Fotograma de la película 1984 de Michael Anderson/ AFP

Nosotros compramos las máquinas con las que nos espían

Ícono Editores acaba de publicar Criptopunks: la libertad y el futuro de internet, justo en el momento en el que el mundo entero está pendiente de la suerte de Edward Snowden. Así estamos: fascinados por la historia del espía bueno, mientras ignoramos a los espías no tan amables que entran a nuestra casa.

2013/07/18

Por Catalina Holguín Jaramillo. Bogotá

En septiembre de este año se inaugurará en Bluffdale, Utah, un complejo informático dedicado a capturar, almacenar, analizar y decodificar todas las comunicaciones interceptadas por la Agencia Nacional de Seguridad de EE.UU., más conocida por estos días como NSA. El edificio es cinco veces más grande que el Capitolio norteamericano y su factura anual de electricidad ascenderá a los cuarenta millones de dólares. En gigantescas colmenas de servidores pretenden almacenar todas las comunicaciones digitales y telefónicas que pasan por los satélites y los tendidos de fibra óptica que tocan suelo norteamericano. Los detalles del complejo de inteligencia de la NSA fueron portada de la revista Wired en marzo del 2012.

Pero solo hasta que Edward Snowden, contratista de NSA, confirmó de viva voz al diario británico The Guardian lo que ya se sabía en Estados Unidos, se armó el lío monumental. Estos son los héroes mediáticos de nuestros días, hackers con nombre y apellido que desenmascaran a los dueños del poder. “En últimas, la administración de Obama no teme a soplones como yo”, afirmó Snowden en su último comunicado. “No, la administración de Obama le teme a ustedes. Teme a un público informado y molesto que reclama el gobierno constitucional que le fue prometido, y que debería tener”.

En noviembre del 2012 Assange y sus colegas Jacob Appel-baum, Andy Müller-Maguhn y Jérémie Zimmermann publicaron Criptopunks: la libertad y el futuro de internet. En Colombia, el libro salió al mercado en mayo bajo los sellos de cuatro pequeñas editoriales latinoamericanas que pujaron conjuntamente por los derechos para Latinoamérica. La edición de Ícono de Bogotá, Marea de Buenos Aires, Trilce de Montevideo y Lom de Santiago de Chile incluye un prefacio escrito expresamente por Assange para América Latina. En este texto, el fundador de WikiLeaks explica cómo la infraestructura del cableado de internet y la compra de sistemas de inteligencia a corporaciones cercanas al gobierno norteamericano representan un serio peligro para la soberanía de las naciones de la región. El 9 de julio ese mismo texto con algunas variaciones fue publicado en el periódico inglés The Guardian. La participación de WikiLeaks en la fuga de Snowden de Hong Kong ha devuelto a Assange la notoriedad perdida. Assange, el hombre de pelo blanco “a la Warhol”, el hacker convertido en celebridad y el refugiado político que publicó los cables diplomáticos del gobierno norteamericano.

Criptopunks se nutre de esta notoriedad y la aprovecha para poner en la mesa una reflexión fundamental sobre la vigilancia y el espionaje a civiles en internet que de otra forma tardaría en llegar a la esfera pública. El libro se basa en una larga discusión que tuvo lugar el año pasado entre Assange, Appelbaum, Muller-Maguhn y Zimmermann. El texto es la transcripción de esta discusión, editada a posteriori y cargada de pies de página que remiten a referencias y sitios web que expanden la discusión. Si bien los colegas de Assange son reconocidos en su medio por haber creado sistemas de comunicación encriptada y fundaciones que defienden los derechos digitales, es el nombre de Assange el que atrae la atención a este debate sobre el monitoreo de toda transacción económica, social, política y cultural que ocurre en internet. En el libro también se discute el peligro de la creciente centralización de sistemas en “la nube”, la confluencia de infraestructuras de telecomunicación y la imposibilidad de estar en internet de manera anónima, condiciones que ponen en riesgo nuestro control sobre la información y, por tanto, sobre nuestro destino político y económico.

Sería fácil desacreditar a Assange y decir que su libro es una gran telaraña de conspiraciones fantásticas. Pero justamente Snowden, quien hasta el momento del cierre de esta edición sigue atrapado en la zona de tránsito del aeropuerto de Moscú, ha demostrado que las denuncias que hacen los autores de Criptopunks son reales. Tras las revelaciones de Snowden han venido otras igualmente graves. Los gobiernos de Gran Bretaña y Francia también espían a sus ciudadanos con sistemas iguales a los de NSA. Lo que el filósofo y crítico cultural esloveno Slavoj Žižek dijo de Assange en enero del 2011 vuelve a ser vigente con Snowden y explica, de paso, el revuelo mundial causado por este par de cruzados de la libertad digital: “¿No descubrimos exactamente lo que esperábamos descubrir? La verdadera conmoción ocurrió al nivel de las apariencias: ya no podemos fingir que no sabemos lo que todo el mundo sabe que sabemos. (…) A través de acciones como las revelaciones de WikiLeaks, nuestra vergüenza –la vergüenza de tolerar tal poder sobre nuestras vidas– se hace aún más vergonzosa al ser una verdad pública”.

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El punto fundamental de Criptopunks es la resistencia política y el cambio social por medio del uso de herramientas que garantizan la privacidad. Solo quien protege su identidad en la Red puede expresarse sin censura y manifestar su personalidad libremente sin que sus gustos y curiosidades se conviertan en motivo de estigmatización política y social. Por ese motivo, históricamente los bibliotecarios han defendido la privacidad del historial de préstamos de un usuario. Como se explica en la sección “Libertad intelectual” del portal del gremio de bibliotecarios norteamericano ALA: “Uno no puede ejercer su derecho a la lectura si las posibles consecuencias de este acto arruinan su reputación, lo aíslan de su comunidad o de su trabajo, o le generan sanciones criminales. La libertad de elección requiere amplitud en la disponibilidad de información así como la garantía de que la elección que uno toma no sea monitoreada”. Para la NSA, en cambio, las comunicaciones encriptadas encienden inmediatamente alarmas en el sistema. Para eso es el edificio de Bluffdale: para generar capacidad tecnológica necesaria para desencriptar comunicaciones. Según el gobierno norteamericano la encriptación es una forma de ataque, Assange es un cíberterrorista y Snowden un espía.

El nombre del libro, Criptopunks, pone en un plano central a aquel capaz de proteger bajo el manto de un código sus transacciones en internet. La criptografía, según Assange y sus colegas, es la única forma de defensa en un entorno digital vigilado. Por ese motivo los autores hacen menciones constantes a organizaciones de derechos digitales y hackers que además de entender el lenguaje de la Red están usando su conocimiento con una intención política y empujando agendas legislativas que protegen el derecho a la privacidad y a la libre expresión en internet. El libro delinea una ética hacker basada en el uso responsable del conocimiento. Como afirma Jérémie Zimmermann, “creo que es tremendamente importante que nosotros, los hackers, estemos aquí con nuestro conocimiento técnico para guiar a las personas”.

A pesar de la importancia de los temas discutidos en el libro, Criptopunks pasó desapercibido en Estados Unidos. Según afirma Adam Morris en su reseña de LA Book Review, este libro no despegó simplemente porque obliga al lector a confrontar una verdad demasiado incómoda: su juguete favorito, su herramienta diaria de trabajo, su preciado internet, se ha convertido en una máquina de vigilancia transnacional controlada cada vez más por las fuerzas militares y las corporaciones norteamericanas. Es como oír las malas nuevas ambientales: sí, los recursos naturales se están acabando y no deberíamos abusar de la madre naturaleza, pero ¿realmente vamos a comprometer la locomotora del desarrollo para proteger unas reservas naturales? Sucede lo mismo con la Red: pesan más las recompensas económicas y sociales de estar conectado todo el tiempo que las muy abstractas amenazas a la privacidad, la libertad, la libre expresión de la personalidad y la definición de la realidad. El ecosistema social se está contaminando.

Bruce Schneier, criptógrafo y especialista en seguridad de sistemas, explica contundentemente las implicaciones de la vigilancia permanente: “Si estamos siendo observados todo el tiempo, estaremos siempre bajo la amenaza de ser corregidos, juzgados, incluso plagiados. Nos convertimos en niños, esclavizados bajo la mirada constante, siempre con miedo –ahora o en un futuro incierto– de que los patrones que dejamos grabados sean usados para implicarnos por cualquier autoridad que decida castigar actos que alguna vez fueron privados e inocentes”. Basta pensar en las dictaduras del Cono Sur, en las purgas de intelectuales en Camboya, en las persecuciones de comunistas de Edgar Hoover en Estados Unidos o en las más recientes estigmatizaciones de ONG en Colombia, para entender la relación que existe entre privacidad, libertad y democracia.

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No es extraño que a raíz del escándalo de Snowden las ventas de la novela 1984 de George Orwell se hayan disparado en Amazon en un 9.500 por ciento. Nada mal para un clásico de la literatura publicado hace sesenta y cinco años que recrea un mundo sometido a un régimen totalitario que basa su poder en sistemas de vigilancia tecnológica, propaganda, el control de la información y del lenguaje. Entre tanto, Barack Obama enfatiza que su gobierno no es como el Hermano Mayor

 Portada ''Criptopunks: la libertad  y el futuro de internet''

y los periodistas utilizan el adjetivo “orweliano” para calificar las prácticas de vigilancia de la NSA, el lenguaje ambiguo de la administración Obama o la pavorosa capacidad de Google para mostrar en nuestras pantallas publicidades que coinciden palabra por palabra con los correos que hemos recibido o las búsquedas que hemos realizado. Cuando, además, Jacob Appelbaum explica en Criptopunks cómo Twitter entregó ilegalmente al gobierno norteamericano toda la información relacionada con su cuenta y Snowden revela que las compañías telefónicas Verizon y AT&T han entregado todos sus registros telefónicos a la NSA, se complica el panorama de vigilancia en internet. La línea entre intereses comerciales y gubernamentales se borra por completo y la única libertad que le queda a un ciudadano es la de comprar teléfonos inteligentes o vender su voto al candidato que tenga la mejor campaña de publicidad.

En 1984 Winston Smith inicia su rebelión contra el Hermano Mayor con un gesto sencillo. Escribe en un cuaderno, objeto prohibido en su sociedad, un saludo para la sociedad del futuro: “Desde la época de la uniformidad, desde la época de la soledad, desde la época del Hermano Mayor, desde la época del doblepiensa… ¡saludos!”. Hoy, en el 2013, leemos las líneas de Winston y nos sentimos identificados. Nos hemos convertido en sus contemporáneos. Somos, además, cómplices de este aparato de vigilancia: cada vez que alimentamos nuestro perfil de Facebook, abrimos una cuenta en Twitter o dejamos que Google junte bajo una misma identificación nuestro correo, nuestro software de búsquedas, nuestro disco duro en la nube, nuestras fotos, nuestras preferencias, nuestra tarjeta de crédito…

Pero internet pudo ser diferente. Hace más de quince años, el poeta y libertario John Perry Barlow escribió un manifiesto titulado “Una declaración de independencia del ciberespacio” que presentaba a internet como una utopía, el gran paraíso del conocimiento. En este lugar donde los pensamientos y las ideas fluyen libremente, se forjaría una sociedad más libre y más igualitaria. “Nos esparciremos por todo el Planeta –afirmaba Barlow– para que nadie capture nuestros pensamientos. Crearemos una civilización de la Mente en el Ciberespacio. Esperamos que sea más humana y más justa que el mundo que sus gobiernos ha creado”. En Criptopunks Assange invoca nostálgicamente ese paraíso y denuncia sistemáticamente a quienes se han encargado de contaminarlo. “Nuestro deber –sentencia en la última frase del prólogo de Criptopunks–, es resguardar la autodeterminación donde podamos contener la inminente distopía donde no podemos, y, si todo el resto fracasa, acelerar su autodestrucción”. Su fantasía apocalíptica es risible, infantil incluso, o a lo mejor premonitoria. |

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