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La lengua latinoamericana no existe

Conocedor a fondo de América Latina y de Colombia en particular, Miguel Ángel Bastenier, subdirector del diario español El País, reflexiona sobre cómo se escribe en la prensa en nuestro continente. Periodistas: pónganse la armadura. Es probable que les duela.

2010/03/15

Por M. A. Bastenier

Durante bastantes años y desde hace aún más tiempo una importante revista inglesa había publicado un anuncio de una academia de idiomas de Londres, en la que ésta se jactaba de tener servicios de enseñanza y traducción en ochenta y siete lenguas, entre ellas, exotismos varios como el swahili, el romanche, y hasta algún idioma uralo-altaico; y en esa lista aparecía también una lengua, enunciada justo a continuación del Spanish, que era el Spanish-American; no, atención, el Spanglish, codificado por ese agente del pentecostalismo lingüístico, el mexicano IIla Stavans, sino, literalmente, el hispanoamericano, que, como es sabido, no existe.

Y cuando digo que no existe, no pretendo en absoluto afirmar que no haya formas diversas, igual de legítimas que el español peninsular, de entender nuestra lengua común, en América Latina. Pero, justamente de eso se trata, de ‘formas’, y no de la ‘forma’. Por eso, no hay que ver la cosmogonía del idioma español como una realidad a dos voces; a un lado, el bloque de lo hispanoamericano, y al otro, con el Atlántico de por medio, el español peninsular, sino como una constelación o estructura en la que cada fórmula nacional ocupa un lugar específico con relación a las demás, subrayando proximidades y alejamientos entre las variantes del idioma de Cervantes y de Gabo. De esta forma, tenemos que el cachaco, por ejemplo, está mucho más cerca del castellano viejo, el que se enseña en los colegios españoles presentándolo como “el castellano mejor pronunciado del mundo”, que del porteño. En una ocasión, asistiendo en el teatro La Castellana de Bogotá –el nombre del coliseo no es casual– a una representación con letra y música, observé que, puesto que los actores tenían que forzar un poco la voz como corresponde al mundo de las tablas, si los términos utilizados no contenían el sonido peninsular de ‘c’ o ‘z’, resultaba casi imposible distinguir la pronunciación cachaca de la burgalesa o la vallisoletana –provincias de esa vieja Castilla–, lo que no es crítica ni elogio, sino verificación.

Por todo ello, para hablar del castellano o español periodístico de América Latina, hay que poner antes un poco de orden en esa constelación. A los oídos peninsulares, son varias las familias las que le suenan, aunque con diferencias importantes entre sí. De norte a sur, junto al mexicano con su primo el guatemalteco, tenemos un cierto tronco centroamericano, próximo al español deslizante de las Antillas y la costa caribeña de Colombia y Venezuela; en la propia Colombia, las variedades abundan más allá del cachaco y el costeño, como ocurre en Venezuela entre el Caribe y el llano; siguiendo hacia el sur, un oyente voluntarioso distinguiría el excelente limeño de la ‘gente bien’, el ecuatoriano y el boliviano, con el valle profundo que separa el habla culta de la del pueblo; y en el cono sur, lo ‘argentino’, que en realidad es porteño e incluye a Montevideo, junto a otras dos islas lingüísticas, el chileno y el paraguayo –que es todo un misterio con sus asonancias guaraníes.

En los cursos de periodismo que doy en América Latina –y ya van siendo más de una veintena en una docena de países– insisto en que los diarios se tienen que escribir en la lengua del país, y no en un español hieráticamente académico, peninsular o no, aunque todo ello entendido dentro del respeto a un tronco común protegido por la norma que permite al español existir como lengua unitaria. Un ejemplo muy prestante sería escribir ‘mamar gallo’ para ‘tomar el pelo’ en un periódico colombiano, lo que me parece que no es frecuente –el empleo de ninguna de las dos fórmulas, ni la autóctona, ni la importada–, de lo que se deduce que el español de la prensa latinoamericana es innecesariamente formal. Lo castizo de cada país, aunque no esté recogido como tal por la Academia, forma parte del genio nacional de cada colectividad, aunque muy otra cosa es que la falta de ingenio nos lleve a inventar/copiar lo que ninguna falta nos hace, por ejemplo: ‘retaliación’ (inglés: retaliation) por ‘represalia’. Esta es, por tanto, una primera característica de ese español periodístico latinoamericano; la insuficiente apertura a la lengua real, con excepciones como la espléndida de Clarín en Buenos Aires, donde hay páginas que los demás hispanohablantes a veces sólo podemos leer con un primo argentino que nos las traduzca. Pero así es la realidad y así habría que contarla.

Una segunda característica más difícil de precisar, pero sumamente devastadora, es lo que yo llamo ‘la perdurabilidad de la colonia’. Durante los trescientos años del periodo colonial las numéricamente insignificantes clases cultivadas se movían en el ámbito de lo escrito dentro de un contexto que yo llamo administrativista, lenguaje de la administración, que por definición quería ser abrumador, distante, enigmático, y todo aquello que marcaba la lejanía del sometimiento del súbdito al gobernante. Naturalmente, no estoy diciendo que ese lenguaje se haya conservado tal cual, pero sí que ha quedado un relente, un aroma de complicación, de alambicamiento, de cualquier cosa menos atacar directamente el sujeto de la información, como hacen el periodismo europeo y el norteamericano. El lenguaje empleado es, por ello, verboso, adepto a dar mil vueltas a las cosas, encaminado a marcar las diferencias en lugar de recorrer parte del camino que le separa del lenguaje hablado. Y si tenemos en cuenta que uno de los grandes problemas de la información en la prensa latinoamericana es la utilización masiva de fuentes oficiales, y, por tanto, la presencia en sus páginas de voces que recurren a ese lenguaje presuntamente técnico, resulta que se juntan el hambre con las ganas de comer. Y en este punto, me apresuro a salir al paso de lo que es probable que estén pensando algunos lectores: ¿y el español peninsular, qué?, ¿acaso, no le pasa lo mismo? El problema fue originalmente el mismo, y, comparado con el lenguaje de la prensa británica, en mi opinión la mejor del mundo entero, el de la prensa española reúne también esas características; pero atenuadas por una sencilla razón: el vecindario; España ha aprendido de Europa, y América Latina, por lo menos hasta la invención de Internet, sólo se ha tenido a sí misma como vecina.

Por último, ese periodismo empresarialmente raquítico, enfeudado de fuentes oficiales, y con una gran querencia de ‘declaracionitis’, es decir, publicar lo que la gente dice en vez de lo que la gente hace, se amuralla en lo que yo creo que, paradójicamente, es una concepción lingüística seudoaristocrática del periodismo. Una profesión, como la nuestra, horriblemente mal pagada –¡cuántos jóvenes periodistas colombianos no ganan arriba de quinientos dólares mensuales y aún menos, y otro tanto o peor ocurre en los demás países del área!–, busca compensaciones de otro orden; la responsabilidad del periodista, lo delicado del ejercicio de la profesión, hasta considerarse mediador entre los poderes públicos y el ciudadano. Todo ello en sí mismo no es malo, y estaremos de acuerdo en que el buen periodismo redunda en todo ese tipo de beneficios para la sociedad, pero cosa muy distinta es que el profesional actúe creyendo directamente que es todas esas cosas, en vez de un honrado informador cuya idea del Bien Común ha de ser la de hacer bien lo suyo y punto. Y esa atalaya es otro elemento de extrañamiento del lenguaje. Ustedes perdonen, pero les contaré un sucedido que está lejos de ser excepcional: en un diario de salvo sea el país, lo que el lector podía suponer que había sido el forcejeo entre un diputado nacional y un funcionario de prisiones se presentó como “un episodio de desorden público”. A Felipe iv seguramente le habría gustado.

Hasta aquí estos apuntes provisionales, que concluyo apelando a la benevolencia de los lectores. Todas las generalizaciones son erróneas, y si las hacemos en un continente humano e incluso lingüístico de tal vastedad como América Latina, lo que vale para Tegucigalpa molesta en Buenos Aires, y lo que vale para Buenos Aires es un adefesio para Tegucigalpa. Pero, no se preocupen, los que tienen la culpa son, como siempre, los españoles.

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