Un emigrante ecuatoriano en busca de trabajo, fotografiado al lado de la Glorieta de Bilbao en Madrid.

La quinta columna latinoamericana

En América Latina estamos lejos los unos de los otros. En España no. ¿Será posible que la emigración económica de las últimas décadas cree la imposible identidad latinoamericana? ¿Puede un lugar geográfico convertirse en un lugar político? El escritor chileno Carlos Franz, residente en España, hace una apuesta.

2010/05/27

Por Carlos Franz

En la VI Cumbre de Jefes de Estado de Europa y América Latina, que se celebrará en Madrid, es poco probable que se aclare nada. Salvo una cosa: Europa se entrevista con un fantasma. La Unión Europea (UE) que, con tropiezos y caídas, avanza hacia un gobierno conjunto, se reunirá con una treintena de mandatarios de Latinoamérica y el Caribe, incapaces de dejar que los represente uno solo. Si Zapatero, el presidente de turno de la UE, estira el brazo para saludar a su contraparte latinoamericana, se quedará con la mano tendida, estrechando el aire. En doscientos años no hemos sido capaces de acordar un representante de todos, aunque fuera rotativo. (Nuestra última broma es la Unasur, que deja fuera nada menos que a México).

¿Cómo salir de esta historia de fantasmas? Si queremos que Latinoamérica deje de ser un espectro en el mundo, hay que empezar por la gente. Tenemos que convertirnos de una vez por todas en latinoamericanos reales. Pero ¿dónde se convierten en latinoamericanos los latinoamericanos? La respuesta es bien sabida: fuera de nuestros países. Por ejemplo, en España.

Ya hay un millón y medio de iberoamericanos viviendo en España. Y descubriendo en ella lo parecidos que somos. Mexicanos, colombianos, argentinos, ecuatorianos, o chilenos, se alivian de sus diferencias y se unen en sus necesidades, cuando se encuentran y se reconocen, más similares que distintos, en los rigores del destierro. En la fila de la inmigración, o la del paro. En el bar de hombres solos, rabiando celos. En las plazas donde las empleadas domésticas vigilan con un ojo a niños ajenos, mientras hablan de los suyos que quedaron lejos. Pero, sobre todo, los latinoamericanos se encuentran y reconocen como tales en los locutorios.

En lo locutorios, sobre las celdillas de los teléfonos y los computadores, se arremolinan y mezclan los acentos y problemas de América y medio mundo. Se mandan euros, noticias y besitos, a casa. Y, sobre todo, se aprende que los problemas de uno no son tan distintos a los del vecino, en el cubículo siguiente, aunque él esté llamando a Colombia y yo a Chile.

La emigración suele contarse como una tragedia más de nuestras políticas fallidas. Los latinoamericanos, entre los cuales tantos descendemos de extranjeros, sabemos que la emigración también es un apasionante relato de aventuras, ingenio y descubrimientos. Los que emigran no son, necesariamente, los que “sobran” sino esos a quienes les sobra energía, valor y curiosidad. Es precisamente esta gente, en muchos sentidos la mejor, la que está reconociéndose como latinoamericana en España.

Añádanse a ellos los miles de estudiantes que vienen cada año a perfeccionarse. El proyecto Erasmus de la UE tiene como verdadero objetivo enseñar a ser europeos a los jóvenes de este continente. Los estudiantes latinoamericanos que vienen a España aprenden –sin que ninguno de nuestros gobiernos siquiera se entere– una materia secreta: cómo ser latinoamericanos.

Hay una oportunidad nueva en estas emigraciones del siglo XXI, para el viejo sueño fallido de una América Latina unida. No solo porque nunca hubo más latinoamericanos “reales” que ahora. Lo crucial es que jamás una comunidad de emigrantes, con conciencia de su identidad regional común, estuvo en contacto tan constante con sus países de origen.

Desde los humildes y bulliciosos locutorios que proliferan por toda España, estos latinoamericanos distantes influyen a diario en la vida social de nuestros países. Constituyen, de hecho, una “quinta columna” que socava las rigideces ancestrales de nuestras sociedades, con un potencial de cambio incalculable. El inmigrante de hace un siglo, que enviaba una carta desde Nueva York o Buenos Aires a sus parientes de Sicilia o Galicia, contando de sus éxitos, inoculaba una energía irresistible en los jóvenes de su pueblo.

Los inmigrantes latinoamericanos de hoy ejercen esa influencia, de viva voz, todos los días. Por teléfono o chats, mediante videollamadas o correos electrónicos. Millones de terabytes de información personalizada fluyen hacia la base social de nuestros países. El “efecto llamada”, que tanto aterra a los xenofóbicos, es lo menos importante en ese flujo. Unos pocos vendrán; la mayor parte no. Pero el mensaje encriptado en esas comunicaciones está cambiando nuestras sociedades. Aportando millones de testimonios personales y directos acerca de los valores que más nos escasean: la cultura de la libertad y la responsabilidad individual.

No vamos a idealizar a España. Pero no es indiferente el ambiente de democracia, más estado de derecho y mayor libertad individual, donde estos nuevos latinoamericanos están probando su valor. Cada inmigrante que cuenta sus experiencias a sus paisanos, incluso cuando se queja, confirma implícitamente que, con todas sus imperfecciones, una sociedad abierta y democrática, como esta, es mejor que los populismos y demagogias que muchos nos venden en nuestros pagos. Incluso cuando le va mal, el inmigrante en una sociedad libre y verdaderamente democrática, al menos puede decir que es dueño de su destino. Con sus desalientos y esperanzas, ese mensaje se trasmite a una audiencia innumerable en nuestros países, todos los días.

Los 33 jefes de Estado latinoamericanos que vendrán a Madrid por estos días, rigurosamente desunidos, como manda nuestra tradición, harían bien en tomar nota. Puede que esta “quinta columna” latinoamericana esté cambiando nuestros países, con sus modestas llamadas desde los locutorios, mucho más que ellos con sus discursos, desde sus altos podios.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.