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¿Cuál es el futuro del Caro y Cuervo?

Aunque fue fundada en 1942, las raíces de la renombrada y premiada entidad lingüística se hunden en el siglo XIX, entre las paredes de la casona donde tiene sede. No obstante, desde hace cuatro años trata de decantar la tradición y mirar al futuro. El esfuerzo ha causado, hasta hoy, más pesares que laureles.

2010/03/15

Por Yeniter Poleo

Un escaso metro de distancia separa la reliquia de la era electrónica: un gramófono de madera gastada que preserva la voz del filólogo Rufino José Cuervo, grabada en 1902, y un computador portátil con pantalla de trece pulgadas, comparten el espacio donde Genoveva Iriarte, directora del Instituto Caro y Cuervo (ICC), muestra los diagramas de Power Point con la planificación estratégica que le posibilitará al Instituto Caro y Cuervo dar el salto y, sobre todo, sobrevivir al siglo XXI.

Ella se sabe heredera de un patrimonio intelectual invaluable: el prestigio de la institución lingüística colombiana ha repercutido en toda Iberoamérica y, en especial, se ha ganado un sitial de honor en la patria de Cervantes. Tres premios otorgados en España lo avalan: el Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades (1999), el XI Bartolomé de las Casas (2001) y el Internacional Elio Antonio de Nebrija (2002). Parte de esos reconocimientos se debe al Diccionario de Construcción y Régimen de la lengua castellana, obra monumental que inició calladamente en su casa natal, en el barrio La Candelaria de Bogotá, Rufino José Cuervo en 1872, que también era la sede de la primera fábrica de cerveza del país, Cerveza de Cuervo, instalada en el solar por su hermano mayor, Ángel. Ambos, en 1882, vendieron la empresa, arrendaron la casa y se mudaron a París para que el gramático pudiera concentrarse. En 1886 publicaron allá el tomo I del diccionario, que contenía las letras A y B; en 1889, el siguiente que alcanzaba la D, pero la muerte de su entrañable hermano en 1896 sumió al lexicógrafo en una tristeza tal que paró de trabajar. Fue por eso que en 1942, el estado colombiano consideró perentorio completar lo que el lingüista había comenzado, y para cumplir con esa exclusiva tarea se creó el Instituto Caro y Cuervo, cuyos investigadores llegaron a la letra Z, 52 años después. La obra entera estuvo disponible en 1994.

A fuego lento

La anécdota biográfica sobre Rufino José Cuervo es un fragmento de la historia que siguió con el funcionamiento de la entidad que le rinde honores, y que muestra de alguna forma la espinosa transición a la que se enfrentaban las instituciones cuando cambian las demandas de la sociedad.

En el Instituto Caro y Cuervo había una manera de hacer las cosas. La cantidad de lingüistas en Colombia era un cosmos del tamaño de un pañuelo; la reputación institucional hallaba resonancia en las arcas públicas; había tertulias, cafés; la sola vocación abría puertas y colaboraciones. En ese contexto se creó en 1958 el Seminario Andrés Bello, mediante el cual el instituto ofrecía a estudiantes de Colombia y el mundo dos maestrías, Lingüística Hispánica y Literatura Hispanoamericana, programas de dos años que exigían dedicación exclusiva, no cobraban matrícula y brindaban almuerzos y transporte diarios y gratuitos a la sede campestre de Yerbabuena (en la vía a Chía, en las afueras de Bogotá). Porque además el Instituto Caro y Cuervo llegó a tener tres sedes. La primera, la hacienda Yerbabuena; la segunda, la casa Cuervo, que pasó a ser la principal (ambas son monumentos nacionales); y una tercera en Chapinero (luego vendida). En 1960, se fundó la Imprenta Patriótica, que aún hoy produce con la delicada técnica del linotipo. Fue un largo periodo de esplendor en el que no existían planes estratégicos, ni sistema de aseguramiento de la calidad de la educación, ni el mercadeo.

En el Caro y Cuervo, sin duda, el tiempo pasaba lento, tanto así que en 63 años, desde su fundación hasta 2005, apenas fueron directores oficiales Félix Restrepo, José Manuel Rivas Sacconi (durante 34 años), Rafael Torres Quintero e Ignacio Chaves Cuevas (19 años). Incluso, el segundo ejerció al tiempo como canciller, embajador y ministro de Educación, y tanto él como Restrepo murieron en el cargo; Chaves no tuvo esa oportunidad, según dejó constancia su amigo Alfonso López Michelsen, quien escribió en noviembre de 2005: “A tal grado afligió a nuestro hombre la remoción de que fuera objeto hace unos pocos meses, que no vacilo en atribuir su escualidez y, finalmente, su muerte (…) al derrumbamiento de su vigorosa personalidad ante tan dramática separación”.

Misión cumplida

“Me insinuaron que renunciara (…) todo se debe a una persecución de personas que quieren fastidiarme”, declaró Ignacio Chaves a la prensa. La entonces ministra de Cultura, María Consuelo Araújo le pidió la renuncia debido a una serie de irregularidades administrativas, aunque oficialmente solo comentó que el instituto debía “ser redireccionado”.

El académico y ex decano del Seminario Andrés Bello, Jaime Bernal Leongómez, recuerda que Chaves fue “defenestrado, sacado por la puerta de atrás”, y me dice que eso lo motivó a aceptar la propuesta de Jaime Posada, director de la Academia Colombiana de la Lengua, de integrarse por completo a esta. A pesar del descrédito, muchas amistades del cuestionado director saliente se mantuvieron firmes; inclusive, en la Academia se creó el Premio Ignacio Chaves Cuevas al mejor trabajo de investigación que se entregará este año por primera vez.

Genoveva Iriarte, PhD de la Universidad de Pennsylvania y actual directora del Caro y Cuervo, recuerda que era profesora de Sociolingüística cuando Chaves estaba al frente, y antes de eso, la primera vez que dio clases en el seminario fue de semántica, en la época de Rivas Sacconi: “Yo era menor que los alumnos”, me dice. Para ella, que ha vivido diferentes etapas dentro de la entidad, es claro que “el contexto sociocultural colombiano ha cambiado enormemente, la competencia institucional y los propósitos de la ciencia lingüística también”. Ella cree en la imperiosa necesidad de salvaguardar el legado recibido: “Los temas en que yo me doctoré ni existían, ni le pasaban por la mente a Rivas Sacconi; la pregunta es qué se le puede pedir al instituto para que siga vivo, porque después de terminar el Diccionario de Construcción y Régimen, prácticamente se le había acabado la misión. Creo que no se puede cortar la tradición, pero tenemos que ponernos en el siglo XXI”.

Intento fallido

Pero lo que Genoveva Iriarte quiere para el Caro y Cuervo tiene sus riesgos porque la tradición que ella bien conoce es muy fuerte, y además tiene un precedente ilustrativo: quien reemplazó a Chaves en 2005 fue el filólogo y doctor por la Universidad de Salamanca, Hernando Cabarcas, quien hizo una revisión exhaustiva de los procesos y procedimientos del instituto, resistiendo presiones y tomando decisiones drásticas e impopulares. Un editorial del diario Portafolio titulado “Caro y Cuervo, el comienzo del fin”, lo acusó de cerrar el seminario, suspender almuerzos, cafetería, transportes y paralizar la imprenta. Cabarcas, contrario a sus antecesores, estuvo apenas 18 meses en el cargo. Cuando quise indagar directamente sobre su experiencia en ese difícil lapso y los motivos de su salida, Cabarcas me remitió a su informe de entrega de gestión, que supera las 800 páginas y, aunque acordó concederme una entrevista, la suspendió horas antes. “Todo está allí”, enfatizó y colgó.

Cuando dijo “todo”, Cabarcas quiso decir, por ejemplo, que recibió “una institución gravemente lesionada y desarticulada en sus estructuras misionales y administrativas”; también que la “manera paternal e irregular como se dirigió el ICC por la anterior administración, donde se privilegiaba al funcionario por encima de los controles de gestión (…) dio lugar a que los funcionarios antiguos cumplieran sus funciones de manera ligera y poco constructiva”. Leo además en el Informe que las maestrías del Seminario Andrés Bello requerían un Registro Calificado expedido por el Ministerio de Educación que debió solicitarse en 2004 y no se hizo, por tanto, mantenerlas abiertas significaba entrar “en el terreno de la ilegalidad”.

Lo escrito en 2006, ya había sido advertido por la Contraloría General de la República en 2003, cuando en una correspondencia fechada el 11 de marzo le notificó a Chaves que según la auditoría urgían “estudios de mercado” para evitar la acumulación de stock de libros, calculado en 2.834 millones en pesos; también recuerda la Contraloría que la ley exige mínimo dos ofertas para seleccionar contratistas, y que en el instituto esto se había hecho por “escogencia directa”.

Lo más grave relatado por Cabarcas, con la diplomacia que las circunstancias le permitían, atañe a la política editorial. No había un comité que evaluara los libros por publicar; no se consideraban los altos costos de impresión, derivados de la persistencia en el uso de una imprenta valiosa históricamente, pero inadecuada para los tirajes exigidos; además, 60% de lo editado era obsequiado. Sobre la obra cumbre, el Diccionario de Construcción y Régimen, Cabarcas dijo que hubo “una irresponsable cesión del patrimonio intelectual del país” porque se cedieron por 80.000 dólares “que no ingresaron al presupuesto del instituto”, y durante diez años, todos los derechos a la Editorial Herder.

¿Querer es poder?

Iriarte me muestra en el portátil su plan: de 122, cree que 83 personas es la planta laboral perfecta, siempre que se reconstruyan los perfiles. “Tengo gente en la imprenta que no tiene bachillerato, y el Estado me exige que los funcionarios públicos tengan requisitos específicos”. Cerró los departamentos de lexicografía, dialectología y lingüística y redefinió las áreas de acción. Me señala el enlace “El nuevo instituto” y dice que ahora tiene programas (lenguas en contacto, literatura, oralidad, el Seminario); en cada uno de ellos, sus profesionales deben cumplir las tres funciones a la vez, investigar, educar y publicar. “No puede seguir habiendo gente que solamente enseñe y no sea capaz de investigar”, me explica. Quiere demostrarle al Estado que el Caro y Cuervo es el ente ideal para asesorarlo en políticas públicas, “hacerle recomendaciones sobre la interacción verbal entre funcionario y usuario en las ventanillas oficiales, por ejemplo”; porque tal como está, su función no se diferencia de la universitaria, y en cuanto a la Academia de la Lengua, aclara que su papel es otro: “Ellos preservan el español; aquí abordamos la influencia del prestigio y poder sobre la lengua, damos cuenta de para dónde va”. Iriarte señala en su gráfico la próxima reapertura del Seminario, luego de que el Ministerio otorgue la licencia.

Le pregunto qué hace falta para materializar el plan. Duda pero, ante la insistencia, cuenta que en marzo de 2008, el consejo directivo de la entidad (ministra de Cultura, canciller, ministra de Educación, director de la Academia, Gabriel García Márquez, Belisario Betancur y Ramiro Osorio) le aprobó su estrategia. “Pedimos 123 millones de pesos, una cana, al Estado, y nos dijeron que no; que hiciera la reestructuración, pero a cero pesos. Reorganizamos todo, lo volvimos a plantear, y lo llevamos a Función Pública que hizo unas correcciones mínimas”, eso fue en septiembre. Sin embargo, a Función Pública parece haber llegado por otro lado, otro plan que conserva las 122 personas y solo cambia el nombre a los cargos. En ese departamento aseguraron que de ser así, no se está ante una reestructuración, sino “una reclasificación”.

Iriarte percibe que su plan maestro está bloqueado. Aunque quise conversar con el presidente Betancur y el doctor Jaime Posada para explorar si sabían algo del futuro del Instituto del Caro y Cuervo, sus asistentes respondieron una y otra vez que harían lo posible por hallar un hueco en sus agendas, por lo menos para hablar telefónicamente. Jamás sucedió.

Mientras, Iriarte vive ahora parte de lo que le tocó a Cabarcas. Un blog anónimo creado en 2007 (http://institutocaroycuervo.blogspot.com), cuenta los chascarrillos sobre “los reyes del Caro y Cuervo”, y alerta que observará las acciones de “la reina”. En la prensa, noticias y editoriales presionan: “La agonía del Caro y Cuervo”, “¿Qué está pasando en el Caro y Cuervo?”, se lee en varios titulares. Por lo menos, Iriarte ya superó el periodo que duró Cabarcas, llegó a los dos años. Ella mira de reojo el fonógrafo que guarda para la posteridad la voz del gramático Cuervo, y regresa los ojos al computador, suspira, me responde una última pregunta con la frase “si no se moderniza, no se puede hacer nada”, y me sigue mostrando su Power Point. 

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