia y España la una de la otra? ¿Madre o madrastra, hija o hijastra? No hay respuesta indiscutible a esos interrogantes, pero me cuesta ver, incluso en América Latina, países que cuando se hablan a sí mismos, no estén como Colombia y España susurrándose en soliloquio también el uno al otro.

Todos los colombianos, aunque la legislación vigente no lo reconozca, son, además, ‘españoles’, aunque no todos los españoles puedan ser colombianos. La española es una nacionalidad troncal y la colombiana, derivada. Pero que nadie se sulfure; no hay mérito ni desaire en ello. La nacionalidad española se hizo troncal porque contribuyó a dar existencia a América Latina; en caso contrario, habría continuado siendo una nacionalidad solterona formada por una pastosa ingesta de iberos y celtas más oleadas de griegos, fenicios, romanos, godos, beréberes y árabes. Esa nacionalidad troncal, por añadidura, no pudo ser única en la gestación –ninguna progenie es mono-parental– sino que se fusionó con sangre, sudor y lágrimas con poblaciones precolombinas y afro esclavizadas. Y esa combinación, amasada en una cultura que explora y explica el mundo desde la atalaya de la lengua castellana, no podía ser una mera nacionalidad ‘dialectal’ de la España europea, sino algo nuevo, emparentado pero distinto, como es la colombiana.

El ciudadano español ha tenido históricamente un prejuicio favorable sobre Colombia, aunque no siempre corroborado por la realidad: la identidad de la lengua. En los años cincuenta, cuando las personalidades españolas eran raramente invitadas al extranjero por razón del franquismo, la Colombia del Frente Nacional ya era una excepción. Y un notabilísimo académico, don Guillermo Díaz-Plaja, autor de gramáticas y literaturas, con ocasión de una visita que hizo al país de los dos océanos, contaba cómo en un café una mesera le espetó: “¿Le provoca un tinto?”, a lo que respondió con precisión y concisión castellanas: “Solo he entendido el ‘le’”.

La lengua materna de prácticamente todos los colombianos, y en especial la que se habla en Cachaquilandia, le suena al español peninsular como lo más parecido –de altiplano a meseta- al castellano viejo, tanto que asistiendo el abajo firmante a una representación teatral en foro nunca mejor bautizado como La Castellana, dado que en las tablas hay que alzar forzando un poco la voz, cuando los actores no empleaban palabras delatoras con ‘c’ o ‘z’, no se apreciaba diferencia con la pronunciación de Burgos o Palencia. Y conste que eso no es bueno ni malo, que no hay modelos peninsulares a seguir, sino solo familiaridades fonético-espirituales entre variantes del castellano. E igualmente eso tampoco le resta casticismo a la invención propiamente colombiana de la lengua. Ese es el caso del enigmático ‘mamar gallo’, del que me contó la traductora de Gabo al griego, colombiana que vivía en la Hélade casi desde tiempos de Homero, que había sido traducido por un nativo como si alguien le mamara realmente a un gallo.

Los colombianos fueron los primeros latinoamericanos en elegir España como tierra de promisión. Antes de que a fin de los años noventa les ganaran en número los ecuatorianos, los colombianos eran casi los únicos representantes de ultramar, y esa relativa soledad contribuyó, posiblemente, a que los locales se fijaran demasiado en ellos cargándoles el sambenito –merecido menos que a medias– de presuntos semovientes de droga, así como entusiastas atracadores de joyerías con el gatillo fácil. Un mes de agosto de hará unos 15 años hubo en Madrid 14 asesinatos, lo que en semejante época en que incluso los criminales cierran por inventario era una cifra considerable, y de ellos todos los muertos habían caído por mano colombiana y todos los homicidas colombianos solo habían dado muerte a compatriotas. Eso movió a alguien a decir que cuando menos había que agradecer que mantuvieran sus refriegas estrictamente dentro de los límites de la colonia. Excelentes embajadores como Marín Bernal, Ardila Lule o Villegas sudaron lo suyo tratando de contrarrestar groseras generalizaciones del inmigrante colombiano como ‘mula’, ‘camello’ o pistolero. Pero en los tiempos de los dos últimos y no menos brillantes enviados, Noemí Sanín y Carlos Rodado, la marea había bajado ya y ambos plenipotenciarios podían dedicarse a faenas de estrato superior como les correspondía.

El colombiano pierde relativamente pronto la profusa cortesía que le distingue en su país, sin que por ello llegue a competir con la llana brutalidad de los españoles; digamos que ‘normaliza’ el lenguaje y cuando habla con el público de casa rápidamente aprende a prescindir del “¡qué pena, doctor!” –los españoles no le reconocen el doctorado ni a quien lo tiene–, con lo que suena más natural, entiende mejor que nadie en qué consiste eso de España, y hace gala de una identidad segura de sí misma, cordial pero no genuflexa. Puede que sea el inmigrante que menos cambia o blinda su personalidad por el hecho de encontrarse en otro país. Pero la mayoría, aún volviendo a Colombia, si sus medios se lo permiten, con alguna frecuencia, difícilmente va a dejar la posición que se ha labrado en España. Por eso no son ya pocos los colombianos que han completado un histórico viaje de ida y vuelta. Como españoles fueron hace siglos a América; como colombianos han vuelto a España en los últimos años, y como españoles a la vez que colombianos discurren entre una y otra orilla del Atlántico. Y muchos saben también que la primera vez que pisaron tierra española no estaban llegando sino que volvían.

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