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“La violencia cambió el español colombiano”

Tras la publicación del nuevo Diccionario de colombianismos, que se ha vendido como pan caliente, la directora del Instituto Caro y Cuervo habla sobre la nueva realidad del español colombiano.

2010/03/15

Por José Fernando Hoyos

La decisión de la Real Academia de la Lengua de hacer un catálogo con todas las nuevas palabras y expresiones que se están usando en los mensajes de celular y en internet, como K en reemplazo del vocablo “qué”, a2 para “adiós” y b7s para “besitos”, demuestra que el español y la Academia están avanzando a marchas aceleradas, tanto que algunos trágicos han presagiado el nacimiento de una nueva lengua. Tras varios años de trabajo en el Diccionario de construcción y régimen de la lengua castellana, iniciado por Rufino José Cuervo en 1872, el Instituto Caro y Cuervo está tomándose en serio las nuevas realidades.

¿No es una paradoja que justo cuando el género epistolar estaba desahuciado por anticuado, la modernidad lo revitalice por medio del correo electrónico y las comunidades virtuales?

Así algunos no lo quieran, no podemos frenar la evolución de la lengua y, por el contrario, hay que estudiarla. Una tesis que le dirigí a Fernando Díaz del Castillo que estudió las conversaciones en los grupos de chat concluyó que a pesar de las aberraciones y cambios que se hagan de las palabras, hay unas reglas de sintaxis que permanecen. Y eso es lo que debemos trabajar. Mantener la enseñanza del español en la educación básica y secundaria, porque eso garantiza la permanencia de nuestro idioma y nuestra cultura.

Precisamente la Real Academia de la Lengua acaba de anunciar un catálogo con las expresiones que se usan en mensajes de celular...

Me parece que eso hay que hacerlo, pero no hay que quedarse ahí. El Instituto debe trabajar en investigar, salvaguardar y enriquecer el español y las 67 lenguas que hay en Colombia, pero con nuevos enfoques y miradas. Un profesor me decía cuando estaba en la universidad: “Ustedes no se dan cuenta de que los niños de la calle son los primeros innovadores de la lengua”, y eso es lo que algunos no han querido estudiar.

¿Cuánto tiempo puede pasar desde que una palabra aparece en la calle hasta que aparece publicada en el diccionario?

Depende única y exclusivamente del poder que le da el prestigio. Si tal palabra está legitimada por un medio con poder y prestigio, entra a mil. Por ejemplo el parlache de Medellín apareció y tuvo arraigo dentro de unos jóvenes que se sentían amenazados por la violencia, y después esos vocablos se volvieron palabras de uso común.

Hablando de las particularidades del lenguaje, ¿de las palabras nuevas, cuál le parece la más bonita y cuál la más fea?

Los jóvenes le han dado un uso muy particular a las groserías que a generaciones como la mía nos escalofrían. Es que ni me atrevo a decirlas.

Sí. Hay algunas palabras que son una gonorrea, ¿no?

Esa era la que no quería decir. Me parece horrible y lo peor es que ahora la usan para decir que algo es la machera. Y ahora cuando digo ¡qué machera! se burlan de mí.

¿Gañán, nea, pirobo, liendra, valija, ñufla, ñanga, ñárria son sinónimos o antónimos?

No, no, no lo sé. El contexto es el que determina el sentido de la palabra. La palabra por sí misma no quiere decir nada. Es más, el hombre no se escapa de las reglas. El cuento de que uno puede innovar totalmente, saliéndose por completo de las reglas es imposible. Gracias a que tenemos tan claras las reglas idiomáticas es que podemos darnos todas las libertades de innovar; hacer chistes, echar piropos, hacer poesía, crear esas nuevas palabras.

Frente a todo esto, ¿qué pasa con la norma lingüística?

Yo misma me pregunto si tenemos que defender y mantener a capa y espada una norma impuesta por la estructura de la lengua o hay una mirada distinta diciendo que sí somos flexibles, que esas lenguas nos pueden informar sobre detalles sociales de quienes la usan.

¿Por qué la gente tiene la idea de que el Instituto y la Academia de la Lengua están llenos de unas personas muy conservadoras a quienes la transformación del idioma les produce urticaria?

No crea. Los lingüistas vamos adelante en muchas cosas. Aquí hay personas que, como buenos académicos, están absolutamente al tanto de lo que está pasando. Son conscientes de que necesitamos ampliar la mirada. Hoy no podemos estudiar solo lo escrito, lo oficial y lo formal, porque la lengua muta constantemente y debemos dar cuenta de ello.

¿Para dónde va el español colombiano?

Esa es la pregunta. Nuestro español está sufriendo profundas transformaciones, no solo por la relación con las otras lenguas nativas y foráneas con las que convive, sino por las condiciones del país. La violencia, la migración a las ciudades, las nuevas violencias y el desplazamiento metieron en una especie de licuadora lo que había regionalmente. Estamos frente al verdadero mestizaje.

¿En Colombia se habla un buen español?

Por eso empiezan las discusiones, por decir: “Está mal dicho, está bien dicho. Usted no sabe hablar, usted sí”. Para mí un buen español es el que efectivamente logre, en términos de unos contextos sociales específicos, llegar a su cometido en términos del mensaje que se quiere decir.

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